Capítulo 28
«Más vale oído fino que voz alta».
A las ocho y media de la noche ya no quedaban curiosos junto a la fuente ni vecinas con regadera en la esquina del cuartel, porque en San Román de la Encina el fresco de octubre a la hora de cenar podía más que cualquier homicidio.
Castaño las hizo pasar por el portón trasero del patio de vehículos sin encender el foco exterior, directamente a la sala pequeña del fondo donde el ventilador seguía dando vueltas lentas encima del calendario de la mutua.
No entraron como habían entrado el domingo en la sacristía ni el lunes en el cuarto viejo: hoy no eran un bloque.
La primera en cruzar la puerta fue Adela, con el abrigo gris abrochado hasta el cuello, el bolso sujeto con las dos manos y dos surcos hondos a los lados de la boca de haberse pasado tres horas sola a oscuras en la trastienda después de que sus amigas la dejaran plantada.
Ni siquiera sabía si las otras iban a presentarse.
Cinco minutos después entró Tina con los ojos todavía hinchados detrás de las gafas, llevando el teléfono móvil apagado en una mano y una bolsa de papel con una muda limpia de algodón para Andrés en la otra; al ver a Adela sentada sola en la punta del banco de madera, Tina dudó un segundo en el umbral y, sin decir palabra, fue a sentarse pegada a ella, rozándole el codo con la manga.
Detrás llegó Rufina, con las manos hundidas en la cazadora y el gesto torvo de quien viene dispuesta a pegarse con el mundo entero.
Y la última en aparecer, acompañada por la agente Lara desde el pasillo trasero, fue Puri, que venía derecha de cerrar la iglesia con el abrigo mal abrochado en un ojal y el rosario metido en el puño.
Castaño se colocó al otro lado de la mesa pequeña, de espaldas a la pared de cal, con Serrano junto a la puerta y Lara sentada en la esquina con el libro de registro abierto y el ordenador portátil encendido.
Encima de la madera descansaba ya el sobre grande que Lara había recogido media hora antes en el patio de la mercería.
—Que conste antes de empezar que esto no es una tertulia ni una negociación —dijo Castaño mirándolas de una en una—.
Esta comparecencia es únicamente una diligencia preliminar de exhibición de archivos digitales y recepción documental.
Mañana prestarán declaración individual por separado.
Y si de alguno de los hechos resultaran indicios de infracción penal atribuibles a cualquiera de ustedes, interrumpiré la diligencia para que pueda ejercer sus derechos y contar con abogado conforme al artículo 118 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal.
No quiero cuatro relatos corregidos entre ustedes sobre la marcha.
Adela se puso en pie antes de que el teniente terminara la frase.
—Ya se lo puse por escrito en el mensaje, teniente —dijo Adela con la voz muy clara, sin mirar a sus amigas para no flaquear—.
Ni Rufina ni Tina sabían que usted había prohibido acercarse a la calle del Calvario ni que yo le había entregado el borrador de mil novecientos noventa y uno.
Yo las llamé a las dos y cuarenta y tres diciéndoles que subieran a ver a Andrés por mi cuenta.
Si tiene usted que abrir diligencias contra alguien por haber entrado en esa casa o por haber guardado en mi caja fuerte las copias simples de la notaría de mi marido sobre Valdelobos que vienen en ese sobre, ábralas únicamente contra mí.
En la pequeña sala no se oyó más que el zumbido del ordenador de Lara.
Rufina giró la cabeza hacia Adela con las cejas arqueadas y soltó un bufido por la nariz.
—Tú te has vuelto tonta de remate esta tarde con los botones, Adela —dijo Rufina dando un paso hacia la mesa y plantando las dos palmas sobre la formica frente a Castaño—.
No le haga ni caso, teniente. Cuando me llamó a las dos y cuarenta y tres me dijo perfectamente que usted iba para allá y yo misma le contesté por teléfono que estábamos locas si subíamos.
Y subí igual con mi furgoneta porque me dio la real gana y porque en el noventa mi marido, el cabo Herrera, firmó de su puño y letra al pie del papel que mandó al cajón la desaparición de Clara Valverde sin mirar siquiera la casa de los Recio.
Así que si va a repartir papeletas para el juzgado, póngame a mí la primera de la fila, que llevo desde el martes debiéndole una a ese infeliz de ahí al lado.
Puri alargó la mano desde su silla y tiró un poco del faldón de la cazadora de Rufina, no para callarla, sino para ponerse a su altura.
—Y la que mintió al entregar la bolsa del asilo para que no echaran a la calle a la chiquilla que cuida a Aurora fui yo, señor teniente —dijo Puri mirándolo sin parpadear—. Adela solo vino conmigo para que yo no entrara sola en el cuartel.
