La procesión no espera (Agencia Santa Rita 1) Capítulo 35
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Capítulo 35

«A confesión tardía, penitencia larga».

Andrés Valverde no estaba dentro de su casa cuando Puri llegó al final de la cuesta del Calvario a las cinco y media de la tarde.

La puerta de madera tenía echado el candado por fuera, la persiana seguía bajada a media asta y la silla de plástico vacía continuaba arrimada a la fachada desconchada, encima de dos colillas aplastadas contra el cemento y un rodal oscuro de café frío.

Puri no llamó a la puerta ni a la vecina de enfrente.

Se quedó quieta en mitad de la calleja con su bolsa de tela en la mano, escuchando el silencio de las traseras.

Veinte metros más abajo, parado junto al pilón de piedra donde empezaba la bajada hacia el callejón del Pozo, el teniente Castaño aguardaba de pie al lado de la pared de cal con una carpeta de citaciones bajo el brazo, cumpliendo a rajatabla su advertencia de no dejarla subir sola pero sin pisar todavía el portal.

—Tiene echado el cierre —dijo Castaño acercándose unos pasos al ver que no abrían.

—En la casa no está —dijo Puri mirando hacia el callejón sin salida que doblaba detrás del solar—. Está en el corral de la tahona vieja.

El horno de pan del abuelo de Andrés llevaba apagado desde mucho antes de que faltara Clara, pero el patinillo trasero conservaba todavía el tejadillo de uralita sobre la leñera y un portón de chapa oxidada sujeto con una cadena sin candado.

Puri empujó la hoja metálica lo justo para pasar y entró sola en el descampado.

Andrés estaba sentado en el suelo de ladrillo roto, con la espalda apoyada contra la pared del horno antiguo, las rodillas subidas hasta el pecho y la camisa limpia que le había llevado Tina el viernes por la noche, remangada hasta los codos.

No tenía ninguna botella al lado. Tenía entre los dedos una cajita vieja de cerillas de cartón, de las del gato negro, que abría y cerraba con el pulgar haciendo un chasquido repetido.

—Márchese a su casa, Puri —dijo sin levantar la barbilla del pecho—. Hoy no tengo cuerpo para visitas ni para sermones.

Puri se paró a dos pasos de él y dejó la bolsa de tela encima de una caja de plástico vacía dada la vuelta.

—No vengo a echarte ningún sermón, Andrés. Te traigo media hogaza de pan y un trozo de queso curado, que de un calabozo se sale con el estómago cerrado para una semana.

Andrés levantó los ojos hacia ella; los tenía encarnados de no haber dormido, pero completamente secos.

—¿Viene sola o trae a los guardias detrás de la tapia?

—El teniente está abajo en la esquina del pilón con un papel para que vayas luego a hablar con tu abogado —dijo Puri sin engañarlo, sentándose despacio en una banqueta baja de madera que tenía una pata floja y crujió bajo su peso—.

Me ha dicho que no te pregunte nada del domingo porque no soy policía.

Así que no te voy a preguntar nada. Solo he subido para que sepas por mi boca que esta mañana Mercedes Lozoya se ha entregado en el cuartel y ha confesado que a Tomás lo mató ella con las gotas del corazón antes de que empezara la procesión.

Andrés dejó de mover la cajita de cerillas entre los dedos.

—Algo he oído esta mañana en la gasolinera —dijo—. Ya tiene el pueblo entretenimiento nuevo para el mes.

—El pueblo que diga misa, Andrés —dijo Puri—.

A mí el pueblo hoy me importa muy poco. A mí lo que me importa es que ayer por la tarde en el archivo de don Julián apareció una nota escrita por el sacristán viejo el martes en que faltó tu hermana, diciendo que Clara estuvo en la iglesia pasadas las siete y media preguntando por mí y que llevaba la cadena rota en la mano antes de volver al patio de los Recio.

Los nudillos de Andrés se pusieron blancos alrededor del cartón de las cerillas. No gimió ni abrió la boca, pero el pecho le dio un tirón seco hacia dentro.

—Fue a buscarte a ti —murmuró él.

—Fue a buscarme a mí media hora después de que yo me marchara a mi casa pensando que se había ido a la feria —dijo Puri sosteniéndole la mirada sin esconder la cara—.

Don Anselmo le dijo que no armara escándalo en día de fiesta y la mandó de vuelta a aquella casa.

Esa es la culpa que nos toca a don Julián y a mí, y con esa me voy a morir yo cuando Dios quiera.

Se hizo un silencio largo en el corral; al otro lado de la tapia pasó un tractor por la ronda de las huertas haciendo temblar las chapas de uralita.

—Pero ahora que ya sabemos que Mercedes dejó a Tomás muerto en esa silla a las once y veinticinco en traje de chaqueta y con la boca vacía —continuó Puri en voz baja y firme—, hace falta que tú no dejes que a Clara la vuelvan a tapar por culpa de lo que hiciste el domingo a las doce y cuarto.

