La Profecía de los Caídos Capítulo 2
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Capítulo 2

La vieja ciudad del amor nunca dormía, aunque a esas horas, apenas iluminada por las farolas que arrojaban luz sobre las calles, estaba desierta.

Khata se movía como un susurro entre las sombras del barrio latino de París, donde los tejados parecían mirar al cielo y los callejones respiraban historias antiguas.

El aire olía a humedad, piedra y un efluvio de comida procedente de los restaurantes que habían cerrado sus puertas hacía horas.

Khata se desplazaba entre las sombras como una exhalación contenida.

Su presa, una figura escurridiza que parecía tener prisa en esa sombría y lluviosa noche, se mimetizaba con el entorno con una maestría inquietante.

Cada movimiento era fluido, silencioso, como si la oscuridad fuera su piel, su elemento natural.

Demasiado rápido para un simple mortal. Pero Khata, con la agilidad sobrenatural que corría por sus venas, mantenía la distancia sin esfuerzo aparente.

Aunque un velo de penumbra y llovizna le había negado un vistazo a su rostro, reconocía la cadencia de sus pasos, la seguridad constante de alguien que conocía cada recoveco de ese laberinto urbano.

Sus botas, de cuero suave y sin adornos, apenas rozaban el pavimento húmedo.

Se había despojado de cualquier peso innecesario, cada prenda oscura diseñada para fundirse con la negrura y protegerla del frío.

Solo el brillo fugaz de sus ojos, como ascuas momentáneamente reflejadas en la superficie opaca de algún escaparate cerrado, delataba su presencia.

Doblaron una esquina y Khata se pegó contra la pared helada, volviéndose una extensión de la sombra, justo cuando el hombre al que seguía se detuvo en seco.

Su cabeza giró con lentitud, escrutando la oscuridad circundante, como si una punzada de instinto le advirtiera de una presencia invisible.

Ella captó la tensión en la nuca del desconocido, el breve fruncimiento de su ceño, una duda fugaz antes de que continuara su camino hacia la plaza Saint Michel.

Un suspiro silencioso escapó de los labios de Khata en forma de vaho, un alivio momentáneo ante el temor de haber sido descubierta, que se disipó con rapidez al comprender que solo había sido una falsa alarma.

Con renovada atención lo siguió a una distancia prudente, su determinación inquebrantable mientras la guiaba a través de laberínticas calles empedradas, hasta que la boca oscura de una estación de metro cerca de las ominosas Catacumbas apareció ante ellos.

Una sonrisa tensa curvó los labios de Khata al ver a su objetivo descender por las escaleras de cemento, hundiéndose en las entrañas de la tierra. Pronto lo alcanzaría, su objetivo estaba cerca, pero al apoyar el pie en el primer escalón, una punzada helada la inmovilizó.

Agudizó el oído, tensando cada músculo. Un escalofrío recorrió su espalda mientras fruncía el ceño, sus ojos gris plata escrutando la negrura que la rodeaba.

Su instinto, ese sexto sentido afilado por años de persecuciones, traiciones y madrigueras oscuras, le gritaba con una urgencia visceral: no estás sola.

Su pulso se aceleró, no por un miedo paralizante, sino por una descarga de adrenalina pura.

Estaba alerta, con los sentidos despiertos, afilados como el filo de una daga.

Retrocedió un paso, girando con lentitud sobre sí misma, su mirada recorriendo las sombras más profundas de la noche.

La luz amarillenta y vacilante de una bombilla solitaria parpadeando sobre su cabeza, como un ojo moribundo, proyectaba figuras danzantes en la pared.

Las gotas de lluvia que impactaban contra el cristal caliente se evaporaban al instante, envolviendo la escena en una niebla ligera, casi fantasmal.

Por un segundo fugaz creyó ver algo. Una silueta oscura deslizándose detrás del tronco nudoso de un árbol corpulento. No podía asegurarlo, pero algo dentro de ella se estremeció.

Cerró los ojos, expandiendo sus sentidos más allá de lo físico.

Se sumergió en el murmullo lejano y ocasional del tráfico, en el goteo persistente de una tubería oxidada, en el roce del viento entre las fachadas, en la ligera lluvia chocando contra el asfalto.

Y, sin embargo… la presencia seguía allí.

Invisible. Silenciosa. Pero tan real como su propia respiración.

Volvió a abrir los ojos, lista para atacar si era necesario, pero solo encontró oscuridad. Oscuridad… y esa certeza escalofriante de estar siendo observada por algo que se ocultaba justo fuera de su campo de visión.

El silencio se volvió denso, casi sólido, como si la ciudad misma contuviera el aliento. Y entonces lo oyó: el eco, cada vez más lejano, de los pasos del desconocido hundiéndose en las entrañas de París.

No puedes perderlo, se dijo, y tomó una decisión.

Se lanzó escaleras abajo, descendiendo hacia las profundidades del metro con la agilidad de un depredador.

El aire viciado golpeó su rostro apenas cruzó el umbral.

