Capítulo 38
«Cuando se abre un sobre, se cierra una mentira».
Inés Corrales se sentó en la silla de enea del cuarto de costura sin quitarse siquiera el abrigo marrón y lo primero que dijo, antes de que Puri terminara de ponerle delante un vaso de agua del grifo, fue que ella no venía a poner ninguna denuncia.
—Yo de juzgados no quiero saber nada, Adela, que todavía tenemos a mi madre en el tanatorio para enterrarla mañana —dijo la mujer.
—Te acompañamos en el sentimiento, hija —dijo Puri poniéndole la mano un segundo en el hombro—. Y aquí no hay ningún juzgado. Tú dinos lo que te encargó tu madre y te vas tranquila con tus hermanos.
Adela se sentó al otro lado de la mesa de pino y dejó su libreta negra encima de la madera, pero no la abrió para no asustarla. Rufina echó la cortina de florecitas del mostrador y se quedó apoyada junto a la plancha; Tina permaneció de pie al lado del maniquí sin asomar el teléfono.
—Mi madre llevaba dos años en la misma habitación que Aurora Benítez —explicó Inés—.
Al principio pensábamos que las cosas que hablaban las dos por las noches cuando nos íbamos las hijas eran desvaríos de viejas.
Pero ayer domingo, cuando se enteró por las auxiliares de que habían soltado a Andrés Valverde y que Mercedes Lozoya había sido detenida, mi madre me agarró de la muñeca y me pidió que fuera a nuestra casa del pueblo a vaciar el doble fondo de su costurero de mimbre.
Inés abrió el cierre de su bolso y sacó un pañuelo de hilo gris anudado por las cuatro puntas. Lo puso encima de la mesa y deshizo el nudo.
Dentro había una llave pequeña de hierro plano, con los dientes cubiertos de herrumbre. Del ojo colgaba una etiqueta redonda de cartón amarillo, atada con un trozo de bramante. Escrito a lápiz con letra antigua se leía:
Santo roto. No dar a la parroquia.
Rufina estiró el cuello desde la tabla de planchar sin tocar el pañuelo.
—¿Y tu madre te dijo qué abre esto, Inés?
—Me dijo que se la había dado a guardar su compadre Matías Rivas, el sacristán viejo, el invierno antes de morirse él —contestó la mujer—.
Le dijo a mi madre que en la iglesia no se fiaba de dejarla porque entraba mucha gente de las juntas al archivo, y que si algún día en el pueblo dejaban de llamar loca a la Aurora y alguien preguntaba de verdad por la muchacha de mayo del noventa, que no se la diera ni al cura ni al Ayuntamiento: que buscara a Puri Delgado, la que cuidaba las flores de santa Rita, y se la entregara a ella.
Puri miró aquella llavecita oxidada sobre el pañuelo gris como si el sacristán muerto acabara de alargar la mano desde el cementerio ocho años después.
—¿Nada más que la llave? —preguntó Adela.
—Nada más. Yo cumplo con mi madre para que descanse en paz y me voy al tanatorio, que me están esperando —dijo Inés levantándose deprisa de la silla, aliviada de haberse quitado aquel hierro del bolso.
Adela no le discutió ni le pidió que firmara nada; arrancó una hojita del talonario de encargos de la mercería, escribió en el concepto «Arreglo bajo abrigo luto — pagado» y se la metió en la mano para que, si alguien la había visto entrar desde la plaza, tuviera un papel limpio que enseñar en su casa.
Cuando la campanilla de la tienda sonó e Inés desapareció hacia los soportales, las cuatro se quedaron mirando la etiqueta de cartón sobre el pino.
—«Santo roto» —leyó Tina rompiendo el silencio—. Como nombre de calle no me suena, desde luego.
—Porque no es una calle, Tina —dijo Puri muy despacio, pasando el dedo por el borde del pañuelo sin tocar el metal—.
«El santo roto» es como llamaban los viejos antes a la ermita chica de San Bartolomé, la que está caída a medias en el cerro de atrás, justo donde empieza la linde vieja de Valdelobos.
Cuando se hundió el techo en los años setenta trajeron la imagen partida a la parroquia, pero detrás del altar de piedra quedó una alacena con puerta de chapa donde guardaban antes las cajas de cera de las romerías.
Rufina miró hacia la puerta de la calle.
—¿Llamamos a Castaño ahora mismo como le acabas de prometer en el banco, Adela?
—A Castaño le he prometido llamarlo antes de abrir otro sobre, y esta llave puede estar relacionada con lo de Clara —dijo Adela, envolviéndola otra vez en el pañuelo gris y guardándola, sin limpiarla, en una caja vacía de botones—.
Ahora avisaré al puesto y le diré de dónde viene.
Si hace falta una diligencia, que la hagan ellos.
Hoy son las siete y media y tú, Puri, tienes que ir a cerrar la iglesia antes de las ocho.
Se repartieron la recogida en diez minutos.
Puri se fue a echar las llaves de San Román Mártir y a apagar las velas de la capilla; Tina dijo que pasaba un momento por la puerta de Maribel para decirle que no la esperara a cenar, y Rufina cogió su malla de naranjas y se acercó con la furgoneta hasta la cuesta del Calvario para dejarle media docena en una bolsa colgada del picaporte a Andrés sin llamar a la puerta.
Adela se quedó sola en la mercería.
