La procesión no espera (Agencia Santa Rita 1) Capítulo 33
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Capítulo 33

«En casa grande, secreto grande».

Mercedes Lozoya no esperó a que la Guardia Civil volviera a llamar a su puerta con una citación judicial.

El domingo a las nueve y media de la mañana —cuando se cumplía exactamente una semana desde que las campanas de San Román Mártir tocaron a fiesta mayor—, Castaño la vio cruzar la plazuela del cuartel por la ventana de su despacho.

Venía sin gafas de sol, sin el pañuelo blanco en la mano y caminando dos pasos por delante de don Víctor Carvajal, que casi trotaba con el maletín bajo el brazo intentando decirle algo al oído que ella ni siquiera se molestaba en escuchar.

Al entrar en el vestíbulo de guardia no miró el tablón de anuncios ni esperó a que la agente Lara le preguntara qué deseaba.

—Vengo a prestar declaración —dijo Mercedes con la voz clara y seca.

Carvajal llegó a su lado resoplando por la subida y puso una mano sobre el mostrador.

—Teniente, mi patrocinada desea ampliar voluntariamente un extremo de su comparecencia de ayer tarde para evitar interpretaciones erróneas sobre la situación de su hijo Borja…

—He dicho que vengo a declarar, Víctor, no a aclarar un malentendido —lo cortó ella sin volver la cabeza.

Castaño salió al pasillo con la carpeta del caso en la mano. Tenía la cara gris de haber dormido tres horas en el catre del puesto esperando la ampliación escrita del adelanto toxicológico comunicado por teléfono la tarde anterior, que había entrado por fax a las ocho y media de la mañana.

—Pasen a la sala de declaraciones —dijo el teniente—.

Pero le advierto desde este momento, letrado, que a la vista de la ampliación toxicológica recibida esta mañana y de las contradicciones sobre las llaves, la señora Lozoya ya no va a ser oída como testigo.

Si desea hablar, lo hará en calidad formal de investigada con arreglo a las garantías del artículo 118 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal.

Carvajal palideció un punto y abrió la boca para pedir diez minutos a solas con su clienta, pero Mercedes ya había entrado en la sala pequeña y se había sentado en la misma silla de madera de la tarde anterior, dejando caer el bolso negro en el suelo junto a las patas.

Aquel bolso en el suelo, en una mujer que jamás dejaba nada fuera de sitio, le dijo a Castaño más que cualquier discurso.

Lara encendió la grabadora digital sobre la mesa, leyó la fórmula legal completa y recogió la firma de enterada.

—Antes de que comience —intervino Carvajal sentándose a su derecha con el bolígrafo tenso entre los dedos—, hago constar la oposición expresa de esta defensa a que mi clienta responda a ninguna pregunta que suponga autoinculpación…

—Cállese un rato, Víctor, hágame el favor —dijo Mercedes apoyando las dos palmas desnudas sobre la formica—. Lleva usted cobrando igualas de esta casa desde que vivía mi suegro para que nunca pase nada, y ya ve dónde estamos.

Levantó los ojos hacia Castaño. Tenía las ojeras moradas de una noche entera en vela, pero ni una sola lágrima en las pestañas.

—Mi hijo Borja no entró el domingo en la iglesia ni sabía qué abría la llave del cajón de su abuelo —empezó Mercedes mirando directamente al piloto rojo de la grabadora—.

Si ayer se contradijo delante de usted fue porque el miércoles por la tarde, cuando vi que ustedes habían estado midiendo el callejón del Pozo, le mandé llevar a la cochera vieja las cajas de papeles de mi suegro Eusebio para quitárselas de en medio a Hilario Santos.

Borja ni siquiera había nacido cuando desapareció Clara Valverde; faltaban doce años para que viniera al mundo.

Él no tiene nada que limpiar ni nada que pagar en esta historia.

—¿Y quién tenía algo que pagar el domingo por la mañana, señora Lozoya? —preguntó Castaño sin mover un músculo.

—Tomás —respondió ella sin dudar—. Porque Tomás iba a hacer una locura que nos iba a llevar a todos por delante.

En la esquina, Lara escribía sin levantar la cabeza del cuaderno.

—El sábado por la noche —continuó Mercedes con una voz plana, como quien repasa el inventario de una casa que ya se ha quemado—, Tomás fue a las naves viejas de Valdelobos a verse con Hilario Santos.

Volvió a casa pasadas las once y media, con los zapatos llenos de barro blanco del patio de orujo y dando portazos por el pasillo.

Los herederos de los Morales y media junta de la cooperativa se habían enterado de que las excavadoras del polígono nuevo tenían que desmontar la linde de los pozos ciegos del cortijo viejo, e Hilario le había dicho que o paraban la obra de inmediato o cada uno iba a empezar a salvar su propio pellejo en el juzgado.

—¿Y qué pensaba hacer su marido? —preguntó el teniente.

