La procesión no espera (Agencia Santa Rita 1) Capítulo 27
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Capítulo 27

«Cuando habla el de arriba, calla el de abajo».

El acta de detención de Andrés Valverde ocupaba media carilla impresa sobre la mesa del despacho, limpia de tachones y con todos los sellos en su sitio, pero al teniente Álvaro Castaño no le producía el menor alivio mirarla.

Eran las seis y media de la tarde del viernes y la luz empezaba a caer detrás de los tejados del Ayuntamiento, tiñendo de un gris sucio la plazuela lateral del cuartel.

Castaño llevaba un cuarto de hora de pie junto a la ventana entreabierta, mirando cómo la gente de San Román seguía buscando excusas para pasar despacio por la acera de enfrente: dos socios de la cooperativa charlando junto a la fuente sin beber agua, una mujer sacando a pasear a un perro minúsculo que no levantaba la pata y Paco el Mudo asomado de vez en cuando a la esquina del toldo para mirar hacia los calabozos.

El sargento Serrano empujó la puerta del despacho después de dar un golpe corto con los nudillos y entró con una carpeta marrón bajo el sobaco y una bolsa de papel de panadería en la mano.

—Mi teniente —dijo cerrando con el tacón.

—Suéltalo ya, Serrano —dijo Castaño sin apartar los ojos de la ventana.

—¿El qué?

—Eso que traes atravesado en la cara desde que se ha marchado el abogado de oficio a Mérida.

Serrano dejó la carpeta en una esquina del escritorio y puso al lado la bolsa de papel, que desprendía un olor tibio a cebolla frita y aceite de oliva.

—En la plaza ya dan el caso por cerrado, mi teniente. He bajado dos minutos a la farmacia a por analgésicos y la mitad de la cola estaba diciendo que ya tenemos dentro al hermano de la desaparecida y que tenía guardada en su casa la prueba de lo del alcalde.

—La cola de la farmacia no firma los autos de prisión, Serrano.

—No, señor. Pero como el juez de Mérida lea mañana el periódico regional antes de tomarle declaración, va a parecer que lo hemos detenido por aclamación popular. ¿Ha comido usted algo desde el desayuno?

—Dos cafés de esa máquina tuya que sabe a gasóleo.

—Mi mujer me ha bajado una fiambrera con media tortilla de patatas porque sabía que hoy no iba a cenar en casa —dijo Serrano abriendo la bolsa de papel y dejando una servilleta encima—.

Haga el favor de comerse un trozo antes de que llame Badajoz, que con el estómago vacío se contesta peor a los jefes.

Castaño miró la tortilla, pero no la tocó todavía. Volvió al escritorio y apoyó los nudillos sobre el folio de la diligencia de entrada en el domicilio de la calle del Calvario.

—¿Quién ha sacado a la calle que hemos encontrado una fotografía en casa de Valverde? —preguntó el teniente.

Serrano se encogió de hombros con gesto cansado.

—En aquella casa estábamos usted, yo, el guardia Romero, el detenido y las señoras Gallego y Salcedo.

Pero cuando salimos al callejón, Andrés iba pegando voces sobre la foto delante de la vecina de la regadera y de media calle Real.

Aquí no hace falta que nadie filtre un papel al periódico, mi teniente; basta con que uno grite en una cuesta para que a los diez minutos llegue el eco al bar con tres detalles de regalo.

—No me refiero a lo que ha gritado Andrés al bajar —precisó Castaño—.

Me refiero a que a las cuatro y media ha llamado un redactor de la capital a la centralita preguntando si era cierto que la Guardia Civil había hallado en poder del detenido una imagen de mil novecientos noventa que lo vinculaba con la medalla del cadáver.

Andrés no dijo en la calle qué salía en la foto.

Y las viudas, por la cuenta que les trae hoy, están encerradas bajo siete llaves.

Serrano dejó de mirar la bolsa de la tortilla.

—Entonces lo ha contado por teléfono la misma persona que nos llamó esta mañana a las ocho para decirnos que buscáramos dentro de la lata de membrillo.

—Exacto —dijo Castaño—. Alguien que no solo sabía dónde estaba escondida la foto, sino que necesitaba que antes de las siete de la tarde todo el partido judicial supiera que ya ha aparecido.

Como si hubiera estado esperando el pie detrás de la puerta, el teléfono interior de línea directa con la Comandancia empezó a sonar con su repique largo y metálico.

Serrano miró el aparato negro y dio medio paso atrás.

