Capítulo 30 #2
—Son las llaves de las cocheras de casa —intervino Mercedes antes de que el chico se moviera.
—Se lo he pedido a su hijo, señora.
Borja miró a su madre con angustia, pero adelantó el brazo y dejó caer el manojo sobre el cristal de la mesa.
Sonó un golpe seco de metal pesado: tres llaves planas modernas, el mando negro del garaje, el disco rojo del Ayuntamiento y aquella llave larga de hierro oscuro, de caña cilíndrica y diente gastado.
Lara no la tocó; sacó la cámara, colocó el testigo métrico al lado sobre el cristal y disparó dos fotografías.
—¿Qué puerta abre esa llave grande de hierro, Borja? —preguntó Castaño.
—Es de la cancela vieja del cortijo de mi abuelo —respondió Borja mirando primero a su madre.
—¿Del cortijo particular de Eusebio Recio? —preguntó el teniente, señalando el disco rojo del Ayuntamiento que colgaba de la misma anilla—. ¿Y por qué lleva esa llave privada en el mismo llavero que las del Ayuntamiento?
—Siempre han ido juntas —murmuró Borja, encogiéndose de hombros.
—Son llaves viejas que se mezclaron al vaciar el despacho —intervino Mercedes—. No tiene mayor misterio.
—Le pregunto a Borja, señora Lozoya. ¿Desde cuándo lleva esa llave?
—Es que no recuerdo bien si estaba en el cajón del abuelo o si me la dio papá… —admitió Borja, ahora más nervioso.
—Basta, Borja. Has dormido cuatro horas —interrumpió Mercedes por segunda vez.
Castaño no elevó la voz.
—No tiene obligación de adivinar nada. Diga únicamente lo que sabe.
—Creo que es de la puerta vieja del patio trasero de la iglesia, la que da al callejón del Pozo —acabó admitiendo el muchacho, sin mirar a su madre.
Mercedes cerró los párpados un segundo entero, recta como una vela junto al sofá verde.
—¿Y por qué la lleva usted en su llavero? —preguntó el teniente.
—Porque me la dio mi padre el viernes de la semana pasada —dijo Borja apretando los dedos vacíos contra la costura del pantalón—.
Me dijo que la tuviera controlada con las cosas del almacén porque en la iglesia había humedades y quería sacar unas carpetas viejas de mi abuelo sin dar un cuarto al pregonero en la plaza.
—Su marido guardaba en casa material de una cofradía desaparecida en mil novecientos noventa —dijo Castaño volviéndose ahora sí hacia Mercedes.
—Mi marido guardaba en ese despacho veinte años de papeles del Ayuntamiento, de la cooperativa y de mi suegro Eusebio, teniente —replicó Mercedes con la voz fría y medida—.
Si había una llave vieja de cuando mi suegro pagaba las velas de la parroquia, lo más probable es que esa cerradura lleve treinta años oxidada sin abrir nada.
Lara levantó la vista de su bloc de notas con aquella seriedad limpia de guardia recién salida de Baeza.
—Señora Lozoya, la cerradura antigua de la puerta verde del patio parroquial fue inspeccionada por Policía Judicial el martes. Tiene grasa reciente y alguien la ha accionado en los últimos días.
Por primera vez, Mercedes miró a la agente joven como quien descubre que le han abierto una ventana a la espalda.
—Pues pregúntenle al cura o al sobrino del sacristán quién entra por ese patio —dijo Mercedes—. De mi casa no salió nadie el domingo hacia ese callejón.
—Mamá, si es la llave que papá me pidió el sábado que no dejara en la cochera porque Hilario… —empezó a decir Borja dando un paso hacia ella.
—¡Cállate, Borja!
El corte de Mercedes no fue un grito de mercado; fue un latigazo seco, a media voz, que dejó al muchacho clavado en la alfombra con la boca abierta.
Castaño dejó que aquel silencio pesara tres segundos enteros sobre los muebles del salón.
