Capítulo 21
«Hasta el mejor galgo pierde la liebre».
El cuartel de San Román de la Encina, cabecera de una compañía con más kilómetros de término que guardias en plantilla, tenía una sala de juntas con una mesa de caoba demasiado grande para los que se sentaban a ella y demasiado estrecha para todo el barro que estaba saliendo detrás de la muerte de Tomás Recio.
El sargento Serrano empujó la puerta con el codo trayendo dos vasos de plástico de la máquina del pasillo y un fajo de actas recién salidas de la impresora.
—Mi teniente —dijo dejando los cafés sobre una esquina libre de papeles.
Castaño ni volvió la cabeza.
—Dime que el laboratorio de Badajoz ha mandado algo que no dependa de lo que se acuerde una señora de ochenta años.
—Del laboratorio todavía nada. Pero tengo firmadas las tres declaraciones de ayer por la tarde que nos faltaban para cerrar el pasillo de atrás.
Castaño cogió el vaso que tenía menos espuma y dio un sorbo corto; sabía a achicoria recalentada y a tubería vieja.
Todavía arrastraba el cabreo sordo con el que había salido el jueves por la tarde de la residencia de ancianos.
Cuando por fin había llegado a la habitación de Aurora Benítez con la directora del centro, se había encontrado a Purificación Delgado saliendo tan campante de la capilla para declararse culpable de haber cogido la bolsa de loneta de un carro de limpieza, mientras la anciana, agitada y confusa en su butaca, repetía una y otra vez que la niña de las flores se había dejado el peine y que «la Puri» le había dicho que ya estaba todo bien guardado.
No había manera legal de llevar aquel testimonio ante un juez de instrucción sin que cualquier abogado defensor lo hiciera trizas en dos minutos acusando a las vecinas de haberle metido la historia en la boca.
—Lee —ordenó Castaño apoyando la cadera en el borde de la mesa.
Serrano abrió la carpeta por la primera pestaña.
—Primero: Francisco Garrido, alias Paco el Mudo, titular del bar El Candil.
Ampliación de declaración después de que ayer volviéramos a enseñarle la captura del vídeo de Martina Salcedo.
Confirma que a las once y media de la mañana del domingo, antes de que saliera la procesión, vio desde la trasera de su almacén la puerta verde del patio parroquial entornada y un turismo gris estacionado al fondo del callejón del Pozo, cuya matrícula no pudo ver.
Confirma asimismo que a las doce y dieciséis, cuando la banda repitió la marcha por ausencia del alcalde, vio entrar por la puerta chica a un varón con prenda oscura y paso rápido, apenas un minuto antes de que entrara Purificación Delgado.
—Eso confirma la doble ventana —dijo Castaño—. Quien dejó a Tomás en esa silla lo hizo antes de las once y media, y tenía la puerta del patio abierta para entrar o para salir. Quien entró a las doce y cuarto desde la plaza iba con las manos vacías. ¿Identifica al segundo?
—Dice que de espaldas y a contraluz podría ser medio pueblo.
Pero aquí entra la segunda declaración: Rosaura Gómez, la de la papelería de la esquina de las Huertas.
Ayer a última hora se acordó de que el domingo, cuando empezó el revuelo en la plaza y ella bajó la persiana para acercarse a mirar, vio salir a Andrés Valverde caminando deprisa desde la boca del callejón del Pozo hacia la cuesta del Calvario.
Castaño dejó el vaso de café sobre la mesa.
—¿A qué hora exacta lo sitúa?
—Dice que «cuando la banda ya se había callado y salía una mujer dando voces de la iglesia».
Entre las doce y dieciocho y las doce y veinticinco, mi teniente.
Justo el margen de salida si entró a las doce y dieciséis por el lateral y cruzó por el corredor de la sacristía hacia el patio trasero mientras doña Puri llamaba por teléfono.
—De la iglesia no salió ninguna mujer dando voces hasta veinte minutos después, cuando sacamos a la gente del atrio —anotó Castaño frunciendo el ceño—.
