La procesión no espera (Agencia Santa Rita 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

«Hasta la encina vieja cruje con el aire malo».

A las cinco de la tarde del viernes, la trastienda de la mercería de Adela parecía una sala de juzgado donde todas las juezas hubieran votado distinto.

La persiana estaba bajada del todo, impidiendo que entrara la luz de la calle, y el único foco encendido era la lámpara articulada de brazo que apuntaba directamente sobre la mesa de pino.

No había café en el cazo ni pastas de anís.

Las cajas de botones que Adela había intentado ordenar por la mañana estaban cerradas al pie de la mesa, pero quedaban algunas piezas blancas entre sus patas.

Puri estaba sentada en la banqueta baja del rincón, con el rosario enredado entre las manos y la cabeza gacha, mirando fijamente la punta de sus zapatos de luto.

Rufina caminaba de un lado a otro del cuarto con las manos metidas en los bolsillos de la cazadora, dando zancadas cortas que resonaban contra las baldosas de gres.

Tina estaba apoyada contra la pila de la plancha, con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos rojos de no haber parado de llorar a ratos desde que supieron que a Andrés se lo habían quedado en el puesto.

Y Adela permanecía de pie al otro lado de la mesa, con la libreta negra cerrada y las dos manos apoyadas en el canto, soportando el temporal sin abrir la boca.

—Te lo ha dicho Rufina por teléfono hace dos horas, Adela —estalló Tina al fin, rompiendo el silencio con una voz que sonaba a cristal roto—.

Le entregaste el papel de tu marido en la mano al teniente.

¡Le diste la excusa perfecta para que registrara su casa y se lo llevara detenido!

¿Y ahora qué? ¿Qué le decimos a Andrés si de aquí al lunes lo meten en la cárcel por una foto que ni siquiera era suya?

—Adela hizo lo que creyó mejor para evitar que lo detuvieran por el asesinato de Tomás —saltó Puri desde el rincón, levantando la vista con los ojos hinchados—.

Si no le hubiera enseñado la minuta de la notaría, habrían dicho que Andrés ocultaba la existencia misma de la caja y lo habrían tratado peor.

—¡Pues mira qué bien ha salido el invento!

—replicó Tina con rabia, dando una palmada contra el borde de la tabla de planchar—.

¡Ahora Andrés está dentro, nosotras fichadas por obstrucción a la justicia y alguien se está riendo desde la oficina de Valdelobos porque nos ha utilizado como tontas útiles para limpiar el camino!

Tina puso el teléfono móvil de un golpe encima de la mesa de pino, con la pantalla encendida mostrando la imagen que había tomado a las tres y cuatro minutos en el comedor de Andrés.

—Pues yo no me pienso quedar aquí cruzada de brazos mientras ese hombre duerme en el cuartel —dijo Tina abriendo la foto con los dos dedos hasta que los bordes de la libreta azul se llenaron de cuadraditos borrosos—.

Mira la foto, Adela. Mírala bien. Ahí está la libreta encima del peine roto, cerrada y plana como una tabla.

Me voy ahora mismo a la puerta del puesto y se la pongo en la cara al sargento para que vea que ahí no asomaba ninguna cartulina en color.

—¿Y qué te crees que te va a decir Serrano cuando le enseñes eso sin orden ni concierto, Tina?

—la frenó Rufina apoyando un nudillo en la madera, al lado del teléfono—.

Te va a decir lo mismo que nos ha dicho el teniente al salir: que la foto apareció metida hasta el fondo del cartón despegado de la tapa trasera y que en tu pantalla solo se ve la libreta por fuera.

Y peor todavía: como se pongan a buscar quién tuvo diez minutos la caja abierta encima de la mesa antes de que entrara la Guardia Civil, las únicas que estábamos allí dentro sin uniforme éramos tú y yo.

Tina abrió la boca como si le acabaran de dar una bofetada.

—¿Estás diciendo que van a pensar que la hemos metido nosotras?

