Capítulo 3
Khata caminaba por las calles de París bajo la fría llovizna.
A pesar de que su cuerpo ardía por dentro, se subió las solapas del abrigo y lo apretó contra sí como si pudiera protegerse de los escalofríos que la sacudían por dentro.
Se estremecía de pies a cabeza. No por frío, era otra cosa.
Algo que corría por su interior, que quemaba sus venas como fuego líquido. Algo que no entendía.
La sangre... su sangre.
Apretó los labios con fuerza, sintiendo aún el eco del sabor extraño en su boca. Había algo terrible y puro en él, algo que se le había adherido al alma como un veneno sagrado.
El sol estaba por salir y ella no se encontraba bien. Tal vez tenía fiebre, algo del todo imposible para los de su condición. Sin embargo, era lo único que explicaba el calor abrasador que le hacía arder la piel, y que la llovizna fina que caía se evaporara al contacto. Literalmente.
Cruzó la calle tambaleándose, aferrándose a las farolas y a los portales cerrados.
París amanecía con indiferencia. El bullicio de las primeras panaderías, el olor a café, el crujido de las bicicletas sobre los adoquines...
pero para ella todo parecía lejano, irreal, borroso.
La niebla no estaba en el aire, estaba en su cabeza.
Buscó con desesperación un taxi, pero sus ojos, incapaces de enfocar del todo, solo distinguían luces danzantes y sombras alargadas.
Cada vez que giraba la cabeza, un punzante dolor le atravesaba el cráneo.
La náusea subía desde lo más profundo de su estómago y su corazón latía desacompasado, como si intentara luchar contra algo que no comprendía.
No podía volver a su apartamento. No así. No con esa debilidad. Necesitaba ayuda. Y solo había un lugar, solo uno, donde debía ir, aunque tuviera que arrastrarse.
El hospital Saint-Louis.
Allí, entre tubos de ensayo, anticoagulantes y plaquetas, fingía ser solo una más. Una médica apasionada por la hematología. Lo era. Pero su interés iba más allá de lo académico. Había pasado años tratando de entender su propia sangre, su maldición, su origen... y soñar con una cura.
Sintió las rodillas fallarle. Cayó sobre un banco de metal bajo la marquesina de una parada de autobús desierta. El metal helado caló en sus huesos, pero ya no tenía fuerzas para mantenerse en pie. Cerró los ojos un instante, pero todo giró como una espiral.
Miguel.
No quería pensar en él y, sin embargo, ahí estaba. Su imagen impresa en sus retinas: su mirada violeta, la luz extraña que lo rodeaba, la sensación de ser atravesada por algo que no era físico.
Y la sangre.
Maldita fuera esa sangre.
No era normal. No podía serlo. No era de este mundo, porque desde que la había probado su cuerpo la rechazaba.
Y ella era un vampiro, una convertida, que se alimentaba de la sangre de otros seres vivos.
Pero desde que mordió a Miguel supo que algo andaba mal, como si su propia naturaleza maldita estuviera siendo atacada desde dentro.
Un temblor violento sacudió su cuerpo, como si una fuerza invisible intentara desgarrarla desde dentro.
Tosió, un sonido áspero y doloroso que resonó en la quietud de la noche.
Se dobló en dos, presa de un espasmo seco que le retorció el abdomen sin expulsar nada, robándole el aliento y dejándola con la garganta irritada.
Sentía el pulso martillearle con furia bajo la piel pálida, las venas latiéndole en sienes y muñecas como si lucharan por liberarse de su confinamiento.
En medio de su angustia, un haz de luz amarilla irrumpió en la oscuridad, deteniéndose justo frente a ella: un taxi.
La conductora, una mujer de rostro curtido por las noches parisinas, con una amabilidad marcada por el cansancio en las comisuras de los ojos, bajó la ventanilla eléctrica con una cautela palpable.
— ¿Mademoiselle? ¿Se encuentra bien? ¿Necesita ayuda? —preguntó con una mezcla de preocupación y reserva en su voz.
Khata alzó la cabeza con un esfuerzo que le tensó los músculos del cuello. Forzó una sonrisa débil, un rictus pálido que no alcanzó la profundidad de sus ojos.
—¿Podría... llevarme al hospital Saint-Louis , por favor? —su voz era un hilo apenas audible, entrecortado por la falta de aire—. Trabajo allí... —añadió, intentando proyectar una amabilidad que no sentía, una fachada desesperada.
La taxista la observó en silencio durante unos tensos segundos, evaluando su estado, su rostro demacrado bajo la tenue luz de la farola.
Dudó, sopesando los riesgos de recoger a una desconocida en esas circunstancias, hasta que asintió con una resolución repentina.
Salió del coche con prisa, rodeando el vehículo para abrirle la puerta trasera.
Si hubiera sido un hombre tambaleándose en la oscuridad, probablemente habría acelerado, pero la visión de aquella joven vulnerable, casi desvaneciéndose ante sus ojos, despertó su instinto maternal y una punzada de compasión en su corazón.
