Capítulo 36
«Nadie se va del todo si queda quien recuerde».
Puri se plantó delante del escalón principal con su abrigo negro de los domingos y sacó de su bolso el manojo de llaves que llevaba usando treinta años para entrar a limpiar altares, cambiar el agua de los floreros y abrir el cancel cuando venían las cajas de cera.
A su lado estaban Adela, con su carpeta negra debajo del brazo; Rufina, con las manos cruzadas a la espalda mirando hacia los soportales, y Tina, que llevaba el bolso apretado contra el costado.
—Don Julián dijo esta mañana que bajaría él a abrir a las cinco en punto —murmuró Tina mirando hacia el balcón cerrado de la casa parroquial.
—Don Julián lleva desde el sábado queriendo hacerse invisible detrás de las cortinas —dijo Puri metiendo su llave grande en la cerradura principal y dándole dos vueltas que retumbaron bajo el pórtico de piedra—.
Hoy esta puerta la abrimos por delante, como se le tenía que haber abierto a aquella criatura hace treinta y seis años.
Empujó las dos hojas de par en par y las fijó contra los muros con las cuñas de madera.
En la plaza Mayor había media docena de corrillos repartidos entre la fuente, la puerta de la farmacia y la terraza de El Candil, fingiendo todos que tomaban el sol de la tarde mientras miraban de reojo hacia la escalinata.
Al otro lado del adoquinado, apoyados junto al capó del coche patrulla sin acercarse al atrio, el teniente Castaño y la agente Lara observaban en silencio; Castaño había dicho al mediodía que la Guardia Civil no tenía nada que pintar dentro de un acto parroquial mientras siguieran abiertas las diligencias sobre Valdelobos, pero a las cinco menos cinco ya estaba allí cuadrado sin gorra.
Dentro de la nave olía a cera limpia, a piedra barrida y a flores recién cortadas.
No eran los centros caros de gladiolos que encargaba el Ayuntamiento para las fiestas; junto a la verja de la capilla de Santa Rita y al pie del primer banco habían puesto dos cubos blancos llenos de margaritas silvestres, claveles blancos y dos ramas grandes de olivo.
Atada con un hilo al asa del primer cubo había una tarjetita doblada que Nieves había bajado a las cuatro desde la residencia:
De Aurora Benítez. Para la niña de las flores.
A Puri le temblaron un segundo los hombros al leerla y tuvo que apretar los labios.
—Ni se te ocurra empezar a llorar antes de que entre la gente, Puri, que nos conocemos —le soltó Rufina por lo bajo sin mirarla, aunque le rozó el codo con la manga de la cazadora.
—No estoy llorando, mujer, es que hace corriente de la puerta.
En ese momento se abrió la puerta de la sacristía —limpia ya de cintas policiales— y salió don Julián con la sotana negra sencilla y una carpeta de cartulina en las manos. Parecía haber perdido cinco kilos en una semana y caminaba arrastrando un poco los pies.
—Ya iba a bajar a abrir, Puri —dijo el sacerdote deteniéndose al pie de las gradas del altar.
—Ya está abierto, padre —contestó ella sin dureza, pero sin cederle un palmo—. Que hoy no hace falta llave para nadie.
Por la puerta chica entró entonces Andrés Valverde.
Había declarado la tarde anterior en el cuartel asistido por don Gerardo, reconociendo de principio a fin lo que había hecho en la sacristía con la medalla y la túnica, y seguía en libertad mientras el juzgado valoraba las posibles consecuencias penales de haber manipulado el cadáver y las prendas de la parroquia.
Venía sin la chaqueta azul del taller, con una camisa oscura abrochada hasta el cuello, el pelo recién mojado con agua del grifo para domar los remolinos y una sola rosa blanca envuelta en un trozo de papel de cocina que traía sujeta por el tallo como si temiera partirla.
Al ver a las cuatro viudas junto al primer banco se paró en seco junto a la columna, sin saber si tenía derecho a sentarse allí después de lo del domingo.
Puri no le hizo fiestas ni fue a buscarlo de la mano; le señaló simplemente con la barbilla el extremo libre del primer banco y Andrés caminó despacio hasta sentarse en la punta, con la vista clavada en las baldosas.
Detrás de él empezaron a entrar vecinos desde la plaza, despacio y de uno en uno, con ese silencio encogido que se pone en los pueblos cuando la gente entra a un sitio donde no sabe qué cara hay que poner.
