Capítulo 24
«Cuando la prueba reluce, mira quién la ha frotado».
Al tercer golpe en la madera ya no hubo manera de demorarlo.
—¡Guardia Civil, Andrés! ¡Abra la puerta, sabemos que está dentro! —sonó la voz de Serrano desde la acera.
Andrés tiró del cerrojo hacia atrás con un movimiento brusco del brazo y abrió la hoja de par en par sin apartarse del medio.
En el escalón estaban el teniente Castaño, el sargento Serrano y el guardia joven que había hecho las fotos el domingo en la sacristía, que traía en la mano un maletín pequeño de plástico gris y una carpeta de actas.
Cuando Castaño levantó la vista por encima del hombro de Andrés y vio a Rufina Gallego plantada junto a la mesa camilla y a Tina Salcedo pegada al aparador del fondo con la cara blanca como el yeso, no puso gesto de sorpresa.
Cerró los párpados medio segundo, apretó los labios hasta que desaparecieron y entró en el zaguán quitándose la gorra.
—Tenía que haberlo imaginado —dijo Castaño—. Hace menos de media hora que le he advertido a la señora Montero en su tienda que no se acercaran ustedes a esta calle.
—La señora Montero no ha venido, teniente —contestó Rufina aguantándole el chaparrón con las manos cruzadas a la espalda—. Y nosotras hemos subido a ver cómo estaba Andrés porque ayer nos dijeron en el bar que no salía de casa.
—Ahorre saliva, señora Gallego, que ya hablaremos usted y yo en el cuartel de quién ha llamado a quién a las tres menos cuarto de la tarde —la cortó Castaño en seco, clavando enseguida los ojos en la lata cuadrada de membrillo que descansaba en el centro de la mesa camilla con la cuerda suelta al lado.
Serrano dio un paso adentro cerrando la puerta de la calle para que Marisa, la vecina de enfrente que ya había salido al quicio con una regadera vacía en la mano, no metiera las narices en el pasillo.
—Andrés —dijo Castaño cambiando el tono a esa frialdad reglamentaria que usaba para las diligencias oficiales—.
Tenemos constancia documental y testifical de que en esta vivienda se conserva una caja metálica con efectos personales de su hermana Clara Valverde que usted omitió declarar el martes.
No traigo orden de registro judicial porque prefiero pedirle que nos la muestre voluntariamente delante de testigos antes de precintar la casa y solicitar el mandamiento a Mérida. Usted decide.
Andrés miró a Rufina de reojo. Le temblaba un poco el labio de abajo, pero se acordó de lo que Rufina le había dicho medio minuto antes y no levantó la voz.
—Ahí encima de la mesa la tiene —dijo Andrés—. Consiento que vean esa caja, pero no que registren toda la casa. La acabo de sacar yo mismo del cuarto de atrás.
—¿La han abierto ustedes antes de llegar nosotros? —preguntó Castaño.
—La he abierto yo para ver que seguía todo igual que lo dejó mi vieja —dijo Andrés—. Ellas solo han mirado desde ahí.
Castaño le hizo una seña al guardia joven para que se pusiera los guantes de nitrilo y sacara la cámara fotográfica del maletín. Serrano abrió el bloc de actas apoyándolo contra el brazo.
Rufina se fijó en cómo se colocaban los tres hombres alrededor de la mesa camilla: sin levantar la voz ni empujar a nadie, habían dejado a Andrés encajonado junto al marco de la cocina y a ellas dos arrinconadas contra la pared del aparador, a metro y medio del hule.
—Levante usted mismo la tapa despacio, Andrés, y déjela al lado —indicó Castaño poniéndose también los guantes azules.
Andrés quitó la tapa de hojalata. El guardia joven disparó dos fotos desde arriba con el flash automático iluminando el techo desconchado del comedor.
—Relacione en voz alta para el acta lo que hay a la vista, Romero —ordenó el teniente sin meter todavía la mano.
—Un pañuelo blanco doblado con iniciales bordadas —fue dictando el guardia joven mientras Serrano escribía—.
Un peine de plástico azul roto. Una prenda de tela gris tipo delantal.
Dos fotografías en blanco y negro. Una estampa religiosa.
Un tique antiguo de feria. Y un cuaderno pequeño de tapas azules.
Tina soltó un suspiro tan pequeño que casi ni sonó. Todo seguía exactamente igual que en las fotos que ella tenía guardadas en el teléfono hacía diez minutos. Habían subido a lo tonto a llevarse un susto de muerte para nada; allí no habían metido ninguna cadena ni ninguna trampa.
