Capítulo 1
Con los ojos cerrados y el rostro relajado, el arcángel Miguel se dejaba acariciar por los cálidos rayos del sol que doraban su piel blanca e inmaculada.
Una suave brisa marina que le traía ecos lejanos de las olas arrullaba sus sentidos mientras descansaba sobre una hamaca en una hermosa y paradisíaca playa.
Aquellos instantes de paz eran un regalo inusual, un premio tras incontables eones al servicio del Santísimo Padre.
Y qué mejor forma de disfrutarlo que con unas merecidas vacaciones en una isla remota del Pacífico, rodeado de silencio, agua turquesa, arena blanca y un infinito cielo azul.
Habían pasado dieciocho meses desde el Apocalipsis, un tiempo en el que la humanidad había comenzado a recomponer los jirones de su existencia, inconsciente aún de que la historia había cambiado para siempre.
Desconocían que la devastación que casi los había consumido no fue solo obra de la terrible epidemia que había asolado al mundo.
O del colapso climático que generaba hambruna en muchos países sin recursos ni líderes que quisieran cambiar las tornas.
O de las cruentas guerras provocadas por la codicia de algunos dirigentes ávidos de poder y ambición, carentes de cualquier humanidad o empatía.
Ignoraban que los Cuatro Jinetes habían cabalgado de nuevo sobre la Tierra.
Para ellos, todo seguía siendo culpa de guerras, enfermedades y de la avaricia que siempre había acompañado al corazón humano.
Solo había sido una casualidad que aquellos terribles acontecimientos hubieran ocurrido al mismo tiempo.
Y era mejor así, pues Padre, conmovido por el increíble acto de misericordia propiciado por el inconmensurable sacrificio de Ayelet, les había concedido una segunda oportunidad.
Que la humanidad siguiera ignorante de las fuerzas que se batían en los márgenes de su mundo era vital para preservar su don más frágil y sagrado: el libre albedrío.
Ellos jamás debían descubrir que estuvieron al borde de la extinción y que ángeles y demonios libraron la mayor de las batallas donde sus destinos estaban en juego.
El solo conocimiento de que Dios, en su dolor, había contemplado la idea de permitir que las fuerzas oscuras tomaran la Tierra, dejando que los demonios los convirtieran en esclavos y sus vidas cambiasen para siempre, podría hacer que todo lo que sucedió después perdiera sentido.
La ignorancia, en este caso, era un acto de misericordia, porque, pese a todo, Dios aún creía en ellos.
Aún los amaba. La luz que todavía veía brillar en el corazón de sus hijos era suficiente para otorgarles una última oportunidad.
Y fue esa fe, silenciosa pero inquebrantable, la que le dio esperanzas.
Esperanzas de que, incluso tras el Apocalipsis, la humanidad sería digna de su propia redención.
Miguel extendió el brazo y tomó una copa decorada con frutas exóticas, apoyada en una pequeña mesa enterrada en la fina arena.
Una mezcla precisa de sabores cítricos, dulces y amargos rozó su lengua.
Dejó que el frescor le impregnara el paladar mientras una ligera brisa jugaba con los suaves mechones de su cabello, justo en el momento en que el batir de unas alas suaves, casi imperceptibles, interrumpió el silencio plácido de su descanso.
—¡Vaya! —dijo una voz que Miguel reconoció al instante—. Veo que no te cuesta nada acostumbrarte a los placeres mundanos.
Sobre la arena apareció una figura esbelta con sus alas de un blanco níveo plegadas con elegancia a su espalda. Miguel abrió un ojo con pereza y observó a uno de sus hermanos más queridos.
—¿Lo dices por esto? —replicó, alzando su cóctel Mai Tai—. No está mal, supongo.
Una sonrisa irónica despuntó en el hermoso rostro de Amitiel, haciendo que los hoyuelos profundos que marcaban sus mejillas aparecieran como destellos de luz en su piel.
Su mirada se perdió en el horizonte, atrapada por el azul interminable del océano.
Recordó entonces su encierro en una isla parecida a aquella, y un nudo de emociones le cerró momentáneamente la garganta.
No hacía tanto tiempo de aquello y, sin embargo, parecía tan lejano...
Aquel lugar también tenía arena blanca, palmeras altas y una cárcel de agua turquesa.
Lo habían privado de su libertad, había sufrido humillaciones, golpes y soledad.
Pero en medio de aquel infierno había hallado su redención: Ayelet.
Su compañera. Su ancla. Su amor. Ella había sido el regalo oculto entre las ruinas, la luz entre las sombras.
Había aprendido a amar de verdad, con cada herida, cada lágrima, cada caricia robada al miedo cuando creyó que la había perdido para siempre.
Y, aun así, no cambiaría nada de lo vivido en aquellos tiempos.
—Lo digo porque llevas tirado aquí varias semanas sin mover un dedo —añadió al fin, volviendo a mirar a Miguel con un deje burlón.
—¿Acaso tienes envidia? —respondió este encogiéndose de hombros con fingida indiferencia.
Amitiel dejó de contemplar la línea que separaba el horizonte del océano y estudió el rostro relajado de su hermano mayor.
