La procesión no espera (Agencia Santa Rita 1) Capítulo 32 #2
84%

Capítulo 32 #2

Carvajal giró el cuello hacia ella como si le hubiera saltado un muelle en la silla.

—Mercedes, haz el favor de medir las expresiones…

—En los papeles oficiales del cuartel y del Ayuntamiento de mil novecientos noventa, señora Lozoya —dijo Castaño sin quitarle los ojos de encima—, Clara Valverde no estaba muerta; constaba como «ausente voluntaria» que se había marchado en autobús a Badajoz.

¿Tenían ustedes en casa de los Recio otra información distinta sobre si estaba viva o muerta?

Mercedes apretó los dedos sobre el cuero del bolso. Se dio cuenta de que había dado un paso en falso por hablar con la soberbia de quien cree que las palabras solo valen lo que ella quiere que valgan.

—Es una manera de hablar, teniente —dijo ella recomponiendo el tono—. Cuando una persona se marcha de un sitio y no vuelve a dar señales en treinta años, para los demás es como si se hubiera muerto.

—¿Y su marido Tomás hablaba con usted de esa marcha?

Mercedes soltó por la nariz un soplido corto, parecido a una risa sin humor.

—Mi marido no hablaba conmigo de mujeres muertas.

Carvajal cerró los ojos medio segundo y apoyó la palma de la mano abierta sobre la carpeta para cortar de raíz la declaración.

—Queda perfectamente claro que mi clienta se refiere en sentido figurado a un rumor antiguo, teniente —intervino el abogado con voz firme—. No vamos a responder a más preguntas especulativas sobre sucesos de mil novecientos noventa que carecen de conexidad procesal con esta instrucción.

Pero Mercedes, herida en su orgullo al ver cómo la agente Lara copiaba literalmente en el acta aquellas dos palabras —«mujeres muertas»—, no se resignó a dejar la última palabra al letrado:

—Lo que quiero decir es que no voy a consentir que esa chica vuelva a salir en boca de la gente cada vez que alguien quiere echar barro sobre el nombre de mi hijo o sobre mis tierras.

Cogió el pañuelo blanco de encima de la mesa, lo desdobló por la mitad y lo volvió a doblar exactamente por la misma raya.

Carvajal se puso en pie recogiendo su maletín de cuero inglés.

—Damos por concluida la comparecencia voluntaria, teniente. Si precisa cualquier otra aclaración documental sobre las propiedades de don Tomás Recio, solicítela por conducto judicial a mi despacho en Mérida.

—Hacen bien en interrumpirla, letrado, porque de continuar por ese extremo tendría que suspender el acto y citar a su patrocinada en calidad de investigada con lectura formal de derechos —puntualizó Castaño.

Castaño no se levantó todavía. Dejó las manos apoyadas a ambos lados de la regla de aluminio y esperó a que Mercedes se colgara el bolso del antebrazo.

—Solo una última curiosidad antes de que firme el acta, señora Lozoya —dijo Castaño como quien hace una pregunta de cortesía en la escalera—.

Lleva usted seis días hablando conmigo del hallazgo del cuerpo de su marido, de la túnica morada que le pusieron, de las fotos del periódico y de Andrés Valverde.

¿Por qué no me ha preguntado usted ni una sola vez desde el domingo qué era lo que tenía Tomás metido en la boca ni de dónde había salido la medalla?

Mercedes se detuvo con las gafas de sol a medio abrir entre los dedos. No tardó ni un segundo en contestar; llevaba toda la semana conteniendo la rabia por aquello y le salió de dentro como un chorro de agua hirviendo:

—Porque ya me han contado de sobra el circo que armaron con ella, teniente.

Porque en este pueblo parece que a todo el mundo le importa más una quincalla roñosa del noventa que el asesinato de un alcalde.

Y porque esa cadena rota, esa medalla o lo que les haya dado por desenterrar ahora en los armarios de la iglesia no va a devolverle la vida a nadie.

Esa cadena rota. En los armarios de la iglesia.

Las palabras cayeron en mitad de la sala pequeña y se quedaron allí clavadas como dos alfileres en el corcho.

Castaño no movió ni una pestaña. No miró a Lara, ni miró hacia el rincón donde Serrano contenía la respiración, ni destapó el folio derecho donde llevaba escrita desde las seis de la tarde la palabra cadena .

—Lo entiendo perfectamente, señora Lozoya —dijo Castaño poniéndose en pie con una corrección glacial—. Firme al pie de la hoja de Lara cuando quiera y muchas gracias por su colaboración.

