Capítulo 20
«Bajo mucho ruido también corre la verdad».
A la misma hora en que Puri salía de la capilla de la residencia dispuesta a vérselas con el teniente Castaño en el pasillo, Tina empujaba la puerta de cristal de la peluquería de Maribel en la calle Nueva.
Los jueves a última hora de la tarde era cuando iban a peinarse las fijas de toda la vida que no querían esperar las colas del viernes: señoras de cardado duro y laca extra fuerte a las que el casco les duraba intacto hasta la misa del domingo si dormían con redecilla.
Tina había trabajado entre aquellas cuatro paredes veinticinco años antes de traspasarle el local a Maribel cuando Mateo enfermó del pulmón, así que todavía conocía de memoria qué secador de pie tenía el termostato roto, en qué cajón del tocador se escondían las pastas de té para las clientas de confianza y desde qué sillón se oía todo lo que hablaban las del lavacabezas.
El lunes, antes de que saliera el nombre de su suegro en los papeles de la parroquia, Tina ya se había asomado cinco minutos por la puerta a oler qué se decía del alcalde muerto.
Pero hoy entraba inquieta: no venía a buscar chismes ajenos, sino a enterarse de quién demonios había visto la furgoneta del taller de los Salcedo o los trastos de su suegro cerca del patio de los Recio en mayo del noventa.
—Buenas tardes —dijo dejando el bolso encima del revistero de mimbre.
Maribel, que estaba en el fondo dándole tinte en las raíces a Encarnita la de Correos con el pincel negro, levantó las cejas al verla entrar.
—¿Otra vez por aquí esta semana, Tina? No me digas que te vas a cortar las puntas hoy también, que el lunes no te dejaste quitar ni medio dedo.
—Hoy vengo a que me pases el cepillo redondo con un poco de moldeador, Maribel, que con la humedad que ha caído desde ayer parezco una escarola y no tengo ganas de darle al brazo en mi casa —dijo Tina sentándose directamente en el sillón central sin esperar turno.
Debajo de los dos secadores de casco del rincón estaban Eulalia —ochenta y dos años, viuda de capataz y memoria de elefante para las desgracias ajenas— y Sagrario la del estanco viejo, pasando hojas del ¡Hola!
con el dedo mojado en la lengua. En la silla de espera junto al paragüero aguardaba vez Pilar Rivas, sobrina del antiguo sacristán, con la toalla ya puesta sobre los hombros.
En cuanto Tina se sentó frente al espejo grande, las tres se miraron por el cristal.
—Hija, Tina, qué valor tienes de salir a peinarte con el jaleo que se traen los civiles en la plaza —soltó Sagrario sacando media cabeza de debajo de la campana de plástico para oírse mejor—.
Que me ha dicho mi yerno al mediodía que han vuelto a llamar a declarar al hermano de la Clara Valverde y que ayer vieron a las tuyas saliendo de la iglesia detrás del teniente con unas caras de funeral que asustaban.
—La cara de funeral la teníamos porque estábamos preparando las flores y los lutos para el entierro de mediodía, Sagrario, qué quieres que llevemos, ¿panderetas?
—contestó Tina poniéndose ella misma la capa de plástico por el cuello mientras Maribel terminaba con los papeles de plata de Encarnita—.
Y a Andrés lo habrán llamado como han llamado a medio pueblo, porque ese muchacho cuando bebe en El Candil tiene la lengua muy suelta y dice tonterías que no le convienen.
—Tonterías o no tonterías —intervino Eulalia desde el otro casco sin bajar el volumen de voz que usaban todas cuando llevaban el zumbido del aire caliente en las orejas—, ese hombre se quedó trastornado desde que faltó la hermana.
Que yo me acuerdo como si fuera hoy de la madre subiendo y bajando la calle Real con un pañuelo negro en la mano dos días después de la fiesta chica de mayo, antes siquiera de que saliera en los papeles que no aparecía.
Tina miró a Eulalia a través del espejo mientras Maribel se acercaba ya con el pulverizador de agua a mojarle el flequillo.
—¿Por qué llevaba la madre un pañuelo negro el jueves si en casa de los Recio decían que la chica se había ido a trabajar a Badajoz, Eulalia? —preguntó Tina como quien pregunta por el punto de la permanente.
—Porque a las madres no las engañas tú con un recado de criado —dijo la vieja—. La chiquilla había estado el lunes por la tarde aquí mismo, en esta peluquería, cuando acababas de abrirla y tú llevabas poco de casada con Mateo, ¿no te acuerdas?
A Tina se le paró el parpadeo. Maribel dejó quieto el peine un segundo encima de su coronilla.
—Yo aquel lunes tenía anginas y no bajé al salón —dijo Tina, escarbando en su propia cabeza—. Estaba mi madre sola con la aprendiza.
—Pues yo sí estaba haciéndome los rulos para la procesión del martes —dijo Eulalia—.
Y entró la Clara a última hora, casi de noche, sin cita ni nada, a pedirle a tu madre un par de horquillas invisibles porque traía el moño todo desbaratado de correr por las traseras y no quería entrar en su casa con aquellos pelos.
Traía el cuello de la blusa desabrochado y la medallita esa de su madre metida en la mano porque decía que se le había roto el enganche de la cadena.
Encarnita, desde el lavacabezas, levantó el cuello lleno de tinte negro.
