Capítulo 4
Una cruz toscamente clavada entre los leños apilados en medio de la noche.
El chasquido del fuego antes de prender.
El olor de la carne quemada. El grito desgarrador de su madre perforando la quietud, y el silencio espectral de su abuela ya sin vida contrastaba con las voces de los presentes acusándolas de brujas.
La certeza de que moriría hiciera lo que hiciera era indiscutible, y esas imágenes se reproducían en sus pesadillas más veces de las que podía recordar.
Confesar las acusaciones absurdas... o aferrarse a la verdad...
daba igual. La culpa ya estaba grabada a fuego sobre la piel si habías nacido mujer y conocías los secretos ancestrales de las hierbas, transmitidos en susurros de generación en generación.
La verdad era un eco vacío. La fe, una burla cruel.
Solo persistía el miedo. Siempre el maldito miedo royéndole los huesos.
Un escalofrío recorrió la columna de Khata. Un alivio helado en medio de aquel incendio. Su carne temblaba con violencia, empapada en un sudor frío y pegajoso, y sus párpados se abrieron con un esfuerzo agónico, sus pulmones jadeando en busca de aire como un pez varado en la arena.
Estaba atrapada en la impersonal frialdad de una cama de hospital.
La luz blanca y despiadada de un plafón en el techo inundaba una habitación aséptica y sin ventanas, pero para ella todo parecía sumergido en una penumbra opresiva.
Y allí, como un faro vacilante en medio de la bruma de su tormento, estaba Elena.
Su amiga. Su compañera en el departamento de hematología. Su único lazo con la realidad.
Elena deslizaba con una ternura desesperada una esponja húmeda y fría sobre su frente ardiente, sus labios finos fruncidos por una preocupación palpable, sus ojos oscuros brillando con una angustia silenciosa.
—Tranquila, Khata... estás a salvo, ¿me oyes? Estoy aquí, contigo.
Pero las palabras de Elena eran ecos lejanos en el abismo de su sufrimiento.
Khata intentó responder, una súplica muda luchando por salir de su garganta.
Quería agradecerle su presencia, implorar su ayuda, advertirla del peligro invisible que la acechaba.
Pero no salió nada. Ni un sonido inteligible.
Solo un sollozo débil y ahogado atrapado en el nudo de su dolor.
El breve frescor de la esponja sobre su piel fue una tregua efímera. La oscuridad visceral regresó con una voracidad renovada, más densa y opresiva que antes, como una bestia ancestral al acecho en los resquicios de su vulnerabilidad extrema.
Y con ella, inevitablemente, regresó él.
El monstruo de ojos vacíos que la había arrastrado a esta existencia maldita.
Aquella criatura de sonrisa depredadora, la boca aún manchada con el carmesí de su sangre, susurrando palabras dulces y venenosas como la más cruel de las mentiras.
Lo vio acercarse en la visión retorcida de su pesadilla febril, una sombra prolongándose en la penumbra.
Lo vio alargar la mano hacia ella, como lo hizo aquella noche en el bosque, entre musgo y piedra, cuando todo parecía perdido y la Inquisición le pisaba los talones.
En su desesperación, había creído encontrar un santuario oscuro cuando la llevó a su cueva fría y húmeda.
En medio de aquella noche infernal, su mente torturada había fantaseado con un salvador, un improbable aliado, un protector en la oscuridad...
Pero qué equivocada estaba. Aquel vil monstruo sería su eterna condena, el carcelero de su alma atormentada.
El recuerdo punzante de su mordida era una cicatriz invisible pero ardiente, grabada en lo más profundo de su memoria.
Una traición indeleble tatuada bajo la piel, un recordatorio constante de su pérdida.
Lo odiaba. Odiaba con cada fibra de su ser la abominación en la que la había transformado.
Pero a veces, en los silencios oscuros de su mente, una pregunta punzante la asaltaba: ¿habría tenido en realidad otra salida?
Si aquel ser tan despreciable no la hubiese encontrado antes, ¿acaso no habría hallado de igual modo la muerte a manos de aquellos fanáticos que querían salvar su alma impía en nombre de Dios?
¿Estaría viva si no hubiera sido por él?
Viva.
Una palabra grotesca y ambigua en su caso. ¿Respiraba? Sí. ¿Su corazón latía con una fuerza antinatural? También. ¿Podía morir? Sin duda. Pero ¿qué quedaba en realidad de aquella mujer que había nacido humana hacía quinientos años en una humilde cabaña de una pequeña aldea gallega?
Lo pensó con amargura. Sin duda, no estaba viva gracias a aquel monstruo.
Fue Olivier quien la rescató de su propia perdición.
Olivier, el vampiro estoico y enigmático que la encontró vagando días después de su transformación.
Ella solo era una criatura desorientada, exhausta hasta el límite, aterrada por los ecos de su pasado y consumida por una sed incomprensible, un apetito voraz que la hacía retorcerse de repugnancia e impotencia.
