La procesión no espera (Agencia Santa Rita 1) Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

La muchacha sí había ido a buscarla a la iglesia como ponía en el papelito del delantal; no se habían encontrado por media hora escasa.

Había entrado por la puerta chica buscando refugio o alguien que la acompañara hasta la casa grande a sacar su bolsa de debajo del fregadero de Aurora, y el cura viejo la había mandado de vuelta al patio de los Recio diciéndole que no diera escándalo en día de fiesta.

—¿Usted sabía que Clara vino a pedir ayuda aquí aquella tarde, padre? —le preguntó Puri con un hilo de voz que cortaba más que cualquier grito.

Don Julián hundió la barbilla en el pecho, mirando el suelo gastado entre sus pies.

—Me fui a Villafranca después de las ocho, Puri —susurró el cura—.

Pero antes de salir vi a la chica salir llorando por el pasillo de atrás y oí a don Anselmo decirle a Matías en la sacristía que las criadas jóvenes se asustaban por cualquier broma de los señores y que la parroquia no estaba para meterse en las casas que pagaban el tejado.

—Y usted se subió al coche y se calló treinta y seis años —dijo Puri.

—Me callé, sí —admitió don Julián sin levantar la cara—. Igual que se calló todo el pueblo al día siguiente.

Mientras Lara fotografiaba la nota del sacristán, Castaño abrió con cuidado los cuatro pliegues de la papeleta blanca de farmacia.

Sobre el papel brillaron tres eslabones sueltos de una cadenita de plata muy fina, de apenas dos centímetros de largo en total, unidos al arito del cierre que tenía todavía hecho aquel nudo pequeño del que Puri había hablado el domingo en la sacristía.

No estaba el resto de la cadena, ni estaba la medalla. Era el pedacito final que se le había desprendido a Clara en el banco de la sacristía o en la mano cuando vino a hablar con don Anselmo antes de volver a casa de los Recio.

Rufina dio un paso hacia la mesa y alargó la mano libre hacia Adela sin apartar la vista del papel de farmacia.

—Déjame el cuentahílos, Adela.

—Sin tocar el soporte, señora Gallego —advirtió Lara enseguida.

—Que no toco nada, hija, tengo las manos atrás —dijo Rufina inclinándose bajo la luz de la lámpara portátil que sujetaba Serrano y mirando a través de la pequeña lente cuadrada el último eslabón abierto del extremo.

Estuvo cinco segundos callada, cambiando medio centímetro el ángulo de la cabeza.

—Oiga, teniente —dijo Rufina enderezándose—. Mire usted mismo ese último eslabón con la lupa antes de meterlo en la bolsa.

Castaño cogió el cuentahílos con el guante puesto y se inclinó sobre la papeleta. Serrano se asomó también por el otro lado.

A diferencia de los eslabones que se parten de un tirón brusco —que quedan estirados, ovalados y con la boca abierta en pico—, aquel extremo presentaba las dos caras del hilo de plata completamente planas y biseladas hacia dentro, con una muesca recta en el metal.

—Eso no parece abierto por tracción, mi teniente —observó Serrano en voz baja—. Tiene toda la pinta de un corte de tenaza chica o de cortaúñas. Aunque tendrá que confirmarlo el laboratorio con microscopio.

Rufina devolvió el cuentahílos a la mano de Adela con el gesto serio.

—En el taller de mi padre decían que, cuando aparece la marca de la tenaza en el alambre, se acabó echarle la culpa al chiquillo —dijo Rufina—. Si el laboratorio confirma ese corte, la cadena no se le partió sola tendiendo sábanas en ningún patio.

—Vamos por orden —dijo Adela, más para sí misma que para los demás—.

El jueves anterior volvió a su casa llorando con la cadena rota.

El lunes todavía llevaba la medalla en la mano cuando entró a pedir horquillas en la peluquería.

El martes por la mañana salió de casa con la cadena sujeta con un imperdible, y así sale en esa foto del patio.

Y el martes por la tarde, según el sacristán, se presentó aquí con la cadena rota en la mano.

Si el laboratorio confirma el corte, todavía no sabremos si es la rotura del jueves o una nueva, ni si la llevaba puesta cuando se lo hicieron.

Adela miró las tres piezas extendidas sobre el papel de estraza: la hoja arrancada que registraba el día dieciséis la devolución de la túnica siete sin cordón; la nota del sacristán diciendo que Clara volvió de la iglesia al patio de los Recio porque la esperaban allí antes de la vela, y el trozo de cadena guardado por don Anselmo en un papel de farmacia.

—Clara no se marchó directamente a Badajoz aquella tarde como pusieron en el cuartel —dijo Adela—.

Pasadas las siete y media todavía estaba aquí pidiendo amparo antes de volver a casa de don Eusebio a cobrar su mes y recoger su bolsa.

Lo que falta por saber es qué ocurrió cuando cruzó otra vez aquella cancela.

Nadie en el cuarto la contradijo.

Castaño abrió su cuaderno de diligencias y escribió dos líneas rápidas para el oficio de ampliación que iba a mandar al juzgado de Mérida aquella misma tarde:

A la vista de la documental intervenida en el archivo reservado parroquial, resultan indicios racionales incompatibles con la ausencia voluntaria de Clara Valverde Díaz en mayo de 1990.

Puri miró lo que escribía el teniente desde el otro lado de la mesa.

—Clara no necesitaba que le dijeran que fuera prudente, padre —le dijo Puri a don Julián antes de volverse hacia la puerta—. Necesitaba que le abrieran esta puerta y la dejaran quedarse dentro hasta que se fueran esos hombres. Y entre usted y don Anselmo la echaron otra vez a la calle.