Entraron Nieves y otra compañera del asilo, entró Maribel la de la peluquería cerrando media hora antes su salón, entraron tres mujeres de la calle del Calvario, el enterrador viejo apoyado en su cachava y, el último de todos, Paco el Mudo sin el mandil, que se quedó de pie pegado a la sombra de la pila bautismal.
Rufina se plantó junto al cancel de entrada con los brazos cruzados.
Cuando Sagrario la del estanco viejo asomó por la puerta sacando ya el teléfono móvil del bolso con la cámara encendida para mandárselo a su hija la de Mérida, Rufina dio medio paso lateral y le tapó el objetivo con la palma de la mano abierta.
—Guarda eso ahora mismo o te lo tiro a la fuente, Sagrario.
—Mujer, que solo iba a sacar las flores para mi niña que no está en el pueblo.
—Pues se lo cuentas por teléfono cuando salgas. Aquí hoy no se retrata a nadie.
Sagrario metió el móvil en el bolso a toda prisa y se escurrió hacia los bancos de atrás.
Al oír aquello, Tina, que estaba de pie junto a Adela en el pasillo central, bajó la vista hacia su propio bolso.
Durante ocho días aquel teléfono con funda roja había sido sus ojos, su escudo y su manera de estar en el mundo; todavía tenía tres mensajes sin leer en el grupo del pueblo preguntando a qué hora era lo de la iglesia.
Tina metió la mano en el bolso, buscó el botón lateral del aparato al tacto y lo mantuvo apretado cinco segundos hasta que notó la vibración corta de apagado total.
No lo puso en silencio: lo apagó del todo y subió la cremallera del bolso. Adela vio el movimiento de sus dedos y no le dijo nada, que era la forma más alta que tenía Adela Montero de dar las gracias.
Cuando dieron las cinco y diez y se vio en el último banco de atrás la silueta del teniente Castaño y de Lara de pie junto a la puerta, don Julián subió el escalón del presbiterio sin ponerse casulla ni estola de fiesta y abrió la carpeta que Adela le había llevado escrita por la mañana.
—Buenas tardes a todos —dijo don Julián, y la voz le tembló un poco en el primer eco antes de asentarse—.
No nos hemos reunido hoy aquí para oficiar un funeral, porque todavía hay una investigación judicial abierta sobre lo ocurrido en mayo de mil novecientos noventa y no tenemos un cuerpo que entregar a su tierra.
Nos hemos reunido para enmendar una falta de esta parroquia y de este pueblo.
En los bancos del medio nadie tosió ni movió un pie.
—En mayo de mil novecientos noventa —leyó el cura levantando la vista del papel hacia las caras de los vecinos— desapareció de San Román de la Encina nuestra vecina Clara Valverde Díaz, de diecinueve años de edad, hija de Antonia Díaz y hermana de Andrés Valverde, que colaboraba cada semana en el arreglo de los altares de esta iglesia.
Durante más de tres décadas, por comodidad, por temor o por no incomodar a quienes tenían mando entre nosotros, en este templo y en esta plaza se dio por buena la versión de que se había marchado por su cuenta.
Hoy sabemos que la tarde de su desaparición Clara seguía en San Román, asustada y buscando ayuda.
Y sabemos que no había pruebas suficientes para afirmar que se marchó voluntariamente, como se hizo durante tantos años.
Andrés Valverde hundió la frente en la palma de la mano derecha sin hacer ruido.
Puri se separó medio paso del primer banco, quedando de pie en el pasillo central, de cara a la nave pero sin subir al escalón de los curas.
—Y no hemos abierto hoy las puertas para echarle la culpa solo a los muertos ni para que nadie salga de aquí con la conciencia lavada por rezar un padrenuestro —dijo Puri con aquella voz clara que llegaba hasta el coro sin necesidad de micrófono—.
Clara Valverde tenía diecinueve años, limpiaba suelos ajenos, ahorraba monedas en un bote para ir a estudiar a Badajoz y vino a buscarme a mí a esta iglesia la tarde en que la dejaron sola.
Cuando al día siguiente dijeron que se había ido con un novio, todas nosotras encontramos una excusa muy limpia para no preguntar dónde se había dejado el delantal y el peine. Yo la primera.
Dos mujeres de los bancos de atrás bajaron la cabeza hacia el misal. En la fila del medio, Pilar Rivas se secó los ojos con el pico del pañuelo.
Nieves se levantó entonces del banco lateral con una hojita de libreta doblada en la mano y miró a Puri pidiendo permiso con los ojos.
