Capítulo 29
«El papel amarillea; la vergüenza, no».
La fotografía de Clara Valverde pasó la noche del viernes dentro de una funda de polietileno precintada, encerrada a su vez en el armero metálico del despacho bajo una llave de gorjas que no tenía copia en ninguna sacristía ni en ningún cajón del Ayuntamiento.
Para el teniente Álvaro Castaño, aquel cerrojo era casi un alivio físico.
En seis días escasos en San Román de la Encina, las llaves del pueblo habían dejado de parecerle objetos de ferretería para convertirse en una forma de parentesco: la llave de la puerta verde del patio, la del cuarto viejo, la de la anilla de cobre del cura, la de la cancela del sacristán difunto y las que guardaban en los cajones de la casa grande de los Recio.
La del armero del puesto, por lo menos, cumplía con su obligación sin historia detrás: echabas dos vueltas y lo que quedaba dentro seguía exactamente igual por la mañana.
Cuando Castaño entró en el cuartel el sábado a las siete y media, con el frío del amanecer pegado todavía al cuello de la guerrera, el sargento Serrano ya estaba en la sala pequeña con el flexo encendido, una regla milimetrada de aluminio, dos pares de guantes de nitrilo y un vaso de café intacto humeando junto al ordenador.
La agente Lara terminaba de rellenar al lado de la ventana la cadena de custodia para el motorista de enlace.
—¿Es que en este destino no se acuesta nadie ni los sábados? —preguntó Castaño dejando la gorra sobre el archivador.
—El detenido ha pegado ojo a ratos a partir de las cuatro, mi teniente —contestó Serrano—.
Los de la plaza, menos. A las seis y media, cuando ha abierto Paco la persiana del bar para meter el pan, ya tenía a dos socios de la cooperativa esperando en la acera para preguntar si hoy se llevaban a Andrés al juzgado de Mérida.
Al otro lado del tabique pasó bramando el camión del reparto de butano y el cristal de la ventana tembló en el marco de madera.
—¿Qué dicen en Badajoz? —preguntó Castaño.
Lara levantó la vista del formulario.
—El motorista de Policía Judicial recoge el sobre precintado a las diez para llevarlo en mano al laboratorio de Criminalística, mi teniente.
El informe pericial firmado no va a estar hoy, claro, pero las fotografías macro de alta resolución del borde y el reverso ya se las enviamos anoche a la subinspectora de documentoscopia, y me ha dicho que puede darnos una orientación preliminar antes de las once.
—Una orientación por teléfono no sirve para poner a un hombre en la calle, Lara.
—No, señor —intervino Serrano calzándose los guantes azules—. Pero sirve para saber si estamos mandando al juez un indicio de cargo o un billete de seis euros.
Castaño no lo corrigió. Se puso los guantes, esperó a que Lara anotara en el acta la apertura temporal del sobre para cotejo visual y vio cómo Serrano deslizaba la fotografía sobre una cartulina blanca limpia.
Allí estaba otra vez Clara Valverde.
A la luz cruda de la mañana, la imagen resultaba todavía más incómoda que la tarde anterior en el comedor del Calvario.
Clara tendría dieciocho o diecinueve años; miraba hacia un lado, fuera del encuadre, con un gesto serio de quien acaba de oír que la llaman por su nombre y no tiene ganas de sonreír para la cámara.
Sobre la blusa clara desabrochada en el cuello se veía con nitidez la medalla de su madre y el imperdible sujetando los dos cabos de la cadenita rota.
Detrás, la pared encalada del patio y las ramas bajas de un naranjo.
Castaño se obligó a no mirar los ojos de la muchacha y a mirar únicamente el soporte.
—Pon la regla en la base —ordenó.
Serrano arrimó el canto de aluminio sin rozar el papel.
—Ocho centímetros y medio de ancho por diez de alto —dijo el sargento—.
Era una copia estándar de diez por quince a la que le han comido casi la mitad derecha.
Y mire el canto del corte con la lupa: no tiene la rebaba blanda de las guillotinas antiguas de tienda de fotos, ni está amarilleado por la fibra como el borde izquierdo.
—Dale la vuelta con la pinza.
Serrano giró el papel.
El reverso era de un blanco liso, satinado y completamente mudo. No tenía marca de agua de fabricante de los años ochenta, ni rastro de pegamento de álbum, ni una sola mancha del óxido rojizo que había dejado la lata de membrillo en las esquinas del pañuelo y del delantal de Clara.
—En las fotografías que tomó ayer Martina Salcedo a las tres y cuatro minutos se ven las otras dos imágenes familiares que guardaba Valverde en la caja —dijo Castaño abriendo en la pantalla del portátil las capturas registradas la noche anterior—. Ponlas en paralelo, Lara.