Llamó al puesto, dio cuenta de la llave de Inés y quedaron en pasar a recogerla.
Después colocó por colores los carretes de hilo que habían quedado sueltos en el mostrador, guardó las agujas en sus fieltros y luego se sentó en la trastienda bajo el círculo de luz amarilla de la lámpara articulada.
Sacó del cajón inferior su libro grande de contabilidad de tapas duras —no las tarjetas sueltas que había entregado en el cuartel, sino el cuaderno donde llevaba veinte años apuntando lo que no se vendía por metros— y abrió una página limpia.
Con su letra menuda y derecha dejó escrito el balance de aquellos días de octubre:
Tomás Recio. Lo mató su mujer, con el café y con el espray, por miedo a lo que él iba a hacer el lunes. Lo ha confesado y en su arcón estaba lo que dijo. Ahora le toca al juez.
La sacristía. La túnica y la medalla las puso Andrés, con Tomás ya muerto. No es un asesino; es un hermano que llegó tarde.
Clara. No se fue. Aquella tarde estaba aquí, en la iglesia, pidiendo ayuda, y la mandaron de vuelta. El miércoles abren los pozos.
Lo que falta. El séptimo nombre. Quién dejó la medalla en la reja de Andrés. Quién fabricó la foto de la libreta y quién se la contó al periódico. Por qué Victoriano Morales malvendió sus olivos y se marchó aquel invierno.
Pero lo que terminó de cambiar la noche no esperó al martes.
A las ocho y cuarto en punto, cuando Adela ya tenía puesto el abrigo para subir a su piso, sonaron dos golpes de nudillos contra el cristal de la puerta de la calle.
Adela se acercó a mirar por la franja libre de la persiana.
En la acera estaba Paco el Mudo, todavía con la chaqueta blanca del bar puesta bajo el frío de la noche, sujetando contra el cristal un sobre grande de papel manila grueso, manchado de grasa en una esquina y cerrado con lacre o pegamento seco.
Adela quitó el pestillo y abrió un palmo.
—¿Ahora reparte usted el correo a domicilio, Paco? —le preguntó cogiendo el sobre, que pesaba bastante más que una carta.
Paco negó con la cabeza y señaló hacia la esquina oscura de los soportales con la barbilla.
—Lo han dejado hace diez minutos detrás de la cortina, junto al baño, mientras yo sacaba los cubos de basura a la calle —graznó el tabernero con su voz rota—. Cuando he entrado a recoger los vasos ya no había nadie en el pasillo.
—¿No has visto quién ha entrado al baño?
—Había seis hombres de la cooperativa viendo el fútbol en la tele grande —dijo Paco dándose ya media vuelta hacia su bar—. Cualquiera de los seis o cualquiera que haya empujado la puerta del callejón de atrás. Pero ahí fuera pone tu nombre.
Adela cerró la puerta con llave y dio la vuelta al sobre bajo la lámpara del mostrador.
En el anverso habían escrito con rotulador negro grueso y mayúsculas de molde una dirección que no figuraba en ningún callejero del Ayuntamiento:
AGENCIA SANTA RITA
Mercería de Adela Montero — San Román de la Encina
Adela no abrió el sobre. Apartó el abrecartas de plata de Arturo y fue al teléfono fijo.
Llamó primero al puesto para explicar que Paco acababa de entregarle un sobre cerrado dirigido a la Agencia Santa Rita, con las mismas mayúsculas del papel que Andrés había aportado a la investigación.
Después marcó los otros tres números por orden.
A los diez minutos entraban por la puerta trasera Rufina con las llaves de la furgoneta todavía en la mano, Puri con el abrigo sin abrochar y Tina casi corriendo desde la calle Nueva.
—¿Qué ha pasado ahora, por Dios? —preguntó Tina viendo el sobre manila en el centro de la mesa de pino.
—Esta vez no lo vamos a abrir nosotras —contestó Adela.
Rufina leyó las mayúsculas del sobre sin tocarlo.
—Agencia Santa Rita —dijo—. ¿Y quién le ha contado a este cómo nos llamamos?
Tina se puso colorada hasta las orejas.
—Puede… puede que lo pusiera el martes en el grupo de la peluquería. En broma. Con un emoticono de la santa.
—O sea, que lo sabe medio pueblo —dijo Adela.
—Medio no —corrigió Tina en voz baja—. En ese grupo estamos ochenta y tres.
Lara llegó poco después con Castaño. La agente registró la entrega del sobre, fotografió su exterior y lo abrió con guantes sobre un paño limpio, ante las cuatro mujeres y el teniente. Adela puso a su lado la caja con la llave de Inés, todavía dentro del pañuelo, para incluirla en la diligencia.
Dentro del sobre venían tres cosas.
La primera era media hoja arrancada de un libro de actas privado de 1990, con los bordes quemados a medias como si alguien la hubiera sacado de una chimenea o de un cubo de ceniza antes de que ardiera entera.
En ella se leía el encabezamiento manuscrito «Presentes en la cochera — noche 15 mayo», seguido de una columna de nombres:
Eusebio Recio
Tomás Recio
Hilario Santos
Manuel Salcedo
Y debajo del cuarto nombre quedaban dos renglones más: uno cortado por el rasgado del papel y el último completamente carbonizado con una quemadura redonda hecha a conciencia con la punta de un cigarro o de una brasa.