—Doña Aurora no ha podido bajar de la residencia porque hoy tenía las piernas muy hinchadas —dijo la auxiliar en voz alta, tragando saliva—.
Tiene días en que se le pierden las horas y mezcla los nombres, como todos ustedes saben.
Pero hoy al mediodía tenía la cabeza muy clara para lo de entonces y me ha hecho escribirle esto.
Me ha dicho también que, como me callara una palabra en la iglesia, me tiraba la zapatilla a la cabeza cuando volviera a darle la cena.
Sonó por los bancos una risa cortita y rota, de esas que alivian el pecho cuando el aire pesa demasiado, y hasta Rufina aflojó un segundo la mandíbula en la puerta.
Nieves abrió el papel manchado con un cerco de manzanilla y leyó despacio:
—«La niña de las flores no se fue riendo ni se fue con maleta. Tenía miedo en el cuerpo y dejó su bolsa debajo de mi fregadero para volver después. Yo vi el agua en el patio tarde y me callé pronto por no perder el pan. Que nadie vuelva a decir delante de mí que se marchó porque quiso».
Nieves dobló la hoja y volvió a sentarse.
Puri miró entonces a Andrés en el extremo del primer banco.
—Pon la flor donde quieras, Andrés —le dijo en voz baja.
Andrés se levantó con torpeza, se acercó al cubo blanco que estaba al pie de santa Rita, quitó el papel de cocina que envolvía el tallo y colocó la rosa blanca entre las margaritas de Aurora y los claveles de Puri.
Cuando regresó a su sitio, Paco el Mudo se despegó de la columna del bautisterio, caminó sin hacer ruido hasta el cubo de las flores, dejó apoyada contra el borde una servilleta de papel de su bar doblada en triángulo y volvió a salirse a la calle antes de que don Julián empezara el responso corto.
El responso apenas duró un cuarto de hora, pero cuando los vecinos fueron saliendo en silencio hacia la plaza —sin formar corrillos en el atrio por primera vez en la historia de San Román—, ni Andrés ni Puri se movieron del primer banco.
Se quedaron allí sentados casi una hora entera, sin hablar apenas, viendo cómo bajaba la luz de las ventanas altas y cómo entraban de una en una algunas mujeres mayores que no se habían atrevido a acudir a las cinco.
Puri guardó en su propio bolsillo el trozo de papel de cocina arrugado que Andrés había dejado sobre la madera.
—Sé que lo del domingo en la sacristía estuvo mal hecho, Puri —murmuró Andrés sin mirarla—. Pero si no le llego a poner esa medalla a Tomás, hoy esa puerta seguiría cerrada y mi hermana seguiría siendo la loca que se fue en el autobús.
—No te cuentes eso para dormir tranquilo esta noche, Andrés —le contestó Puri poniéndole la mano vieja sobre el brazo—.
Lo que ha abierto hoy esta puerta son los papeles que guardó tu madre y la gente que por fin ha tenido vergüenza de seguir callada.
Ahora vete a tu casa, calienta la cena y deja que el teniente termine de buscar quién te puso aquel sobre en la reja.
Al salir al pórtico, donde la luz naranja de las seis y media empezaba a alargar las sombras de los soportales sobre la piedra, Tina sacó por fin el teléfono del bolso y lo encendió.
Esperó a que cargaran los cuarenta mensajes del grupo de la peluquería y de los vecinos que preguntaban qué había pasado dentro de la iglesia y si habían dicho quién mató a Clara. Tina no abrió ninguno ni subió una sola foto. Escribió únicamente dos líneas en el grupo grande:
Hoy se ha leído en la parroquia el nombre de Clara Valverde Díaz como vecina desaparecida en 1990. El que quiera saber más, que pregunte con respeto.
Guardó el móvil y miró hacia la puerta de la iglesia, donde Puri acababa de recoger la servilleta doblada de Paco el Mudo.
—¿Echamos ya la llave, Puri? —preguntó Adela desde el último escalón.
Puri miró el interior iluminado de la capilla de Santa Rita, donde las margaritas blancas y la rosa de Andrés se veían desde mitad de la plaza Mayor, y se guardó el manojo de hierro en el fondo del bolsillo del abrigo.
—Hoy no —dijo Puri bajando los escalones hacia el banco de piedra—. Hoy que se quede abierta hasta que sea de noche cerrada, para que la vea todo el que pase por la acera.