Castaño alargó entonces la mano enguantada y cogió la libreta azul de cuentas de Clara por los cantos.
—El martes declaró usted que no conservaba ningún cuaderno ni anotación de su hermana, Andrés —dijo el teniente abriendo la primera tapa y pasando las hojas escritas con la punta de unas pinzas planas de metal.
—Porque ahí no hay nada más que las cuentas del pan y de la leche de mi madre, teniente —contestó Andrés desde el marco de la cocina—. Y no tenía ganas de que anduviera eso rodando por las mesas del cuartel.
Castaño llegó a la última página escrita —«Después de las flores hablar con…»—, se detuvo dos segundos leyéndola y luego siguió pasando las diez o doce hojas en blanco que quedaban hasta el final del cuadernillo.
Al llegar a la contracubierta trasera de hule azul, donde el cartón interior se había despegado a medias del plástico por los años de humedad formando una especie de bolsillo estrecho junto al lomo, la punta de la pinza de Castaño tropezó con algo rígido metido hasta el fondo de la rendija.
El teniente inclinó la libreta hacia abajo y tiró suavemente con las pinzas.
Una fotografía cuadrada resbaló de entre el cartón despegado y cayó boca arriba sobre el hule de la mesa camilla.
En la habitación no respiró nadie durante tres segundos.
No era una foto de estudio ni de primera comunión.
Era una fotografía en color que parecía de aquella primavera del noventa, impresa en papel brillante con borde blanco recortado a tijera por un lado.
En ella se veía a Clara Valverde de medio cuerpo apoyada contra la cal blanca de un tapial con naranjos al fondo; llevaba puesta la misma blusa clara de la foto de feria, tenía un brazo levantado como si se tapara del sol y, por fuera del escote desabrochado, sobre la piel del pecho, brillaba con total nitidez la medalla de su madre sujeta al cuello con un imperdible pequeño porque los dos cabos de la cadena rota le colgaban sueltos a los lados.
A Tina se le quedaron las palmas de las manos heladas contra la correa del bolso.
Cuando Andrés había pasado las hojas de aquella libreta diez minutos antes delante de ellas, no se había caído nada porque no había abierto del todo la tapa de atrás; pero aquel bolsillo del cartón despegado estaba tan aplastado en sus fotos que parecía vacío.
¿Estaba ya metida allí dentro cuando ellas entraron, o alguien la había encajado hasta el fondo días atrás sabiendo que Andrés solo miraba las páginas escritas del principio?
Andrés dio un paso hacia la mesa con los ojos desorbitados, mirando aquel trozo de papel en color como si hubiera salido una víbora de dentro de la lata.
—¿Qué es eso? —dijo con la voz rota, alargando la mano sucia hacia el hule.
—¡Quieto! ¡No toque la mesa! —le ordenó Castaño interponiendo el brazo mientras Serrano daba medio paso al frente llevando la mano al cinturón.
—¡Que esa foto no es mía, coño! —gritó Andrés poniéndose morado del cuello para arriba y golpeándose el pecho con el puño cerrado—. ¡En mi casa no ha habido nunca una foto en color de Clara en ese patio! ¡Eso son los naranjos de la casa de los Recio!
—Cálmese ahora mismo, Andrés, o lo saco esposado a la calle —le advirtió Castaño sin levantar la voz, aunque tenía el ceño completamente fruncido mirando el brillo impecable del papel fotográfico sobre la mesa.
—¡No me calmo una mierda! —bramó él volviéndose hacia Rufina y hacia Tina como un animal acorralado—. ¡Decídselo vosotras! ¡Vosotras acabáis de mirar la caja conmigo hace cinco minutos! ¡Decidle que esa porquería no estaba ahí dentro!
Castaño giró la cabeza en seco hacia las dos viudas.
—¿Es cierto eso, señora Gallego?
Rufina miró la fotografía sobre la mesa —aquellos bordes blancos tan limpios que parecían recién cortados con guillotina, sin una sola mancha del óxido marrón que tenía por dentro toda la lata de membrillo— y luego miró los ojos del teniente.
—Andrés ha abierto la caja delante de nosotras hace diez minutos y ha pasado las hojas escritas de la libreta —dijo Rufina —. Esa fotografía no estaba suelta entre las páginas ni a la vista en la lata.
—¿Inspeccionaron ustedes el interior del forro despegado de la contracubierta trasera? —preguntó Castaño.
