La procesión no espera (Agencia Santa Rita 1) Capítulo 31
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Capítulo 31

«Noche cerrada, verdad enterrada».

El acto del Ayuntamiento terminó a la una y diez, con el presidente de la Diputación metiéndose deprisa en el coche oficial y los concejales repartiéndose las coronas para la foto.

Tina y Rufina lo habían visto todo desde el último soportal, de pie y sin aplaudir, como dos vecinas que no se pierden un entierro de rico.

Hilario Santos salió el último. Llevaba el traje azul marino de los funerales de la capital y la corbata negra bien apretada, y en vez de cruzar hacia el coche que lo esperaba frente al estanco, dio un rodeo por los soportales hasta pararse delante de ellas.

—Tina —dijo con una sonrisa de pésame que no le llegaba a los ojos—. Hace mucho que no te veo por la cooperativa. Desde lo de tu Mateo, ¿no? Qué buen hombre. Igual que su padre.

—Gracias, Hilario.

—Manuel era muy agradecido —siguió él, bajando la voz lo justo para que no lo oyera el municipal de la esquina—. Con don Eusebio, con todos. En este pueblo, cuando alguien te echa una mano, se le devuelve con discreción. Estaría bien que su nuera también lo fuera.

Tina notó que se le subía el color a los pómulos, como le decía siempre su Mateo, pero no bajó los ojos.

—Mi suegro está muerto, Hilario. Ya no le debe nada a nadie.

—Los muertos no, Tina. Los papeles sí.

Rufina se despegó de la columna.

—Si tienes algo que decir de papeles, el cuartel está ahí enfrente. Hoy hasta tiene la puerta grande abierta.

Hilario la miró de arriba abajo, sin prisa, como quien tasa una tierra de secano.

—Tú deberías ser la última en querer remover fotos viejas, Rufina. Hay fotos que es mejor no buscar. Salen todos. Hasta los que firmaban los atestados.

—Mi marido ya está muerto —dijo Rufina—. Tú todavía no.

Por un segundo a Hilario se le borró la sonrisa. Luego se abrochó el botón de la chaqueta, saludó con la barbilla al concejal de Festejos, que lo esperaba junto al coche, y se marchó sin despedirse.

Tina no soltó el aire hasta que el coche dobló la esquina de la farmacia.

—¿Tú has oído lo que ha dicho? «Salen todos». Como si supiera qué fotos.

—Lo he oído —dijo Rufina, mirando todavía la esquina—. Y lo va a oír Adela antes de las cinco.

Don Julián abrió el armario estrecho del archivo parroquial con una llave que ya no intentó hacer pasar por ordinaria.

Fue lo primero en que se fijó Puri nada más entrar en el cuarto a las cinco de la tarde del sábado.

No la sacó del aro grande de hierro que manejaba el sacristán ni tampoco del llavero de cuero de su sotana: la traía aparte, metida dentro de una bolsita de tela morada y envuelta en un pañuelo blanco de algodón, como si el metal quemara o tuviera pecado propio.

Tenía la cabeza ovalada pequeña y una anilla de cobre idéntica a la que Borja Recio había descrito cuatro horas antes en el salón de su madre.

Castaño se colocó a la izquierda del párroco, con Serrano y la agente Lara medio paso detrás cargando el maletín de recogida y la cámara.

Adela había sido citada formalmente para ratificar en acta la correspondencia entre las matrices de su mercería y los apuntes de la parroquia; Tina venía porque sus fotografías previas de la lata ya constaban unidas al expediente, y Rufina figuraba en el papel como testigo de reconocimiento de los accesos.

La única que no tenía citación escrita para estar allí era Puri, pero cuando entró detrás de Adela con su bolso negro agarrado a dos manos, ni el teniente ni don Julián tuvieron valor de mandarla al banco de fuera.

—El oficio judicial de requerimiento abarca inventarios no ordinarios, relación de llaves y contabilidad reservada de donativos entre mil novecientos ochenta y ocho y mil novecientos noventa y dos, padre —dijo Castaño sin preámbulos—. Abra el compartimento interior.

Don Julián metió la llavecita en la cerradura lateral de aquel segundo cuerpo de madera que quedaba empotrado detrás de los libros de bautismo.

El resbalón giró con un quejido de muelle viejo.

Dentro no había casullas ni candelabros: había tres carpetas atadas con cinta negra, un mazo de recibos sujetos con goma y, en el estante inferior, una bolsa de lino crudo con una etiqueta de cartulina amarilla cosida al borde donde ponía con letra de pluma: «Reservado».

Tina miró la etiqueta desde su rincón y buscó de reojo los ojos de Adela, pero esta vez se mordió la lengua y no soltó ningún chiste.

Don Julián sacó primero las dos carpetas de cartón y por último, con las puntas de los dedos, la bolsa de lino, depositándolo todo sobre la mesa de pino donde Serrano ya había extendido un pliego limpio de papel de estraza.

—Esto no formaba parte de los libros oficiales del obispado —murmuró el cura sin levantar la vista de la madera—. Don Anselmo me hizo jurar cuando enfermó que no se abriría mientras vivieran las familias.

—En este caso hay un muerto encima de la mesa desde el domingo y un inocente que ha dormido anoche en el calabozo, padre —dijo Puri—. Así que don Anselmo ya nos perdonará desde donde esté.

