La procesión no espera (Agencia Santa Rita 1) Capítulo 23
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Capítulo 23

«Caja cerrada, pena doblada».

Rufina no le preguntó a Tina si tenía ganas de meterse en otro lío; paró la furgoneta blanca delante de su portal con las ruedas derechas subidas al bordillo, dio dos pitidos cortos y esperó con la marcha metida.

Tina bajó las escaleras abrochándose la rebeca sobre la marcha y subió al asiento del copiloto sujetando el bolso contra la tripa.

—¿Se puede saber a dónde vamos a las tres menos cuarto sin comer? —preguntó buscando la hebilla del cinturón de seguridad—. Me ha llamado Adela hace dos minutos con una voz que parecía que se le había muerto alguien en la tienda y solo me ha dicho: «Baja con el teléfono cargado, que pasa Rufina».

—Vamos a casa de Andrés Valverde —dijo Rufina soltando el embrague de un tirón.

—¿Otra vez a casa de Andrés? Pero bueno, ¿vosotras habéis perdido el juicio o qué os pasa hoy? Si ayer por la tarde en la peluquería ya decía la Sagrario que lo tenían vigilado los civiles.

—Adela le acaba de enseñar a Castaño un papel viejo del notario donde venía apuntado que la madre de Andrés guardaba las cosas de Clara en una caja de membrillo —explicó Rufina tomando la vuelta por detrás de los silos del trigo para no cruzar por delante del cuartel—.

Y resulta que esta mañana alguien había llamado en anónimo a los guardias diciéndoles que registraran esa misma caja.

Castaño va para allá ahora mismo con Serrano.

Tina se agarró al asa de plástico de la puerta.

—¡Madre del Amor Hermoso! ¿Y para qué vamos nosotras delante si ya va la Guardia Civil, Rufina? Como nos encuentre ese hombre allí dentro después de lo del miércoles, te juro que yo me tiro al suelo y digo que me ha dado un parraque.

—Pues te tiras al suelo, pero antes le haces una foto a la caja —dijo Rufina sin mirarla, mientras aparcaba la furgoneta pegada a la tapia del solar vacío, veinte metros antes del final de la cuesta del Calvario—.

Ya se lo he dicho a Adela por teléfono: es una locura, y no sé si tiene razón o si se le ha ido la cabeza con lo de su marido.

Pero si el que ha llamado hoy al cuartel es el mismo que le metió la medalla a Tomás en la boca, no ha llamado para hacerle un favor a Andrés.

Y si es una trampa, ese hombre se va a quedar solo delante de la caja sin nadie que pueda decir cómo estaba antes de que llegaran los guardias.

Bajaron sin dar portazo. A esa hora del viernes el sol caía a plomo sobre las fachadas desconchadas y no se oía en toda la calleja más que el zumbido de los extractores de cocina y el televisor de alguna casa dando el telediario a todo volumen.

La puerta de Andrés tenía la persiana de madera echada a medias, igual que el martes, y una camisa azul de trabajo colgada a secar en el respaldo de una silla de plástico en el escalón.

Rufina pegó tres golpes secos con los nudillos en la madera.

Dentro sonó el roce de una silla contra el suelo y luego la voz ronca de Andrés desde el pasillo:

—¡Que ya he dicho que no tengo dinero suelto hasta el lunes!

—Abre, Andrés, que soy Rufina —dijo ella pegando la boca a la junta de la hoja—. Y no tenemos tiempo de estar en la acera.

Tardó cuatro segundos en correr el cerrojo.

Cuando abrió, llevaba puesta una camiseta gris de propaganda de aceites de motor manchada de grasa en el hombro y tenía en la mano un trozo de pan con sardinas en lata que estaba comiendo de pie en la cocina.

Al ver a Tina detrás de Rufina con el bolso cruzado, frunció el ceño.

—¿Ahora venís de dos en dos como los testigos de Jehová o qué? —soltó sin quitarse del marco.

—Aparta de la puerta y déjanos entrar, haz el favor —dijo Rufina metiendo el hombro para colarse en el zaguán oscuro y tirando de Tina por la manga antes de cerrar la hoja a su espalda—. Viene para acá el teniente Castaño con el sargento.

Andrés dejó de masticar. Miró hacia la ventana que daba a la calleja y luego las miró a las dos con aquella mezcla suya de rabia vieja y susto de perro apaleado.

