Capítulo 5
Elena se llevó las manos a la cabeza, un gesto habitual cuando la ansiedad le ganaba la partida, mientras recorría de un lado a otro la aséptica habitación.
Había cosas que Khata aún ignoraba, y de momento, ella no se atrevía a decirlas en voz alta.
Mientras su amiga estuvo inconsciente, varios sucesos alarmantes habían disparado todas las alarmas en el Saint-Louis .
Sus superiores ya estaban al tanto, lo que significaba que, en cualquier momento, Khata tendría que dar explicaciones que no podría esquivar.
Y las cosas, desde luego, no pintaban bien para ella.
Se detuvo frente a la ventana, respirando hondo, como si intentara calmar una tormenta que solo ella podía ver.
La preocupación se dibujaba en cada uno de sus gestos: hombros tensos, mirada ausente, manos crispadas.
Llevaba tres días sin dormir bien, y la mezcla de agotamiento y determinación se reflejaba con claridad en sus ojos.
Se moría por preguntar, por ponerle nombre a esos cambios que había visto no solo bajo el microscopio.
Pero no sabía cómo enfrentarlos. No todavía.
Primero necesitaba entender. Necesitaba respuestas antes de tomar una decisión.
Había mentido por Khata, ocultado información a los suyos sin saber si estaba haciendo lo correcto…
pero era demasiado pronto para cargarla con toda la verdad.
Su amiga aún estaba débil, acababa de regresar del umbral de la muerte.
La preocupación que sentía hacia ella era sincera y visceral; la movía una voluntad inquebrantable de protegerla.
Y se preguntó por enésima vez si esconder lo que había descubierto era, en realidad, lo más adecuado o una imprudencia.
Con un suspiro largo y profundo, volvió a sentarse a su lado. Su expresión se había endurecido, ahora más firme, más seria.
—Está bien. Cuéntamelo todo desde el principio —dijo con voz suave pero decidida—. Lo último que me dijiste es que llevabas semanas intentando contactar con él, y que te preocupaba que lo hubieran visto con malas compañías.
Khata asintió, notando cómo una presión se aflojaba en su pecho. Agradecía que Elena le ofreciera la oportunidad de explicarse, de soltar todo aquello que había estado cargando sola. Tardó unos segundos en poner sus pensamientos en orden.
—Alguien me dijo que fuera a Les Damnés y preguntara allí por él.
—Antes de que su amiga pudiera interponer objeciones, Khata se adelantó alzando una mano, anticipando la reprimenda—.
Sí, ya sé que es un antro, un nido de víboras, pero como te dije necesitaba encontrarlo, saber que estaba bien. Me urgía.
—¿Y?
—Y nada —respondió con frustración—. Nadie soltaba ni una sola palabra. Había un pacto de silencio que no pude traspasar por mucho que lo intenté.
—Supongo que en sitios como ese la privacidad es sagrada.
—Sí… o el miedo. O ambas cosas —añadió, encogiéndose de hombros.
Se miraron en silencio, compartiendo una comprensión muda. Entonces Khata continuó:
—Estuve varios días rondando la zona. Observando. Esperando. Hasta que me topé con alguien que no me dio buena espina.
—Y decidiste seguirlo —intervino Elena, anticipando la respuesta. Cuando Khata asintió, soltó un bufido cargado de indignación—. Tú sola, claro. Una idea cojonuda, ¡vamos!
Khata bajó la mirada, asumiendo la reprimenda con serenidad.
—No tenía a quién más recurrir.
Elena se irguió con brusquedad, como si las palabras le hubieran golpeado.
—¡Joder, Khata! —exclamó, alzando los brazos con frustración—. ¿Y yo qué soy?
—Alguien a quien jamás pondría en peligro.
Esas simples palabras dejaron muda por un instante a su amiga, desarmándola por completo.
—Y decidiste hacerlo tú sola. —No era una pregunta, era una afirmación dicha con pesar tras soltar un profundo suspiro—: ¿Tienes idea del riesgo que corriste? Qué pregunta más tonta, por supuesto que lo sabes, porque has estado a punto de palmarla.
—No fui por capricho —replicó Khata, firme, pero sin alzar la voz—.
Olivier no es solo un vampiro cualquiera para mí.
Fue… fue el único que no me trató como basura tras la conversión.
Me enseñó a sobrevivir. A resistirme a la sed.
A no perderme por completo. Si no me convertí en un monstruo… fue por él. Le debo mi vida.
Elena guardó silencio. A pesar de su enfado, comprendía el vínculo que los unía, pero eso no aliviaba el nudo que sentía en el estómago.
—Y ahora… puede que sea él quien necesite mi ayuda —añadió Khata, con los ojos brillantes de una mezcla de miedo y determinación—. No puedo ni quiero mirar hacia otro lado, entiéndelo.
Su compañera la observó largo rato. En su rostro se libraba una batalla interna entre la razón y el afecto, entre la lógica y el instinto protector.
