Capítulo 30
«Quien tiene la llave no siempre abre la puerta».
Adela Montero cruzó la plaza Mayor a las doce menos diez de la mañana, justo cuando los concejales con corbata negra y los curiosos de los soportales esperaban en la escalinata del Ayuntamiento a que llegara el coche oficial de la Diputación.
Iba vestida con su abrigo beige de entretiempo, los zapatos de medio tacón recién lustrados y una carpeta grande de cartón color vino sujeta bajo el brazo izquierdo con una tranquilidad tan absoluta que tres conversaciones se cortaron en seco a su paso.
No miró hacia el balcón municipal ni hacia la terraza de El Candil, donde Paco el Mudo pasaba la bayeta con el mandil limpio puesto otra vez; subió derecha los tres peldaños del cuartel de la Guardia Civil y entró por la puerta principal sin volver la cabeza.
La agente Lara la esperaba detrás del mostrador de guardia con el libro de registro abierto.
—Buenos días, doña Adela.
—Buenos días, hija. Hoy póngame el nombre completo con los dos apellidos, ya que el teniente tiene tantas ganas de que se entere el vecindario.
Castaño salió de su despacho antes de que terminara de firmar la entrada y la hizo pasar directamente a la sala pequeña.
Tenía ojeras oscuras y la camisa limpia pero arrugada en los codos de llevar desde las siete de la mañana peleándose con el teléfono y con los papeles.
Sobre la mesa no había cafés, solo una bandeja de recepción, la cámara fotográfica de pruebas y dos pares de guantes. Tampoco sobraban sillas.
—Puntual —dijo el teniente.
—En una tienda pequeña, si abres tarde se van al supermercado —repuso Adela abriendo su bolso para sacar sus propios guantes blancos de algodón, los que usaba para tocar encajes antiguos de novia sin mancharlos de grasa, y poniéndoselos antes de que Lara le ofreciera los de goma.
Castaño la miró ponerse los guantes de hilo y soltó el aire por la nariz, resignado.
—Veamos qué trae en esa carpeta, señora Montero.
Adela desató las cintas de tela color vino y fue colocando los documentos por orden sobre la cartulina blanca.
—Primero: dos fotografías originales de mil novecientos ochenta y nueve y principios del noventa donde aparece Clara Valverde ayudando a Puri con los ramos en el atrio y en la tómbola de la parroquia.
En las dos lleva puesta la medalla de su madre con la cadenita fina entera, antes de que se le rompiera aquella semana de mayo.
Y ninguna de las dos está impresa en papel moderno ni recortada por los lados.
Lara fotografió ambas imágenes por delante y por detrás —donde figuraba el sello violeta de Foto Estudio Ríos, Almendralejo— y las metió en fundas numeradas.
—Segundo —continuó Adela sacando dos matrices amarillentas de talonario con calco azul—: los resguardos de ventas de mi mercería del cuatro y del diecisiete de mayo de mil novecientos noventa.
Anoche, al volver del cuartel, Tina y yo subimos al altillo de la trastienda a buscar las cajas de contabilidad de la tienda que yo guardaba aparte de los papeles de Arturo.
El primero es la venta de doce metros de sarga morada, cinta negra y seis hebillas que pagó en mano don Eusebio Recio antes de la fiesta chica.
El segundo, del jueves diecisiete, dos días después de desaparecer Clara, es un encargo urgente que trajo a última hora de la tarde el sacristán Matías Rivas: tres metros de cordoncillo negro grueso de cíngulo para reponer uno que se había perdido o quemado, abonado con cargo a los fondos de donativos de la casa Recio.
Castaño tomó nota rápida en su folio: «17 de mayo de 1990: reposición de cordón negro pagada por casa Recio». Encajaba con el apunte incompleto del cuarto viejo: «n.º 7» y «sin c…».
—¿Y lo tercero? —preguntó el teniente.
Adela puso sobre la mesa una hoja escrita a mano con su caligrafía recta y sin un solo adorno literario.
—La descripción de dos llaves antiguas de la casa Recio. De la primera tengo lo que me contaron Puri y Rufina después de verla el miércoles; de la segunda puedo dar testimonio presencial porque la vi el jueves. No firmo lo que no he visto.
—Díctelo para el acta de Lara al mismo tiempo que entregamos la hoja —pidió Castaño.
—Puri y Rufina me dijeron que el miércoles por la tarde Borja Recio llevaba en su llavero una llave de hierro oscuro, caña gruesa y ojo redondo grande, junto a varias llaves modernas y un disco de plástico rojo del Ayuntamiento —declaró Adela sin mirar su papel—.
Les recordó la que abre la puerta verde del patio de la iglesia, en el callejón del Pozo.
Yo no vi ese llavero el miércoles ni puedo asegurar por mí misma que las dos llaves fueran idénticas.
La segunda apareció el jueves al mediodía en el fondo del cajón inferior del escritorio de su abuelo Eusebio, mientras Borja vaciaba las carpetas de la cofradía: tenía la cabeza ovalada más chica, una anilla de cobre y una chapita atada con alambre donde ponía «Archivo S.