Carvajal sí había notado algo raro en el silencio repentino de los tres guardias, porque miró a su clienta con el ceño fruncido mientras ella estampaba su rúbrica recta al final del folio y salía al pasillo con la cabeza alta.

Castaño levantó una mano en silencio para que ni Serrano ni Lara abrieran la boca hasta que sonó el portazo de la calle y el motor del coche del abogado se alejó por la plazuela hacia la carretera de Mérida.

Entonces el teniente dio la vuelta al segundo folio sobre la mesa y trazó con el bolígrafo un círculo negro alrededor de la palabra prohibida:

CADENA.

Lara soltó de golpe todo el aire que tenía en los pulmones.

—No estaba en el oficio de citación, mi teniente —dijo la agente—. Ni en la prensa, ni en lo que gritó Andrés en la calle. Y lo de que el trozo de cadena rota estaba guardado en el armario de la iglesia lo hemos descubierto nosotros hace menos de dos horas con don Julián.

—No se lo ha contado nadie hoy —dijo Serrano desde la pared—. Lo sabía desde mayo de mil novecientos noventa porque vio los papeles de su suegro o porque estaba en aquella casa cuando la chica volvió con la cadena rota en la mano.

Castaño no llamó por teléfono a la mercería.

Diez minutos después, cuando ya anochecía del todo sobre los soportales de la plaza Mayor, cruzó a pie por delante de la terraza vacía de El Candil y empujó la puerta de cristal de la tienda de Adela, donde el cartelito de «Cerrado» colgaba ya torcido en el picaporte.

Las cuatro viudas estaban en el mostrador de delante: Adela guardando los carretes de hilo negro en su cajón, Tina peleándose con una cremallera atascada bajo la lámpara, Rufina sentada en la silla baja con los brazos cruzados y Puri colocando cintas de luto por anchos sobre el cartón.

Castaño se paró a dos pasos del mostrador sin quitarse la gorra.

—Ha dicho «cadena rota» —anunció en voz baja—. Y ha dicho «los armarios de la iglesia».

Ninguna de las cuatro tuvo que preguntar de quién hablaba.

Adela cerró despacio el cajón de los hilos negros.

—¿Sin que usted le sacara el tema del archivo de esta tarde? —preguntó la mercera.

—Sin que nadie en la sala hubiera pronunciado la palabra cadena —confirmó Castaño—.

Y ha cometido otro desliz antes: hablando del domingo por la mañana en la sacristía, ha descrito la caja de cirios junto a la silleta, el traje azul y la boca de Tomás antes de que nadie lo vistiera. Yo no le había dado esos detalles.

Tina dejó caer la cremallera encima del cristal.

—¿Y por la medalla ha preguntado?

—Por la medalla no ha querido preguntar hasta que se lo he puesto yo delante al marcharse.

Puri dejó las cintas negras sobre el mostrador y miró al teniente con el ceño fruncido.

—¿Por qué iba a estar tan segura Mercedes de que a don Tomás le pusieron la túnica después de muerto, si en el pueblo todo el mundo piensa que lo vistieron para matarlo? —preguntó Puri.

—Y sobre todo —añadió Rufina levantándose de la silla baja—, ¿por qué suelta ahora de golpe lo de la cadena rota en los armarios de la iglesia cuando ve que usted le pregunta por la medalla?

Castaño apoyó las dos manos en el borde del mostrador.

—No debería contarles nada de esto —dijo—.

Se lo cuento porque mañana van a declarar por separado lo que vieron en esa casa, y quiero que sepan por qué se lo pregunto.

Tenemos tres hechos distintos que hasta hoy estábamos metiendo en el mismo saco —añadió, mirando las fichas blancas de Adela—: lo que le ocurrió a Tomás Recio en la sacristía antes de las once y media; la persona que entró a las doce y cuarto desde la plaza sin llevar ningún bulto, y quien recortó esta semana una foto del archivo de los Recio para meterla en casa de Andrés.

Lo que Mercedes ha descrito esta tarde pertenece al primero de los tres, no a los otros dos.

Ah, y la botica de Zafra, doña Adela: Lara acaba de hablar con el farmacéutico en su casa.

Las recetas de digoxina las firmaba un cardiólogo de Badajoz desde hace dos años. Y las recogía siempre su mujer.

Adela cogió el lápiz y, en lugar de escribir una conclusión, trazó un signo de interrogación grande al lado del nombre de Mercedes Lozoya.

—Si Mercedes conoce lo que sucedió junto a la silleta cuando todavía no llevaba la túnica —dijo Adela—, alguien se lo contó con mucho detalle o estuvo allí antes de que empezara la procesión. Yo, en su lugar, teniente, empezaría por saber quién le subió el café a Tomás el domingo.