La Profecía de los Caídos Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

Miguel no gritó, pero su expresión cambió. Por un segundo, algo brilló en su mirada. No fue dolor. Fue sorpresa. Incredulidad. Y algo que podría haber sido… ¿repulsión?

Entonces la soltó.

Khata retrocedió de un salto, jadeante, limpiándose la sangre del labio con el dorso de la mano. La daga seguía en su otra mano, firme, lista.

Él también dio un paso atrás, observándola con una intensidad que casi quemaba.

—Interesante —murmuró, mirándola como si acabara de descubrir algo fascinante.

—¿El qué?

—Tú.

Su respuesta la tomó por sorpresa, pero se recuperó enseguida.

—Hablas como si supieras algo de mí —escupió ella, alzando el arma entre ambos, en guardia, temblando todavía por lo que acababa de sentir en su boca, por lo que había provocado—. Pero te aseguro que no tienes ni idea.

—Oh, créeme… sé más de lo que imaginas.

Sus ojos violetas centellearon con una emoción indescifrable. Algo entre el asombro y la admiración. Entre la furia contenida y una peligrosa curiosidad.

Khata retrocedió un paso. Luego otro. Pero no se dio la vuelta.

—Te lo advierto, no te interpongas en mi camino.

Miguel se cruzó de brazos con aire indulgente.

—¿O qué?

Ella tragó saliva y el sabor de la sangre bajó por su garganta.

Si algo había aprendido en todos sus años de existencia, era que no debía demostrar miedo ante el enemigo.

La debilidad era un lujo que no se podía permitir, y sus ojos brillaron cuando la sangre de aquel desconocido se mezcló con su propio torrente sanguíneo, despertando el hambre feroz que habitaba en su interior.

—O la próxima vez —advirtió, con voz baja y temblorosa, cargada de amenaza—, no fallaré.

Miguel sonrió. No como un enemigo, sino como alguien que, por primera vez en mucho tiempo, se encontraba genuinamente intrigado.

—Te aseguro que lo espero con ansias.

Khata sujetó con más fuerza el mango envuelto en cuero de su daga, su cuerpo en posición de ataque, dispuesta a usarla de nuevo contra aquel extraño.

Miguel no se movió. Sus brazos cruzados sobre el pecho, la expresión serena, casi arrogante.

Ambos se midieron con la mirada, a la espera del próximo movimiento, hasta que un sonido a su espalda les llamó la atención.

Cinco figuras emergieron desde la oscuridad de la estación.

No se oyeron pasos ni respiraciones, solo la presión del silencio llenándose de una presencia peligrosa.

Los Sangrenegra. Ella los reconoció por su andar depredador, por la expresión vacía en sus rostros, por la oscuridad que parecía haberse adherido a su piel como alquitrán, por los largos colmillos que sobresalían de sus labios.

Eran de los suyos, sí… pero no eran su gente.

Khata no se relajó. No podía confiar en ellos. Sabía cómo operaban: si la consideraban una amenaza, no dudarían en eliminarla. Si la consideraban débil… aún peor.

Uno de ellos habló, con una voz rasposa que parecía arrastrar siglos.

—¿Qué hacéis aquí?

Ella no respondió. Dio un paso atrás, esta vez sin preocuparse de que Miguel lo notara. Él ya no era su único problema.

—¿Amigos tuyos? —preguntó el arcángel, con una ceja alzada.

Khata no respondió. Su cuerpo se tensó de nuevo. Cada músculo, cada célula, cada parte de ella gritaba: sal de aquí.

Uno de los Sangrenegra inclinó la cabeza hacia un lado antes de sisear de forma amenazadora.

—Os he hecho una pregunta.

Miguel chistó la lengua, demostrando su desacuerdo con el tono empleado por el vampiro.

—Baja los humos, chupasangre —dijo con una expresión que demostraba la aversión que sentía hacia ellos.

—¿O qué?

Un velo amenazador ensombreció el rostro del arcángel.

—No querrás saberlo.

El primer Sangrenegra no necesitó más excusa para abalanzarse hacia Miguel. Como si lo hubieran olido, como si su esencia brillara para ellos como una invitación al caos.

Y entonces, el infierno se desató.

Miguel reaccionó con una velocidad que Khata no alcanzó a comprender.

Sus movimientos eran pura danza, pura precisión divina.

El primero cayó al suelo con el cuello torcido de forma antinatural, sin que siquiera hubiera visto el golpe venir.

El segundo intentó atraparlo por la espalda, pero fue arrojado contra una columna con tal fuerza que las piedras se agrietaron.

El tercero logró rozarlo, solo para que Miguel lo atrapara por la muñeca y le rompiera el brazo como si fuera de papel.

Khata aprovechó el momento. Tenía que hacerlo. Corrió.

Se deslizó entre las sombras sin mirar atrás. La pelea se oía como un eco brutal detrás de ella, pero no se detuvo, ni cuando su cuerpo gritaba que echara un último vistazo, ni cuando una parte de ella quería verlo otra vez.

Solo corrió hasta que dejó atrás la estación. Hasta que la noche la envolvió. Hasta que su respiración fue lo único que llenaba sus oídos y el sabor de aquella sangre imposible seguía ardiendo en su lengua.

Pero, incluso cuando ya estaba lejos, incluso cuando el peligro inmediato había quedado atrás, no pudo evitarlo. Volvió la cabeza, solo por un instante, y exhaló un suspiro de alivio al ver que no había nadie.