La procesión no espera (Agencia Santa Rita 1) Capítulo 34
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Capítulo 34

«Lo que falta pesa más que lo puesto».

San Román de la Encina tardó exactamente veinticinco minutos en enterarse de que Mercedes Lozoya había entrado por su propio pie en el cuartel y no había vuelto a salir.

A las once y cuarto el coche patrulla de Serrano enfiló la carretera de Mérida con los cristales tintados detrás y el coche del abogado Carvajal siguiéndolo de cerca; a las once y media, en la barra de El Candil ya había cuatro versiones distintas del crimen, explicadas con todo lujo de detalles por vecinos que el día anterior ponían la mano en el fuego por que el asesino era Andrés Valverde.

—Que dicen que ha sido ella por celos de una cuenta que tenían en Badajoz —decía Florencio apoyado en el grifo de la cerveza—. Ya decía yo el miércoles en el cementerio que una mujer que no echa ni una lágrima delante de la caja no puede tener el alma limpia.

Paco el Mudo le plantó delante el vaso de vino con un golpe tan seco que la mitad se derramó sobre el cinc, le cobró la moneda sin devolverle los diez céntimos y se metió en la cocina sin abrir el pico.

En la mercería, Adela no levantó la persiana del todo hasta pasadas las dos de la tarde. Había dejado colgado por dentro del cristal el cartelito de «Vuelvo en diez minutos» mientras las cuatro escuchaban en la trastienda lo que había corrido por la plaza y ponían en orden la mesa de pino.

Sobre la madera ya no había montones de botones ni escrituras antiguas: solo quedaban tres tarjetas blancas puestas en fila.

En la primera, debajo del nombre de Tomás Recio, Adela había anotado: «Antes de las 11:30 — Muerte en sacristía (veneno / Mercedes). En traje. Cera en zapato. Boca vacía».

En la segunda, bajo el nombre de Clara Valverde (1990): «Trozo de cadena en archivo (¿corte? Laboratorio). Nota sacristán. Furgoneta toldo verde. Séptimo nombre borrado».

Y en la tercera tarjeta, completamente sola a la derecha, una única línea: «¿11:30 a 12:16 — Túnica n.º 7 y medalla en la boca?».

Tina miraba aquella tercera cartulina con los brazos cruzados sobre el delantal de cuadros que se había puesto para barrer la tienda.

—A mí que me lo expliquen despacio —dijo Tina—.

Resulta que Mercedes mata al marido antes de las once y media y lo deja allí sentado en traje de domingo.

Se va por el patio. Y casi una hora después, antes de que entre Puri a las doce y diecisiete, se cuela otro cristiano en la misma sacristía y, en vez de llamar a los guardias al ver al alcalde fiambre, le encasqueta la túnica de la cofradía y le mete la medalla de Clara entre los dientes.

—Porque quien entró después no iba a tapar mil novecientos noventa, Tina —dijo Rufina apoyada contra la mesa de planchar—. Iba a todo lo contrario: a obligar al pueblo entero a mirar hacia Clara aprovechando el cuerpo del alcalde.

Puri estaba sentada en la silla baja junto a la máquina de coser, pasando las cuentas del rosario sin rezar.

—Y tenía la medalla guardada sin cadena —dijo Puri muy bajito—. Igual que el trozo que apareció ayer en el papel de farmacia de don Anselmo.

En ese momento sonó la campanilla de la entrada y, antes de que Tina llegara a la cortina de flores, la voz del teniente Castaño pidió permiso desde el mostrador.

Venía directamente de Mérida, con la corbata aflojada medio nudo, la carpeta azul debajo del brazo y la cara de un hombre que acaba de quitarle al comandante Ocaña su titular de periódico pero sabe que todavía tiene medio sumario abierto en canal.

—No vengo de visita —dijo Castaño deteniéndose en el umbral de la trastienda.

—Qué descanso, teniente —repuso Adela—. Si viniera usted dando las gracias nos preocuparíamos todas.

—Vengo de dejar a Mercedes Lozoya a disposición del juzgado, después de encontrar en el arcón congelador de su casa el espray, el reloj y el teléfono móvil de la víctima —informó Castaño con sequedad reglamentaria—.

Y de pedir que se retire contra Andrés Valverde cualquier imputación por la muerte de Tomás Recio.

Puri soltó el aire y se santiguó por primera vez en toda la mañana.

—Bendito sea Dios.

—No cante victoria, doña Puri —dijo Castaño—.

No he dicho que el expediente de Andrés Valverde ni el de la sacristía estén cerrados.

Con la confesión de la viuda sabemos quién mató a Tomás Recio y por qué tenía cera pisada en el zapato izquierdo cuando cayó la caja de cirios.

Y quién barrió el polvo junto al armario: el propio Tomás, arrastrando esa caja mientras buscaba los papeles de su padre.

Lo que no sabemos, y el juez me exige aclarar en pieza separada, es quién accedió al cadáver entre las once y veinticinco y las doce y dieciséis para vestirlo con una prenda del cuarto viejo e introducirle la medalla en la boca.

