Capítulo 25
«Cuando el pueblo tiene prisa, paga el de siempre».
El furgón de la Guardia Civil salió de la cuesta del Calvario a las tres y media de la tarde del viernes, sin encender las luces de emergencia, pero con la decencia justa para no hacer sonar la sirena delante de las vecinas que ya asomaban por las esquinas.
Andrés Valverde iba en el asiento trasero entre Serrano y el guardia joven, con las manos juntas sobre las rodillas manchadas de grasa y la mirada fija en el respaldo delantero del conductor.
No había protestado al subir al coche, ni había dado voces en la puerta como temía Rufina; se había limitado a coger una gorra vieja de visera que colgaba del perchero y a decirle a Castaño que si le daban un vaso de agua en el cuartel se lo agradecería porque se le había secado la boca de tanto tragar polvo.
Ese silencio suyo, tan distinto al berrinche tabernero de los días anteriores, era lo que más le pesaba al teniente en el retrovisor.
Al doblar hacia la calle lateral del puesto, Serrano intentó pegar el furgón todo lo que pudo a la puerta de cochera, pero dio igual: en San Román las desgracias corrían más que los motores diésel.
En la acera de enfrente ya estaban paradas dos mujeres con las bolsas del supermercado colgando de las manos, un hombre apoyado en el sillín de una motocicleta fingiendo que miraba el teléfono y Marisa, la vecina de Andrés, que había bajado la cuesta detrás del coche con la regadera vacía todavía agarrada por el asa.
Unos metros más allá, en la esquina que daba a los soportales, Paco el Mudo fumaba sin mandil, con los brazos cruzados sobre el pecho.
En la puerta de la mercería de Adela, el visillo se movía apenas cada vez que pasaba alguien.
Andrés bajó del asiento trasero sin esposas, porque Castaño no había querido regalarle al pueblo esa fotografía, pero en cuanto pisó el bordillo y vio las caras vueltas hacia él se le acabó de golpe la mansedumbre del viaje.
—¡Acercaos más si no veis bien desde ahí! —les gritó volviéndose hacia las mujeres de las bolsas antes de que Serrano pudiera meterlo en el zaguán—. ¡Y tú no bajes ahora la cabeza, Pilar, que cuando tu madre limpiaba las escaleras en casa de don Eusebio bien que os callasteis todas como muertas!
—Adentro, Andrés, no se perjudique más —le ordenó Castaño tomándolo por el codo sin apretar.
En la otra punta de la plazuela acababan de aparecer Rufina y Tina, que venían de aparcar la furgoneta detrás de la mercería, y medio minuto después llegó Adela caminando deprisa pero sin correr. Andrés las vio desde el escalón del cuartel y se paró en seco entre los dos guardias.
—¡Decidles vosotras que ese papel no estaba en mi caja! —bramó con la voz partida en dos antes de que la puerta de hierro se cerrara tras él.
La calle no estalló en gritos; hizo algo mucho más feo: empezó a cuchichear dando por sentado que por fin habían trincado al loco del Calvario. Al pasar junto a las tres viudas camino de su bar, Paco el Mudo escupió la colilla al alcorque y dijo sin mirarlas, con aquel roce áspero de garganta:
—El domingo ese hombre entró en mi bar pasadas las doce y media. Traía los zapatos secos y limpios de barro. Y venía de vacío.
Castaño lo hizo pasar directamente a la sala de declaraciones pequeña, la de la mesa coja y el calendario de la mutua, y ordenó que le trajeran un vaso de agua fresca de la nevera del pasillo.
—No tiene obligación de declarar hasta que se entreviste con el abogado de oficio que viene de Mérida, Andrés —le recordó Castaño antes de salir de la sala—. Mientras tanto puede beber agua y descansar. No voy a preguntarle por los hechos sin asistencia letrada.
Castaño no le hizo ni una sola pregunta durante los cuarenta minutos que tardó en llegar desde Mérida don Gerardo, el abogado del turno de oficio.
Dejó a Andrés sentado con el vaso de agua, ordenó a Serrano que le bajara la velocidad al ventilador del techo y esperó fuera, en el pasillo, hasta que el letrado —un hombre flaco con traje gris de batalla y cartera de cuero pelada por los cantos— terminó de entrevistarse a solas con su cliente.
Solo cuando don Gerardo abrió la puerta, encendieron la grabadora y dejaron constancia de la información de derechos, Castaño regresó al otro lado de la mesa. Andrés bebió un trago largo de agua y miró al teniente con los ojos hundidos.
—Diga usted lo que tenga que decir, teniente. Si total, para lo que me queda de arreglar tractores en este pueblo, ya da igual que sea lunes o viernes.
Castaño abrió la carpeta azul y sacó la bolsa transparente que contenía la fotografía en color hallada dentro del forro de la libreta de Clara. La puso en el centro de la mesa, separada de la libreta y de los demás objetos.
—Esta fotografía ha aparecido hace una hora dentro de la libreta de cuentas de su hermana, en la lata de membrillo que guardaba en su cuarto trasero —dijo Castaño—.
En ella se ve a Clara con la medalla al cuello y la cadena rota sujeta con un imperdible.
El anónimo que llamó esta mañana al puesto aseguró que la prueba estaba ahí.
Y las señoras Salcedo y Gallego han reconocido que estuvieron en su casa diez minutos antes de que llegáramos nosotros, manipulando el contenido de esa caja.
Andrés miró la foto un segundo, luego apartó la vista hacia la pared del calendario y soltó una bocanada de aire por la nariz.