—Estoy diciendo que un juez no nos conoce de tomar café ni sabe lo buenas personas que somos —replicó Rufina con sequedad—.

Sabe que el lunes tocamos una carpeta en la iglesia, que el miércoles mentimos con la bolsa del asilo y que hoy nos hemos metido en casa del detenido cinco minutos antes del registro porque Adela perdió los nervios.

—Andrés será un pobre infeliz al que le han tendido una trampa, pero no voy a dejar que se la cargue él —dijo Tina.

—Tampoco hables ahora como si Andrés no tuviera nada que callar, Tina —dijo Puri con una voz baja y áspera que dejó a las otras tres mirándola en silencio.

—¡Puri, por Dios! —saltó Tina—. ¿Ahora tú también te vas a poner de parte del teniente?

—Yo no me pongo de parte de nadie —contestó Puri apretando el rosario entre los dedos hasta clavarse la cruz en la palma—.

Sé que esa foto en color no era de su madre porque Antonia me enseñó veinte veces las dos únicas fotos que le quedaban de la niña.

Pero convertir ahora a Andrés en un santo de altar solo porque el pueblo quiere convertirlo en un asesino son dos maneras iguales de seguir mintiendo.

Andrés lleva treinta y seis años comido por el odio, sabe cosas de aquella noche que no nos ha querido contar ni delante del plato de lentejas, y el domingo a las doce y cuarto andaba rondando la calleja de la iglesia sin decir a qué fue.

A Clara no la vamos a ayudar tapando a su hermano con otra mentira.

En ese momento, al otro lado de la cortina de flores, la chapa metálica de la persiana de la calle dio un chasquido.

Las cuatro se callaron de golpe, conteniendo la respiración.

Por la franja de dos dedos que Adela había dejado sin bajar del todo a ras del bordillo se vio recortarse la sombra de unos zapatos oscuros que se habían detenido justo delante del escaparate.

Alguien se había parado en la acera, pegado al cierre, escuchando los gritos que salían de la trastienda.

No sonó la campanilla ni dieron los buenos días.

Al cabo, las suelas se alejaron despacio hacia los soportales del Ayuntamiento.

Rufina hizo ademán de ir hacia el mostrador para levantar el cierre de un tirón, pero Adela le sujetó la manga.

—No abras —susurró Adela—. Quien sea ya ha oído bastante. Cuando os vayáis, salid una por una por la puerta del patio de atrás.

Rufina se plantó delante de la mesa, justo enfrente de Adela.

—Tina tiene parte de razón, Adela —dijo Rufina con su voz más áspera, sin gritar, pero con un filo que cortaba el aire—.

Te has metido en el despacho a rebuscar papeles de tu difunto marido porque te pesaba la conciencia al ver que los muertos de otra familia empezaban a salpicar la tuya.

Y por el camino has arriesgado la casa de un hombre que lleva media vida pudriéndose de rabia por una hermana a la que nadie defendió en su día.

Adela no apartó los ojos de Rufina. No se defendió diciendo que obraba con rigor, ni argumentó que el papel de la notaría era ineludible.

Se quedó con la mandíbula apretada, aceptando el golpe porque sabía que sus amigas tenían razón en lo fundamental: su obsesión por documentarlo todo había servido para engrasar la maquinaria del cuartel, no para hacer justicia.

—¿Y tú qué habrías hecho en mi lugar, Rufina?

—preguntó Adela al fin, con un hilo de voz tan calmado que hizo que el cuarto bajara dos octavas de golpe—.

¿Guardarte las copias en la caja fuerte y seguir vendiendo bieses mientras el hermano de Clara se pudre en el calabozo por algo que firmó tu propio marido hace treinta y seis años?

Rufina se quedó inmóvil. La firma del cabo Herrera estaba al pie del expediente de 1990 que archivaba la desaparición sin buscar a nadie.

—Mi marido era un mandado del sargento Perales —dijo Rufina bajando la vista hacia la madera de la mesa, con los nudillos blancos de apretar los bolsillos—. Y a mí no me mezcles en esto, Adela, que yo vine a esta tienda a poner orden, no a juzgar a los muertos de nadie.