Purificación Delgado cerró la puerta sin gritar.
O Rosaura está juntando dos momentos distintos de la mañana para redondear el cuento, o se ha equivocado de cuarto de hora.
Castaño hizo una marca de interrogación en el margen de la declaración, se acercó al plano y clavó la vista en la línea roja que unía la puerta chica, la sacristía y la puerta verde del patio.
—¿Lo vio entrar o salir de la iglesia?
—Lo vio «venir de aquella parte» con una chaqueta azul oscura y metiéndose algo en el bolsillo interior.
Y tenemos la tercera: el chaval de la gasolinera de la carretera de Almendralejo.
Declara que el sábado a las nueve y media de la noche Andrés Valverde estuvo repostando gasóleo en su furgoneta y que iba bebido, diciendo que al día siguiente a más de uno en el Ayuntamiento se le iba a atragantar el santo.
Si le sumamos lo que gritó el lunes y el martes en El Candil delante de testigos —que Tomás Recio se había muerto tarde y que tenía la culpa de lo de su hermana—, tenemos un cuadro bastante completo.
Castaño no contestó enseguida.
Sobre el papel, el cuadro no solo estaba completo: brillaba.
Andrés Valverde tenía un móvil emocional de media vida; estaba a punto de perder el taller por las deudas; había amenazado al alcalde la víspera en la gasolinera y después de muerto en el bar; no tenía coartada para la mañana del domingo, y una testigo presencial lo situaba saliendo del callejón trasero de la iglesia en el minuto exacto posterior al hallazgo del cuerpo.
Y sin embargo, a Castaño le chirriaba una pieza en mitad del engranaje.
—En los bajos del pantalón y las suelas del calzado de Tomás Recio había polvo blanquecino y restos vegetales compatibles con cal agrícola y cascarilla de orujo prensado como los que se almacenan en las naves viejas de Valdelobos, Serrano —dijo el teniente—.
Podían proceder de la discusión del sábado por la noche; aún falta la confirmación comparativa del laboratorio, pero en el taller de Andrés Valverde solo hay grasa de motor y gasóleo.
Y cuando lo interrogamos el martes después de la visita de las viudas, el hombre ni siquiera sabía que a Tomás le faltaba el reloj ni de dónde había salido la túnica morada.
—Pudo encontrar a Tomás ya muerto en la sacristía cuando entró a buscarlo y aprovechar para meterle la medalla de su hermana en la boca —apuntó Serrano—. O pudo estar allí durante el desplome y dejarlo sin pedir ayuda.
Antes de que Castaño pudiera replicar, el teléfono negro de línea interior empezó a sonar sobre el escritorio con ese timbre seco de las llamadas que venían filtradas desde la Comandancia de Badajoz.
Serrano miró el aparato como si fuera una avispa posada en el secante.
—El comandante Ocaña —dijo.
Castaño descolgó al segundo tono y se cuadró por dentro sin darse cuenta.
—Teniente Castaño, a sus órdenes, mi comandante.
—Álvaro, dime que tienes algo cerrado antes de que entre yo al despacho del coronel a las dos —entró la voz de Ocaña sin dar los buenos días, con aquel ruido de fondo de papeles revueltos y cucharillas de café que significaba que arriba ya estaban nerviosos.
—Tenemos acotado el lugar de la discusión previa en unos almacenes agrícolas de las afueras y estamos cruzando la titularidad de una sociedad de mil novecientos noventa con los movimientos del domingo, mi comandante.
Se hizo un silencio corto al otro lado de la línea. No fue un silencio de interés; fue el silencio de un superior contando hasta tres para no pegar un grito.
—¿Una sociedad de mil novecientos noventa?
—lo cortó Ocaña en seco—. Álvaro, enterraron al alcalde el miércoles a mediodía con cámaras en el cementerio, tengo a la Subdelegación encima y el abogado de la viuda acaba de presentar una queja en el juzgado por tus interrogatorios en la residencia.
No me abras una causa general por una historia prescrita de hace treinta y seis años.