—¿Y qué harás si no puedes ayudarle? —preguntó, su voz tan suave, casi un eco de su propia incertidumbre, de sus propios miedos—. ¿Qué harás si ya es demasiado tarde?
Khata tragó saliva con esfuerzo, sintiendo el pavor reptar por su pecho.
—No lo sé.
Elena se levantó de nuevo y comenzó a caminar, inquieta. Esa no era la respuesta que esperaba, pero era la que había.
—Está bien —dijo al final, cuando el silencio se hizo pesado—. ¿Qué más viste allá abajo?
Khata cerró los ojos por un segundo. Su recuerdo aún estaba atrapado en las sombras del metro, en aquel momento que lo cambió todo. Cuando habló, lo hizo apenas en un susurro.
—Vi algo… mejor dicho, a alguien —rectificó—, diferente.
—¿Qué quieres decir?
—Era un ser… indescriptiblemente hermoso —reconoció—. Con los ojos violeta más hipnóticos que jamás he visto.
Elena, de lo más intrigada, volvió a sentarse a su lado.
—¿Era uno de los nuestros?
Ella negó con la cabeza, aún absorta en la imagen que no podía borrar de su mente.
—No, ni tampoco humano.
—¿Entonces?
—No lo sé, pero lo mordí cuando intenté escapar de él.
—¿Y?
—Y solo recuerdo que apareció un pequeño grupo de Sangrenegra. —Su voz se quebró al recordar los rostros desencajados de aquellos vampiros sedientos de sangre.
—Os atacaron —concluyó su amiga al descifrar su expresión.
Khata se limitó a asentir.
—Sí, pero aproveché la confusión para huir —confesó mientras en su cabeza se reproducían de nuevo las imágenes de su encuentro—.
Aquel ser se quedó luchando mientras yo lograba salir a la superficie.
Después, todo se volvió borroso, no me encontraba bien, y creo que deambulé por las calles con la intención de volver a casa.
Pero hubo un momento en el que supe que, si no buscaba ayuda, no sobreviviría… y ya no recuerdo mucho más.
Elena la observó en silencio, procesando cada palabra. En su cabeza, las piezas del puzle no terminaban de encajar. Miró con disimulo alrededor de la habitación, sabiendo que había cámaras grabándolo todo. Entonces se inclinó hacia Khata y le susurró con cautela:
—En el Les Damnés … ¿te dieron de beber o de comer algo extraño?
Khata frunció el ceño, confundida.
—No. Esa noche ni siquiera llegué a entrar. Solo estuve fuera, vigilando.
Su amiga se reclinó hacia atrás, claramente contrariada.
Al principio había pensado que quizá la habían drogado o envenenado como represalia por husmear demasiado.
Era bien sabido que Les Damnés era un nido de vampiros renegados, donde las normas no existían y la violencia era la única ley.
Pero si ni siquiera había cruzado la puerta…
—¿Durante el enfrentamiento con los Sangrenegra… crees que alguno pudo haberte inyectado algo? —preguntó con gravedad mientras tomaba su brazo para examinar la piel en busca de señales—. ¿Notaste algún pinchazo? ¿Una quemazón, aunque fuera leve?
Khata se soltó de inmediato, un destello de miedo cruzando sus ojos grises.
—No. No llegué a pelear con ellos. Hui antes de que pudieran tocarme.
Su amiga la miró fijamente. Su expresión cambió. Había algo en sus ojos que puso los pelos de punta a Khata.
—Entonces…
—Entonces ¿qué? —replicó esta, inquieta por su repentino silencio.
Pero justo en ese instante la puerta se abrió de golpe, y un grupo de médicos y enfermeras, liderado por el doctor Cadaval, irrumpió en la habitación.
Con los brazos cruzados sobre el pecho y un hombro apoyado en la fría pared de un edificio antiguo, Miguel vigilaba la entrada del metro.
Aquel lugar, donde noches antes había tenido un encontronazo con los Sangrenegra, lo inquietaba.
Sentía que podía ser un punto vital, un nexo oculto, tal vez un refugio donde esos miserables urdían sus reuniones secretas.
No entendía el cómo ni el dónde, y por eso llevaba varios días acechando la zona.
Sin embargo, para su frustración, el silencio de la noche parisina no le había revelado ninguna actividad sospechosa.
A su mente regresó, sin ser invitada, la imagen de dos impresionantes ojos del color de la luna llena: misteriosos, intensos, cautivadores…
Y una punzada inesperada en el pecho lo hizo sentirse incómodo de nuevo.
Por alguna razón que no lograba comprender, no conseguía dejar de pensar en aquella vampira.
Una pérdida de tiempo, si lo pensaba bien; a estas alturas, su cuerpo debía de estar pudriéndose en algún rincón oscuro de aquella vieja ciudad, o quizás ya había encontrado el Averno.
Mientras su mirada de águila escudriñaba las sombras, la mente de Miguel repasó la intrincada jerarquía y las castas de aquella raza maldita.