Capítulo 37
«En el banco de la plaza acaba sentándose la verdad».
El banco de granito que había junto a la fuente de la plaza Mayor llevaba allí clavado más años que la mitad de los apellidos del padrón.
Nadie en su sano juicio se sentaba en aquella piedra por gusto: tenía el respaldo bajo, escupía frío en enero y guardaba el bochorno hasta la medianoche en agosto.
La gente se sentaba allí por pura estrategia municipal, porque desde aquella esquina se tenían a tiro de ojo las cuatro puertas que mandaban en San Román de la Encina: el portón del Ayuntamiento, la escalinata de la iglesia, el toldo de El Candil y el escaparate de la mercería de Adela, además del arranque de la carretera de Almendralejo por donde entraban las furgonetas del reparto, los coches fúnebres y las noticias forasteras antes de que supieran que ya las estaban esperando.
Pero aquel lunes a las siete de la tarde, con la puerta grande de la parroquia todavía abierta de par en par frente a los soportales, el banco de piedra estaba completamente vacío.
Los jubilados que solían ocuparlo a esa hora habían encontrado de repente tareas urgentísimas en otra parte: uno llevaba diez minutos sacudiendo el felpudo de su portal sin levantar polvo; otro miraba fijamente el contador de la luz de la farmacia como si fuera a cambiar la tarifa por mirarlo, y dos socios de la cooperativa hablaban de espaldas junto al estanco para no tener que cruzar la vista con las flores blancas que se veían al pie de santa Rita.
Al pueblo le había entrado de golpe pudor de que lo vieran sentado en primera fila.
El teniente Álvaro Castaño fue hasta el banco y se sentó él solo en la punta de la derecha.
Tenía en la mano un vaso de cartón con café solo que Paco el Mudo acababa de sacarle a la acera sin que se lo pidiera y sin querer cobrarle el euro.
Tratándose de Paco, Castaño no sabía si aquel café era una declaración de paz, un soborno preventivo o simplemente un poco de recuelo que le sobraba en la cafetera, pero le dio un sorbo de todas formas; quemaba como el demonio.
Cinco minutos después oyó bajar la persiana metálica de la mercería al otro lado de la acera.
Adela Montero echó el cerrojo, comprobó el picaporte como hacía todas las tardes de su vida, dio la vuelta al cartelito de «Cerrado» y cruzó despacio hacia la fuente con una bolsa de tela colgada del antebrazo.
Se sentó en el otro extremo del banco de piedra, dejando entre el uniforme y su abrigo beige dos palmos largos de granito para que nadie en los balcones pudiera decir que estaban de reunión.
—Teniente —saludó ella mirando hacia la fachada del Ayuntamiento.
—Señora Montero.
—Se va usted a enfriar los riñones en esa piedra a última hora.
—No he venido a jubilarme en el banco, doña Adela. He venido a esperar a que terminaran en la iglesia.
Adela cruzó las manos sobre la bolsa de tela.
—¿Ha terminado ya el juez en Mérida?
—Hace media hora —dijo Castaño dándole otro sorbo corto al café amargo—.
Mañana lo publicará el periódico, así que prefiero que lo sepa por mí: ha decretado prisión provisional comunicada para Mercedes Lozoya mientras se completan los informes toxicológicos de Badajoz.
El domingo, durante el registro autorizado de la vivienda de la calle Real, encontramos en el fondo del arcón congelador un envase de medicación, el reloj con la correa rota y el teléfono móvil de Tomás Recio.
En la ampliación del registro de esta mañana hemos recuperado otro envase y, dentro del escritorio viejo, una caja de madera relacionada con la correspondencia de farmacia de la familia.
Adela volvió un poco la cabeza hacia él.
—¿La medalla estaba en el despacho de Eusebio Recio?
—Mercedes dice que la medalla se guardaba en el despacho de Eusebio, con la carta del sacristán y las fotografías originales del patio —explicó Castaño—.
Hemos encontrado la caja, vacía. Tomás la abrió el sábado, cuando decidió apretar a sus socios con lo de Valdelobos.
Mercedes jura que ni llevó la medalla a la reja de Andrés ni tocó la fotografía de la libreta.
Y de momento no tengo con qué llevarle la contraria.
—Porque a Mercedes lo último que le convenía el sábado era que Andrés armara un escándalo con la medalla de su hermana —razonó Adela en voz baja—. Ella lo que quería era que todo se quedara callado.
—Eso sería lo lógico —dijo Castaño—. Y por eso no me fío.
Quien dejó la medalla en la reja de Andrés el sábado por la noche quería ruido antes del pleno del lunes; quien le plantó la foto en casa esta semana quería silencio y un culpable.
O son dos personas distintas, o es una sola que cambió de idea cuando Tomás apareció muerto en la sacristía.