—Hablando del rey de Roma.

Castaño descolgó el auricular con la mano izquierda y apoyó la derecha en el marco de madera vieja de la ventana. Había una astilla seca levantada junto al pestillo de hierro; sin darse cuenta, apoyó la yema del pulgar justo contra la punta afilada.

—Teniente Castaño, a sus órdenes, mi comandante.

La voz del comandante Ocaña entró por la línea sin saludo previo, envuelta en el murmullo de los despachos de Badajoz a última hora del viernes.

—Álvaro, acabo de hablar con el teniente coronel. Me confirman en sala que a las tres y media habéis practicado la detención de Andrés Valverde Díaz por el homicidio de Tomás Recio. ¿Ha declarado ya con abogado?

—Acabamos de terminar la diligencia con el letrado del turno de oficio, mi comandante. Niega su participación en la muerte del alcalde y asegura que la fotografía hallada en el forro de la libreta de su hermana fue introducida en su domicilio sin su conocimiento.

Al otro lado del hilo se oyó el chasquido de un mechero y un golpe de papeles ordenados contra una mesa.

—Todos los detenidos dicen que las pruebas se las han metido los duendes, Álvaro, no me descubras ahora la pólvora.

Tienes amenazas previas en una gasolinera, testigos que lo ven salir del callejón trasero de la iglesia cuando encuentran el cadáver, contradicciones flagrantes en su primera declaración y un indicio material directo dentro de su propia casa.

¿Es suficiente para sostener el pase a disposición judicial mañana sábado por la mañana o no es suficiente?

—Es suficiente para justificar por qué le hemos leído los derechos esta tarde, mi comandante —respondió Castaño apretando el pulgar contra la astilla del marco hasta notar el pinchazo en la piel—.

Pero no es suficiente para cerrar la instrucción ni para descartar la autoría de un tercero en las naves de Valdelobos.

He solicitado al juzgado autorización para meter mañana por la mañana a los especialistas de subsuelo en dos pozos ciegos de esa finca.

Se produjo una pausa tan larga que pareció haberse cortado la línea.

—¿Tú me has escuchado cuando te he llamado a la una y media, Castaño, o hablo en chino?

—La voz de Ocaña bajó dos tonos, volviéndose espesa y peligrosa—.

Hace veinte minutos ha vuelto a llamar a Comandancia el letrado de doña Mercedes Lozoya.

Dice que después de montar ayer el numerito en la residencia de ancianos, tus guardias andan preguntando por las escrituras privadas de la familia Recio y que el propio detenido ha empezado a soltar barbaridades sobre unos pozos de mil novecientos noventa.

Mañana a las doce el Ayuntamiento celebra un pleno extraordinario de honras fúnebres con presencia del presidente de la Diputación.

—El presidente de la Diputación no instruye el sumario, mi comandante.

—Nadie te pide que tapes nada si aparece un indicio firme del homicidio, Álvaro —le advirtió Ocaña con severidad profesional—.

Pero un juez de instrucción no te va a firmar la entrada con maquinaria en una propiedad privada como Valdelobos para buscar restos de mil novecientos noventa basándote en el rumor de un detenido y sin un solo informe pericial que vincule esa finca con la causa de la muerte.

Pon mañana a Valverde a disposición judicial con el atestado completo y espera a que Criminalística analice la ropa y esa fotografía antes de levantar medio pueblo.

Castaño sintió un puntito húmedo y caliente en la yema del pulgar: la astilla de madera acababa de sacarle una gota de sangre.

—Hay indicios de que la prueba hallada hoy en la vivienda del detenido ha podido ser colocada recientemente para dirigir la investigación, mi comandante —dijo Castaño sin ceder un milímetro en el tono.

—¿Tienes algún informe pericial que diga eso ahora mismo encima de tu mesa?

—Todavía no.

—Pues mientras no tenga membrete de laboratorio, en el atestado van hechos comprobados y no corazonadas tuyas, Álvaro. Pasa buen fin de semana y cierra ese parte antes de las nueve.

La comunicación se cortó.

Castaño colgó el auricular despacio, se miró el dedo manchado con una gota roja del tamaño de una cabeza de alfiler y se la limpió con el pañuelo de papel que envolvía la tortilla sin probarla siquiera.

Serrano seguía de pie junto a la puerta, con las manos cruzadas delante del cinturón.

—Nos han dicho que nos estemos quietos con lo de la finca, ¿verdad, mi teniente?