—¿Otra vez? Si estuve el martes dos horas sentado en el cuartel diciéndoles por dónde había bajado el domingo.

—No vienen por dónde bajaste el domingo —dijo Rufina plantándose delante de la mesa camilla llena de papeles del banco y piezas de carburador—. Vienen a pedirte la caja de membrillo que tienes guardada en el cuarto de atrás con las cosas de Clara.

El trozo de pan se quedó quieto en la mano de Andrés. No miró a Rufina; miró involuntariamente hacia la cortina de loneta que tapaba la entrada del cuartito trastero del fondo, exactamente el mismo gesto que había hecho el martes cuando le preguntaron si conservaba algo de su hermana.

—¿Cómo sabes tú que tengo una caja de membrillo? —preguntó Andrés bajando la voz, con los nudillos blancos alrededor del pan—. Eso no lo sabía nadie más que mi madre.

—Lo sabía también el marido de Adela, que le tomó nota a tu madre en el año noventa y uno cuando quiso hacer un papel en la notaría —explicó Rufina a toda velocidad—.

Y lo sabe alguien más que ha llamado hoy a las ocho de la mañana al cuartel sin dar el nombre para decir que busquen ahí dentro lo que le falta a la medalla de Clara.

Tina vio cómo a Andrés le cambiaba el color de la piel debajo de la barba de tres días.

—¿En mi casa? —dijo él—. Aquí no ha entrado nadie, Rufina. Yo cierro con llave cuando bajo al taller.

—Esta cerradura tuya la abre un niño de diez años con un alambre, Andrés, y la ventana del patio trasero ni siquiera tiene reja —le cortó Rufina señalando la cortina—. Saca esa caja ahora mismo y ábrela encima de la mesa antes de que suene el coche en la cuesta.

—En mis cosas de Clara no mete las manos ni el teniente ni vosotras —se embraveció él poniéndose delante de la cortina.

—¡Andrés, por tu madre bendita, no seas cabezón!

—saltó Tina perdiendo de golpe el miedo que traía en la furgoneta—.

¿No te estás enterando de que te quieren echar el muerto encima para tapar lo de las tierras o lo de la cofradía aquella?

Si vienen los guardias y tú te pones a dar voces en la puerta diciendo que no enseñas la caja, van a pedir un papel al juez, van a tirarte la puerta abajo y lo que salga de ahí dentro ya no te lo quita nadie de encima.

Andrés la miró un segundo, respirando fuerte por la nariz, y al final soltó el trozo de pan sobre un plato sucio del aparador, apartó la cortina de un manotazo y se metió en el cuarto oscuro.

Oyeron cómo retiraba dos garrafas de plástico vacías y cómo arrastraba algo metálico por debajo de las mantas viejas.

Al medio minuto salió trayendo entre las dos manos una lata cuadrada de dulce de membrillo de Puente Genil, de aquellas grandes de tres kilos que tenían pintadas unas ramas verdes en la tapa y las esquinas comidas de herrumbre.

Venía atada en cruz con un trozo de cuerda de pita anudada con dos vueltas.

La puso encima del hule de la mesa camilla, apartando de un codazo las cartas del banco.

—Mirad todo lo que os dé la gana —dijo con la voz ronca, como si le estuvieran arrancando una muela sin anestesia—.

Lleva ahí debajo desde que murió mi madre hace quince años.

El martes les dije a los guardias que no tenía nada porque no me daba la gana de que metieran los dedos en las cosas de mi vieja.

Tina sacó el móvil del bolso antes de que Andrés deshiciera el nudo. Fotografió la lata todavía cerrada, con la cuerda de pita cruzada sobre la tapa.

Andrés deshizo el nudo con los pulgares llenos de grasa y levantó la tapa de hojalata, que soltó un chirrido.

Rufina se inclinó sobre la mesa con las manos metidas en los bolsillos de la cazadora para no rozar siquiera el metal. Tina volvió a levantar el móvil.

Dentro de la lata, envueltos por separado en hojas de papel de seda amarillento que olían a jabón antiguo de pastilla, estaban los pocos restos que habían quedado en aquella casa: un pañuelo blanco doblado en cuatro con las iniciales C.

V. bordadas en una esquina; un peine de plástico azul con tres dientes partidos; otro delantal gris viejo de cuando servía antes en la panadería; dos fotografías en blanco y negro —una de Clara de primera comunión y otra en la puerta de la casa con su madre y Andrés de muchacho—; una estampa arrugada de santa Rita; una entrada de los caballitos de la feria del ochenta y nueve, y una libreta pequeña de tapas de hule azul.

