La procesión no espera (Agencia Santa Rita 1) Capítulo 22
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Capítulo 22

«Quien todo lo ata, también se enreda».

Adela Montero siempre había pensado mejor cuando tenía las manos ocupadas ordenando cosas pequeñas.

Por eso el viernes a las dos y veinte de la tarde, después de dejar la persiana metálica a media altura como hacía todos los mediodías, no se subió a su piso a calentar la sopa.

Se quedó sola en el cuarto de costura vaciando sobre la mesa de pino dos cajas grandes de botones de nácar y de pasta negra que una clienta había revuelto por la mañana, separándolos por diámetros de cuatro en cuatro mientras intentaba poner en fila lo que tenían encima.

Al lado de los montoncitos de botones había puesto dos tarjetas blancas de cartulina.

En una había escrito con su letra recta: ANTES DE LAS 11:30 (Patio / Coche gris / Cal y orujo).

En la otra: 12:15 (Puerta lateral / Manos vacías / Medalla).

Y en medio de las dos tarjetas, sin atreverse a empujarla hacia ningún lado, una tercera con el nombre de Andrés.

Llevaba desde la tarde anterior con un peso frío debajo del esternón que no se le quitaba ni trabajando.

No era solo la bronca que Puri se había comido en el pasillo de la residencia para que no despidieran a Nieves; era lo que Mercedes Lozoya le había soltado a ella en la cara delante de la papelera llena de cintas moradas: que Arturo, su marido, había cenado en aquella casa en el otoño del noventa y había redactado en dos escrituras separadas el blindaje de Valdelobos y el usufructo del sacristán «para que nadie que mirara el registro juntara la tierra con la iglesia».

Había bajado a la tienda a las ocho de la mañana decidida a abrir la caja fuerte del rincón y leer línea por línea todas las carpetas amarillas que Arturo se había traído de la notaría antes de morir, pero se había quedado diez minutos sentada delante de la rueda de combinación sin tocar el metal.

Por primera vez en su vida, a Adela Montero le daba pánico comprobar una fecha.

La campanilla de la puerta de la calle sonó.

Adela levantó la cabeza hacia la cortina de flores. Había olvidado pasar el pestillo interior al bajar la persiana a medias, y por la franja de sol que quedaba a ras del suelo aparecieron unas botas negras reglamentarias; un uniforme verde acababa de agacharse al otro lado de la persiana.

Salió al mostrador cerrando tras de sí la cortina del cuarto de atrás.

El teniente Castaño estaba de pie en mitad de la tienda, con la gorra debajo del brazo izquierdo, la camisa con el cuello húmedo del calor del mediodía y una carpeta azul en la mano derecha. No miró ni los muestrarios de puntillas ni los tarros de cristal.

—Está cerrado al público, teniente —dijo Adela deteniéndose detrás de la madera del mostrador.

—Lo sé. Me he agachado por debajo del cierre porque no vengo a comprar, doña Adela, y porque prefería no aparcar el coche oficial delante de su escaparate a la hora en que sale todo el mundo del pan.

—Se lo agradezco. Usted dirá qué se le ofrece.

Castaño dejó la carpeta azul encima del cristal del mostrador, justo sobre el metro de madera clavado en el borde.

—He leído su mensaje de esta mañana —dijo él mirándola fijo—. El de la diferencia entre entrar antes y entrar después.

—Supuse que Paco el Mudo ya se lo habría explicado a su sargento ayer por la tarde, pero por si acaso se había olvidado de la parte de las once y media me pareció prudente recordárselo.

—Lo que me parece a mí —dijo Castaño sin levantar el tono ni medio decibelio— es que ustedes cuatro han decidido que mis advertencias del miércoles en la iglesia eran una sugerencia amistosa.

El miércoles por la tarde usted y doña Purificación me entregan en el cuartel la bolsa de Clara Valverde firmando un acta en la que aseguran que la anciana Aurora Benítez se la dio en mano el miércoles.

Ayer por la tarde voy a la residencia y descubro que el miércoles doña Purificación ni siquiera subió a esa planta, que la bolsa salió de un altillo cerrado con llave de personal y que, media hora antes de llegar yo con el forense, doña Purificación se coló en el cuarto de la interna a hablarle de peines rotos, de flores y de don Eusebio Recio, dejando su testimonio completamente contaminado para cualquier juez.

Adela sintió el golpe, pero mantuvo las palmas apoyadas sobre el mostrador sin encoger los hombros.

—Puri entró a ver a una mujer mayor a la que visita todas las semanas desde hace diez años, teniente —contestó Adela—.

Y si no le dijimos en el acta qué auxiliar sacó la bolsa del altillo fue porque esa muchacha gana novecientos euros al mes manteniendo a su madre y la directora la habría puesto en la calle antes de que usted terminara de escribir el oficio.

—Esa muchacha es un testigo de cargo en el hallazgo de una prueba, doña Adela. Y usted no es quién para decidir qué testigos declaran y cuáles se quedan en su casa.

