La Profecía de los Caídos
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Prólogo
La Primera Sangre
En el principio, cuando la humanidad aún no conocía el peso del pecado ni el sabor amargo del rencor, dos hermanos caminaban entre los campos dorados de la Creación.
Caín, primogénito de Eva, cultivaba la tierra con manos callosas y mirada endurecida por el sol.
Abel, su hermano menor, pastoreaba con dulzura, guiando a los animales con una ternura heredada de la inocencia aún intacta del mundo.
Ambos amaban al Señor, pero lo amaban de distinta forma.
Mientras Abel ofrecía lo mejor de su rebaño, corderos sin mancha, sangre pura derramada por amor y reverencia, Caín, en cambio, ofrecía frutos honestos arrancados del suelo a fuerza de arado y desaliento, de sudor, sangre y esfuerzo.
Dios, sin embargo, aceptó el sacrificio de Abel y rechazó el de Caín.
Fue entonces cuando el corazón del hermano mayor se quebró.
No por la ira, sino por la herida del rechazo.
La envidia, el más humano de los pecados, se infiltró como veneno por sus venas.
En lo más hondo de su ser, Caín deseó lo que Abel tenía: la bendición, la aceptación, la aprobación de su creador, y se preguntó por qué él no era igual de amado.
Y así, una noche en que las estrellas se escondieron y la luna se tornó roja, Caín alzó la mano contra su hermano.
La tierra se abrió para beber la sangre inocente de Abel, y el grito del primer asesinato desgarró los cielos.
El crimen no solo rompió el vínculo entre hermanos, sino que quebró algo más profundo: el equilibrio sagrado de la humanidad.
Entonces Dios, el Creador de todo cuanto existe, maldijo a Caín.
No lo mató, pues eso habría sido un castigo leve comparado con lo que vendría; en su lugar, le impuso una marca.
Una señal que nadie más entendería, pero que resonaría en el alma de cada criatura: la Marca de Caín, símbolo eterno del primer derramamiento de sangre.
—Serás errante y fugitivo en la Tierra —declaró Dios, decepcionado con su creación—. Vagará tu estirpe sin descanso, sin hogar, sin perdón. Y aunque la muerte te reclame, no te será concedida.
Desde entonces, Caín y sus descendientes vagaron por las sombras del mundo. Condenados a huir de su hogar, temerosos del juicio de los hombres, temidos por lo que eran y por lo que llevaban dentro.
Algo cambió en su sangre aquel día, corrompida por la muerte de Abel.
No podían morir como humanos, pero tampoco vivir como ellos.
Se convirtieron en criaturas que se alimentaban de la vida de otros, como si la sangre derramada en aquel campo maldito hubiera infectado su linaje con una sed que jamás podría saciarse.
Fueron reconocidos con varios nombres: los malditos, los hijos de la noche, los no muertos… Aunque, con el tiempo, los hombres terminaron por llamarlos: vampiros. Seres pálidos, de ojos hambrientos y alma rota. Criaturas de leyenda... y, sin embargo, demasiado reales.
Nacidos de la maldición del primer asesino, la sangre de Caín corría por sus venas como un veneno antiguo, latente, poderoso.
No todos ellos abrazaron la oscuridad. Algunos, los menos, intentaron resistir a la corrupción que ardía en su interior como un fuego helado. Su existencia era una batalla constante, una lucha perpetua entre la sed de redención y el hambre de sangre.
De un modo u otro, buscaron la forma de acabar con aquella maldición. Se aferraron a las ruinas de una fe que tal vez ya no los reconocía como hijos del Creador, pero que hablaba de perdón y segundas oportunidades.
Ya no rezaban a un Dios que los había castigado y abandonado a su suerte, preguntándose si era justo que el pecado de una sola persona debiera repercutir en toda una estirpe.
Pero algunos todavía tenían esperanza. Sí, bajo las capas de muerte, maldición y pecado, tal vez quedaba algo de humanidad en ellos que salvar.
Pero no todos compartían ese anhelo. Conforme las generaciones se multiplicaban, las divisiones crecieron dentro de la misma estirpe. Lo que comenzó como un linaje maldito pronto se fragmentó en clanes. Cada uno, guiado por una visión distinta de su naturaleza.
Durante cientos de años, los más antiguos, los llamados Puros, querían encontrar una cura.
Ellos creían que la redención era posible, que la misericordia de Dios podía alcanzar incluso a los caídos.
Muchos de ellos se negaban a alimentarse hasta casi alcanzar la inanición, y solo lo hacían cuando el hambre era tan feroz que nublaba su juicio.
