La Profecía de los Caídos Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Miguel se levantó de golpe, incapaz de seguir soportando la ironía de su hermano, y comenzó a caminar sobre la arena ardiente.

La carcajada de Amitiel resonó tras él, y el rechinar de dientes del arcángel fue casi audible.

No ayudaba en nada que su porte solemne estuviese ahora acompañado por un bañador floreado y unas gafas de sol.

Muy lejos quedaba su pose de orgulloso y fiero guerrero.

Nadie diría que era el general de las huestes angelicales con esas pintas de turista desavenido.

Solo le faltaba llevar unos calcetines blancos con chanclas y daba el pego total como un infiltrado entre los humanos.

—No seas exagerado —dijo su hermano mientras lo alcanzaba, las manos aún en los bolsillos de su abrigo largo, que no casaban en absoluto con el clima veraniego del lugar—. No es cierto que no queden demonios. De hecho, precisamente venía a hablarte de eso.

Miguel no respondió. Fingió desinterés como si aún pudiera permitirse el lujo de no importarle. Pero su espalda, tensa de repente, lo traicionó.

—Habla.

—De momento no es nada preocupante —comentó con estudiada indiferencia—. Algunas desapariciones humanas. Casos aislados. Nada que no hayamos visto antes.

—¿Provocadas por…?

—No lo sabemos con certeza —admitió mientras caminaban por la orilla, dejando que las olas rompieran a centímetros de sus botas sin llegar a mojarlas.

Miguel lo miró de reojo con el ceño fruncido. Había aprendido a detectar las medias verdades del único ser que no podía mentir. Y Amitiel se estaba guardando algo.

—Pero tenéis algunas sospechas —insistió.

Su hermano tardó unos segundos en responder. El viento le revolvía el cabello oscuro y la luz del sol agonizante daba un tono ámbar a su expresión, más sombría de lo habitual.

—Como bien sabes, el Apocalipsis ha cambiado el mundo tal y como lo conocíamos hasta ahora. Todos esos millones de muertes han llevado a la sociedad actual a empezar, de algún modo, de cero. Muchos han regresado a sus casas, con sus familias y a sus trabajos… Pero otros se han quedado sin nada.

—Así es —admitió sin entender dónde estaba el problema—. Sin embargo, gracias a la solidaridad de las buenas personas, esos desamparados no están solos en su desgracia. Se han creado fundaciones, leyes y ayudas que reparten mejor la riqueza entre los ciudadanos de cada país.

—Cierto —confirmó su hermano—. No obstante, el universo debe mantener un equilibrio. No puede haber luz sin oscuridad, como tampoco actos bondadosos sin que haya egoísmo y materialismo. Por eso dejamos que algunos demonios todavía caminen entre los humanos para equilibrar la balanza.

El general frunció los labios, inquieto.

—Y esos demonios son de clase inferior, poco peligrosos en su mayoría. Criaturas sin demasiada voluntad, cuya existencia garantiza el equilibrio. Incluso establecimos los límites de actuación y los vigilamos estrechamente, a excepción de unos pocos a los que todavía estamos dando caza.

—Lo hicimos —corroboró Amitiel—. Pero han surgido algunos rumores que hablan de que esos demonios menores han comenzado a reunirse y que tengan algo que ver con las últimas desapariciones.

Y no lo hacen por casualidad. Hay alguien o algo que los está guiando.

Aún no sabemos si es un demonio superior…

o algo peor. Y lo más preocupante es que, en varios de esos focos de actividad, hay rastros que coinciden con la firma de energía de los antiguos descendientes de Caín.

Miguel se detuvo por completo, como si sus pies se hubieran anclado a la arena.

—¿Estás hablando de los Sangrenegra? —preguntó incrédulo—. Tenía entendido que los Jinetes se habían encargado de ellos durante el Apocalipsis. Muerte, Peste, Guerra… arrasaron con sus guaridas, exterminaron clanes enteros.

Amitiel no respondió de inmediato. El silencio previo a su respuesta decía más que cualquier palabra.

—Eso creímos también —admitió al fin, con una sombra de duda en la voz—. Pero puede que algunos sobrevivieran. O peor… que algo nuevo haya emergido de sus cenizas. Todavía no lo sabemos con exactitud.

