Capítulo 5 #2
Como era bien sabido en las esferas celestiales y en los murmullos de las sombras, la maldición divina cayó sobre Caín y su descendencia tras el fratricidio de Abel.
Padre, en su infinita pero severa justicia, los había forzado a vagar por la Tierra como parias, criaturas eternas condenadas a ocultarse en las sombras, odiadas y vilipendiadas por el resto.
Ellos fueron los primeros, los Antiguos.
Venerados y temidos como la realeza vampírica, también eran conocidos como los Puros por su linaje directo.
Sin embargo, ya quedaban pocos de ellos; las guerras internas por el poder, las diferencias ideológicas y las ambiciones desmedidas habían diezmado a sus miembros a lo largo de los milenios.
Aquellos que sobrevivían se ocultaban y protegían con celo, dispersos por el mundo, preservando una sangre que consideraban sagrada.
Los Caídos, como se les conocía, tuvieron que aprender a adaptarse a su nueva e inmortal existencia, cargando sobre sus hombros el peso de la culpa, el legado del error de Caín.
Alimentarse de la sangre de los humanos era, para muchos, una carga insoportable, un castigo divino demasiado severo, imposible de sobrellevar.
La angustia del hambre, cuando se volvía tan acuciante que empujaba al borde de la desesperación, era un tormento constante.
La primera vez que uno de ellos se alimentó hasta la extenuación de su víctima, incapaz de detenerse ante el ansia, intentó revivirla compartiendo su propia sangre, un acto impensado de desesperación o arrepentimiento.
De ese hecho inesperado, contra toda lógica divina o natural, surgió el primer Convertido.
Estos eran humanos que renacían sujetos a la maldición de Caín sin haber cometido el pecado original.
Inocentes que, debido a un error, una necesidad extrema o la fría idea de prevalecer y aumentar la especie, perdían su vida mortal y parte de su humanidad para convertirse en esclavos de sangre, sirvientes forzados de una existencia que nunca eligieron.
Pero toda anormalidad conlleva sus riesgos.
La experimentación, la sucesión de prueba y error, empujó los límites hasta que alguien no pudo retener sus impulsos más oscuros.
Fue más allá de la mera alimentación, no solo matando a su víctima, sino cruzando el umbral de lo imaginable hasta devorar la primera alma inocente.
Esto fue la puerta a un nuevo y aterrador orden.
Si la sangre de los hombres alimentaba los cuerpos de los Caídos, sus almas les otorgaban una fuerza y poder sobresaliente, inaudito hasta entonces.
Hasta tal punto que se volvieron unos adictos irremediables; la poca humanidad que les quedaba fue engullida por la oscuridad, transformándolos definitivamente en demonios sedientos de poder, sin vuelta atrás.
A estos se les conoció como Sangrenegra.
El caos ante este nuevo y monstruoso orden de poder se extendió como una plaga por la Tierra.
Algunos Caídos todavía creían en la redención, en una cura milagrosa, en un perdón por parte de Dios que les devolvería su condición humana.
Otros, en cambio, no solo buscaban venganza por un castigo que consideraban demasiado cruel, sino que ansiaban dominar el mundo y cambiar las tornas del destino.
Fue en ese momento de desequilibrio y peligro inminente que Miguel y los ángeles tuvieron que intervenir.
La orden divina fue clara: si los Caídos querían sobrevivir como las criaturas malditas que eran, solo podrían alimentarse de la sangre o almas de los pecadores, aquellos ya condenados.
El resto, la sangre y las almas inocentes, estarían prohibidas.
Quien quebrantara esta norma, quien se atreviera a profanar el alma de un inocente o de cualquier criatura pura, sería aniquilado sin piedad y enviado al Averno sin posibilidad de retorno.
—¿Por qué no me extraña encontrarte aquí?
Una voz conocida, cargada de una familiaridad exasperante, sacó al arcángel de sus profundos pensamientos, arrastrándolo de golpe hasta el presente.
Sin girarse del todo, lanzó una mirada oblicua por encima de su hombro.
Cassiel estaba allí, apoyado con una calma irritante en el pilar opuesto de la entrada.
—¿Qué haces aquí? —gruñó entre dientes.
—Esa pregunta debería hacértela yo, ¿no crees? —respondió su hermano con un tono ligero, casi divertido—. Se supone que tendrías que estar disfrutando de tus vacaciones.