Rufina arqueó una ceja desde la tabla de planchar.

—¿Y qué dice su jefe de Badajoz? Porque con la viuda confesa ya tienen el crimen resuelto para la televisión.

—Mi jefe de Badajoz no firma mis atestados, señora Gallego —cortó Castaño—.

Cojan los abrigos. Vamos a hacer una reconstrucción de tiempos de diez minutos en la sacristía ahora que la iglesia está cerrada al público, antes de que cada una de ustedes empiece a inventarse lo que vio el domingo.

Fueron las primeras en ver el cadáver: las cito como testigos de la inspección, y así constará en el acta.

Cinco minutos después cruzaron a la parroquia por la puerta chica.

Don Julián les había dejado abierto el cerrojo y se había encerrado en la casa parroquial con la excusa de preparar las misas de la semana; desde la tarde anterior en el archivo, el cura no se atrevía a sostenerle la mirada a Puri ni a diez metros.

En la sacristía ya habían retirado los precintos de plástico de los armarios, aunque en el suelo seguía pegada la cinta métrica adhesiva que marcaba la posición exacta de las patas de la silleta de enea donde habían encontrado a Tomás.

La agente Lara esperaba dentro con el cronómetro del teléfono y el cuaderno de diligencias.

—Repasemos el espacio físico sin teorías —dijo Castaño colocándose en el centro del cuarto—.

A las once y veinticinco Mercedes Lozoya sale por el corredor trasero hacia la puerta verde del patio del Pozo, dejando esa cerradura sin echar el cerrojo interior porque desde fuera solo se cierra con la llave grande que tenía su hijo.

El cadáver queda sentado aquí, en traje azul, sin túnica y sin medalla.

Doña Puri entra por el pasillo de la nave a las doce y diecisiete y lo encuentra vestido a medias con la túnica siete y con la medalla entre los labios.

Rufina se agachó junto a la marca de la silleta sin tocar las baldosas.

—Mire cómo estaba puesta la túnica el domingo, teniente —dijo Rufina señalando el respaldo bajo—.

Tenía metida la manga derecha y el cabezón pasado por el cuello, pero la manga izquierda le colgaba hueca por detrás del hombro y llevaba los botones torcidos.

Y junto al armario viejo había ese barrido en el polvo.

—¿Qué deduce usted de eso? —preguntó Castaño.

—Que vestir a un hombre muerto que pesa ochenta kilos sentado en una silla baja, estando una sola persona y con miedo de que entre el cura en cualquier segundo, no se hace en medio minuto —dijo Rufina levantándose—.

Quien lo hizo no trajo el cadáver vestido desde ningún sitio: se encontró a Tomás sentado aquí, fue al cuarto viejo o al armario, sacó la túnica, intentó metérsela por arriba tirando del cuerpo hacia delante y no tuvo fuerza o tiempo para meterle el segundo brazo antes de que sonara gente en la iglesia.

Tina sacó su teléfono móvil del bolsillo y abrió el vídeo del domingo pausado en el minuto doce y dieciséis.

—Y el que entra pegado a la sombra de la calleja en mi vídeo entra a las doce y dieciséis, justo cuando la banda se calla y vuelve a empezar la marcha desde el principio —dijo Tina enseñándole la pantalla a Castaño—.

Pero si Puri entró detrás de él un minuto después, en un minuto no da tiempo a ir al cuarto viejo, buscar el número siete, ponérselo a un muerto y colocarle la medalla.

Antes de que Castaño pudiera contestar que la hora del vídeo de Tina dependía de en qué segundo exacto había cruzado Puri la plaza, la puerta chica chirrió sobre los goznes y asomó Paco el Mudo con el mandil puesto y una bolsa de papel manchada de aceite en la mano.

—Don Julián se ha dejado el pan del mediodía en la barra —rascó el tabernero quedándose en el umbral sin pisar la sacristía.

—Don Julián está en la casa parroquial, Paco, no aquí —dijo Puri mirándolo fijamente.

Paco encogió un hombro, miró la silleta vacía marcada con cinta en el suelo y luego miró a Rufina.

Llevaba desde las once y media escuchando a los parroquianos del bar decir que como había sido la alcaldesa ya estaba todo el pescado vendido, y se veía a la legua que había cruzado la plaza buscando al teniente sin que desde las mesas del bar pareciera que iba al cuartel.

—Ya que está aquí, Francisco, pase dos pasos —le ordenó Castaño haciendo una seña a Lara para que preparara el bolígrafo—.

El jueves dijo usted que vio entrar a un hombre con chaqueta oscura por la puerta chica cuando la banda repitió la marcha, antes de que entrara doña Puri. Necesito precisar los minutos.

Paco negó despacio con la cabeza y señaló hacia fuera con el pulgar grueso.

—La banda repitió dos veces —graznó Paco con aquella voz de lija húmeda—.

La primera vez, cuando el paso llegó al Ayuntamiento y no salía el alcalde.

Ahí fue cuando entró el de la chaqueta oscura por el lateral.

