La procesión no espera (Agencia Santa Rita 1) Capítulo 35 #2
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Capítulo 35 #2

—Cuando iba a salir por el pasillo de atrás para no volver a la plaza, vi que la puerta del cuarto viejo estaba entornada y el armario de las túnicas también —explicó él sin levantar la vista del ladrillo—.

Había un grupo de túnicas moradas colgadas de la barra.

Sin abrir el armario del todo, metí el brazo entre las dos hojas y cogí la primera percha que tenía al alcance, justo en medio.

No miré el número. Volví a la sacristía y se la metí por la cabeza y por un brazo, tirando de él como pude porque pesaba como un plomo.

Además, oí que alguien hablaba ya con el monaguillo en la nave.

Me salí por la puerta verde del patio hacia el callejón del Pozo justo cuando tú debías de estar entrando por el otro lado.

Se quedaron callados bajo el tejadillo de uralita.

Todo el misterio terrible de la sacristía —aquella escena que durante una semana entera había parecido la obra calculada de un asesino ritual— se reducía a una mujer fría que había matado a su marido por miedo a perder el patrimonio de su hijo, y a un hermano desesperado que había llegado demasiado tarde con una medalla en el puño y había vestido a medias a un cadáver para que el pueblo no pudiera seguir haciéndose el sordo.

—Has hecho una barbaridad muy fea, Andrés —le dijo Puri, dura y sin adornos—.

Has manoseado a un difunto en sagrado y has usado la medalla de tu madre y de tu hermana como si fuera una piedra de tirar a un perro.

Por eso el martes nos mentiste en tu cocina y por eso el viernes te pudieron tender la trampa de la fotografía: porque el que dejó ese sobre en tu puerta el sábado por la noche te conoce el pronto y sabía perfectamente que ibas a ir como un toro a la plaza.

Andrés levantó la cara, herido de verdad.

—Yo solo quería que se acordaran de ella, Puri.

—A Clara no se la honra ensuciándose las manos con un muerto, hijo —contestó ella poniéndose en pie despacio con un quejido de rodillas—. Toma ese papel de la caja de cerillas y vamos ahora mismo para la esquina.

Andrés alargó el brazo tendiéndole la cajita de cartón a ella.

—Dáselo tú al teniente. A ti te escucha.

Puri metió las dos manos debajo del delantal y dio medio paso atrás.

—Ni hablar. Yo ya he mentido bastante esta semana por tapar a unos y a otros —dijo Puri señalando la puerta de chapa del corral—.

Se acabó que las mujeres de este pueblo os recojamos los papeles del suelo a los hombres.

Te levantas, coges el pan que te he traído y le entregas tú mismo esa nota al teniente para ir al cuartel con don Gerardo como Dios manda.

Andrés se quedó mirándola tres segundos desde el suelo; luego cerró la cajita de cerillas, se levantó sacudiéndose el polvo de los pantalones, cogió la bolsa con el pan y el queso y salió detrás de ella a la calleja del Calvario.

Castaño seguía apostado junto al pilón de piedra. Al verlos bajar juntos, el teniente no sacó el cuaderno de notas ni adoptó postura de interrogatorio.

Antes de que Andrés abriera la boca, Puri dio medio paso al frente mirándose las puntas de los zapatos.

—Le he preguntado, señor teniente —dijo Puri sin rodeos—.

Le prometí en la iglesia que solo subía a traerle el pan, pero no me he podido callar y le he preguntado qué hizo en la sacristía y de dónde sacó la medalla.

Si me tiene que poner una multa a mí por meterme donde no debía, póngamela, pero escúchelo con su abogado.

Castaño miró a Puri con severidad contenida, sin agradecerle el atajo.

—Haré constar en la diligencia que esta entrega viene precedida de una conversación privada con usted, doña Puri, porque no voy a trampear el acta —dijo el teniente antes de volverse hacia Andrés.

Andrés se paró a un metro del uniforme y sacó del bolsillo la cajita de cerillas con el papel de farmacia dentro.

—Teniente —dijo Andrés con la voz ronca pero entera—, el domingo a las doce y doce entré yo en la sacristía cuando Tomás ya estaba muerto y le puse la medalla y la túnica. Y aquí tiene el papel con el que me dejaron la medalla en mi puerta el sábado por la noche.

Castaño miró un segundo a Puri —que no había vuelto a abrir la boca— y luego sacó del bolsillo interior de la guerrera una bolsa de indicios y un par de guantes limpios.

—No me diga ni una palabra más aquí en la acera, Andrés —dijo Castaño abriendo la bolsa para que el propio Andrés dejara caer dentro la cajita sin que él la tocara—.

Recojo este efecto como entrega voluntaria en vía pública a las dieciocho diez horas.

Ahora va usted a bajar conmigo al puesto, vamos a esperar media hora a que llegue su abogado don Gerardo desde Mérida y lo va a declarar todo en acta con las garantías legales.

—¿Me va a volver a encerrar en el calabozo? —preguntó Andrés sin soltar la bolsa del pan.

—La confesión de esta mañana de Mercedes Lozoya modifica sustancialmente su situación respecto a la muerte de Tomás Recio, Andrés, pero yo no dicto los autos de libertad ni las calificaciones penales —explicó Castaño—.

Lo que usted hizo con el cadáver y con las prendas de la parroquia tendrá consecuencias que valorará el juez de instrucción después de que declare usted formalmente con don Gerardo.

El teniente leyó a través del plástico las letras mayúsculas del papel («PARA QUE NO VUELVAN A DECIR QUE SE FUE») y levantó la vista hacia los tejados.

—No sabemos todavía si quien le dejó este sobre en la reja el sábado por la noche guardaba la medalla desde mil novecientos noventa o si la sacó este mismo fin de semana del cajón de los Recio cuando Tomás abrió las carpetas de su padre —añadió Castaño—.

Pero sí sabemos que quería usar su rabia como mecha.