—En este pueblo, cuando la gente pobre declara contra ciertas casas sin que nadie la cubra, la que se queda sin trabajo al día siguiente es la gente pobre, teniente. Eso también se lo dijo Aurora ayer a Puri, si es que la escuchó usted con atención.

Castaño la miró durante tres segundos largos. Lo peor de aquel hombre para Adela no era que tuviera mal genio; era que entendía perfectamente el argumento y, aun así, no se dejaba doblar el brazo.

—Precisamente porque no quiero que nadie pague platos que no ha roto he venido a verla a usted antes de subir a la cuesta del Calvario —dijo Castaño abriendo media carpeta sobre el mostrador.

Adela vio asomar en la primera hoja el nombre de Andrés Valverde Díaz subrayado con rotulador y, debajo, un parte telefónico amarillo.

Se le cerró el estómago: el mismo miedo que había tenido el lunes por la noche cuando ellas mismas pensaron en Andrés se le volvía ahora en contra convertido en papel oficial.

—¿Va a detener a Andrés? —preguntó Adela sin poder evitar que la voz le saliera un punto más rápida.

—Voy a tomarle declaración formal y a revisar su domicilio —dijo Castaño observándole las manos—.

Tengo una testigo que lo vio salir del callejón del Pozo justo después de las doce y cuarto del domingo, cuando el hombre que entró por la puerta chica abandonó la iglesia.

Tengo amenazas públicas contra Tomás Recio antes y después de su muerte.

Y esta mañana a las ocho hemos recibido una comunicación en el puesto diciendo que lo que le falta a la medalla de la sacristía está escondido en una caja de lata debajo de las mantas de su cuarto trasero.

La frase cayó sobre el cristal del mostrador como una plancha de hierro caliente.

Una caja de lata en el cuarto trasero.

Adela se acordó en el acto de lo que Rufina le había contado el martes al mediodía después de volver de casa de Andrés: cómo el hombre había negado que le hubieran devuelto nada de su hermana en el noventa, desviando los ojos un segundo hacia la cortina del cuarto pequeño del fondo.

Y Castaño, que tenía los ojos clavados en la cara de Adela a medio metro de distancia, vio perfectamente cómo la mercera apretaba los dedos contra la madera del metro.

—Usted ya sabía que esa caja existe —dijo el teniente muy despacio—. Rufina Gallego y Purificación Delgado la vieron el martes por la mañana cuando fueron a llevarle la tartera de lentejas.

—Ellas no entraron en ese cuarto ni vieron ninguna caja, teniente —replicó Adela enseguida, dando medio paso atrás hacia la cortina de la trastienda porque sentía que el aire de la tienda se le quedaba corto—.

Y quien haya llamado hoy a las ocho a su cuartel para decirle dónde tiene que buscar le está poniendo un cebo del tamaño de la plaza Mayor.

¿No ve que después de que ayer se enteraran en casa de los Recio y en la cooperativa de que usted andaba pidiendo los papeles de Valdelobos, necesitan darle un culpable hoy mismo para que cierre el expediente?

Castaño dio la vuelta al mostrador y avanzó dos pasos hasta la cortina de florecitas, que se había quedado entreabierta mostrando la mesa de pino del fondo con los montones de botones, las tarjetas blancas con las horas y las carpetas amarillas de la notaría apoyadas junto a la caja fuerte.

—Esto no es un taller de costura, doña Adela —dijo Castaño—. Tienen ustedes montado aquí un juzgado paralelo mientras me ocultan información sobre el principal sospechoso.

—No le estamos ocultando nada que incrimine a Andrés —dijo Adela entrando en la trastienda con las mejillas encendidas de una rabia fría consigo misma por haber dejado la mesa a la vista—.

Al contrario. Si Andrés Valverde no quiso decirle a Rufina qué guardaba en ese cuarto es por pura vergüenza de pobre y porque lleva media vida sin fiarse de un uniforme.

Pero en esa casa nunca estuvo la medalla ni estuvo la cadena rota.

—¿Y cómo puede usted asegurar con tanta rotundidad qué objetos tenía o no tenía la familia Valverde en mil novecientos noventa? —le preguntó Castaño parándose al otro lado de la mesa de pino.

Adela no debió abrir aquel cajón. Lo supo diez segundos después, pero en aquel momento tenía al teniente delante mirándola como a una embustera que protegía a un asesino por capricho, tenía las palabras de Mercedes sobre su marido Arturo quemándole la garganta desde el día anterior y no soportó la idea de que encerraran al hermano de Clara por culpa de su silencio.

Tiró del cajón inferior del mueble de los patrones, sacó un sobre color crema con el membrete antiguo de la notaría de Arturo Cebrián y extrajo una hoja de papel carbón fechada en noviembre de 1991.

La puso encima de la mesa, delante de Castaño, tapando la tarjeta con el nombre de Andrés.