Doña Puri no entró un minuto después. Doña Puri entró a la segunda vuelta de la música, cuando el concejal fue a hablar con el cura.

—Un momento, Francisco —lo cortó Castaño frunciendo el ceño—.

El jueves declaró usted a mi sargento que ese hombre entró por la puerta chica con las manos vacías y que doña Puri entró apenas un minuto después.

¿Por qué me dice ahora que pasaron cuatro o cinco minutos? ¿Se fijó en algún otro detalle?

Paco miró de reojo hacia la silleta vacía antes de contestar con su voz de lija:

—Les dije que no llevaba ningún bulto y, a las señoras, que tenía las manos en los bolsillos.

Me fijé en el puño derecho, cerrado así, pegado al bolsillo, pero ese detalle me lo callé.

Y no les dije que había entrado cuatro minutos antes porque entonces andaban ustedes buscando quién había matado a Tomás en esa silla, y ese hombre entró cuando el paso ya llevaba un rato parado en el Ayuntamiento.

Tina abrió en su teléfono el vídeo continuo de catorce minutos y miró el contador de tiempo de la esquina.

—Esperad un segundo —dijo Tina—. Cuando la banda repite la marcha por primera vez en el minuto ocho de mi grabación, yo tenía el móvil enfocando hacia el balcón del Ayuntamiento donde estaba Hilario, así que la puerta chica no salía en la imagen.

Y el bulto oscuro que sale pegado al muro en el minuto doce y dieciséis, justo cuando a mí me dan el empujón y Puri ya está llegando a la iglesia…

¡Adela lo dijo el primer día en la tienda: no estaba entrando desde la plaza, estaba saliendo ya por la puerta del patio hacia el callejón del Pozo!

Castaño miró a Paco con toda la atención concentrada en los ojos.

—¿Usted lo vio salir hacia el callejón del Pozo cuando entraba doña Puri?

—Lo vi en el espejo del bar, al fondo de la calleja, saliendo por la tapia del patio —contestó Paco—. Entró sin fardo y salió con las manos abiertas. No sé qué llevaba cuando pasó junto a mí por primera vez.

—¿Y por qué no me precisó antes que lo vio salir por el Pozo?

Paco miró al suelo de piedra.

—Porque entonces querían ustedes meterle el muerto al del Calvario —dijo el tabernero sin levantar la vista—. Y el que entró por esa puerta no iba a matar a nadie.

—¿Cómo sabe usted a qué iba? —preguntó Rufina.

Paco levantó la mano derecha, libre de la bolsa del pan, y la cerró en un puño apretado contra el pecho.

—Porque iba andando despacio y llevaba la mano derecha cerrada así desde que salió de los soportales. Como el que lleva una moneda o una piedra caliente y no quiere que se le caiga.

—¿Usted le vio la cara al entrar o en el espejo del bar al salir hacia el Pozo, Paco? —preguntó Castaño.

—Iba con la cabeza gacha y a la sombra del alero —dijo el tabernero—. Yo caras no firmo.

Dejó la bolsa del pan de don Julián encima de la cajonera de la entrada y se marchó por el pasillo sin esperar a que le dieran las gracias.

Cuando Paco se marchó, Puri apretó la correa de su bolso negro.

—Si salió a las doce y dieciséis hacia el callejón del Pozo, coincide con la hora a la que su testigo vio subir a Andrés hacia el Calvario —dijo Puri en voz baja—. Tengo miedo de que fuera él, teniente.

—Tener miedo de que fuera él no lo acredita en un atestado, doña Puri —replicó Castaño—.

Sin identificación visual de Paco ni imagen nítida en el vídeo, voy a citarlo formalmente en el puesto con su abogado para que explique qué hacía en esa calleja.

Y a ustedes cuatro les prohíbo terminantemente interrogarlo antes de su comparecencia.

—Yo no voy a interrogarlo, señor teniente —dijo Puri mirándolo de frente—.

Pero ese hombre salió ayer del juzgado creyendo que medio pueblo lo sigue mirando como a un asesino.

Voy a subir a llevarle media hogaza de pan y a decirle a la cara que Mercedes ha confesado.

Si quiere asegurarse de que no hablo de lo que no debo, suba detrás de mí hasta la esquina.

Castaño sopesó aquella petición mientras Lara anotaba la declaración contradictoria de Paco.

—Puede llevarle el pan —dijo al fin—. Pero no le pregunte por el domingo. Ya ha habido demasiadas conversaciones fuera de acta.

Puri salió de la iglesia antes que las demás y cogió, al pasar por su casa, una bolsa de tela con media hogaza de pan del día y un trozo de queso envuelto en papel de estraza.

Mientras subía hacia las traseras del pueblo bajo el sol inclinado de las cinco de la tarde, no iba pensando en Mercedes Lozoya ni en el alcalde muerto: iba pensando en un hermano que había esperado treinta y seis años una verdad, y en el miedo de que, si de verdad había tenido la medalla de su hermana en la mano, no hubiera sabido hacer con ella nada mejor que metérsela en la boca a un difunto.