Pero otros... Otros sintieron el poder. Descubrieron que la sangre humana no solo calmaba el dolor de la maldición, sino que también podía otorgar dones: fuerza, rapidez, sentidos agudos.
Cuanto más pura era el alma que se consumía, más se fortalecían.
Se volvieron adictos. Y, como todos los adictos, perdieron el control.
A estos se los llamó Sangrenegra. Eran caóticos, despiadados, y no buscaban redención. Querían reinar, dominar el mundo de los hombres y esclavizarlo. Soñaban con una nueva era donde los descendientes de Caín fueran dioses sobre la Tierra.
La guerra fue inevitable. Clanes enteros se alzaron unos contra otros.
Las ciudades humanas ardieron sin que nadie supiera el por qué.
Los Puros intentaron contener la masacre, pero sus esfuerzos fueron en vano.
Las traiciones dentro de los suyos debilitaron su causa.
Líderes justos fueron asesinados, sellos antiguos fueron rotos y la oscuridad se extendió.
Fue entonces cuando el Cielo intervino. Miguel, el general de los ejércitos celestiales, descendió por orden divina. No para exterminarlos, aún no, sino para imponer un juicio. Una última oportunidad.
En su mano llevaba una lanza hecha de luz, forjada en el fuego eterno del trono de Dios, y en sus ojos ardía el mismo juicio que una vez expulsó a Lucifer. Él no sentía compasión, pero tampoco buscaba venganza.
Miguel les propuso un pacto: un Código de Sangre.
—Os alimentaréis solo de aquellos que hayan sellado su alma con pecado.
Aquellos dominados por la soberbia, la ira, la lujuria, la codicia, en definitiva, por los pecados capitales.
La corrupción marcará sus corazones y solo entonces os estará permitido beber.
Si os rebeláis… si osáis cruzar la línea y volvéis a devorar a más almas inocentes, no habrá refugio en esta tierra, ni cueva ni sombra donde podáis esconderos de mi espada.
El pacto fue aceptado. No por todos… pero sí por la mayoría.
Bajo la mirada inflexible de Miguel se instauraron los Vigilantes: vampiros elegidos por su templanza, fidelidad y control, marcados con el fuego del cielo.
Su deber era claro: patrullar las fronteras invisibles entre la indulgencia y la destrucción, asegurarse de que la línea sagrada no se cruzara.
Que nadie, nadie, volviera a devorar el alma de un inocente, o tendría una muerte asegurada.
Los Sangrenegra, negados al pacto, fueron perseguidos. Se convirtieron en leyenda incluso entre los suyos. Cazados, empujados a los rincones más oscuros del mundo, a lo profundo de la Tierra y los corredores olvidados del tiempo. Pero nunca fueron erradicados. La oscuridad no muere... solo espera.
Desde entonces, los descendientes de Caín han vivido divididos.
Unos, atormentados pero fieles al pacto, luchando cada día contra la bestia que habita en su pecho.
Caminan con cautela entre los humanos, alimentándose solo de los corrompidos: asesinos, traficantes, violadores, corruptos… los que han sellado su alma al pecado.
Los otros, los ambiciosos, los hambrientos de sed y poder…
se han estado ocultando entre las sombras, urdiendo planes a largo plazo.
Durante milenios han manipulado a reyes, papas, emperadores y presidentes.
Infiltrados en templos y gobiernos, sembrando guerra, hambre, codicia y caos, solo para mantener alimentado su deseo de que llegaría el día en el que esclavizarían a los débiles humanos.
Su poder creció en silencio. Eran sombras que caminaban entre los hombres con trajes bien planchados y ojos de acero.
Pero todo ha cambiado tras el Apocalipsis: la Tierra ya no es la misma y los pecadores… escasean. Y, con ellos, la única fuente de alimento permitida.
Ahora, tanto los Puros como los Sangrenegra sufren los efectos de un hambre cada vez más acuciante. Algunos han comenzado a debilitarse, otros pierden el control. Las líneas morales empiezan a desdibujarse. El pacto celestial se tambalea sobre una cuerda delgada como una hebra de luz.
Muchos clanes lo interpretan como una señal. Para algunos, es el preludio del fin de los vampiros como raza. Para otros, es la prueba de que Dios los ha abandonado por completo.
Los rumores se esparcen como un fuego antiguo: una revuelta está gestándose. Los clanes menores se agrupan en secreto. Los antiguos despiertan. Y los Sangrenegra ya no solo desean sobrevivir… quieren reescribir las reglas. Quieren sangre, no pecados.
Un nuevo orden está por nacer y, con él, tal vez la guerra.