Capítulo 4 #2
Su melena rizada, habitualmente impecable, estaba recogida en un moño deshecho, y unas ojeras profundas marcaban la piel bajo sus ojos, delatando el cansancio.
Vestía una bata blanca arrugada, sostenía una taza de café humeante entre las manos, como si fuese su única fuente de calor y consuelo en medio de la preocupación.
Cuando la vio despierta, una oleada de alivio inundó su rostro, y el peso de días de angustia pareció liberar sus hombros.
—¡Dios mío, Khata! —exclamó con voz ronca por la tensión y el desvelo—. ¿Estás despierta? ¿Puedes oírme bien?
Khata asintió, apenas, un movimiento mínimo de su cabeza que le hizo punzar todos los músculos.
Todo le dolía. Pero lo más desconcertante era la visión que tenía ante sus ojos.
Elena seguía siendo la misma, pero ahora podía percibir un color que la rodeaba y que nunca había estado ahí antes.
Era un halo de un hermoso y vibrante color verde agua, que la envolvía por completo.
Ante su silencio, su amiga, sin percatarse de la lucha interna de Khata, le tocó la frente.
Un suspiro de alivio se escapó de entre sus labios al advertir que la fiebre, al menos, no había regresado.
Khata reaccionó al contacto, parpadeando varias veces, intentando en vano comprender aquella nueva y extraña imagen que desafiaba toda lógica.
—¿Dónde…? —Intentó hablar, pero la voz le salió rasposa, como si tuviera gravilla en la garganta.
—Estás en el Saint-Louis , en el ala especial.
Te encontramos en la entrada del hospital, casi inconsciente.
Estabas delirando, ardiendo en fiebre. Has estado así casi tres días —le explicó, agarrándole la mano con una delicadeza que buscaba infundir calma—.
Casi me da un infarto, Khata. ¿Qué te pasó? ¿Dónde estuviste?
Tres días. ¿Cómo podía ser? La magnitud del tiempo perdido la desorientó.
Khata tragó saliva con esfuerzo, la boca pastosa, los labios resecos. La luz tenue del hospital, aunque indirecta, le lastimaba los ojos.
—Yo… —balbuceó, y su voz sonó tan ajena, tan débil, como si viniera de otra persona. Trató de recomponer los fragmentos rotos de su memoria, piezas de un puzle infernal—. Fue en el metro… había alguien… y luego los otros…
Elena frunció el ceño, el cansancio agudizando su preocupación.
—¿Fuiste atacada? ¿Por quién? ¿Por uno de los nuestros?
Nuestros.
La palabra resonó dentro de Khata como una maldición, un eco amargo de lo que se negaba a ser. Cerró los ojos. El recuerdo de la sangre de Miguel aún ardía en su lengua: dulce, brillante, dolorosa… No era sangre normal. No podía serlo. Era algo más.
—No lo sé —susurró, al borde del colapso mental, sintiendo cómo la cordura se le escurría entre los dedos—. Pero su sangre…
—¿Qué sangre? —Elena la miró alarmada, el corazón dándole un vuelco.
Khata se llevó los dedos temblorosos a los labios. Un gesto automático, casi reverencial, como si buscara en su carne la prueba de lo que había sentido, la huella de una experiencia incomprensible.
—No era como la nuestra —dijo con voz rasgada, casi un suspiro—. No era sangre… era… era otra cosa.
Su compañera la observó un segundo, sin comprender ni una palabra de aquel galimatías, y la ayudó a incorporarse en la cama, acomodando una almohada detrás de la espalda.
—Cariño, ¿por qué no empiezas desde el principio? Dímelo todo. Necesito entender para poder ayudarte.
Khata asintió con un esfuerzo que le costó cada gramo de su menguante energía.
Intentó apartar la visión del aura verde y palpitante que rodeaba a Elena; la nueva percepción era una carga demasiado pesada, un misterio que no podía afrontar en su estado actual, ni explicar, ni siquiera asimilar.
Todavía se sentía demasiado débil, demasiado confusa para compartir aquel cambio que alteraba por completo su realidad.
Sus ojos, escapando de lo incomprensible, se deslizaron hacia la vía intravenosa que aún colgaba de su brazo. En el tubo transparente, inmóvil, quedaban los restos de un fluido color carmesí, una prueba silenciosa y perturbadora de lo que había ocurrido.
Elena siguió la dirección de su mirada y habló en tono bajo, su voz teñida de una angustia contenida que apenas podía disimular.
—Tuvimos que hacerte varias transfusiones, Khata.
Tu sangre se volvió inestable, casi corrosiva.
Los glóbulos rojos se desintegraban bajo la lupa del microscopio cuando la analizamos, y los blancos eran insuficientes para luchar contra lo que te estaba atacando.
El equipo no sabía cómo actuar. Como vampiro, no deberías enfermar de esta manera, no como los humanos…
pero estabas ardiendo en fiebre, convulsionabas sin control, tus órganos comenzaron a fallar uno a uno.
Nada de lo que intentábamos funcionaba. Era como si algo dentro de ti quisiera… matarte desde el interior.
Hizo una pausa, bajando la voz aún más, casi a un susurro tembloroso que apenas rompió el silencio de la habitación.