Tina miró a las tres con la barbilla temblándole de golpe y dejó el teléfono móvil y otro cuaderno pequeño —la agenda de hule granate de Recambios Extremadura— encima de la mesa, al lado del sobre de Adela.
—Y yo hice las fotos de la caja porque quise, no porque me mandara nadie —dijo Tina tragándose las lágrimas a la fuerza—.
Y además le he traído la agenda vieja del taller de mi suegro Manuel Salcedo, el que sale en la foto de las túnicas moradas que encontró usted en la iglesia.
Porque el miércoles dieciséis de mayo del noventa, el día después de faltar Clara, mi suegro y mi marido Mateo apuntaron ahí que habían lavado una caja trasera con manguera a presión y habían quemado una lona vieja, y en octubre don Eusebio Recio les pagó el préstamo del banco en mano.
Yo no sé si mi Mateo sabía lo que llevaban debajo de esa lona o si se murió engañado por su padre, pero no voy a tapar el taller de mi casa mientras Andrés paga el pato por todos.
Se quedaron las cuatro calladas frente a la mesa coja del cuartel. Seguían dolidas y ninguna había olvidado todavía lo que se habían dicho tres horas antes en la oscuridad de la mercería; pero a la hora de responder ante el teniente, ninguna estaba dispuesta a salvarse dejando caer a las demás.
Castaño las observó en silencio durante cinco segundos largos. Miró a Serrano de reojo; el sargento tenía la vista baja sobre su cuaderno, pero había dejado de escribir.
—Siéntense las cuatro, hagan el favor —dijo Castaño, y por primera vez se le aflojó el tono reglamentario, como a quien acaba de entender con quién está tratando de verdad—.
No he venido a meter en el calabozo a cuatro viudas del pueblo para darle gusto a la Comandancia.
He venido a reconstruir qué había en esa lata de membrillo a las tres y cuatro minutos de la tarde y cómo ha llegado esa fotografía ahí dentro.
Las cuatro se sentaron. Tina buscó por debajo de la mesa la mano fría de Adela y se la apretó un segundo antes de soltarla.
—Lara, recoge en acta la entrega voluntaria de la agenda mercantil de mil novecientos noventa que aporta Martina Salcedo y de las copias simples de Valdelobos que aporta Adela Montero —ordenó Castaño con precisión seca—.
Y ahora vamos al teléfono. Antes de encenderlo, señora Salcedo: ¿ha recortado, editado, borrado o reenviado a algún grupo o vecina del pueblo las imágenes que tomó hoy en casa de Andrés Valverde?
—Por la gloria de mi Mateo que no las ha visto nadie más que nosotras cuatro en la tienda —dijo Tina enseguida—.
Bueno, me las mandé a mí misma a mi propio correo electrónico a las cuatro y seis de la tarde porque Adela me dijo que si se me caía el móvil al suelo o le pasaba algo, que quedara copia en la nube esa.
Castaño miró a Adela con media ceja levantada.
—Veo que cuando quiere sí piensa usted en la cadena de custodia, doña Adela.
—Aprendo de las broncas que me echan por las mañanas, teniente —contestó ella sin rastro de burla.
—Encienda usted misma el terminal y abra la galería sin que lo toque ninguno de mis agentes —indicó Castaño inclinándose sobre la mesa junto con Serrano.
Tina desbloqueó la pantalla con el dedo y abrió la carpeta de fotos del día. Aparecieron las tres tomas que había hecho en el comedor del Calvario: primero la lata de Puente Genil cerrada con la cuerda de pita; después la lata abierta desde un lateral y, por último, el plano cenital a las 15:04.
—Amplíe la tercera imagen sobre la libreta azul —pidió el teniente.
Tina abrió los dedos sobre el cristal. En la pantalla iluminada se vio con total claridad la libreta de hule azul apoyada encima del peine roto y del delantal gris.
—Fíjese en el canto inferior de la tapa de atrás, mi teniente —señaló Serrano acercando la nariz sin tocar el móvil—.
En esta foto de las tres y cuatro minutos, el cartón despegado del forro está pegado hacia dentro contra el plástico azul, pero por la esquina derecha, junto al lomo cosido, ya asoma medio milímetro de pico blanco.
Ese pico blanco ya estaba en el forro a las tres y cuatro.
Tina miró el piquito blanco microscópico que asomaba en su propia foto y soltó todo el aire que tenía retenido en el pecho.
—¿Lo ve? ¡Eso demuestra que nosotras no le hemos metido nada en la casa! —saltó Tina.
—No, señora Salcedo —la corrigió Castaño con frialdad—.