En el monitor aparecieron las dos fotos antiguas en blanco y negro que Andrés sí reconocía como suyas: en una se veía una doblez diagonal que partía el cartón por la mitad y un cerco oscuro de humedad en la esquina inferior; en la otra, tomada a la puerta de la casa con Clara, su madre y Andrés de muchacho, asomaba por un pico el trazo grueso de un lápiz azul.
—Las viejas han envejecido con la casa —dijo Serrano en voz baja—. Esta parece recién salida de una funda de plástico.
Sonaron dos golpes cortos en la puerta de la sala y el guardia Romero asomó la cabeza.
—Mi teniente, ya está aquí don Gerardo, el letrado de Valverde, para firmar la ampliación de diligencias antes del traslado.
—Que los pasen un momento a los dos aquí antes de cerrar el sobre —dijo Castaño.
Andrés Valverde entró con la camisa de algodón limpia que Tina había dejado la noche anterior en el puesto, aunque llevaba la misma chaqueta azul de mecánico por encima de los hombros y tenía la barba más gris bajo la luz de la ventana.
Venía sin esposas, caminando medio paso por detrás de don Gerardo, que traía ya la cartera abierta y cara de no haber tomado café suficiente para un sábado en San Román.
—Mi cliente ya prestó declaración ayer tarde sobre este particular, teniente —advirtió el abogado nada más ver la cartulina blanca sobre la mesa—. Si se trata de un nuevo interrogatorio…
—No es un interrogatorio, letrado —cortó Castaño—. Antes de remitir la pieza a Badajoz quiero que su defendido observe el anverso y el reverso con buena luz, sin tocar el soporte. Si no desea manifestar nada, cerramos el acta y hemos terminado.
Andrés no se sentó. Se acercó hasta la línea que le marcaba el brazo del abogado y clavó los ojos en la cartulina.
Durante los primeros tres segundos no miró el papel ni miró el corte; miró la cara de su hermana.
Se le quedó la respiración parada en la garganta con ese gesto desarmado que ponía siempre que se topaba de golpe con Clara fuera de su memoria.
Luego bajó la vista hacia el imperdible de la medalla y, por último, hacia el reverso blanco que Serrano acababa de girar de nuevo con las pinzas.
—Ese papel no ha dormido en mi casa ni una noche —dijo Andrés con la voz baja y ronca.
Don Gerardo le tocó el codo.
—Andrés, limítate a lo objetivo.
—Estoy diciendo lo que veo —contestó él sin apartar los ojos de la mesa—.
Todas las fotos que guardaba mi madre en la lata tenían escrito algo por detrás con el lápiz de la compra.
Todas, teniente. Aunque fuera una simpleza para acordarse cuando fuera vieja: «Clara, primera comunión», «Antonia, Clara y Andrés en la puerta de casa».
Mi madre ponía letreros hasta en los sobres vacíos de la luz para saber de qué año eran.
Si esa foto hubiera sido de mi madre, detrás tendría su letra.
Castaño anotó el dato en su libreta sin levantar la cabeza.
—¿Y no pudo guardarla su hermana Clara en la libreta azul sin que su madre la viera? —preguntó el teniente.
Andrés soltó un bufido triste por la nariz.
—Clara no tenía máquina de retratar, teniente.
En mi casa las únicas fotos que se hacían eran las del fotógrafo ambulante de la feria una vez al año.
Y mire usted dónde está apoyada mi hermana ahí: ese es el poyo de cal de los naranjos del patio de don Eusebio Recio, donde se ponían ellos a tomar el aperitivo.
Clara no se hacía fotos de paseo en el patio de los señores con la blusa desabrochada y la cadena rota.
Castaño dejó el bolígrafo quieto sobre el papel.
—Ayer dijo usted que nunca había visto esta fotografía. Fíjese bien en la postura y en la ropa, Andrés. ¿Seguro que no había visto nunca esta imagen o una parecida?
Andrés tardó unos segundos en contestar, arrugando las cejas mientras escarbaba en el noventa.
—En mi casa no —dijo despacio—. Pero el verano antes de morir mi madre, cuando vaciaron el cuarto del sacristán viejo para arreglar el tejado de la iglesia, Matías Rivas le enseñó una tarde a mi vieja en la puerta del cementerio un sobre con retratos que habían sobrado de las antiguas fiestas de mayo, por si quería quedarse alguno donde saliera la chiquilla ayudando con los ramos.
Había una foto de aquel patio donde habían sacado a los hombres después de vestir el paso…
y Clara salía a un lado con la bandeja de las copas o recogiendo los vasos. Pero no estaba ella sola como ahí.
—¿Qué quiere decir con que no estaba sola? —preguntó Castaño.
—Que la foto era ancha, de las normales, y a su derecha salían dos o tres de ellos hablando junto a la puerta de la cochera —dijo Andrés señalando con la barbilla el borde cortado a tijera—.