—Pensé que te perdía, Khata. De verdad.
Las palabras de Elena se deslizaron por la habitación como cuchillas afiladas. Ella no dijo nada. Se sentía una impostora incluso allí, en esa cama, salvada por quienes detestaba y necesitaba al mismo tiempo, una paradoja cruel.
—¿Quién sabe que estoy aquí? —preguntó, su voz apenas un murmullo.
Su compañera dudó un segundo, una sombra de preocupación cruzando su rostro.
—El doctor Cadaval y su equipo. Estaban de guardia esa noche. Intentamos mantenerlo discreto, pero tú ya sabes cómo es este lugar…
Mierda.
Cadaval era un servidor acérrimo del clan, un fanático de la pureza de linaje.
No solo detestaba lo que Khata representaba, sino que la despreciaba por el simple hecho de que lo había rechazado en varias ocasiones, hiriendo su orgullo en el proceso.
Su antipatía era un veneno personal, afilado por la humillación y el atrevimiento viniendo de alguien como ella.
Khata apretó los dientes, su mandíbula temblaba entre el enfado sordo y la debilidad aplastante que aún la amarraba a la cama.
El hospital Saint-Louis , tan antiguo y misterioso como París misma, no era un hospital cualquiera.
Era un refugio para los de su especie, una fortaleza enmascarada en plena superficie, regido con mano de hierro por el clan de los Puros, los descendientes directos de Caín.
Los primeros vampiros, los más devotos de la sangre, la jerarquía y el control absoluto.
Y ella… ella era una simple convertida, una impura a los ojos de muchos, alguien que no merecía más que desprecio de su parte.
Trabajaba allí porque la necesitaban, sí. Porque, pese al desdén apenas disimulado con el que muchos la miraban, era una de las hematólogas más brillantes que habían tenido en siglos. Su investigación sobre las alteraciones genéticas y degenerativas del linaje caínico les interesaba sobremanera.
Pero ella no lo hacía por ellos. No lo hacía por lealtad a un clan que la despreciaba. Lo hacía para destruir aquello en lo que la habían convertido, para encontrar una cura a su propia maldición.
—Lo sé —dijo en voz baja, casi más para sí misma que para Elena, su mirada perdida en algún punto invisible—.
Entiendo que, si me salvaron, es porque me necesitan, y me toleran porque quieren los resultados de mis investigaciones.
Pero yo no soy como ellos. Ni quiero serlo.
No pertenezco a su mundo… y ellos lo saben.
Su amiga le tomó la mano de nuevo, su toque cálido y firme.
—Khata… tú no estás sola. Aunque no quieras verlo, hay quienes nos preocupamos por ti.
Ella retiró la mano con un gesto tenso, una barrera invisible entre las dos.
—Tal vez tú, Elena, pero el resto me desprecia. Me ven como una mancha.
—¿Y puedes culparlos cuando no ocultas ni por un segundo tu odio visceral por todo lo que representan?
—¿Y por qué debería hacerlo? ¿Por qué debería fingir?
—Porque, te guste o no, Khata, eres una de los nuestros.
—Ellos no lo ven así. —Elena comenzó a negar con la cabeza, cansada de tener otra vez la misma discusión.
Khata, notando la resignación en el rostro de su amiga, continuó, su voz cargada de amargura—: Y yo tampoco.
Me niego a participar en su pantomima de castas y jerarquías estúpidas.
Para ellos no soy más que una convertida, una impura, un recordatorio indeleble de los bajos instintos en los que pueden caer si no se controlan.
Y no lo soporto. No tolero la arrogancia y la soberbia con la que me miran solo porque su linaje es más antiguo y puro que el mío. Yo no pedí esto. Nunca lo he deseado.
—Lo sé —respondió la otra en voz baja, con gesto serio. Sabía que esa herida seguía abierta, que supuraba cada día. Pero no era el momento de abrirla más, así que desvió la conversación—: Lo que aun no entiendo es quién te atacó esa noche. ¿Y por qué demonios casi mueres en el proceso?
Khata bajó la mirada. No quería decirlo en voz alta, sabía cómo iba a reaccionar en cuanto se enterara.
—No lo sé con certeza —murmuró, evitando sus ojos.
Su amiga frunció el ceño ante su actitud evasiva. Se acercó, la tomó por la barbilla y la obligó a mirarla a los ojos.
—¿Qué me estás ocultando, Khata?
Ella dudó, pero ese segundo de silencio cargado de culpa bastó para que Elena sumara dos más dos.
—No me digas que fuiste a buscarlo.
—Elena…
Su amiga retrocedió como si le hubieran dado una bofetada. La decepción se dibujó con rabia en sus rasgos. Y Khata se incorporó un poco en la cama, intentando explicarse, la desesperación en sus ojos.
—Tenía que hacerlo —respondió con fuerza, como si intentara justificar algo que ni siquiera sabía cómo explicar—. Necesito encontrarlo. Necesito saber que está bien.
Su compañera la fulminó con la mirada.
—¿Y para eso tienes que arriesgar tu vida de esta manera? ¡Casi mueres, Khata!
—Él no es cualquiera, ¿acaso no lo entiendes? Es Olivier, se lo debo. Le debo mucho más que la vida. Le debo lo poco que me queda de humanidad.