—¿Ves cómo coincide con la lista del notario? —murmuró Tina mientras fotografiaba la lata abierta primero desde un lateral y luego desde arriba—. Espera que no me haga sombra el brazo… Ya está. Tres fotos: la cerrada con cuerda y estas dos abiertas.

—Abre la libreta azul tú mismo, Andrés, sin sacarla del todo —le pidió Rufina.

Andrés cogió la libretita por los bordes con dos dedos, con un cuidado que daba lástima ver en un hombre tan grande, y fue pasando las hojas cuadriculadas sobre el montón del delantal.

No había secretos de Estado: había cuentas de recados de 1989 y principios de 1990 —cuarto de aceite, dos barras, leche madre, hilo blanco— y en la última hoja escrita a lápiz, una frase que se quedaba a medias al final del papel: «Después de las flores hablar con… ».

—¿Aquí dentro no había ninguna foto más ni ninguna cadena guardada entre las hojas? —preguntó Rufina mirando cómo pasaban las páginas en blanco del final.

—Ahí no ha habido nunca nada más que los números que hacía la chiquilla para que mi madre viera en qué se gastaba el jornal —dijo Andrés dejando otra vez la libreta azul encima del peine roto y del delantal—.

Y la cadena rota ya os dije el martes que se la abrochó con un imperdible la última mañana que subió a casa de los Recio.

Si falta la cadena, la tendrá el mismo cabrón que guardó la medalla todos estos años.

—¿Y en estos últimos días no ha entrado nadie en tu casa mientras estabas en el taller o en el bar? —insistió Rufina mirando hacia la ventana del patinillo trasero, que tenía el pestillo de hierro caído sin echar—. Haz memoria, Andrés. Ni un vecino, ni nadie a traerte un recado.

Andrés frunció la frente intentando pensar sin gritar.

—Aquí no entra nadie desde que vino Puri con la fiambrera el martes —dijo—.

Bueno, ayer jueves al mediodía, cuando volví de tomar un vino en El Candil, me encontré en el escalón de la puerta una bolsa de plástico del supermercado con dos latas de sardinas, una barra de pan y una botella de vino sin marca.

Pensé que la habría dejado Puri otra vez o la Marisa de enfrente por lástima, como saben que ando sin un duro.

Rufina se volvió hacia él en seco.

—Puri ayer jueves estuvo en la iglesia toda la mañana y por la tarde en la residencia. Ella no te trajo ninguna bolsa.

Antes de que Andrés pudiera contestar qué importaban dos latas de sardinas en la puerta, Tina, que acababa de acercarse medio paso a la ventana de la calleja para guardar el móvil en el bolso, se quedó tiesa detrás del visillo.

—Rufina —dijo Tina con media voz—. Acaba de parar el coche de la Guardia Civil abajo en el pilón. Vienen subiendo a pie el teniente, Serrano y el guardia joven con una carpeta.

En el comedor cayó un silencio.

No tenían por dónde salir: la calleja del Calvario acababa allí y por detrás solo estaban las tapias altas de los huertos cerrados.

Andrés bajó la tapa de hojalata de golpe sobre la caja de membrillo, sin atar la cuerda de pita, y miró a Rufina con los ojos inyectados en sangre.

—¿Venían detrás de vosotras? —preguntó—. ¿Me habéis traído a los civiles a la puerta mientras me hacíais sacar la caja del cuarto?

—Cállate la boca y escucha, Andrés —le ordenó Rufina sin retroceder ni un milímetro—. Si hubiéramos venido con ellos no estaríamos aquí encerradas contigo jugándonos una denuncia del juzgado. Ahora van a llamar a esa puerta y te van a pedir ver esa caja por las buenas o con orden del juez.

En ese instante sonaron dos golpes secos y fuertes en la madera de la calle.

Tina se apartó hacia el rincón del aparador y apretó el bolso contra el costado. Dentro llevaba el teléfono con las tres fotografías registradas a las 15:04.

—No des un solo grito cuando entren, Andrés —le dijo Rufina en voz muy baja mientras volvían a golpear la puerta desde fuera—. Diles que tú mismo acabas de sacar la caja para enseñársela. Y no quites los ojos de encima de esa mesa ni medio segundo.