El silencio que cayó entre ellos fue denso, casi tangible. Solo el rumor del mar, ese vaivén eterno y ajeno, parecía tener permiso para llenar el espacio. La brisa soplaba con suavidad, como si incluso la naturaleza tuviera cuidado de no alterar demasiado la atmósfera.

—¿Quiere eso decir que los Caídos han roto su palabra? —murmuró Miguel con el ceño fruncido—. Creí que el pacto seguía intacto.

—Tal vez lo esté… —dijo Amitiel, sopesando cada palabra—, al menos en apariencia.

Hemos hablado con ellos y juran que ninguno de los suyos ha quebrado el acuerdo.

Pero ya no quedan tantas almas corrompidas, Miguel.

Y el hambre... el hambre cambia a las criaturas, incluso a aquellas que un día prometieron fidelidad.

Pero no te preocupes —añadió con una media sonrisa que no se molestó en ocultar del todo—, solo son rumores.

Nada confirmado. Tú sigue disfrutando de tus vacaciones, ya nos encargamos nosotros de averiguar qué está pasando.

Miguel lo miró de reojo, apretando los dientes al ver ese asomo de sonrisa en el rostro perfecto y luminoso de su hermano.

—Si no estás aquí para pedir mi ayuda, ¿a qué has venido entonces?

—Solo a informarte —respondió él con una falsa inocencia que no engañaba a nadie—. Como siempre andas quejándote de que eres el último en enterarte de todo… pues mira qué detallazo he tenido en ponerte al día mientras disfrutas de tu retiro.

Miguel alzó la vista al cielo como si buscara allí una pizca de paciencia divina.

El sol se fundía con el mar en una escena digna de una postal, un espectáculo de tonos dorados y carmesíes, como si el cielo estuviera sangrando luz.

Irónico que ese paisaje tan pacífico fuera testigo de una noticia tan inquietante.

Llevaba demasiado tiempo sintiéndose fuera de lugar.

Había estado decaído por falta de motivación tras tantos años de lucha contra las Tinieblas.

La inactividad le había caído como un jarro de agua fría, desubicándolo hasta hacerle perder un poco el norte.

Y no es que hubiera rezado por tener algo de acción —que un poco sí, para qué negarlo—, pero sus oraciones iban más bien enfocadas hacia otro tipo de criaturas a las que cazar.

Y aunque nunca lo admitiría, ni bajo tortura celestial, el cosquilleo que le recorría la espalda no era solo de preocupación…

también era de emoción. Como si, al fin, algo mereciera su atención de nuevo.

Amitiel, por su parte, lo sabía. Y no solo había ido hasta allí a cumplir su deber de informarlo por ser su superior. De paso, había encontrado la excusa perfecta para mofarse de él de un modo en el que no pudiera tomar represalias en su contra.

Miguel entrecerró los ojos. Conocía bien ese juego.

—Muy bien, como quieras —dijo de pronto, con un tono tan indiferente que hasta una piedra se lo habría creído.

Amitiel alzó una ceja, claramente sorprendido.

—¿En serio?

El arcángel mantuvo la expresión impasible. Ni un pestañeo. Ni un temblor en la comisura de los labios. Puro mármol celestial.

—Está bien —concedió el ángel de la Verdad, todavía confuso—. Cuando sepa algo más, vendré a informarte. Mientras tanto, disfruta de… —miró el aburrido paisaje de alrededor con escepticismo—… tu tiempo aquí.

—Así lo haré —afirmó, adoptando de nuevo el paso lento y sereno de quien no tiene prisa por nada. Como si el fuego recién encendido bajo su piel no existiera. Como si no tuviera el alma a punto de salir volando de impaciencia—. Dale recuerdos a los demás de mi parte.

Amitiel lo observó un segundo más, buscando algún gesto que lo delatara. No encontró ninguno. Con un suspiro resignado abrió las alas y se elevó al cielo, despidiéndose con un simple movimiento de cabeza.

Miguel no se detuvo hasta que el sonido del suave batir de alas desapareció entre las nubes.

Entonces, el telón cayó.

—¡A la mierda mis vacaciones! —espetó, girando sobre sus propios talones y echando a andar a grandes zancadas hacia la cabaña—. ¡¿Pero quién demonios pensó que dejarme fuera del juego era buena idea?!

Abrió la puerta de su bungalow con demasiada energía, casi arrancándola de las bisagras, y empezó a recoger sus cosas. Y aunque en su rostro mantenía el gesto serio, en el fondo... muy en el fondo… estaba sonriendo.