Adela se quedó un momento callada, mirando el agua de la fuente.
—¿Y el coche gris que vio Paco en el callejón a las doce menos diez?
—Un redactor de un diario de Badajoz —dijo Castaño—.
El último número del móvil de Tomás era el suyo.
Tomás lo había citado detrás de la iglesia para darle un adelanto antes de la procesión y los papeles el lunes.
Esperó veinte minutos, nadie salió, y cuando vio llegar nuestros coches se marchó por las huertas.
Ha declarado esta mañana, muy compungido y muy interesado en saber si puede publicarlo.
—¿Y el sobrino del sacristán? ¿El del perro?
—Fermín Rivas. El mensaje del grupo era suyo: vio la bronca del sábado desde el almacén que tiene junto a las naves.
Y el domingo no acudió a su cita de las doce menos cuarto con Paco porque vio ese mismo coche gris parado en el callejón y creyó que era de Hacienda.
—Castaño se permitió medio gesto que no llegó a sonrisa—.
Lo del tabaco de Paco se lo dejo a Hacienda de verdad.
En ese momento apareció Rufina subiendo desde la calle de la cooperativa con una malla de cinco kilos de naranjas de mesa en la mano.
La dejó caer en el suelo delante del banco con un golpe blando y se metió sin pedir permiso en el hueco de piedra que quedaba entre Adela y el teniente, obligando a Castaño a correrse medio palmo hacia el borde.
—Bueno, ¿a quién nos falta por ponerle las peras a cuarto? —preguntó Rufina cruzándose de brazos.
—A nadie que le competa a usted, señora Gallego —contestó Castaño.
—Eso decía usted el domingo pasado y mire qué apretados estamos hoy en el banco.
Por la escalinata de la iglesia bajaban ya Puri y Tina.
Puri traía el manojo de llaves grandes en una mano y la servilleta triangular que Paco el Mudo había dejado en el cubo de las flores en la otra; Tina caminaba a su lado con el bolso cerrado bajo el brazo y una cara cansada pero más limpia que en toda la semana.
Se pararon de pie frente al banco de granito para no tapar del todo el paso de la fuente.
—¿La iglesia se va a quedar abierta sin nadie dentro, doña Puri? —preguntó Castaño.
—Hasta que den las ocho y toque cerrar —dijo Puri—. Don Julián me ha dejado las llaves para que eche yo el cerrojo cuando se haga de noche. ¿Qué va a pasar con Andrés, señor teniente?
Castaño apoyó el vaso vacío de cartón en la esquina de la piedra.
—Ha ratificado toda su declaración delante de su abogado y del juez por videoconferencia hace una hora —dijo el teniente mirándola—.
Queda en libertad provisional sin fianza, investigado únicamente por las diligencias relativas a la manipulación del escenario y al respeto debido a la memoria de los difuntos.
No va a pisar la cárcel por la muerte de Tomás Recio, doña Puri, pero tampoco va a constar en ningún papel que lo que hizo el domingo en la sacristía estuvo bien hecho.
—Nadie le ha pedido que ponga que estuvo bien hecho —repuso Puri—. Con que no pague lo que no hizo, ya tiene bastante penitencia con lo suyo.
Puri abrió entonces con cuidado los pliegues de la servilleta de papel de El Candil que había recogido del cubo de santa Rita.
Dentro no había pistas de coches grises ni horas de procesión; había tres palabras escritas con bolígrafo azul en aquella letra grande y torcida de Paco el Mudo:
Hoy sí vino.
Y debajo, una raya corta a modo de punto final.
Puri sintió un calor suave en el pecho, volvió a doblar la servilleta por sus marcas y se la guardó en el bolsillo del abrigo junto al rosario.
—¿Qué ha puesto Paco ahí? —preguntó Tina.
—Una cuenta suya que tenía pendiente con la chiquilla —dijo Puri.
Castaño no pidió ver la servilleta. Se puso en pie despacio, se estiró el bajo de la guerrera y miró a las cuatro mujeres frente a frente bajo la primera luz amarillenta de las farolas de la plaza.
—Mañana por la mañana el juzgado número dos de Mérida abre pieza separada por la desaparición de Clara Valverde en mil novecientos noventa a partir de los documentos del archivo parroquial y de la carta del sacristán a don Eusebio Recio —dijo el teniente en voz baja—.
Y el miércoles entran los equipos de subsuelo de la Comandancia a levantar la mampostería de los dos pozos ciegos del cortijo viejo de Valdelobos.
El silencio que se hizo alrededor de la fuente fue distinto a todos los anteriores: ya no era el miedo a que no las creyeran, sino el vértigo frío de saber que las máquinas iban a entrar por fin a buscar bajo las piedras.
—¿Y aunque aparezca algo en esos pozos, teniente? —preguntó Adela—. Han pasado treinta y seis años.
