Capítulo 31 #3
El cura no intentó defenderse; se quedó sentado en la penumbra del archivo con las manos caídas sobre las rodillas mientras Lara precintaba los sobres y don Julián firmaba el recibo de entrega con un pulso que apenas atinaba con la línea.
Cuando salieron de nuevo a la nave central de la iglesia, las cuatro mujeres y los tres guardias se detuvieron junto a la pila bautismal seca.
—A las seis y media viene al puesto Mercedes Lozoya con su abogado para declarar sobre las llaves halladas en su domicilio —dijo Castaño bajando la voz para que no rebotara en la bóveda—.
Escúchenme bien las cuatro: de lo que ha salido hoy en este armario no sale ni una sílaba a la calle.
En el requerimiento que le hemos notificado solo figuran el inventario de túnicas y las listas de donativos.
Adela lo miró con atención.
—¿No le va a preguntar por el sobre de Clara ni por el trozo de cadena?
—Precisamente por eso —dijo Castaño guardándose el bolígrafo en el bolsillo de la guerrera—.
Ni la prensa, ni el abogado, ni nadie fuera de estas cuatro paredes sabe que en ese armario había tres eslabones de cadena rota aparte de la medalla que apareció en la sacristía.
Voy a preguntarle por las llaves de su suegro y por la túnica morada.
Si la cadena sale en la conversación, tendrá que salir de su boca sin que yo la empuje.
A las seis y cuarto, cuando los guardias se llevaron los sobres al puesto y don Julián se quedó a solas con su archivo, las cuatro cruzaron la plaza sin hablar y entraron en la mercería por la puerta del patio.
Adela no encendió la lámpara grande. Puso la libreta negra en el centro de la mesa de pino y se quedó mirándola.
—Castaño va a preguntarle a Mercedes por las llaves —dijo—. Y Mercedes le va a hablar de su suegro, de Hilario y de los papeles de Valdelobos, que es de lo que sabe hablar. Pero nadie le va a preguntar por la mañana del domingo.
—¿Qué pasa con la mañana del domingo? —preguntó Tina.
—Que Tomás estaba muerto antes de las once y media, y vestido de traje —dijo Adela—. Y que desde entonces en esa casa no han dejado de perderse y de aparecer cosas.
Rufina sacó del bolsillo de la cazadora una bolsa de la farmacia y la dejó sobre la mesa.
—Pues ya que hablamos de cosas que aparecen.
Esta mañana me he encontrado a don Ernesto en la farmacia comprando sus pastillas de la tensión.
Le he preguntado, como quien no quiere la cosa, si a Tomás le daba algo para el corazón.
Se ha reído. Dice que en cuarenta años Tomás no pisó su consulta más que para la gripe y para firmar el carné de conducir, y que en su historia no hay ni una aspirina.
Adela levantó la cabeza.
—El martes, en su salón, Mercedes tenía una caja de una botica de Zafra —dijo despacio—.
Con una pipeta graduada y la pauta de cada mañana escrita a bolígrafo.
Me dijo que era de Tomás, que tenía una arritmia que no consentía que se supiera y que había mañanas en que tenía que recordarle hasta la dosis. Ella. Ella le medía la dosis.
—Y en el cuarto de la plancha había un espray —dijo Puri, y se le quedó la voz a medio camino—. Un aerosol pequeño, de los de debajo de la lengua. Ponía «sublingual» en la caja. Mercedes le echó encima una chaqueta de Tomás en cuanto me vio mirarlo.
—Junto a las cestas del arcón —añadió Tina.
—Junto a las cestas del arcón —repitió Puri— y a unas llaves pequeñas con tierra de maceta en los dientes.
El martes por la mañana Mercedes no encontraba las llaves del congelador; por la tarde ya las había desenterrado de una maceta.
¿Quién entierra las llaves de su congelador el día que se le muere el marido?
Nadie contestó. Rufina se sentó en la silla baja.
—A Tomás le faltaban el reloj y el móvil —dijo—. Quien se lleva el móvil de un muerto es porque en ese móvil sale algo que no le conviene. Y un ladrón no deja la cartera.
—Y el martes Mercedes no quiso saber nada de lo que tenía Tomás en la boca —dijo Adela—. Le hablé de la túnica y ni preguntó. Hoy le dirá al teniente que no sabe nada de la sacristía. Y yo me apuesto la tienda a que sabe más de esa silleta que cualquiera de nosotras.
Tina se había quedado pálida debajo del colorete.
—Adela, que es la mujer del alcalde. Que nos conocemos de toda la vida.
—Por eso mismo —dijo Adela—. Nadie mira a quien le sube el café.
Sacó el móvil del bolso, se puso las gafas de cerca y escribió despacio, borrando dos veces, mientras las otras tres la miraban en silencio:
Teniente: Tomás no tenía tratamiento cardíaco en el centro de salud; lo dice don Ernesto.
El martes vi en casa de Mercedes una caja con pipeta graduada de una botica de Zafra, y Puri vio un aerosol sublingual en el cuarto de la plancha, junto al arcón congelador cuyas llaves Mercedes había escondido en una maceta.
Pregunte en Zafra quién recogía esas recetas.
Y no le hable usted de la sacristía: déjela hablar a ella.
Lo envió a las seis y veintiséis. A las seis y veintisiete el teléfono vibró encima de la mesa con una sola palabra:
Recibido.