Había renacido, sí, pero no como una niña ingenua, sino como un monstruo en un cuerpo familiar, entendiendo con vaguedad la diferencia entre el bien y el mal, pero también esclava de una necesidad primigenia que la hacía temblar de asco y desesperación por tener que alimentarse de la sangre de otros.
Las lágrimas, calientes y amargas, acudieron a los ojos de Khata cuando los recuerdos la asaltaron con una crudeza y una viveza brutales, como si el tiempo no hubiera transcurrido desde aquella noche fatídica.
Y en medio de la tormenta inclemente que se desataba en su cabeza y destrozaba su cuerpo, una voz lejana rompió el hechizo del sueño.
—Vamos, Khata... resiste, por favor. No te vayas. No me dejes sola.
Elena, su única luz titilante en aquella oscuridad opresiva, en aquella pesadilla despierta que amenazaba con devorarla por completo, que la arrastraba a un abismo cruel de recuerdos punzantes y remordimientos paralizantes.
Su voz dulce y preocupada era un bálsamo tenue sobre su angustia, y Khata se aferraba a ella con la desesperación de un náufrago a un fragmento de madera en medio del océano.
Khata parpadeó con un esfuerzo supremo. Un instante fugaz de claridad mental. Una chispa débil de conciencia luchando por encenderse en la oscuridad. Y en esa breve chispa, algo sutil pero fundamental cambió en su interior.
La sangre poderosa y divina del arcángel seguía librando una batalla encarnizada contra su naturaleza vampírica, retorciéndola en un dolor insoportable...
Pero había una parte de ella, una pequeña llama de resistencia que también comenzaba a mutar, a adaptarse a la fuerza invasora.
No sabía si sobreviviría a aquella noche de tormento.
Pero, si lograba aferrarse a la vida... algo profundo en su ser le susurraba que ya no sería la misma criatura que había sido hasta ahora.
La conciencia regresó lentamente, como si emergiera de un lago oscuro y espeso.
Luchaba por romper la superficie, arrastrándose a través de una densa niebla.
Un pitido monótono la acompañó en ese ascenso, regular y lejano al principio, como el pulso débil de un corazón que no sabía si quería seguir latiendo.
El aire que llenaba sus pulmones olía a desinfectante. Era un aroma familiar: a hospital.
Khata abrió los ojos con dificultad: todo era un blanco cegador.
El techo la recibió como un lienzo vacío, demasiado brillante para su visión.
Parpadeó, sintiendo los párpados pesados y resecos, cada pestañeo una lucha contra la bruma que aún enturbiaba su cerebro.
Su cuerpo estaba rígido, entumecido, como si llevara siglos atrapada en esa cama.
Intentó mover una mano. Tardó un segundo en obedecer a su voluntad.
Luego, la cabeza. Dolía. Todo dolía, pero no con la quemazón infernal de la sangre de Miguel atacando cada célula de su cuerpo.
Ahora era un dolor sordo, apagado, como el rumor distante de una tormenta que se había alejado pero que aún retumbaba en la lejanía.
El zumbido constante de los aparatos médicos la ancló al presente. Estaba conectada a una vía intravenosa. Un monitor a su derecha registraba sus constantes vitales con destellos verdes. Estaba viva, sí, pero ¿cómo?
La pregunta flotó en su mente, sin voz. Cerró los ojos de nuevo y fue como pulsar el botón de retroceso a un trauma reciente: la oscuridad opresiva del metro, el frío húmedo del túnel, los ojos de un violeta perturbador, una sonrisa arrogante, la lucha desesperada, el mordisco violento, y su sangre…
¡Dios, su sangre!
El recuerdo fue un puñetazo en el estómago, un golpe brutal que la dejó sin aliento.
Se irguió de golpe, jadeando, como si acabara de salir de debajo del agua después de una inmersión forzada.
Un pitido agudo y sostenido en el monitor la delató.
Su corazón se aceleró, latiendo desbocado contra sus costillas. Las sienes le palpitaban con furia.
Miguel.
El nombre apareció solo, una palabra nítida y rotunda en el caos de su mente. No sabía por qué lo recordaba tan claro. No se lo había dicho… ¿o sí? Todo estaba demasiado confuso para Khata.
¿Qué diablos era él?
La sensación de su sangre recorriendo sus venas como lava ardiente aún la consumía, un recuerdo vivo como una antorcha encendida bajo su lengua. No era sangre normal. No era humana. Y su cuerpo vampírico lo había sabido, lo había rechazado desde el primer instante.
Apretó las sábanas entre los dedos, conteniendo las náuseas que le revolvían el estómago, respirando hondo para no dejarse arrastrar por otro ataque de ansiedad paralizante.
Tenía que pensar. Tenía que entender...
La puerta de la habitación se abrió despacio. Una figura entró con pasos cautelosos que apenas perturbaron el silencio: Elena.