Adela se dejó caer en la silla de enea sin decir nada. Las manos se le quedaron juntas en el regazo, lejos de la libreta donde habría anotado cualquier detalle nuevo.

—Pues ya ves qué orden tenemos —intervino Puri levantándose despacio de la banqueta con la cara ajada de cansancio—.

Andrés detenido en el cuartel; don Julián encerrado en la iglesia temblando de que abran el archivo; Mercedes Lozoya triturando carpetas en su casa para que no se enteren de los pozos de Valdelobos, y nosotras aquí dentro echándonos la culpa de quién metió la pata primero.

—No sabemos qué papeles trituró Borja ayer, Puri —la interrumpió Adela sin fuerzas desde su silla—. Yo solo vi las tapas grises vacías en la papelera; no repitamos nosotras también lo que no hemos leído.

Puri la miró sin responder. Estaba cansada hasta de que Adela tuviera que corregir las palabras de los demás cuando ninguna sabía ya qué había ocurrido de verdad.

Dio dos pasos hacia la salida del cuarto de costura.

—¿A dónde vas, Puri? —preguntó Tina secándose las lágrimas con la manga de la rebeca.

—A mi casa a poner la cafetera —contestó Puri sin volverse, con una tristeza tan pesada en los hombros que parecía llevar un fardo a la espalda—.

Porque si nos ponemos a discutir sobre quién de las cuatro lleva más culpa de lo que pasó en el noventa, mañana por la mañana ya no nos vamos a saludar cuando nos crucemos en la plaza.

Y Clara no se merece que nos peleemos por ver quién limpia mejor la suciedad de los demás.

La cortina de florecitas se movió con su salida, dejando tras de sí un silencio espeso, de esos que no se arreglan con un café ni con una frase ingeniosa de mercería.

Rufina recogió las llaves de la furgoneta de encima de la mesa de cortar y se dirigió a la puerta de la calle sin mirar a Adela ni a Tina.

—Tiene razón Puri —dijo Rufina apartando la cortina de la trastienda para salir al mostrador—.

Hasta aquí hemos llegado con el juego de las detectives.

Mañana enterrarán los secretos de Valdelobos o los desenterrarán los guardias con las palas, pero a mí que no me busquen para ir al cuartel a dar explicaciones de lo que firmó un muerto en el noventa.

Cuando la puerta principal sonó al cerrarse de un golpe, Tina se quedó sola en el cuarto de costura frente a Adela.

Miró el mapa del término municipal, las tarjetas de ANTES y DESPUÉS que seguían sobre la mesa y la caja de botones negros que Adela no había terminado de ordenar.

—¿Tú crees que lo sacarán de ahí, Adela? —preguntó Tina con un hilillo de voz, mirando hacia la calle por la rendija de la persiana bajada—. A Andrés.

Adela dejó caer las manos sobre el regazo y mantuvo la mirada perdida en los rollos de hilo de colores que subían por las estanterías de la pared.

—No lo sé, Tina —contestó con una sinceridad tan honda que dolía oírla—. Pero lo que sí sé es que ya no podemos dar marcha atrás.

Tina cogió su bolso de la silla, se lo cruzó por el pecho y se encaminó hacia la salida sin despedirse con un beso como hacía siempre.

En el quicio de la puerta se paró un segundo y se acordó de la fotografía de Mateo pegada con un imán en la nevera de su casa y de los papeles del taller que había dejado en el trastero.

—Pues avísame si vas al cuartel el lunes —dijo Tina sin volverse—. Porque si hay que ir a llevarle una muda limpia a Andrés, por lo menos que no digan que las de la Agencia Santa Rita lo dejamos tirado cuando empezaron a torcerse las cosas.

Y salió a la calle, dejando a Adela completamente sola en la trastienda, con la luz artificial de la lámpara apuntando a una mesa llena de papeles que ya nadie sabía cómo volver a doblar.