Khata sintió una oleada de gratitud, una bocanada de alivio ante la inesperada suerte.
Se dejó caer con pesadez en el asiento trasero, el mullido del tapizado ofreciéndole un consuelo efímero, antes de que sus párpados se cerraran y la oscuridad la reclamara por completo.
—¡Cariño, despierta!
Los párpados de Khata se abrieron con brusquedad, respondiendo al hilo de voz quebrada y cargada de terror que la había arrancado del sueño. Su mirada se desorientó por un instante, luchando por enfocar en la penumbra familiar de la pequeña y humilde cabaña que la había visto nacer.
—¿Qué ocurre? —murmuró, la garganta aún áspera por el sopor.
El miedo crudo y palpable que desfiguraba el rostro de su madre la puso en alerta instantánea, un escalofrío helado le recorrió la espina dorsal.
—Tenemos que irnos. Ahora.
Khata se incorporó de golpe sobre el humilde camastro de madera tosca y paja seca donde había estado durmiendo.
—¿Por qué? ¿Qué sucede?
Su madre se movía con una urgencia febril, sus manos temblorosas recogiendo las escasas pertenencias de valor que poseían, envolviéndolas con torpeza en un gran retazo de tela burda que cerró con un nudo apretado.
El rictus de pánico que crispaba sus facciones no dejaba lugar a dudas: esto era una cuestión de vida o muerte.
—Vienen a por nosotras —explicó con un susurro ahogado, la voz apenas un hilo tembloroso.
La mente de Khata aún nadaba en la bruma pegajosa del sueño, incapaz de asimilar la repentina amenaza.
—¿Quiénes? ¿Quiénes vienen?
La mujer que le había dado la vida aferró un cuchillo de cocina afilado y lo colgó con un movimiento torpe del cinturón de cuero raído que ceñía su cintura sobre la saya de lana oscura.
—Los del pueblo.
—¿Los del pueblo? —repitió confusa—. ¿Por qué…?
—Nos han delatado —la interrumpió su madre con una mirada cargada de amargura y resignación.
—¿A quién? —preguntó Khata al mismo tiempo que se envolvía en la capa gruesa y áspera que su madre le había puesto sobre los hombros tantas veces para protegerla del frío gallego.
—A la Santa Inquisición.
Las palabras cayeron en el aire denso y frío de la cabaña como esquirlas de hielo, helando aún más la atmósfera ya gélida. El fuego mortecino de la chimenea crepitaba con una debilidad resignada, como si supiera que ya no ofrecía refugio, sino que marcaba el preludio de una despedida amarga.
Un temblor incontrolable sacudió el cuerpo de Khata. No era el frío lo que la atenazaba, sino un terror desconocido y visceral que ascendía por su garganta como una marea negra y sofocante. Sabía lo que esa simple frase significaba.
¿Cómo podían sus propios vecinos...? ¿Aquellos a quienes habían ayudado...?
—No entiendo, madre —susurró, la incredulidad y la confusión nublando aún su entendimiento—. Nosotras no hacemos daño a nadie. Solo curamos sus heridas, les damos remedios de la tierra, infusiones de hierbas... salvamos vidas.
Su madre, alta y enjuta, con el cabello largo y canoso recogido bajo un pañuelo oscuro, se acercó a ella con los ojos empañados en lágrimas silenciosas, pero también con una determinación férrea grabada en cada línea de su rostro.
Le acarició la mejilla con una ternura dolorosa, una caricia de despedida.
—El miedo, hija… el miedo pudre los corazones más rápido que la peor de las enfermedades.
Nos llaman meigas [1] con una sonrisa cuando les conviene, cuando aliviamos sus dolores y sanamos a sus hijos.
Pero cuando la ignorancia siembra la duda y el miedo a lo que no entienden los consume...
entonces somos brujas. Brujas herejes a las que hay que purificar con fuego.
Fuera, en la oscuridad creciente, los gritos comenzaron a filtrarse a través de las rendijas de madera de la cabaña.
No eran muchos, quizás una docena de voces airadas, pero cada una resonaba con una furia primitiva.
Y llevaban antorchas, cuyas llamas danzantes proyectaban sombras grotescas sobre los árboles, y eso bastó para helarle la sangre.
El olor acre del humo incipiente comenzó a colarse en el aire frío.
—¿Dónde está la abuela? —preguntó Khata con un hilo de voz apenas audible, el miedo cerrándole la garganta—. No podemos irnos sin ella.
El silencio denso y pesado de su madre fue la única respuesta. Un segundo eterno de pausa. Un único parpadeo cargado de dolor. Pero bastó para que la verdad la golpeara como un mazazo.
La habían apresado primero.
El corazón de Khata se quebró con un crujido sordo y doloroso en su pecho.
Su abuela, la sabia del clan, la que conversaba con las plantas y los espíritus silenciosos del bosque.