Ya no estaba viendo a una mujer que defendía la memoria de un alcalde muerto; estaba viendo a una madre dispuesta a ponerse delante de un tren en marcha antes de que su hijo dijera una palabra más sobre el sábado o sobre Hilario Santos.
—Esta llave queda intervenida mediante acta para su cotejo pericial con la cerradura del patio parroquial y del cuarto viejo —dijo Castaño sacando una bolsa de indicios.
—Mi hijo se la entrega voluntariamente para que comprueben lo que tengan que comprobar —dijo Mercedes recobrando el aire a la fuerza—. Ya se lo ha dicho Borja: entregas esa llave y terminamos.
Borja miró la bolsa de plástico en la mano de Lara y luego miró a su madre con una confusión tan transparente que ningún abogado habría podido taparla a tiempo.
—¿Solo esta? —preguntó el chico en voz baja—. ¿Y la otra, mamá?
En el salón pareció apagarse hasta el ruido de la calle.
Castaño se quedó completamente inmóvil con la bolsa abierta a mitad de camino.
—¿Qué otra llave, Borja? —preguntó Mercedes con un hilo de voz tan tenso que estaba a punto de romperse.
El muchacho se dio cuenta demasiado tarde de que acababa de hundir el pie en el barro hasta la rodilla. Se llevó una mano a la frente húmeda de sudor.
—La pequeña que salió el jueves en el fondo del cajón de abajo del abuelo, con la anilla de cobre —balbuceó Borja mirándola asustado—. La que me quitaste cuando estaba aquí doña Adela y me dijiste que no la mezclara con las de la cochera.
Lara escribía a toda velocidad sin levantar el bolígrafo del papel.
Castaño miró el bolsillo vacío del vestido negro de Mercedes y luego la cajita de madera de olivo cerrada sobre la mesa.
—¿Dónde está esa segunda llave con anilla de cobre, señora Lozoya? —preguntó el teniente.
Mercedes cogió el pañuelo negro de encima del cristal, pero no lo dobló; lo apretó dentro del puño cerrado.
—No sé de qué llave habla mi hijo. Lleva cuatro días sin dormir y confunde los llaveros viejos de su padre.
—Mamá, por Dios… —susurró Borja.
—He dicho que basta, Borja.
Pero esta vez la orden ya no mandaba nada en aquella habitación; sonó únicamente a miedo.
Castaño no forzó más la cuerda. Sin orden de registro no iba a vaciar el bolso de Mercedes, y Borja ya había confirmado para el acta que en el despacho de los Recio había una segunda llave con anilla de cobre, la misma que Adela había descrito con su chapita de «Archivo S.
R.». Su madre acababa de negar su existencia.
Lara cerró la bolsa con la llave grande del patio y recogió las dos firmas en el acta: la de Mercedes, trazada de un solo golpe recto y frío, y la de Borja, temblorosa y torcida en el margen inferior.
Cuando salieron de nuevo al sol de la calle Real y se cerró el portón a sus espaldas, Lara soltó un suspiro largo metiendo la carpeta en el maletín.
—Esa mujer está tapando algo muy gordo en ese despacho, mi teniente —dijo la agente mientras caminaban hacia el coche oficial aparcado en la esquina—. Ha preferido dejar a su propio hijo por mentiroso o por loco delante de nosotros antes que entregar la llave pequeña de cobre.
—Porque la llave grande que nos hemos llevado abre el paso del patio, Lara —dijo Castaño abriendo la portezuela del vehículo—, pero todavía no sabemos qué cerradura abre esa segunda llave pequeña con anilla de cobre que la viuda nos ha negado a la cara.
Avisa a Serrano: a las cinco en punto vamos a comprobar si tiene pareja en el archivo de don Julián.
En el bolsillo de la guerrera le vibró el teléfono. Era un mensaje corto de Adela:
No mire solo qué abre; mire quién sabía que aún abría.