Molesto, Miguel entrecerró los ojos, cruzando los brazos con más fuerza de la necesaria y lanzándole una mirada que habría intimidado a cualquiera.
—¿Hablas de esas vacaciones que me forzasteis a tomar?
Cassiel arqueó una ceja con fingida inocencia, una expresión que en él resultaba más provocadora que conciliadora.
—Yo lo recuerdo de otro modo —alegó con cierta ironía—. Tú mismo dijiste antes de pirarte —y Cassiel procedió a imitar su voz con descarada exageración—: “Estoy hasta las narices de todos vosotros”.
Miguel abandonó su pose relajada contra la pared y abrió la boca para protestar con una furia inminente, pero la expresión burlona en el perfecto rostro de su hermano lo detuvo. El arcángel de la Guerra cerró la boca con un chasquido.
—¿Cuánto apostasteis? —interrogó resignado, entendiendo que la visita de Amitiel a su retiro había sido con un propósito.
La carcajada de Cassiel rompió el silencio de la noche, haciendo que su hermano rechinara los dientes.
—No hizo falta ninguna apuesta, todos estábamos seguros de que no durarías mucho inactivo. Sugerirte que te tomaras un descanso fue el modo más rápido que tuvimos para deshacernos de ti y de tu mal humor durante un tiempo.
Ofendido, el general del Ejército Celestial desapareció de la vista con un furioso aleteo de sus poderosas y majestuosas alas, su enfado resonando en el aire.
—¡Venga ya! —se quejó Cassiel, apareciendo junto a él en lo alto de la repisa de un edificio colindante, como si simplemente hubiera parpadeado—. ¿En serio te vas a cabrear por esa tontería? No me seas melodramático.
Si las miradas matasen, Cassiel en esos momentos habría caído fulminado, reducido a cenizas cósmicas.
—Si en algo aprecias tu vida —siseó Miguel, apretando los dientes con fuerza, la amenaza apenas velada—, te sugiero que te vayas por donde has venido.
Su hermano se encogió de hombros, incapaz de ocultar su buen humor y la diversión en sus ojos.
—Está bien —cedió con demasiada rapidez, sorprendiendo incluso al irascible arcángel—. Como tú quieras.
Justo cuando este se giraba para desvanecerse en el aire, Miguel extendió una mano y lo tomó del brazo con fuerza. Su voz fue un susurro gélido.
—Habla.
La severidad de su hermano casi le arrancó otra carcajada a Cassiel, pero logró contenerla a tiempo.
Se conocían demasiado bien para no prever sus reacciones.
Y se amaban demasiado como para que sus rencillas durasen mucho tiempo.
La camaradería, el amor y el respeto mutuo eran los cimientos de su relación.
—Es sobre tu encuentro con los Sangrenegra —informó, dejando que su tono se volviera más grave.
Miguel no dijo nada, pero sus ojos se entreabrieron levemente. Ese gesto mínimo fue suficiente. Había entrenado a sus hombres para ver lo que nadie más veía. Nada escapaba a sus oídos… y si Cassiel estaba allí, no era por casualidad.
—Parece que hay novedades —añadió el ángel de la Templanza, dejando atrás la burla.
—¿Qué tipo de novedades?
—El Antiguo que gobierna esta ciudad no ha querido dar detalles. Solo ha dicho que quiere verte.
El viento pareció detenerse un instante.
Miguel entrecerró los ojos, el ceño fruncido. El hecho de que un Antiguo, uno de los Puros, pidiera una audiencia directa con él no era solo inusual: era inquietante. Aquellos seres no se involucraban a la ligera. Si había roto su aislamiento era por algo muy grave. O muy peligroso.
—¿Dijo cuándo?
—No, solo que cuando llegara el momento, te avisaría.
Cassiel lo observó en silencio durante unos segundos, dejando que la gravedad del mensaje calara en su hermano. Y luego añadió con voz más baja, casi solemne:
—Y también dijo otra cosa, Miguel… dijo que tal vez la Profecía no fuera un mito.
El silencio que siguió fue absoluto. Ni el viento se atrevió a soplar entre ellos. Miguel cerró los ojos un segundo, ocultando un brillo acerado tras los párpados, un destello que presagiaba problemas.