A mi hermana la han dejado sola en ese trozo de papel para que no se vea quién tenía al lado cuando llevaba ya la cadena rota.
Don Gerardo pidió que constara en acta que se trataba de un recuerdo aproximado de hacía quince años.
Castaño asintió y dio por terminada la diligencia.
Cuando Andrés salió de nuevo hacia el pasillo, caminaba más despacio que al entrar; antes de que se cerrara la puerta, Castaño le oyó murmurarle al abogado que a Clara le daba rabia salir en los retratos de las casas grandes porque luego por la calle hacían como que no la conocían.
A las diez se llevó el motorista el sobre precintado hacia Badajoz, y a las once menos diez sonó el teléfono del despacho con la llamada prometida del laboratorio de Criminalística.
Castaño puso el altavoz sobre la mesa y cerró la puerta con pestillo para que escucharan Serrano y Lara.
—Teniente, el motorista aún viene en carretera con el sobre físico, pero acabo de pasar por el monitor de documentoscopia las fotografías macro de alta resolución del borde y del reverso que me enviaron anoche —dijo la voz de la subinspectora desde Badajoz—.
No le firmo dictamen hasta examinar el papel aquí esta tarde, pero le adelanto tres observaciones claras.
Primera: por el patrón de puntos y el brillo superficial, eso no parece un positivo químico de mil novecientos noventa; apunta a una reimpresión térmica moderna de quiosco digital o impresora fotográfica doméstica a partir de una foto antigua escaneada.
Segunda: el reverso se ve completamente limpio de manchas de óxido de la lata.
Y tercera: el corte del margen derecho presenta una rebaba limpia, sin el desgaste amarillento de las otras esquinas.
En cuanto llegue el original le aplico reactivos para buscar huellas y marcas de presión.
—Gracias, subinspectora —contestó Castaño con el bolígrafo preparado—. Anotaremos estas observaciones como preliminares. Envíeme adelanto por correo interno cuando pueda para informar al juzgado, aunque seguirá haciendo falta el dictamen.
Cuando Castaño cortó la comunicación, la sala pequeña pareció haber ganado dos metros de aire limpio.
—Una copia moderna de una foto vieja —resumió Serrano—. Alguien la ha fabricado hace nada.
—Entonces la fotografía deja de ser un recuerdo guardado desde mil novecientos noventa, Serrano, y pasa a ser otra pregunta: quién la imprimió, quién la recortó y cuándo entró en esa libreta —dijo Castaño levantándose de la silla—.
Comunica ahora mismo a don Gerardo y al juzgado de guardia este adelanto técnico para unirlo al atestado antes de que Valverde pase a disposición judicial; con esa duda sobre la prueba principal, será el juez quien valore dejarlo en libertad provisional en cuanto declare.
—A la orden, mi teniente. ¿Y qué hacemos con la parroquia y con la viuda?
Castaño miró la estampa que Puri había dejado sobre la mesa la noche anterior: «Inventario reservado. No parroquial. Cofradía».
—Lara, ve a tomar declaración formal a Marisa, la vecina del Calvario, sobre quién dejó el jueves la bolsa de comida en la puerta de Andrés.
Tú, Serrano, lleva requerimiento oficial a don Julián para que a las cinco de esta tarde nos abra el armario reservado de donativos e inventarios de mil novecientos noventa.
Cuando se quedó solo en el despacho, Castaño sacó su teléfono móvil y marcó el número de Adela Montero.
La mercera contestó al segundo tono, con el ruido de fondo de la caja registradora.
—Dígame, teniente.
—La foto de la libreta es una impresión moderna, recortada hace días. Falta la firma del laboratorio, pero el juez lo sabrá antes de ver a Andrés Valverde.
Al otro lado del hilo se hizo un silencio corto; no hubo gritos de alegría, solo una respiración honda y contenida.
—Me alegro por usted, teniente. Y por él.
—No cante victoria todavía, doña Adela, que el caso acaba de ponerse más feo.
Necesito que dentro de una hora me traiga al cuartel todas las fotografías originales o copias antiguas que tenga de Clara Valverde con esa medalla; si su mercería ya existía en mayo del noventa, cualquier venta de sarga morada o de cordón negro que conserve, que en un pueblo de este tamaño las túnicas se arreglaban en su tienda o en ninguna; y una relación firmada de las llaves que vio el jueves en casa de Mercedes Lozoya.
—¿A qué hora quiere que entre por la puerta de cocheras? —preguntó Adela.
—Hoy no va a entrar por la puerta de cocheras —dijo Castaño mirando por la ventana hacia la plaza, donde ya empezaban a llegar los coches de los concejales para el acto del mediodía—.
Hoy quiero que entre usted por la puerta principal, a plena luz y con recibo de registro.
Quiero que quien recortó esa foto con unas tijeras vea desde el balcón del Ayuntamiento que Adela Montero acaba de entregar su archivo a la Guardia Civil.