La procesión no espera (Agencia Santa Rita 1) Capítulo 32
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Capítulo 32

«Quien no pregunta, algo sabe».

Castaño preparó la comparecencia de las seis y media en la sala pequeña con un vaso de café recalentado, dos folios en blanco y la regla de aluminio que Serrano había usado por la mañana para medir la fotografía.

Puso la regla atravesada en mitad de la mesa como una frontera física.

En el folio de la derecha apuntó las cuatro cosas que tenían prohibido existir durante la próxima media hora: TROZO DE CADENA / CORTE / NOTA DEL SACRISTÁN / MEDALLA EN LA BOCA. Después lo dejó boca abajo contra la madera para que el letrado no pudiera leerlo desde el otro lado de la mesa.

La agente Lara entró con el atestado de cerrajería recién redactado y dejó la carpeta junto al codo del teniente. Tenía cara de no haber probado bocado desde el desayuno, pero le brillaban los ojos de pura tensión profesional.

—¿Está seguro de que no le sacamos ni siquiera lo de la medalla de su marido al principio, mi teniente? —preguntó Lara bajito—. Con ese abogado que trae de Mérida al lado, como no la apretemos se va a acoger a que son cosas de su suegro muerto y se va a ir a su casa en diez minutos.

—Si le nombro yo la cadena o la medalla, el abogado le cierra la boca en el acto diciendo que es un hecho ajeno a la citación de las llaves —dijo Castaño tapando el folio derecho con la palma de la mano—.

Mercedes Lozoya es una mujer acostumbrada a corregir a todo el que habla peor que ella.

Si queremos que cometa un error, no hay que empujarla; hay que dejarle hueco para que nos corrija.

Serrano asomó desde el pasillo con una funda transparente en la mano.

—Comprobado lo de la llave grande de hierro que tenía Borja Recio en el llavero, mi teniente —informó el sargento—.

Entra tanto en la puerta verde del patio como en la cerradura antigua del cuarto viejo.

Tiene maña: si metes la llave hasta el fondo del todo, el diente tropieza y no gira; hay que retirarla dos milímetros hacia atrás antes de dar la vuelta.

Quien abrió esa puerta el fin de semana sabía perfectamente cómo funcionaba esa cerradura.

—¿Y huellas útiles en el hierro? —preguntó Castaño.

—Imposible sacar nada limpio, señor. Está sobada por Borja, tiene grasa vieja encima de grasa nueva y ha ido rodando por los bolsillos con las monedas.

Lo que sí hemos comprobado es que la llavecita pequeña de la anilla de cobre de don Julián es gemela de las cerraduras de los muebles de archivo de los años ochenta.

—Y acaba de llamar el forense de guardia de Badajoz —añadió Serrano—.

Hay un primer indicio de concentración elevada de digoxina en las muestras de Tomás Recio.

Todavía no está cuantificada, y el forense avisa de que en un cadáver la digoxina sube sola en la sangre después de muerto, así que no le basta con el número.

Don Ernesto dice que en el centro de salud no constaba que el alcalde recibiera tratamiento para una arritmia, aunque podría atenderlo un especialista fuera del pueblo.

Castaño sacó el teléfono y le enseñó la pantalla al sargento.

—Doña Adela me ha escrito hace cinco minutos lo mismo por otro camino —dijo—. Una botica de Zafra, una pipeta y un espray debajo de una chaqueta. Lara, en cuanto salga la señora Lozoya, llama a esa farmacia; si está cerrada, al domicilio del farmacéutico. Quiero saber quién recogía esas recetas.

Anotó en el reverso de un folio: «Medicación cardíaca. Zafra. Quién la medía». Era la primera grieta seria en el infarto espontáneo.

En el mostrador de guardia de fuera sonó el timbre de entrada y se oyó una voz de hombre bien timbrada preguntando por el teniente instructor.

Mercedes Lozoya no entró en el cuartel como entraban los vecinos de San Román cuando los llamaban a declarar —mirando a los bancos o encogiendo los hombros—; entró con un abrigo negro ligero echado por encima, las gafas de sol en la mano izquierda y caminando medio paso por delante de don Víctor Carvajal, un abogado de cincuenta años con traje cruzado de franela y maletín de cuero inglés que había repetido dos veces su apellido en la puerta para que el guardia joven supiera que venía de un despacho grande de Mérida.

—Mi patrocinada comparece de manera estrictamente voluntaria y en su doble condición de perjudicada y viuda del fallecido, teniente —anunció Carvajal antes siquiera de apoyar el maletín en la silla—.

Quiero que conste en el encabezamiento que hemos acudido sin citación judicial únicamente para aclarar el malentendido de esta mañana respecto a las llaves de la parroquia.

—Constará palabra por palabra, letrado —repuso Castaño señalándoles las dos sillas frente a la mesa—. Siéntense, por favor.

Mercedes se sentó con la espalda recta, sin tocar el respaldo de madera, y colocó sobre una esquina de la formica su bolso negro, el teléfono móvil apagado y aquel pañuelo blanco doblado en cuatro cuadros idénticos.

No pidió agua ni miró a la agente Lara, que tenía ya el bolígrafo preparado sobre el folio numerado.