—Puede que lo que le hicieron a Clara haya prescrito para el Código Penal —dijo Castaño—. Eso lo dirá el juez. Pero el juez no busca solo culpables, doña Adela: busca a Clara. Y si la encuentra, su hermano tendrá por fin dónde llevarle flores.
—Y los que quedan vivos tendrán que mirar a este pueblo a la cara —dijo Puri—. Eso no prescribe.
—Quiero dejarles una cosa muy clara antes de irme al puesto —añadió Castaño—.
Esta semana han entrado ustedes donde no debían, han manipulado un documento cuya grapa acabó rota, entregaron una bolsa de pruebas falseando de dónde había salido, han hablado con un sospechoso antes que la policía y se han metido en un domicilio diez minutos antes de una intervención oficial.
No son ustedes investigadoras, ni son auxiliares del cuerpo, ni tienen bula en este pueblo.
—Qué manía con quitarnos categoría ahora que habíamos cogido ritmo —suspiró Tina por lo bajo.
—Y sin embargo —continuó Castaño como si no la hubiera oído—, si Puri no hubiera echado la puerta de la sacristía el domingo, media plaza habría pisoteado la cera del zapato de Tomás.
Si Tina no hubiera guardado ese vídeo y las fotos de la lata, no habríamos cuadrado los minutos del callejón.
Si Rufina no se hubiera empeñado en que había dos entradas distintas y Adela no hubiera entregado sus papeles asumiendo su error del viernes, hoy tendría yo a Andrés Valverde camino de la cárcel de Badajoz y a Hilario Santos durmiendo a pierna suelta.
Rufina levantó la barbilla desde el banco de piedra.
—Dígalo un poquito más alto, teniente, que con el ruido del caño de la fuente casi no le ha oído el sargento desde la esquina.
—No se confíe, señora Gallego —la cortó él sin llegar a sonreír—.
Porque no hemos terminado. Andrés cogió la túnica que tenía más a mano, justo donde se abrían las hojas del armario; eso explica cómo terminó la número siete sobre el cadáver, no quién la utilizó en mayo del noventa ni si tenía relación con aquel nombre borrado.
Y le juro que la próxima vez que una de ustedes cuatro mueva un papel antes de llamarme a mí, no les va a valer ni santa Rita.
Adela dio un paso corto hacia él con el bolso en el brazo.
—No le prometemos obediencia ciega, teniente, porque a nuestras edades quedaría feo mentirle en la plaza —dijo Adela con aquella cortesía suya impecable—.
Pero le prometo que, mientras usted siga mirando los papeles sin prisa por darles la razón a los que mandan, lo llamaremos antes de abrir los sobres.
Castaño la miró dos segundos, asintió una sola vez con la cabeza, recogió su vaso de cartón vacío de la piedra y caminó hacia el coche oficial aparcado frente al cuartel.
Las cuatro se quedaron solas junto a la fuente.
—Bueno —dijo Tina mirándose los zapatos—. Pues mañana martes habrá que abrir la mercería a su hora como las personas normales, ¿no?
—Mañana a las nueve y media en punto —dijo Adela—. Que tengo tres faldas de luto sin hilvanar desde el jueves.
No les dio tiempo ni a cruzar la calzada.
De la sombra de los soportales del Ayuntamiento se despegó una mujer de unos cincuenta años que llevaba media hora esperando a que el teniente Castaño se subiera al coche patrulla.
Traía un abrigo marrón abrochado hasta arriba, los ojos hinchados de haber llorado por la mañana y un bolso de cuero viejo apretado contra el pecho con las dos manos.
—Perdona, Adela —dijo la mujer deteniéndose a dos pasos de ellas y mirando con recelo hacia el cuartel—. ¿Tenéis un minuto antes de que os vayáis a casa?
Adela no miró hacia el coche de Castaño, que acababa de arrancar al fondo de la plazuela.
—La tienda está cerrada ya, Inés —dijo Adela reconociendo a la hija de doña Remedios, la que ocupaba la cama de al lado de Aurora en la residencia—. Si es por el arreglo del abrigo negro, pasa mañana a primera hora.
La mujer tragó saliva y negó con la cabeza.
—No vengo por un arreglo, Adela. Es que mi madre ha fallecido esta mañana a las ocho en la residencia…
y antes de ponerse peor ayer tarde me hizo jurar que os trajera a vosotras cuatro una cosa que guardaba en el doble fondo de su caja de costura desde que se la confió el antiguo sacristán, unos ocho años atrás.
Puri, Rufina y Tina se quedaron quietas en mitad del adoquín.
Adela sacó despacio el llavero de la mercería del fondo del bolso.
—Pasa por la puerta de delante, Inés —dijo Adela subiendo el escalón de la tienda—. Que todavía no hemos recogido la mesa.