Olía a humedad, sudor, comida rancia y secretos olvidados.

Caminó por los pasillos estrechos, alerta, con cada músculo preparado para el combate.

Maldijo en voz baja al comprobar que no se oía absolutamente nada.

Y entonces rompió a correr, olvidando toda cautela. Sus pasos resonaban por los corredores vacíos hasta que alcanzó el primer andén. Miró a un lado y a otro. Vacío. El desconocido se había desvanecido como un suspiro en la niebla.

Saltó a las vías sin pensarlo. Caminó hacia la izquierda, con los ojos clavados en la oscuridad.

Estaba segura de que ese era el camino correcto, el que llevaba a la entrada secreta de las Catacumbas.

Kilómetros de túneles y galerías se extendían bajo los pies de la vieja ciudad de París, un laberinto antiguo donde los olvidados, los rebeldes y los condenados podían vivir lejos del juicio del mundo.

El eco de sus pasos retumbaba sobre las pequeñas piedras sueltas entre los raíles; su respiración entrecortada se mezclaba con los chillidos de las ratas que huían asustadas por su presencia.

Y entonces lo sintió de nuevo.

Una presencia. Pura. Antigua. Que rozó su piel como una brisa helada, haciéndole erizar cada vello desde la nuca hasta el final de la espalda.

Se detuvo.

—¿Quién eres? —preguntó al aire, sin apartar la vista de las sombras.

No sabía cómo lo sabía, pero lo sabía. Algo en su esencia vibraba con una frecuencia distinta, como si las células de su cuerpo hubieran reconocido un eco que siempre había estado allí, esperando.

—Sé que estás aquí —añadió, girando despacio sobre sí misma—. Puedo sentir tu presencia.

El silencio respondió por un instante, y luego… una voz lo rompió.

—¿Quién eres tú?

La voz era grave, serena, como un trueno contenido en un susurro. No había eco y, sin embargo, resonó en cada rincón del túnel. Como si no viniera de un solo lugar, sino de todas partes al mismo tiempo. Como si la oscuridad misma la hubiese pronunciado.

Khata se tensó, girando con rapidez, lista para atacar… y entonces lo vio. Y, por un instante, olvidó todo. Incluso al ser al que estaba persiguiendo. Incluso a Olivier.

No podía moverse. Los sentidos que hasta hacía apenas un segundo estaban enfocados en la persecución, en la tensión latente de un posible ataque, se apagaron de golpe. No por falta de peligro, sino por el súbito desconcierto que la embargó al verlo.

El mundo pareció detenerse al contemplar a aquel hermoso ser.

De pie, al otro lado de las vías, como si hubiera emergido de las sombras mismas.

Inmóvil. Imponente. Ajeno a las leyes del tiempo y del espacio.

Desprendía un aura luminosa pero inquietante, que revelaba a la perfección sus rasgos.

Era alto y atlético, más que la media, y no portaba armas, pero algo en su sola presencia desbordaba poder. Un poder antiguo, absoluto, implacable.

Khata sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

Su piel era como mármol bañado por la luna, pero con una calidez implícita, como si el sol aún reposara bajo su superficie.

La mandíbula fuerte, tallada de forma perfecta, hablaba de determinación y fuerza; la nariz, afilada y recta, no tenía ni una sola imperfección.

Pero fueron sus labios, llenos, esculpidos, de un tono sutilmente más oscuro que su piel, los que le robaron un breve y traicionero latido.

Sin embargo, nada se comparaba a sus ojos.

Violeta.

Un violeta imposible, hipnótico, como un incendio contenido tras una tormenta.

Intensos, penetrantes, poseían la claridad de la verdad absoluta, y aun así ocultaban secretos demasiado pesados incluso para un dios.

Cuando su mirada se cruzó con la suya, Khata sintió que algo en ella se fracturaba.

Como si una grieta se abriera en su pecho, dejando salir todo lo que había enterrado durante años.

Su cabello, una mezcla de canela dorada, con mechones que relucían como rayos de una puesta de sol y otros que rozaban la blancura nívea de la luz celestial, caía en ondas que enmarcaban su hermoso rostro.

Ni pulcro ni salvaje, simplemente perfecto.

Y se movía con la misma gracia tranquila de un depredador que sabe que no necesita correr para atrapar a su presa.

Khata parpadeó, sin atreverse siquiera a respirar. Era como mirar directo al centro de una tormenta, sabiendo que, si daba un solo paso, la consumiría.

¿Qué eres?, pensó para sí misma.

Porque eso no era un hombre. No como los que había conocido hasta ese día. Era otra cosa. Una presencia divina materializada en forma humana. Una belleza que no debía existir en la Tierra, no sin consecuencias.

Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Cada fibra se tensó, no por miedo, sino por ese estremecimiento inexplicable que recorría su interior como un relámpago contenido.

Había poder en él. No solo físico, sino algo más profundo: una autoridad silenciosa, una rectitud que se imponía sin necesidad de palabras.

Y fuego. Un fuego contenido que ardía justo detrás de sus ojos.