—Señora Lozoya —empezó Castaño abriendo la carpeta izquierda—, esta mañana su hijo Borja ha hecho entrega en su domicilio de una llave antigua de hierro que llevaba en su llavero personal junto con acreditaciones del Ayuntamiento.

Hemos comprobado ya que esa llave abre la puerta verde del patio de la iglesia de San Román y el cuarto viejo donde se custodiaban las túnicas de la llamada Cofradía del Silencio.

Su hijo declaró que se la entregó su marido el viernes anterior a su muerte para retirar documentación antigua sin ser visto por la plaza.

—Mi marido era alcalde y hermano de la parroquia desde niño, teniente —contestó Mercedes con la voz lisa y sin una sola arruga—.

En los cajones de nuestra casa ha habido siempre llaves de almacenes municipales, de ermitas y de trasteros que dejó mi suegro Eusebio al morir.

Que una llave vieja abra una puerta vieja no convierte a mi familia en responsable de quién entre o salga de la iglesia.

—El problema, señora, es que en esa misma diligencia de esta mañana su hijo manifestó delante de mí y de la agente Lara que el jueves apareció en el cajón inferior del escritorio de su suegro una segunda llave pequeña con anilla de cobre, y que usted se la quitó de la mano ordenándole que no la mezclara con las demás.

Cuando le pedí esa segunda llave hace cinco horas, usted negó conocer su existencia.

Carvajal levantó dos dedos de la mesa.

—Mi clienta ya explicó que su hijo está conmocionado y confunde distintos manojos domésticos —repuso Carvajal.

—Y yo no afirmo que la llave de cobre abriera ese armario —precisó Castaño—. Le pregunto por qué negó conocerla cuando su hijo la había visto en el cajón del despacho.

Mercedes no desvió la mirada ni medio milímetro. Solo apoyó las dos manos, una sobre otra, encima del cierre metálico de su bolso.

—Vaciar las carpetas viejas de mi suegro no es ningún delito, teniente —dijo Mercedes.

Castaño deslizó sobre la mesa, hasta la línea que marcaba la regla de aluminio, una copia del apunte del ropero, recompuesto con la tira del cuaderno y el resto de la hoja recuperado del armario de don Julián.

Mercedes no bajó la cabeza para leerla; le habría parecido darles ventaja. Fue el abogado Carvajal quien se inclinó, se ajustó las gafas y leyó en voz baja el apunte:

—«Mayo 90 — Túnica morada n.º 7 — limp. urg.

Devuelta con bajo roto y sin cordón. Entrada: 16 mayo 1990.

Retirada noche función del 15». —El abogado levantó la vista con gesto de fastidio profesional—.

Teniente, por favor. Es un apunte de lavandería parroquial de hace treinta y seis años.

¿Me puede explicar qué relación guarda esto con el fallecimiento de don Tomás Recio el pasado domingo?

—Que don Tomás Recio apareció cadáver en la sacristía con esa misma túnica número siete puesta sobre su traje. Y que al día siguiente de esa anotación de mayo del noventa, la casa de su suegro pagó la reposición del cordón que le faltaba —respondió Castaño.

—Mi suegro pagaba los gastos de la iglesia —replicó Mercedes en seco—. Y en cuanto a esa túnica, alguien se la puso después. Cuando Tomás se mareó y tiró la caja de cirios junto a la silleta, llevaba su traje azul de los domingos y no tenía nada en la boca.

—No le he preguntado por la caja de cirios ni por el estado de su boca, señora Lozoya —dijo Castaño muy despacio—. ¿Quién le ha contado esos detalles?

En la esquina del cuarto, el bolígrafo de Lara se detuvo un segundo en el aire.

Mercedes parpadeó una sola vez.

—Habrá sido alguien del pueblo, de tanto hablar de la sacristía —corrigió ella con una frialdad trabajosa—. Nadie se deja vestir con un trapo viejo de armario estando vivo y en sus cabales. Tomás era muy especial para sus trajes.

Castaño sacó entonces la segunda fotocopia —la lista de donantes de la cofradía donde figuraban Eusebio Recio, Hilario Santos y Manuel Salcedo con el séptimo renglón raspado— y la puso al lado de la primera.

—En los documentos que su marido conservaba en casa y que su socio Hilario Santos le ha estado reclamando por teléfono toda la semana —dijo el teniente—, ¿figuraba también lo ocurrido en su casa con Clara Valverde la tarde del quince de mayo de mil novecientos noventa?

El nombre de Clara cayó encima de la mesa de formica y cambió la temperatura del cuarto.

Mercedes no miró a su abogado para pedirle amparo. Levantó un poco más la barbilla y miró a Castaño con una mezcla de cansancio antiguo y desprecio contenido.

—Esa muchacha no tiene absolutamente nada que ver con lo que le ha pasado a Tomás este domingo, teniente. Si usted se deja llevar por los cuentos de cuatro viudas que no tienen otra cosa que hacer por las tardes que abrir cajones ajenos, va a hacer el ridículo delante del juez.

—¿Por qué está tan segura de que Clara Valverde no tiene relación con la muerte de su marido?

—Porque Clara Valverde lleva treinta y seis años muerta para esta casa y para este pueblo —soltó Mercedes sin pensar.