—Nos han dicho que el papel aguanta muy mal las curvas cuando hay entierros con corbata, Serrano —contestó Castaño caminando hacia el armario metálico de custodia provisional que tenían al fondo del despacho—. Tráeme la lámpara de la mesa y ponte guantes limpios.

Serrano obedeció sin rechistar. Abrieron la caja fuerte de pruebas en tránsito y Castaño sacó la bandeja donde habían depositado por separado la libreta azul de cuentas de Clara Valverde y la funda transparente con la fotografía en color que había resbalado del forro.

Puso las dos piezas bajo el foco directo de la bombilla halógena.

—Mírala bien sin pensar en lo que ha dicho Tina Salcedo —dijo Castaño señalando con la punta del bolígrafo cerrado el reverso y los cantos de la fotografía a través del plástico—. Dime qué ves tú que llevas veinte años levantando trastos en casas viejas de la comarca.

Serrano se calzó las gafas de leer que guardaba en el bolsillo de la camisa y se inclinó sobre la bandeja.

—El cuaderno azul tiene el cartón comido de humedad por abajo y huele igual que olía el cuarto de ese hombre: a cerrado y a moho de pared —dijo el sargento despacio—.

Las otras dos fotos en blanco y negro, una de la comunión y otra tomada en la puerta de la casa, tenían las puntas amarillas y estaban abarquilladas hacia dentro.

Esta foto en color está completamente plana, tiene el papel blanco por detrás sin una sola picadura de óxido de la lata.

—Este borde derecho no tiene el mismo desgaste que las otras tres esquinas, mi teniente —añadió Serrano—.

Parece un corte posterior, aunque sin que lo miren en el laboratorio con lupa binocular no le sabría decir de cuándo.

Y fíjese ahí abajo: junto al hombro de la chica se corta la punta de una sombra en el suelo y el borde de una manga clara.

Quien recortó la fotografía dejó fuera a otra persona que estaba en el patio, aunque todavía no sabemos quién salía al lado ni quién metió la tijera.

En ese momento sonaron dos golpes tímidos en la puerta del despacho y asomó la agente Lara con el teléfono móvil de guardia en la mano.

—Perdone, mi teniente. Acaba de entrar un mensaje de texto al número del puesto. Es de doña Adela Montero.

Castaño extendió la mano y leyó la pantalla:

Teniente Castaño: le ruego no cite como responsables de lo ocurrido hoy en la calle del Calvario a Rufina Gallego ni a Martina Salcedo.

Fueron allí por indicación exclusivamente mía tras su visita a la mercería.

Tengo en mi poder la secuencia escrita de objetos y las copias simples de 1990 de la notaría de mi esposo que no le entregué esta tarde.

No difundiré nada. Solicito entregárselas formalmente bajo registro.

Serrano leyó el mensaje por encima del hombro del teniente y soltó un silbido casi inaudible.

—Se está poniendo ella sola delante para que no empuremos a las amigas, mi teniente.

Castaño dejó el teléfono sobre la mesa. Sabía leer perfectamente entre líneas: después del desastre de la tarde y de la detención de Andrés, las cuatro mujeres habían chocado contra el muro y Adela Montero, la mujer que medía cada sílaba para no manchar el nombre de su difunto notario, acababa de decidir entregar sus propios papeles reservados y comerse ella sola el acta de obstrucción para cubrir a las otras tres.

—¿La mandamos venir por la puerta principal? —preguntó Lara.

—Como entre Adela Montero por la puerta principal con esa gente apostada en la fuente, a las ocho sabe Hilario Santos hasta el número de pie que calza —dijo Castaño—.

Lara, ve tú ahora mismo de paisano con una carpeta normal por el callejón trasero de la mercería.

Recoge el sobre que te entregue doña Adela firmándole recibo con hora exacta, y dile a ella y a las otras tres que a las ocho y media de la noche, cuando haya oscurecido del todo y no quede un alma en la plazuela, entren de una en una por la puerta de cocheras de este cuartel.

Lara abrió los ojos.

—¿Las cuatro juntas otra vez, mi teniente?

—Por separado en la calle y juntas en la sala pequeña —dijo Castaño cortando por fin un trozo de la tortilla fría de Serrano con el canto de la servilleta—.

Si el comandante Ocaña quiere hechos comprobados antes de mañana por la mañana, vamos a comprobar minuto por minuto quién tocó esa lata antes que nosotros y de qué álbum de fotos salió el brazo que falta en ese recorte.