—Lo que hacía siempre que se veía acorralado: echar a otro delante para salir él limpio en la foto —dijo Mercedes con una amargura que llevaba media vida fermentando—.

Aquella misma noche abrió con la llave de cobre el cajón bajo de su padre Eusebio y sacó la carpeta reservada de la Cofradía del Silencio que su padre había guardado allí desde mayo del noventa.

Había recibos de pagos, una carta de don Eusebio y copias de los turnos de aquella noche.

Cuando bajé al despacho a la una de la madrugada porque seguía la luz encendida, Tomás estaba separando papeles sobre la mesa.

Me dijo que el lunes iba a filtrar de forma anónima a la prensa de Badajoz y al juzgado que Hilario Santos, su propio padre muerto y el suegro de Tina habían tapado una desgracia en Valdelobos en mil novecientos noventa, y que él acababa de descubrir los papeles al revisar la herencia para pedir la recalificación.

Castaño se inclinó medio centímetro sobre la mesa.

—Iba a volar él mismo el pacto de su padre para quitarse de en medio a sus socios y quedarse con la operación limpia.

—Iba a hundir el apellido de su propio hijo, iba a meter a la policía hasta la cocina de mi casa y nos iba a dejar en la calle con tres pleitos criminales encima por una porquería que armaron ellos cuando teníamos veinte años —dijo Mercedes—.

Le pedí que quemara esa carpeta aquella misma noche.

Se me rio en la cara. Me dijo que en aquella casa las mujeres estaban para elegir las cortinas y sentarse detrás en el banco de la iglesia, y que si no me gustaba lo que iba a hacer el lunes, ya tenía la puerta abierta.

Carvajal se pasó un pañuelo por la frente húmeda, sin atreverse ya a tocarle el brazo.

—¿Qué ocurrió el domingo por la mañana antes de la procesión? —preguntó Castaño.

—Tomás salió de casa a las diez y cuarto, después de que Hilario se marchara dando voces.

Dijo que no quería esperar en el Ayuntamiento para no cruzarse con los concejales de la cooperativa y que se iba directo a la sacristía de la iglesia por la puerta chica, como hacía siempre antes de coger la vara.

Pero antes, aquella misma mañana, yo ya había hecho algo.

Castaño miró el fax del laboratorio forense que guardaba en la carpeta azul: concentración elevada de digoxina.

—¿Qué hizo usted? —preguntó el teniente.

—Aquella mañana, a las diez y diez, después de que discutiera a gritos con Hilario en el despacho y me amenazara a mí con llevarse por delante el nombre de la casa el lunes, le subí el café antes de que saliera hacia la iglesia —dijo Mercedes deteniéndose a tragar aire—.

Tenía pautada una dosis de solución oral de digoxina por las mañanas para la arritmia.

Yo sabía cómo medirla con la pipeta. Aquel día añadí al café una cantidad muy superior a la prescrita, sin que me viera.

—La digoxina por boca no mata en media hora —observó Castaño.

—Ya lo sé —dijo ella, con la vista en sus manos—.

Por eso llevé también el espray. Bajé detrás de él a las once con las dos hojas de Valdelobos que se había dejado en la mesa y con el aerosol sublingual de nitroglicerina que guardaba en la mesilla para las crisis de pecho.

Cuando entré por la puerta chica, que estaba entornada para ventilar el incienso, don Julián y el sacristán seguían ocupados delante, en la nave.

—¿Su marido estaba solo?

—Sí. Estaba de rodillas junto al armario grande, con la hoja de abajo abierta y una caja de cirios arrastrada por el suelo: buscaba algo de su padre que don Anselmo hubiera escondido allí.

Hablaba por el móvil, prometiéndole a alguien que el lunes a las nueve tendría los papeles y que antes de la procesión le daría un adelanto en el callejón.

Cuando colgó y me vio entrar con aquellas hojas para romperlas delante de él, quiso quitármelas.

Pero ya no se tenía en pie del mareo. Se sentó en la silleta baja sudando frío y me pidió el espray para ponerse una pulsación debajo de la lengua.

Tenía terminantemente prohibido pasar de dos porque con su tensión se quedaba sin riego en el cerebro.

En la sala pequeña no se oía ni la respiración de Lara.

—¿Cuántas le administró usted?

—Le descargué cuatro pulsaciones seguidas en la boca y le sujeté la barbilla para que no escupiera.

Poco después se quedó blanco como el papel, intentó agarrarse a la silla de al lado y tiró la caja de cirios al suelo.

Se golpeó la nuca contra el canto del arcón al desplomarse y dejó de responderme. No lo empujé, teniente.

Carvajal cerró los ojos de golpe y se dejó caer contra el respaldo de su silla.

—¿Y usted qué hizo?

—Nada —dijo Mercedes—. Me quedé de pie delante de él, con el bolso en el brazo y sin abrir la puerta para pedir ayuda, hasta que dejó de respirar.