Eso demuestra únicamente que a las tres y cuatro minutos ese papel ya parecía alojado en el forro de la libreta.
Como usted y la señora Gallego entraron en la vivienda varios minutos antes de tomar esa fotografía, la imagen por sí sola no acredita quién lo puso ahí.
Lo que sí nos permite es enviarla junto con la pieza física para que Criminalística determine si el papel es una impresión reciente y qué relación tiene con los demás efectos de la caja.
—Ayer jueves al mediodía le dejaron en el escalón de la puerta una bolsa de supermercado con dos latas de sardinas, pan y una botella de vino sin etiqueta —dijo Rufina enseguida—.
Andrés pensó que había sido Puri o la vecina y entró a la cocina a abrirla, dejando descuidada la puerta o la ventana de atrás.
También pudieron metérsela el miércoles, durante el entierro de Tomás, cuando no había un alma en toda la cuesta del Calvario.
Castaño levantó la cabeza hacia Puri.
—¿Y usted qué trae en la mano desde que ha entrado, doña Puri?
Puri abrió los dedos y dejó encima de la mesa una estampa vieja de san Román Mártir, con los bordes comidos y unas palabras escritas por detrás con lápiz muy flojo:
Inventario reservado. No parroquial. Cofradía.
—Don Julián me la dejó dentro del misal de santa Rita cuando fui a cerrar la iglesia —dijo Puri—. No me ha explicado de dónde viene ni por qué la guardaba. No quería seguir teniéndola escondida.
Castaño pidió a Lara que registrara la procedencia que declaraba Puri y que fotografiara ambas caras antes de guardarla en una funda aparte. Luego cerró la libreta.
—Serrano, prepara el envío de la fotografía de Clara a Criminalística en Badajoz. Quiero un examen del soporte, del corte y de cualquier marca del reverso, y que su resultado preliminar esté mañana a primera hora si es posible.
—Ahora mismo, mi teniente —dijo Serrano.
—¿Y Andrés? —preguntó Puri levantándose también de la silla y señalando la bolsa de papel que Tina había traído—. ¿Se va a quedar toda la noche ahí encerrado sabiendo usted que le han metido esa foto por la espalda?
Castaño miró la bolsa con la ropa limpia y luego miró a las cuatro mujeres.
—Andrés Valverde sigue teniendo contradicciones sobre su presencia en el callejón del Pozo a las doce y veinte y sobre lo que hizo en la iglesia, doña Puri —dijo el teniente—.
La detención se mantiene dentro del plazo legal estricto mientras completamos las diligencias imprescindibles; mañana por la mañana esperamos el adelanto pericial de Criminalística y remitiremos al juzgado todo lo que tengamos, incluido el origen dudoso de esa fotografía.
Si dejan de existir motivos suficientes para mantenerlo detenido, actuaremos en consecuencia.
Y le doy mi palabra de que esta noche cena caliente y puede cambiarse de ropa.
Puri asintió despacio, apretando los labios, y le entregó la bolsa de papel a la agente Lara.
—Y en cuanto a ustedes cuatro —añadió Castaño acompañándolas hasta la puerta trasera del patio de cocheras—, mañana sábado a las doce se celebra el acto institucional en el Ayuntamiento y medio pueblo estará mirando quién va y quién no va.
No quiero ver a ninguna de las cuatro cerca de la cochera del callejón del Pozo ni de las naves de Valdelobos. Esta vez la trampa la voy a montar yo.
Cuando salieron al callejón oscuro detrás del cuartel y se cerró el portón metálico a sus espaldas, ninguna habló durante los primeros veinte pasos. Hacía frío de noche cerrada y olía a humo de leña de encina de alguna chimenea temprana.
Al llegar a la esquina de la mercería, Adela se paró debajo de la farola y sacó las llaves de la tienda.
—Todavía tengo los botones blancos tirados por el suelo desde las tres de la tarde —dijo Adela mirándolas a las tres con una media sonrisa cansada que le quitó diez años de encima—. Y Puri dijo antes que iba a poner una cafetera.
—La cafetera la pongo si me dejáis quitarme los zapatos, que tengo los pies que no los siento —dijo Puri agarrándose del brazo de Rufina.
—Y mañana por la mañana —dijo Tina abrochándose el cuello de la rebeca mientras entraban de nuevo juntas por la puerta del patio—, antes de ir al pleno ese del Ayuntamiento a verle la cara a Hilario y a Mercedes, voy a volver a poner la foto de mi Mateo en la puerta de la nevera.
Que si tuvo que callarse algo por su padre cuando tenía veintiocho años, ya se lo reñiré yo cuando suba al cielo, pero en mi cocina no se esconde nadie más.