—Ya se lo he dicho en mi casa, teniente. Esa foto no es mía. Alguien la ha metido ahí para que parezca que yo tenía escondido lo que le faltaba a la muerta.
—Eso mismo aseguran las señoras. El problema, Andrés, es que usted mintió el martes bajo firma cuando declaró que, aparte de la foto recortada de feria que llevaba en la cartera, no conservaba libretas ni ningún otro recuerdo de su hermana en su domicilio.
Y ahora tenemos una prueba material en una caja suya que contradice su declaración oficial.
Andrés se frotó las manos con fuerza, como si intentara quitarse una mancha invisible de aceite seco.
—Yo no sabía que esa foto estaba en el forro de la libreta, te lo juro por la tumba de mi madre —dijo con la voz temblando de rabia contenida—.
Yo abría esa libreta de vez en cuando para ver los números de cuando éramos chicos, para acordarme de cómo escribía mi hermana antes de que la borraran de los mapas.
Pero nunca busqué debajo del cartón de la tapa trasera.
Si alguien metió eso ahí, lo hizo para colgarme el muerto de Tomás o para asegurarse de que me quedaba encerrado antes de que se investiguen los pozos de Valdelobos.
Castaño se quedó inmóvil ante la mención de los pozos.
—¿Qué sabe usted de los pozos de Valdelobos, Andrés?
—Sé lo que sabe todo viejo en este pueblo, teniente: que cuando se constituyó la sociedad de los Recio y de Hilario en el noventa, compraron una finca de secano donde nadie sembraba nada y donde había dos pozos antiguos con brocales de mampostería que llevaban allí desde los tiempos de la guerra.
Y sé que Tomás iba el sábado por la noche a discutir con Hilario porque las excavadoras del polígono nuevo iban a empezar a cavar justo en esa linde esta misma semana.
El sargento Serrano, que estaba tomando notas de pie junto a la puerta, dejó caer la punta del bolígrafo sobre el papel con un pequeño rasguño.
Castaño no apartó los ojos de Andrés.
—¿Tiene alguna prueba de esa reunión del sábado por la noche entre Tomás Recio e Hilario Santos en las naves de la cooperativa?
—Prueba escrita no. Pregúntale a Paco el Mudo, que les vio salir con los coches enfadados a las once y media, o pregúntale a la madre de Hilario si te atreves —dijo Andrés con una amargura insoportable—.
Pero a mí no me preguntes por la foto de la medalla, porque eso es una trampa de los mismos que limpiaron la cochera de los Recio el dieciséis de mayo de mil novecientos noventa.
El abogado le puso una mano preventiva en el antebrazo para que midiera la lengua, pero Castaño se inclinó hacia delante.
—Eso que acaba de decir sobre los pozos tapiados de Valdelobos y la cochera de los Recio la mañana del dieciséis de mayo del noventa, Andrés, ¿de dónde lo saca exactamente? Porque usted no estuvo ayer en la residencia ni ha consultado el archivo.
—Los dos pozos ciegos del cortijo de Valdelobos los conozco desde que tenía catorce años e iba allí con los galgos antes de que don Eusebio e Hilario pusieran la malla cinegética —contestó Andrés—.
Aquel verano del noventa los cegaron con piedra y escombro de obra sin que hiciera falta para el ganado.
Lo de que esta semana entraban allí las máquinas a levantar esa linde lo estaban hablando el viernes pasado los tractoristas de Hilario en el surtidor delante de mis narices.
Y lo de que baldearon la cochera a las siete de la mañana con candado nuevo me lo dijo Aurora, la cocinera, a mí y a mi madre en la puerta del cementerio el día que enterraron al viejo Recio: nos agarró del brazo al salir y nos dijo que Dios la perdonara, pero que aquella mañana a ella no la dejaron entrar al huerto hasta que no se secó el cemento.
Don Gerardo dejó de mirar sus notas. Castaño escribió «Aurora» en el margen de la hoja, sin interrumpir a Andrés.
Castaño guardó silencio durante quince segundos enteros.
Tenía sobre la mesa una detención formal cuyo fundamento tendría que justificar ante el juzgado, un sospechoso con antecedentes y contradicciones, y un testimonio que apuntaba directamente hacia los intereses económicos de la familia del alcalde muerto.
Pero también tenía una prueba demasiado limpia, un anónimo demasiado oportuno y la certeza sorda de que Adela Montero y sus amigas se habían metido en el cuarto trasero de Andrés precisamente porque sabían que alguien iba a plantar allí una prueba falsa.
—Serrano —dijo el teniente sin apartar la vista de Andrés—. Curse aviso al juzgado de guardia solicitando la ampliación de inspección ocular sobre los pozos de Valdelobos con equipo de subsuelo de la Comandancia.
—¿Se va a pedir el registro de la finca, mi teniente? —preguntó Serrano con los ojos abiertos.
—Se va a pedir —contestó Castaño poniéndose en pie y cogiendo la carpeta azul—.
Y a Andrés Valverde se le toma declaración con asistencia letrada sobre su coartada del domingo, y de momento permanece detenido conforme a los artículos 492 y 520 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, dentro del plazo legal de puesta a disposición del juzgado de instrucción.
Sin calabozo de aislamiento, pero sin calle.
Andrés no protestó cuando Serrano le hizo una seña para que se levantara de la silla.
No dio gritos, ni insultó a la institución, ni mentó a los muertos de nadie.
Se limitó a coger su gorra de visera, ponérsela despacio en la cabeza y caminar hacia el pasillo con la espalda curvada como si llevara cincuenta años cargando con una viga demasiado pesada para sus huesos.