Capítulo 22 #2
—Porque un año y medio después de desaparecer Clara, cuando su madre vio que en el cuartel no movían un dedo, vino una tarde a escondidas al despacho de mi marido —dijo Adela con la voz tensa y demasiado rápida—.
Quería preguntar cuánto le costaría hacer un acta notarial dejando escrito qué cosas de la niña habían aparecido por el pueblo y qué cosas tenía ella guardadas en su casa por si algún día se moría ella antes de que volviera su hija.
Mi marido no llegó a cobrarle el acta porque la mujer no tenía ni para el timbre del papel, pero dejó apuntada la minuta de lo que la madre guardaba en aquella caja de membrillo.
Castaño no dijo una palabra. Se puso un guante de nitrilo que sacó del bolsillo del pantalón, cogió la hoja de papel carbón por la esquina y leyó en voz alta el listado que Arturo Cebrián había copiado treinta y cinco años atrás:
Relación de efectos conservados por D.ª Antonia Díaz e hijo (Andrés Valverde) en caja metálica doméstica: un pañuelo blanco con iniciales C.
V.; una libreta azul de cuentas de recados; dos fotografías, una de primera comunión y otra familiar ante la casa; una estampa parroquial.
Se hace constar expresamente por la compareciente que la medalla de metal blanco de su propiedad que portaba su hija Clara no obra en poder de la familia desde el día 15 de mayo de 1990.
Adela levantó la barbilla.
—¿Lo ve usted ahora? —dijo—. La madre vino a dejar escrito ante notario que ellos no tenían la medalla por si algún día aparecía tirada en una cuneta y decían que la niña nunca la había llevado puesta. Andrés no tenía ni la medalla ni la cadena.
Castaño levantó los ojos del papel carbón muy despacio.
No tenía cara de haber quedado convencido de la inocencia de Andrés. Tenía la cara exacta de un investigador al que le acaban de entregar en mano la pieza documental que le faltaba para que el juez o el propio sospechoso no pudieran negar la existencia del escondite.
—En su declaración oficial del martes en el cuartel, doña Adela, Andrés Valverde aseguró bajo firma que, aparte de una fotografía recortada de feria que llevaba en la cartera, en su casa no conservaba libretas, diarios ni ningún otro objeto personal de su hermana —dijo Castaño con una calma helada—.
Esto es solo un borrador sin autorizar de mil novecientos noventa y uno y no prueba qué hizo su madre con la medalla, pero corrobora punto por punto el anónimo de esta mañana: existe una caja de membrillo y existía una libreta azul de cuentas que Valverde nos ha ocultado.
Adela sintió que se le quedaban las manos sin sangre.
Por querer demostrarle que en 1991 la medalla no estaba en aquella casa, le acababa de certificar por escrito que Andrés Valverde le había mentido a la policía y que guardaba en su cuarto trasero una caja con la libreta de cuentas de Clara; justo el lugar donde la llamada anónima de las ocho de la mañana aseguraba que encontrarían la prueba que faltaba.
Al retirar el brazo hacia atrás, el codo de su rebeca tropezó con la caja abierta de botones de nácar que tenía en el borde de la mesa.
La caja volcó de golpe y doscientos botones blancos saltaron contra las baldosas de gres con un granizo seco y ridículo, rodando por debajo de la mesa de planchar, de las sillas y de las botas negras del teniente.
Adela no se agachó.
Castaño tampoco se movió durante dos segundos. Ambos miraron aquellos circulitos blancos desparramados por el suelo entre las botas negras del teniente y las patas de la mesa.
—Esa nota demuestra que no tenían la medalla, teniente —dijo Adela con la voz más baja, intentando sostener una pared que ya se le había caído encima.
—Esa nota demuestra lo que había en esa caja en mil novecientos noventa y uno, señora Montero. Lo que haya dentro hoy viernes a las tres de la tarde lo vamos a comprobar en media hora en presencia de su dueño.
Castaño se agachó entonces, recogió un único botón de nácar que había quedado pegado a la puntera de su bota y lo dejó con cuidado sobre la esquina de la mesa de pino. Guardó la hoja de papel carbón dentro de una funda de plástico de su carpeta azul.
—Haré constar en diligencias que me ha entregado usted voluntariamente esta minuta a las catorce cuarenta horas —dijo dirigiéndose ya hacia la cortina—.
Y le doy mi palabra de que si una sola de ustedes cuatro se acerca hoy a menos de cien metros de la calle del Calvario mientras practicamos la diligencia, no me va a temblar el pulso para llevarlas delante de Su Señoría.
Salió al mostrador, se agachó por debajo de la persiana metálica y el golpe del cierre contra el suelo dejó la tienda otra vez en penumbra.
Adela se quedó sola en mitad del cuarto de costura, rodeada de botones blancos por el suelo, escuchando cómo arrancaba el motor del coche de Castaño al otro lado de la esquina camino del cuartel para recoger a Serrano y la citación.
Si alguien había llamado a las ocho de la mañana al puesto para mandar a la Guardia Civil derecha a la caja de membrillo de Andrés, no era para que encontraran un pañuelo viejo y una estampa de comunión.
Fue hasta el teléfono fijo de la pared pisando dos botones que crujieron bajo su tacón.
Marcó el móvil de Rufina con tanta prisa que se equivocó en el último número, tuvo que colgar de golpe con el dedo temblándole sobre la horquilla y volvió a marcar respirando por la nariz como le había mandado hacer a Puri el domingo en la sacristía.
Rufina descolgó al tercer tono.
—Dime, Adela. Estoy llegando a mi casa para comer.
—No entres en tu casa, Rufina —dijo Adela cerrando los ojos frente a la pared—. Coge la furgoneta ahora mismo, pasa a por Tina que vive de camino y subid las dos a casa de Andrés por las traseras de los huertos antes de que salga Castaño del cuartel.
Se hizo un silencio al otro lado.
—¿Qué ha pasado?
—He metido la pata hasta el fondo —dijo Adela sin ahorrarse ni una sílaba—.
Alguien ha llamado esta mañana al cuartel en anónimo para decirles que busquen en la caja de membrillo que tiene Andrés en el cuarto de atrás.
Y yo le acabo de dar al teniente el borrador de Arturo que confirma que esa caja existe.
Tienes que llegar antes que ellos y hacer que Tina fotografíe lo que hay dentro.
Rufina tardó un momento en responder.
—¿Tú te estás oyendo, Adela? —dijo Rufina, y por primera vez en veinte años fue ella la que sonó fría y prudente—. Si nos pilla Castaño metidas otra vez en casa de Andrés cinco minutos antes de un registro, nos lleva esposadas a las tres con él. Te estás dejando llevar por el susto.
—Si no vais ahora mismo y en esa caja aparece lo que el del anónimo quiere que aparezca, a Andrés no lo saca del calabozo ni Dios, Rufina —dijo Adela mirando los botones blancos bajo sus zapatos—. Y habrá sido por mi mano.