Andrés levantó la cabeza de golpe, con el viejo chispazo de desconfianza en los ojos.

—¿Quién te ha dicho a ti que yo entré a las doce y cuarto?

—Nadie te ha visto la cara en el vídeo de Tina, Andrés, ni Paco ha querido dar tu nombre en la iglesia —dijo Puri con calma—.

Pero Paco vio entrar a un hombre de tu hechura con el puño derecho cerrado cuando la banda repitió la marcha por primera vez, y lo vio salir cuatro minutos después hacia el callejón del Pozo con las manos vacías, justo cuando a ti te vieron subir por la cuesta.

El teniente me ha prohibido preguntártelo, así que no me contestes a mí si no quieres.

Pero a mí no me mientas más con los ojos.

Andrés bajó la vista hacia la cajita de cerillas que tenía en la palma. Estuvo diez segundos callado, respirando hondo por la nariz como si le pesara el aire de la tarde.

—El sábado por la noche, cuando volví de echar gasóleo a la furgoneta, me encontré un sobre marrón metido entre el hierro de la reja y la madera de mi puerta —empezó a decir Andrés en voz tan baja que no pasaba de la tapia del horno—.

No llevaba sello ni ponía mi nombre. Dentro venía un papel blanco de los de antes de la farmacia, doblado, y cuando lo toqué por fuera supe lo que era antes de abrirlo.

Por el peso y por el bocado que tenía en el borde de abajo.

Puri sintió un escalofrío largo por toda la espalda.

—La medalla.

—Sola, sin un eslabón de cadena y negra de haber estado guardada años en un cajón —dijo Andrés—. Y en el papel del sobre habían escrito a mano con letras mayúsculas una sola línea.

Deslizó con el pulgar el cajoncito de cartón de la caja de cerillas. Dentro no había fósforos; había un recorte de papel viejo de farmacia doblado en cuatro. Andrés no lo abrió del todo, pero leyó de memoria lo que llevaba grabado en la frente desde el sábado:

—«Para que no vuelvan a decir que se fue».

Puri no se movió de la banqueta.

—¿Y por qué no subiste esa misma noche al cuartel a llevársela a los guardias, alma de cántaro? —le preguntó Puri con dolor verdadero.

Andrés la miró con una tristeza tan vieja que ya ni siquiera tenía rabia dentro.

—¿Al mismo cuartel donde mi madre fue veinte veces con el pañuelo negro en la mano para que el marido de Rufina y el sargento le dijeran que mi hermana andaba por ahí de fiesta?

—contestó él—. ¿Y por qué no os la llevé a vosotras el martes cuando vinisteis con las lentejas?

Porque para el martes yo ya había hecho con la medalla lo que hice el domingo en la iglesia, Puri.

Si te decía el martes que me habían dejado la medalla en la reja el sábado por la noche, os estaba diciendo que el que entró en la sacristía fui yo, y me metían treinta años en la cárcel por haber matado a Tomás.

Se pasó las dos manos abiertas por la cara, frotándose la barba gris.

—Me pasé toda la noche del sábado sentado a la mesa camilla con la medalla metida en el puño —siguió Andrés—.

Pensé que me la había mandado alguno de los viejos de aquella junta antes de morirse, o alguien que sabía que Tomás iba a hacer negocio ahora con las tierras donde la enterraron.

El domingo por la mañana bajé a la plaza con ella apretada en la mano.

Quería esperar a que Tomás Recio saliera por la puerta grande con el bastón delante de todo el pueblo y tirársela a los pies delante de las cámaras para ver qué cara ponía.

—Pero Tomás no salió —dijo Puri muy bajito.

—No salía. La banda volvió a empezar la música, el concejal iba y venía hablando con el cura y la puerta chica del lateral estaba entornada sin gente alrededor.

Me metí por el pasillo pensando que estaría escondido en la sacristía hablando por teléfono con Hilario.

Empujé la puerta y me lo encontré allí sentado en la silla baja, con el traje puesto, los ojos abiertos mirando para el armario y los zapatos llenos de cera.

Puri apretó el borde de la banqueta con los dedos.

—¿Sabías que ya estaba muerto?

—Le toqué el cuello con dos dedos y estaba ya frío del sudor —dijo Andrés—.

Me dio una rabia tan grande ver que se había muerto él solo sin decir dónde estaba mi hermana, que se nos escapaba otra vez sin pagar nada…

que le abrí un poco los labios y le metí la medalla de Clara entre los dientes.

Porque con esa boca habían mandado callar a mi madre durante años, Puri.

Con esa boca habían dicho que era una cualquiera que se había largado con un novio.

Quería que cuando entrara el cura a buscarlo tuviera que sacarle a Clara de la boca delante de todos.

A Puri se le llenaron los ojos de agua caliente, pero no sacó el pañuelo; lo miró con una mezcla de lástima infinita y de severidad materna que hizo que Andrés bajara la cabeza.

—¿Y la túnica morada también se la pusiste tú?