La que le había enseñado a escuchar el susurro del viento entre las hojas, a calmar la fiebre con infusiones amargas de raíz de valeriana, a mirar las estrellas y adivinar el destino.
—No... —susurró, negando con la cabeza una y otra vez, como si con ese simple gesto pudiera deshacer la terrible realidad—. No puede ser...
—No tenemos tiempo para el lamento, cielo —repitió su madre con una urgencia feroz, agarrándola del brazo con una fuerza sorprendente—. Ven, por favor, no lo pienses. Solo corre. Corre por tu vida.
La tomó de la mano con una determinación desesperada y salieron a la noche oscura y hostil.
La lluvia había comenzado a caer, fina y persistente, como si incluso el cielo gallego llorara en silencio por la tragedia que se avecinaba.
El bosque denso y húmedo las envolvió con su niebla espesa y sus ramas esqueléticas como dedos huesudos que arañaban la piel.
Corrieron a través de la maleza, tropezando con helechos empapados y raíces resbaladizas, con el canto apagado y ominoso de los búhos como única compañía.
Pero los aldeanos enardecidos no estaban solos en su cacería.
Los habían delatado a los inquisidores. Los verdaderos monstruos, con sus ojos fríos y sus corazones endurecidos por una fe fanática, venían vestidos de sotana negra y con la cruz como estandarte de su crueldad.
Khata se atrevió a mirar atrás por un instante fugaz y vio las llamas anaranjadas lamiendo el tejado de paja de su hogar, devorándolo con una voracidad implacable. Escuchó los gritos enardecidos, las acusaciones feroces que desgarraban el silencio de la noche.
— ¡Brujas!
— ¡Herejes!
— ¡Siervas del demonio!
Y entre los rostros distorsionados por la rabia ciega y el resplandor infernal del fuego, reconoció con un vuelco de estómago a aquellos a quienes su familia había tendido una mano: a Maruxa, cuya hija pequeña había sanado de una neumonía casi mortal gracias a los cuidados de su madre; a Ramón, cuyo primogénito había llegado al mundo sano y fuerte gracias a un té de flores silvestres preparado por su abuela.
Todos ellos las perseguían ahora con un odio visceral o, peor aún, con un miedo paralizante que los convertía en sus verdugos.
—¡Alto, en nombre de la Santa Iglesia! —gritó una voz masculina potente y autoritaria más adelante, emergiendo de la oscuridad y bloqueándoles el paso.
Estaban rodeadas. La trampa se había cerrado.
Su madre la empujó con fuerza detrás de sí, ofreciendo su cuerpo como un escudo humano desesperado, y desenvainó el cuchillo de cocina con un movimiento rápido y defensivo.
—Corre, Khata —dijo sin volverse, su voz quebrándose por la angustia—. ¡Corre ahora! ¡No te detengas!
—¡No! ¡Madre, no te dejaré!
—¡Te amo, mi vida! ¡No mires atrás! ¡Huye antes de que sea demasiado tarde!
Un grito desgarrador salió del pecho de Khata cuando su madre se lanzó con una valentía desesperada contra uno de los hombres armados que se abalanzaban sobre ellas.
Todo ocurrió en una secuencia borrosa y brutal de segundos: el sonido metálico del acero chocando, el grito agónico de su madre cortando la noche, la sangre oscura que floreció como una flor macabra sobre las hojas empapadas.
Ella corrió. No porque su corazón lo deseara, sino porque la urgencia en la voz de su madre, su último acto de amor, resonaba como un conjuro imborrable en su pecho.
Corrió hasta que sus piernas se negaron a seguir, hasta que el bosque oscuro y profundo la engulló por completo, hasta que se desplomó sin aliento bajo la protección sombría de un castaño centenario.
Sin madre, sin hogar, sin nada más que el terror frío aferrado a su alma. Solo una niña. Una meiga . Una maldita.
Y entonces, en la niebla espesa que se arremolinaba entre las raíces retorcidas, entre el dolor punzante y el terror paralizante... apareció Él.
Una figura imposible, surgida de las sombras más profundas del bosque.
Ojos que brillaban como brasas incandescentes en la oscuridad. Una capa negra como la noche sin estrellas que parecía absorber toda la luz a su alrededor. Piel tan pálida, casi translúcida, que parecía irradiar una luz espectral.
—He estado esperándote, pequeña —susurró la criatura con una voz suave como la seda y fría como la tumba.
—¿Quién... quién eres...? —sollozó ella, las lágrimas heladas resbalando por sus mejillas.
—Alguien que puede ayudarte a no volver a sentir este dolor nunca más —dijo la figura, extendiendo una mano hacia ella.
Khata despertó con un grito ahogado en la cama del hospital, el sudor perlándole la frente, empapando las sábanas.
Respiraba con dificultad. La fiebre seguía quemando dentro de su cuerpo como un fuego que no se apagaba.
Pero no era solo fiebre, era la memoria que regresaba a ella.
Y con ella, la sangre de aquel ser que aún hervía en sus venas, arrastrándola a la oscuridad de nuevo.