La Profecía de los Caídos Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Y, por alguna razón que no lograba comprender del todo, sentía que esa mirada la atravesaba. Que la leía. Que la veía. No como los demás, sino como ella era. Real. Oscura. Fragmentada. Y, aun así… no apartó la vista.

—He hecho una pregunta —repitió él, con voz grave, poderosa, como un trueno susurrado antes de romper el cielo—. ¿Quién eres tú?

La pregunta no fue una amenaza; fue como una caricia áspera, directa a lo más profundo.

Le secó la boca, y un vértigo extraño trepó desde su estómago hasta la garganta.

En ese preciso instante, Khata lo supo: su vida acababa de cambiar.

Lo sintió en la médula, en cada uno de sus huesos marcados por la maldición.

—Yo pregunté primero —replicó, esforzándose por mantener la voz firme, mientras su mano se deslizaba hacia la daga oculta en su espalda, bajo el largo abrigo de cuero.

Él no se inmutó.

—Me llamo Miguel.

El nombre no le dijo nada… todavía. Cerró los dedos con fuerza en torno al mango de su arma. Estaba preparada para lo que fuera. O, al menos, eso se decía.

—¿Qué eres?

Una sombra cruzó el rostro de él, como si la pregunta le resultara innecesaria. Su sola presencia era la respuesta.

—Todavía no me has respondido —señaló él, avanzando un paso hacia ella.

Khata retrocedió, el muro de piedra fría acercándose a su espalda. Estaba acorralada. Las piedras crujieron bajo sus botas, rompiendo el espeso silencio entre ellos.

—Ni tengo intención de hacerlo —confesó, con los ojos entornados y los músculos en tensión, dispuesta a defenderse si fuera necesario.

Miguel alzó una ceja, con una mezcla de impaciencia y… ¿curiosidad? Dio otro paso, pero el sonido ensordecedor de un tren atravesando el túnel lo obligó a detenerse justo a tiempo. El vendaval generado por el paso de los vagones sacudió el aire entre ellos como una barrera.

Khata no lo pensó.

Se lanzó al costado, se aferró a un saliente metálico del tren y usó el impulso para salir huyendo de allí. El ruido, el viento, la velocidad: todo jugaba a su favor. En cuestión de segundos cubrió la distancia necesaria que la alejaba del peligro y respiró más tranquila.

Cuando el metro redujo la velocidad para detenerse en la siguiente estación, saltó sin dudar. Cayó de pie, rodó por el suelo y, sin detenerse, corrió hacia la primera salida que la llevara a la superficie.

Pero no llegó muy lejos, porque allí estaba él: esperándola.

De pie bajo la luz cetrina del pasillo, con los brazos cruzados, impoluto, como si jamás hubiese cruzado un túnel, como si el mundo físico no significara nada para él.

—Es de muy mala educación no responder cuando alguien te hace una pregunta —la regañó Miguel sin levantar la voz, pero con una autoridad que perforaba el aire—. Y aún peor es marcharse sin despedirse.

Khata se detuvo en seco. Su corazón golpeaba en sus costillas como una bestia enjaulada. No daba crédito.

No era humano.

No podía ser humano.

Tampoco era uno de los suyos. Su instinto lo habría detectado de inmediato. Entonces… ¿qué demonios era?

Miró a su alrededor con rapidez, buscando cámaras de seguridad, alguna salida oculta, una explicación racional. Pero su mente solo gritaba una cosa: es imposible.

Y, sin embargo… él seguía allí.

Khata lo miró, boqueando por el esfuerzo, por la sorpresa, por la imposibilidad de lo que acababa de vivir. ¿Cómo había llegado antes que ella? ¿Cómo se movía con tanta ligereza? Era imposible. Absurdo. Y, sin embargo… ahí estaba.

Como si nunca la hubiese perdido de vista.

—Si no quieres que te haga daño, será mejor que te apartes de mi camino —espetó con la mandíbula apretada, sacando el puñal por primera vez y mostrándolo sin disimulo.

La hoja brilló bajo la luz artificial, reflejando el dorado viejo de las lámparas del metro. Era hermosa y letal, como ella.

Miguel alzó las cejas, claramente divertido. Un brillo travieso le danzaba en la mirada, una chispa que contrastaba con su aura severa.

—Te invito a que lo intentes —dijo, y esa voz, maldita sea, era demasiado serena. Casi burlona.

Khata no esperó más.

Se lanzó contra él en un movimiento fluido, rápido y letal.

El filo del puñal cortó el aire con precisión, dirigido directo a su costado.

Miguel solo se movió unos centímetros. La desvió con facilidad, como si fuera una niña jugando con un palo.

Durante unos instantes estuvo jugando con ella al gato y al ratón, hasta que se cansó y el golpe que vino después fue limpio y medido, más para inmovilizar que para dañar.

En un parpadeo, ella estaba atrapada, sus brazos sujetos con fuerza detrás de su espalda.

—¿Eso era todo? —murmuró él, con una sonrisa casi perezosa, muy cerca de su oído.

Khata gruñó. No de miedo, de rabia.

—¡¡Suéltame!! —le espetó.

Su cuerpo se contorsionó, buscando liberarse, pero Miguel no cedía. Su agarre era firme como acero templado, implacable. Un calor extraño emanaba de él, envolviéndola como una llamarada invisible. Y esa cercanía… esa proximidad insoportable… encendía algo más que su frustración.

Pero no iba a dejarse vencer.

No por él.

Y entonces, sin pensarlo, lo hizo.

Dejó que su oscuridad se filtrara. Sus colmillos emergieron con brutalidad, relucientes bajo la luz mortecina. Y, sin darle tiempo a reaccionar, giró el rostro y lo mordió con todas sus fuerzas en el antebrazo.

La sangre tocó su lengua. No era como la que había probado antes. No era humana. No era de los suyos. Era otra cosa.

Una ráfaga de luz cruzó su mente, un zumbido caliente bajo la piel, como si una corriente eléctrica hubiera estallado en su interior. El sabor era celestial. Y, a la vez… imposible de sostener. Como intentar atrapar un rayo con los dientes.