R.». Mercedes se la quitó al chico de la mano delante de mí, dijo que era de la cancela del huerto y se la guardó en el bolsillo de la bata.
—¿Y las carpetas de cartulina gris con cintas moradas que vio usted en la papelera junto a la trituradora? —preguntó Castaño.
—Estaban vacías de hojas, con las cintas cortadas a tijera —precisó Adela—.
Lo que trituraron dentro no lo vi, y no voy a firmar lo que no he leído.
Pero si en esa casa guardaban las carpetas de la Cofradía del Silencio y las fotografías en color que se hacían en el patio de los naranjos, quien recortó la foto de Clara para meterla en la lata de Andrés tuvo que sacarla de ese despacho o de las cajas que Borja bajó el miércoles a la cochera del sacristán.
Castaño cerró el expediente y se puso en pie cogiendo la gorra.
—Lara, termina de sellar los recibos de entrega para la señora Montero y coge el maletín de indicios. Nos vamos ahora mismo a la calle Real.
Adela se quitó despacio los guantes blancos de algodón.
—A estas horas el acto del Ayuntamiento estará terminando y Mercedes sabrá ya que usted viene, teniente —le advirtió Adela antes de que abriera la puerta—. Desde que me ha visto entrar por la puerta grande del cuartel con esta carpeta, sabe perfectamente a qué va usted.
—Por eso mismo tengo a Serrano apostado desde las once y media en un vehículo sin distintivos vigilando la cochera del callejón del Pozo, doña Adela —repuso Castaño—. Quería ver si, al entrar usted aquí, alguien corría a sacar cajas por la puerta de atrás.
Un rato después, cuando Castaño y la agente Lara llamaron al timbre de bronce de la casa de los Recio, la calle Real estaba silenciosa bajo el sol del mediodía.
En el balcón principal seguía colgado el crespón negro, pero dentro del zaguán los últimos ramos de pésame, llegados tarde, empezaban a oler a tallo cocido y a agua sin cambiar.
Abrió la puerta Borja Recio.
El muchacho llevaba todavía el pantalón oscuro y la camisa blanca del acto municipal, aunque se había arrancado la corbata negra nada más entrar en casa y la llevaba metida de cualquier manera en el bolsillo lateral de la americana.
Tenía ojeras de tres pisos, un sobre manila abierto en la mano izquierda y, colgando del dedo índice de la derecha, el manojo de llaves con la chapa del Ayuntamiento.
—Teniente —dijo el chico quedándose pálido al ver el uniforme y el maletín de Lara detrás—. Mi madre está adentro hablando por teléfono con don Víctor Carvajal, el abogado.
—Esperaremos a que cuelgue —dijo Castaño, permaneciendo con Lara en el escalón exterior, sin cruzar el umbral.
No hizo falta esperar. Mercedes Lozoya salió del pasillo del fondo antes de que Borja cerrara la puerta de la calle.
Llevaba un vestido negro recto sin una sola mota de polvo, los pendientes cortos de perla y una carpeta azul apretada contra el pecho como un escudo.
No parecía sorprendida de tener a la Guardia Civil en la puerta.
—Teniente Castaño —dijo ella deteniéndose bajo el arco del salón—. Acaba de llamarme Víctor desde Mérida. Me dice que van a poner en libertad a Andrés Valverde esta misma mañana.
—La situación procesal de terceros no es objeto de esta visita, señora Lozoya —repuso Castaño con frialdad—.
Venimos con un requerimiento de exhibición y preservación sobre las llaves antiguas y la documentación relativa a la parroquia de San Román y a la antigua Cofradía del Silencio que obraban en el despacho de su esposo.
Mercedes apretó un poco más el lomo de la carpeta azul contra su blusa.
—Ya le dije a mi abogado que cualquier registro en esta vivienda requiere orden del juez de instrucción.
—No venimos a practicar un registro domiciliario, señora.
Venimos a requerirle la entrega voluntaria de dos llaves concretas que han sido vistas en esta casa por testigos y que podrían abrir dependencias parroquiales vinculadas con la escena donde apareció el cadáver de su marido.
Si prefiere negarse, la agente Lara levantará acta de su negativa, mantendremos vigilancia exterior sobre los accesos y cursaremos solicitud motivada de entrada y registro al juzgado de guardia.
Borja bajó la vista hacia el sobre y las llaves que tenía en la mano, dando medio paso atrás hacia el paragüero.
—En esta casa no tenemos nada que esconder de la iglesia —dijo Mercedes haciéndose a un lado para que pasaran al salón grande—. Entren, por favor. Borja, sube a tu cuarto a descansar.
—Preferiría que su hijo permaneciera presente un minuto, señora Lozoya —dijo Castaño mirando directamente al manojo que tintineaba en el dedo del muchacho—. Dado que una de las llaves requeridas la tiene él ahora mismo en la mano.
En el salón grande las persianas estaban a media altura. Sobre la mesita de cristal no había ya bandejas de pastas; solo un pañuelo negro doblado en cuatro picos perfectos y una arqueta de madera de olivo cerrada sin pestillo.
—¿Puede dejar ese llavero encima de la mesa, Borja? —pidió Castaño sin levantar el tono.