Luego recogí mis dos papeles del suelo, me guardé el espray, le quité su teléfono móvil y el reloj porque en la pantalla seguía saliendo el último número al que había llamado y tenía la correa rota del tirón, y salí por la puerta verde del patio hacia el callejón del Pozo a las once y veinticinco, cuando la gente ya estaba toda en la plaza esperando a que saliera la cruz.

—¿Dónde están ese teléfono móvil, el reloj y el espray, señora Lozoya? —preguntó Castaño.

—Dentro de una bolsa de congelado en el fondo del arcón de mi despensa, debajo de la carne de caza del año pasado.

Por eso el martes andaba buscando las llaves del arcón cuando vino Adela a casa; las había escondido yo misma la noche del domingo con los nervios y no me acordaba de en qué maceta las había metido.

Castaño hizo una pausa de tres segundos antes de lanzar la pregunta que separaba los dos mundos.

—¿Y la túnica morada número siete? ¿Y la medalla de Clara Valverde?

Mercedes frunció el ceño con un asco genuino, casi ofendida.

—Yo no toqué ninguna túnica ni tenía ninguna medalla, teniente.

Cuando yo cerré la puerta de la sacristía a las once y veinticinco, Tomás estaba sentado en esa silleta con su traje azul marino, la camisa blanca y la boca completamente vacía.

Lo miré a la cara antes de salir, y en su boca no había absolutamente nada.

—Sin embargo, ayer tarde usted mencionó aquí mismo la cadena rota de los armarios de la iglesia —le recordó Castaño.

Mercedes abrió el bolso que tenía en el suelo, sacó un sobre pequeño de papel amarillento doblado por la mitad y lo dejó encima de la mesa sin abrirlo.

—Porque esta carta estaba dentro de la carpeta que Tomás sacó la noche del sábado del cajón de su padre, y no me dio tiempo a meterla en la trituradora antes de que subiera Borja —dijo ella—.

Es una nota que Matías Rivas, el sacristán viejo, le mandó a mi suegro Eusebio en mayo del noventa pidiéndole las llaves de la cochera y diciéndole que él y don Anselmo habían guardado en el armario reservado el trozo de cadena rota que la chica había llevado a la iglesia para que no quedara nada suelto en el banco.

Por eso sabía yo ayer que había una cadena rota en ese armario. Y por eso he venido hoy a entregarme.

Castaño miró el sobre con guantes puestos antes de embolsarlo.

—¿Por esa carta?

—Por esa carta, y porque anoche a las diez me llamó Ramiro, el boticario de Zafra, para decirme que la Guardia Civil le había preguntado quién recogía las recetas de Tomás —dijo Mercedes, apoyando por fin la espalda contra la madera dura de la silla bajo la luz del fluorescente—.

Entonces comprendí que usted ya sabe lo de las llaves, lo de la medicina y lo de la foto que metieron en casa de Andrés Valverde.

Yo no metí ninguna foto en casa de Andrés.

Cuando Borja bajó el miércoles las cajas viejas de su abuelo a la cochera del callejón del Pozo, a esa puerta también tenía acceso el sobrino del sacristán, e Hilario Santos sabía de su existencia.

Alguien sacó de esas cajas la foto del patio, la recortó y se la plantó a Andrés para que usted cerrara el caso de Tomás sin mirar hacia Valdelobos.

Y si yo me callo hoy lo que hice en la sacristía, mañana Hilario o quien haya puesto la foto le va a echar la culpa a mi hijo Borja por haber llevado las cajas y las llaves al callejón.

Miró a su abogado, que seguía mudo a su lado, y luego volvió a mirar a Castaño.

—Yo maté a mi marido, teniente. No me arrepiento de haberle parado los pies, aunque me pese la manera.

Pero ni yo vestí su cadáver de penitente, ni yo le metí a Clara Valverde en la boca, ni mi hijo ha tocado un pelo a nadie.

Lo que pasó en esa sacristía después de las once y media no es cuenta mía.

Castaño apagó la grabadora tras dictar la hora de cierre y se puso en pie.

—Señora Lozoya, queda usted formalmente detenida como presunta autora de un delito de asesinato en la persona de Tomás Recio, pasando hoy mismo a disposición del juzgado de guardia de Mérida —dijo el teniente con voz grave y limpia de cualquier triunfo—.

La agente Lara le comunicará los derechos que le corresponden como detenida conforme al artículo 520 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal.

Castaño ordenó a Serrano que pidiera al juzgado de guardia la entrada en la casa de la calle Real para abrir el arcón congelador en presencia de Carvajal.

Mercedes no pidió llamar a casa ni preguntó qué harían con ella.

Se limitó a juntar las muñecas encima del regazo con la misma disciplina helada con la que había presidido treinta años las procesiones de su pueblo, sabiendo que acababa de comprar con su propia libertad la inocencia penal de su hijo y que, al hacerlo, dejaba la puerta de la sacristía abierta de par en par para la segunda mitad de la verdad.