Rufina apretó las muelas. Mentir en aquello con el guardia fotografiando la rendija del cartón era suicidarse delante del juez.
—El forro de atrás no lo abrimos —admitió Rufina.
—¡Estaba vacío, Rufina! —saltó Tina dando medio paso hacia la mesa con la cara descompuesta—.
¡Si yo le acabo de hacer tres fotos con el móvil a la caja cuando nos ha llamado Adela, señor teniente, y esa libreta estaba plana como una tabla!
Además, mire usted ese papel tan reluciente y mire las otras dos fotos antiguas, que están amarillas y comidas por los picos de llevar tantos años ahí metidas.
¡Eso lo ha metido alguien cuando le dejaron ayer la bolsa de las sardinas en la puerta!
El silencio que se hizo en el comedor fue peor que los gritos de Andrés.
Castaño dejó las pinzas encima del pañuelo de papel y se volvió despacio hacia Tina.
—¿Acaba usted de decirme que doña Adela Montero las ha llamado por teléfono nada más salir yo de su mercería para que vinieran corriendo a fotografiar con su móvil una prueba antes de que llegara la Guardia Civil? —preguntó el teniente en voz baja.
Tina se llevó una mano a la boca tarde, dándose cuenta de que por defender a Andrés acababa de tirar a Adela y a ellas mismas debajo de las ruedas del furgón.
—Bueno… nos ha dicho que viniéramos a ver a Andrés porque estaba muy solo…
—Romero, introduce la fotografía hallada en una bolsa de indicios independiente sin tocar los bordes, por si hubiera huellas dactilares en el esmalte o en el reverso —ordenó Castaño sin apartar la vista de Tina y de Rufina—. Y precinta la lata completa con el resto del contenido.
Rufina vio perfectamente que a Castaño tampoco le gustaba aquella fotografía.
El teniente había visto igual que ellas el corte limpio del borde derecho, la ausencia de olor a humedad en el papel y lo obscenamente conveniente que resultaba encontrar en casa de Andrés una imagen donde se veía el imperdible de la cadena rota del que solo se había hablado en el cuartel el martes.
Pero el procedimiento era una apisonadora que no sabía frenar en cuesta abajo: tenían un aviso previo, tenían una libreta ocultada a la policía, tenían la foto dentro de la libreta y tenían a dos mujeres que habían entrado cinco minutos antes a manipular el escenario por orden de una tercera.
—Andrés Valverde —dijo Castaño—, queda usted detenido por su presunta implicación en la muerte violenta de Tomás Recio.
Voy a informarle de los hechos que se le atribuyen y de sus derechos: puede guardar silencio y no declarar contra sí mismo, designar abogado o solicitar uno de oficio, comunicar su detención a la persona que elija y pedir asistencia médica.
Serrano le entregará ahora esa información por escrito y consignará en el atestado la hora y los motivos de la detención.
No le pondremos esposas para salir a la calle si nos acompaña sin resistirse.
Andrés ya no gritaba. Se había quedado sentado en el borde de la silla de enea, con los codos apoyados en las rodillas manchadas de grasa y mirando el hueco limpio que había dejado la lata de membrillo encima del hule.
—Me han vuelto a quitar a la chiquilla —dijo muy bajito, como si hablara solo con el retrato de su madre que estaba en el aparador—. Y vosotras habéis venido a mirar cómo se la llevan.
A Tina se le saltaron dos lágrimas de rabia pura que le corrieron por encima del maquillaje sin que pudiera sacar un pañuelo para secárselas.
—No diga nada más hasta que llegue el abogado de oficio al cuartel, Andrés —le dijo Rufina con la voz ronca mientras Serrano lo cogía suavemente por el brazo para ayudarlo a levantarse de la silla.
Castaño esperó a que Serrano y el guardia joven salieran al callejón con Andrés y con la caja precintada para pararse en el umbral del zaguán frente a Rufina y Tina.
—Usted, señora Salcedo, no borre ni reenvíe a nadie esas fotografías que acaba de tomar con su teléfono —le advirtió con una sequedad absoluta—.
Esta misma tarde las quiero registradas en el puesto junto con su declaración y la de doña Adela Montero.
Porque ahora mismo, señoras, tengo una fotografía de procedencia dudosa y una escena que ustedes han alterado antes de nuestra llegada.
Eso complica mucho el atestado, pero no termina la investigación.
Vamos a comprobar el papel, los accesos a la vivienda y el origen de la llamada anónima; y habrá que explicar ante el juzgado quién ha tocado qué y cuándo.