—En absoluto.
—Entonces, ¿qué haces aquí? —preguntó el arcángel, bajándose un poco las gafas de sol sobre el puente de la nariz, tras las que escondía unos impresionantes ojos de un inusual color violeta—. No me digas que Ayelet te ha echado de tus habitaciones, harta de tu cabezonería.
—Yo no lo llamaría cabezonería —se apresuró a defenderse Amitiel.
Miguel soltó una carcajada, profunda y sincera.
—Pues no sé cómo llamar al hecho de que todavía no hayas perdonado a una de sus mejores amigas por cortarte el pelo después de tanto tiempo.
El ángel de la Verdad se pasó la mano por su oscuro cabello con nostalgia. Aún no había pasado el tiempo suficiente para que su melena volviera a su antiguo esplendor; de momento, apenas le llegaba a la nuca.
—Bien sabes que nunca he estado enfadado con Alaina.
El general de las huestes angelicales se subió de nuevo las gafas sobre el puente de la nariz y dio otro sorbo a su copa al tiempo que regresaba su atención hacia el infinito océano.
—Lo sé —admitió—. Solo la estás castigando.
Una de las comisuras de la boca de Amitiel se arqueó hacia arriba en una sonrisa mordaz.
La heredera de Israel era una de las pocas humanas a la que respetaba y por las que sentía verdadero aprecio.
Ambos, con un carácter bastante parecido, se llevaban como el perro y el gato, pero darían la vida el uno por el otro sin pensarlo ni un segundo.
—Así es —confesó, sin molestarse en negarlo.
—¿Y no crees que ignorarla después de tanto tiempo es un poco cruel? Al fin y al cabo, solo hizo que cumplieras la promesa que tú mismo hiciste.
El ángel de la Verdad se cruzó de brazos con una pose indolente, casi orgullosa, disfrutando de forma visible de aquella situación. Sacar de quicio a Alaina seguía siendo uno de sus pasatiempos favoritos.
—No, no lo creo. Además, no la ignoro, solo le dirijo la palabra lo estrictamente necesario.
—¿Lo ves? A eso, hermano, se le llama cabezonería.
Amitiel no tenía intención de discutirlo, negar algo que hasta él mismo sabía que era una absurda pérdida de tiempo. Cambió de posición al cruzar las manos tras la espalda.
—¿No crees que le estás cogiendo demasiado gusto a esta afición tan humana de perder el tiempo? —cuestionó, cambiando de tema a propósito.
Miguel alzó ambas cejas con ironía.
—¿Te recuerdo que fue idea vuestra mandarme “a paseo”? —replicó con un deje de reproche en sus palabras.
Amitiel recordó ese momento y no pudo evitar que una sonrisa asomara a su rostro.
—¿Tal vez porque estás un pelín insoportable últimamente? —insinuó con una ceja en alto.
El arcángel apretó los labios, una sombra de disgusto cruzando su rostro sereno.
Aquellas palabras, aunque dichas con ligereza, le dolieron.
Tras la titánica batalla que había sacudido la Tierra entre ángeles y demonios, llevó a sus hermanos supervivientes a dedicarse de forma incansable durante meses a rastrear y capturar a los demonios escurridizos que, como cobardes alimañas, se negaban a regresar a los abismos del Inframundo.
La gran mayoría habían sido apresados, y la adrenalina de la misión, la urgencia del deber, se había disipado, dejando un vacío extraño.
Miguel, guerrero celestial acostumbrado a la acción constante, se sentía ahora desorientado y con una carencia interna por la inactividad a la que no se daba acostumbrado.
Incapaz de permanecer de brazos cruzados, había volcado su inmensa energía y su sentido de la protección en velar por la seguridad de la descendencia de los dos linajes del Grial que residían en la Tierra.
A tal punto que sus amigos le hicieron ver que tal vez estaba siendo más intenso de lo habitual, por lo que le aconsejaron que se tomara unas breves vacaciones.
—No entiendo por qué me preocupo por vosotros —refunfuñó entre dientes—, sois una panda de desagradecidos, no os lo merecéis.
—Es que eres muy cansino. —Cuando el arcángel se erizó en su asiento, Amitiel se apresuró a alzar ambas manos en son de paz—. ¡Ey!, no me mires así, es lo que dicen los humanos —se excusó echando balones fuera.
Miguel soltó un bufido antes de recostarse de nuevo en la hamaca, como si el peso de su existencia cayera sobre su pecho.
—Para vosotros es fácil hablar —gruñó—. Algunos tenéis hijos, pareja, una motivación en la vida… En cambio, ¿a mí qué me queda? Nada. Ya no quedan demonios, ya no hay una guerra que librar, mi existencia no tiene sentido.
Amitiel contuvo una carcajada a duras penas, aunque no fue tan rápido como para ocultar el brillo burlón en el azul de su mirada.
—¿Te resulta gracioso? —siseó el arcángel, molesto.
—En absoluto —respondió con fingida seriedad—. Solo que no te pega nada esa pose de ángel deprimido. Te queda un poco forzada, ¿no crees?