Castaño se calzó los guantes y abrió la primera carpeta.

Las primeras hojas eran relaciones de gastos menores de finales de los ochenta: arrobas de cera, arreglo de varas de palio, estipendios de misas encargadas por la cofradía.

Pero en mitad del legajo, guardada dentro de una camisa de papel cebolla, apareció una hoja apaisada de libreta cuadriculada cuyo margen izquierdo presentaba el corte irregular de haber sido arrancada de un cuaderno grapado.

Adela contuvo el aliento al ver la esquina rota: era el resto de la página de mayo de 1990 que faltaba en el cuaderno gris del cuarto viejo. Quien la arrancó entonces no la había quemado; la había guardado allí bajo llave.

Lara fotografió la hoja y colocó a su lado una copia de la tira que había quedado en el cuaderno del ropero. Los bordes y los renglones coincidían. Castaño leyó en voz alta el apunte recompuesto, escrito con tinta negra desvaída:

Mayo 90 — Túnica morada n.º 7 — limp. urg.

Devuelta con bajo roto y sin cordón. Entrada: 16 mayo 1990.

Retirada noche función del 15.

Y justo debajo, añadido con otra caligrafía más apretada y recta que Puri y Adela conocían de memoria:

No pasar al cuaderno público. Entregado cordón repuesto día 17. Cargo Cofradía.

—El apunte de la túnica es de la mano del sacristán Matías Rivas, ¿verdad, padre? —preguntó Castaño.

Don Julián asintió despacio, quitándose las gafas para frotarlas con el pico del pañuelo aunque los cristales estaban limpios.

—Sí. Y la nota de abajo es de don Anselmo.

—¿Por qué ordenó don Anselmo arrancar esta hoja del cuaderno del ropero y esconderla aquí? —preguntó el teniente.

—Porque a los dos días empezó a correr por el pueblo que la muchacha de los Recio había desaparecido la tarde de la fiesta —dijo el cura con la voz apagada—.

Y don Anselmo dijo que si alguien veía escrito que una túnica había vuelto rota aquella misma noche, la gente mala iba a mezclar las cosas de la iglesia con las habladurías de la calle.

—La gente mala no, padre —dijo Rufina desde la puerta con sequedad—. La Guardia Civil, si hubiera mirado donde tenía que mirar.

Castaño pasó a la segunda carpeta: el registro interno de aportaciones y cuotas de la Cofradía del Silencio.

Aparecieron en columna los mismos apellidos que ya habían visto el miércoles en la hoja de turnos: Eusebio Recio, Hilario Santos, Manuel Salcedo, Aurelio Castañeda, Victoriano Morales y Matías Rivas.

Al ver otra vez el nombre de su suegro escrito con pluma junto a una entrega de diez mil pesetas de abril del noventa, Tina apretó los labios y apuntó la fecha en su libreta pequeña sin levantar la cabeza.

En la séptima línea de la hoja de cuotas, igual que en el papel cebolla de los turnos de vela, el nombre del último hermano había sido raspado con cuchilla hasta comer la mitad del grosor del papel.

—¿Tampoco sabe usted quién figuraba en esa línea antes de que la rasparan, don Julián? —preguntó Castaño.

—Cuando don Anselmo me entregó esa llave en el año noventa y ocho, el papel ya estaba así —contestó el sacerdote sentándose de golpe en la única silla libre porque las piernas no le aguantaban más el peso de la sotana—.

Si rasparon ese nombre, no fue por proteger a un muerto, teniente.

Fue porque los demás ya tenían tierras y años, y ese séptimo o tenía carrera por delante o tenía familia que todavía mandaba más que ellos.

Castaño no entró a especular sobre el hueco raspado; desató el cordel de la bolsa de lino marcada como «Reservado».

Dentro había dos trozos de cinta negra de cíngulo viejo, un sobre marrón de oficio cerrado sin goma y una papeleta pequeña de papel blanco de farmacia doblada en forma de cuadrado.

En el exterior del sobre marrón, escrito a lápiz con trazo temblón, se leía un único nombre:

Clara.

En el archivo se hizo un silencio tan espeso que se oyeron las palomas caminar por encima de las tejas del patio. Puri sintió que el corazón se le ponía en la garganta: allí estaba otra vez aquella chiquilla de diecinueve años reducida a un sobre escondido detrás de los libros de los santos.

Castaño abrió el sobre marrón con las pinzas y desplegó una cuartilla sin firma, escrita con la misma letra torpe y grande del sacristán Matías Rivas que acababan de ver en la hoja del ropero:

Martes 15 mayo. La chica de Antonia vino por la puerta chica pasadas las siete y media, cuando la Puri ya había recogido los cubos de las flores y se había marchado.

No quiso salir a la plaza. Lloraba y traía la cadena rota metida en la mano.

Dijo que tenía que volver al patio de don Eusebio a cobrar el mes y a recoger su bolsa porque la estaban esperando los de la junta antes de subir a la vela.

Don Anselmo le dijo que fuera prudente y que no armara ruido en día de fiesta.

Serrano dejó de escribir en su bloc.

Puri cerró los ojos con fuerza, apoyando una mano en el canto de la estantería metálica para no tambalearse.

Don Anselmo le dijo que fuera prudente.