Tienes a un hermano con antecedentes por altercados, amenazas públicas y presencia en el callejón.
Quiero a ese hombre declarando con abogado o una solicitud motivada antes de que cierre hoy el juzgado.
El clic del auricular le cortó la respuesta en los labios.
Castaño dejó el teléfono en su horquilla con tanta lentitud que pareció que el plástico se iba a romper.
Serrano miraba fijamente la punta de sus botas reglamentarias.
—¿Quiere que redacte el oficio para citar a Valverde, mi teniente? —preguntó el sargento sin levantar la voz.
—Espera —dijo Castaño.
Serrano levantó entonces una hoja amarilla de avisos telefónicos que traía debajo de las actas y que no había querido poner encima de la mesa antes de que hablara el comandante.
—Hay una cosa más de esta mañana a las ocho y diez, mi teniente.
Ha entrado una llamada al número fijo del puesto desde una cabina o un prepago sin identificar.
Voz de hombre o de mujer mayor tapándose el micrófono con un pañuelo; el guardia de puertas no ha podido distinguirla: lo ha soltado de un tirón y ha colgado.
Castaño extendió la mano. En el parte manuscrito del guardia de puertas había una sola frase entrecomillada:
«Si buscan lo que le falta a la medalla de la sacristía, miren en la caja de membrillo que guarda Andrés Valverde debajo de las mantas del cuarto de atrás».
El despacho se quedó completamente mudo.
Castaño leyó el renglón tres veces seguidas.
Lo que le falta a la medalla. La cadena rota. Y no decía simplemente «registren la casa de Andrés»; daba el envase exacto —una caja de membrillo— y la ubicación precisa dentro de la vivienda.
—Demasiado bonito, Serrano —murmuró Castaño dejando caer el papel sobre la caoba—. Nos ven dudar ayer por la tarde en la residencia y en las naves de la cooperativa, y hoy a las ocho de la mañana alguien nos sirve en bandeja de plata la casa de Andrés Valverde con plano del tesoro incluido.
—Con un anónimo solo no nos da el juez el mandamiento de entrada y registro, mi teniente —advirtió Serrano—. A menos que Valverde nos deje mirar voluntariamente o tengamos a alguien que acredite que esa caja existe y contiene efectos de la desaparecida.
El teléfono móvil particular de Castaño vibró encima de la carpeta azul.
Era un mensaje de texto enviado desde un número que ya tenía guardado en la memoria desde el miércoles: Adela Montero.
Teniente, cuando tenga cinco minutos revise bien la diferencia entre quien entró a la iglesia antes de las once y media y quien entró a las doce y cuarto. No son el mismo pecado.
Castaño se quedó mirando la pantalla iluminada.
Ya habían hablado con Paco el Mudo. Por supuesto que habían hablado con Paco el Mudo.
Mientras él se peleaba con la Comandancia de Badajoz y con el abogado de Mercedes Lozoya, aquellas cuatro mujeres seguían peinando el pueblo en paralelo, pasándose por el forro de la rebeca todas las advertencias que les había hecho en el archivo parroquial.
Y de pronto ató el cabo que le faltaba: el martes por la mañana, antes de que la Guardia Civil llamara por primera vez a Andrés Valverde, Rufina Gallego y Purificación Delgado habían estado media hora metidas dentro de su casa.
Cogió la gorra del perchero sin ponerse el correaje de calle.
—Serrano, prepara la citación para Andrés Valverde para las cuatro de la tarde y ten lista una patrulla por si autoriza revisión voluntaria de domicilio —ordenó Castaño caminando ya hacia la puerta—. Pero no subas todavía al Calvario.
—¿A dónde va usted ahora, mi teniente?
—A comprar botones —dijo Castaño abriendo la puerta del pasillo—. Porque me juego el sueldo de este mes a que antes de que entrara esa llamada anónima en el cuartel, doña Adela Montero ya sabía perfectamente qué demonios guarda Andrés Valverde debajo de las mantas.