—Eso mismo contaba siempre mi tía la que vivía frente a la tapia de los naranjos de don Eusebio —dijo Encarnita—.
Que aquella semana de mayo hubo jarana de hombres por la noche en el patio de atrás de los Recio, con el pretexto de que preparaban las andas y las velas de la cofradía aquella que tenían ellos, y que se oyó a una muchacha contestarles fuerte cerca de la cochera.
—Clara tenía mucho genio para estar sirviendo —dijo Sagrario chasqueando la lengua y volviendo a mirar las fotos de las marquesas en la revista—. A una casa de posibles no se puede ir levantando el gallo, que luego pasa cualquier roce y todas las culpas son para el amo.
Tina sintió que le subía un calor agrio por el pecho al oír aquella frase —la misma porquería exacta que habían repetido durante media vida mientras les teñían las canas—, pero se mordió la lengua porque si les saltaba al cuello ahora se callaban todas en redondo.
—Bueno, en el patio de don Eusebio entraba y salía mucha gente aquella semana con los preparativos de la fiesta —dijo Tina mirándose las uñas sobre la capa de plástico y tratando de que la voz le saliera distraída—.
Ayer mismo hablábamos en la mercería de que hasta mi suegro Manuel subía con la furgoneta a llevarles cosas de la cofradía o del campo.
En la silla de espera del rincón, Pilar Rivas —la sobrina del sacristán— cambió de postura las piernas y tiró de las puntas de la toalla hacia abajo.
—Tu suegro Manuel era un bendito, Tina, que en gloria esté junto con tu Mateo —dijo Sagrario enseguida—. Si iba a casa de don Eusebio era porque le arreglaba los tractores y le hacía los portes que le mandaban.
—Ya lo sé, mujer, si no digo nada malo —insistió Tina volviendo un poco la cabeza hacia el rincón donde estaba sentada Pilar Rivas—. ¿Verdad, Pilar? Que tú el otro día comentaste en la tienda que de jovencita te acordabas de haber visto a mi suegro en aquel patio la semana de la fiesta.
Pilar Rivas se puso colorada debajo de la toalla blanca al verse con todas las caras del salón mirándola por el espejo.
—Yo tenía catorce años entonces, Tina, qué voy a saber yo —dijo la mujer encogiéndose de hombros, incómoda—.
Lo único que vi fue el miércoles por la mañana temprano, cuando fui a llevarle el desayuno a mi tío Matías a la sacristía antes de ir al colegio.
Al pasar por delante de la cancela trasera de los Recio estaba allí parada una furgoneta de caja abierta con toldo verde, y salían tu suegro y mi tío Matías cargando entre los dos un arcón largo de madera o una caja de las de guardar las varas del palio, tapada con una manta vieja.
A Tina le zumbó en los oídos el ruido del secador de mano que Maribel acababa de encender para disimular el silencio de las demás.
El miércoles por la mañana temprano. Una furgoneta con toldo verde. Y su suegro cargando un bulto largo tapado con una manta junto con el sacristán viejo.
—Serían los candelabros grandes o las túnicas para llevarlas a limpiar a Almendralejo —dijo Maribel pasando el cepillo redondo por el pelo de Tina con un tirón suave para avisarle de que no pusiera aquella cara delante de las viejas—.
Mi madre siempre decía que después de la procesión de mayo sacaban toda la cera sobrante en cajas.
—Pues claro que serían las velas o el vino —dijo Pilar Rivas levantándose ya porque Encarnita dejaba libre el lavacabezas—.
Lo que pasa es que como mi madre me vio parada mirando para dentro de la cochera y don Eusebio asomó desde la puerta del huerto dando voces de que cerraran la cancela, me pegó un tirón del brazo y me dijo que no se me ocurriera contar en la escuela que mi tío Matías andaba sacando trastos de esa casa a las siete de la mañana.
Tina no dijo ni una palabra más mientras Maribel le secaba los lados y le echaba un golpe corto de laca por encima.
Aquellos recuerdos no demostraban qué había dentro del arcón ni para qué habían lavado después un vehículo en el taller.
Pero Tina tenía clavada en la memoria la línea de la agenda de aquel miércoles 16 de mayo —«Lavado manguera presión caja trasera y quemar lona vieja»— y no conseguía apartarla de lo que acababa de oír.
No sabía siquiera si se trataba de la misma furgoneta; lo que sentía por primera vez era el miedo de que su suegro hubiera puesto el vehículo y su marido hubiera puesto el silencio.
Cuando Maribel le quitó la capa de plástico y la acompañó a la caja pequeña de la entrada para cobrarle, esperó a que Sagrario y Eulalia volvieran a meter la cabeza debajo del zumbido de los cascos.
Maribel abrió el cajón de las monedas, cogió el billete de diez euros que le daba Tina y le devolvió ocho sin marcar el tique en la máquina.
—No te he hecho casi nada, Tina —le dijo Maribel en voz muy baja, mirándola a los ojos con preocupación real—.
Y ten cuidado con lo que preguntas de tu suegro delante de la Sagrario, que su yerno es el que le lleva las cuentas del gasóleo a Hilario Santos y antes de las nueve de la noche ya se lo ha contado todo.
Tina se guardó las monedas sueltas en el bolsillo del abrigo sin meterlas en el monedero.
—Gracias, Maribel.
Salió a la calle Nueva cuando ya empezaban a encenderse las farolas anaranjadas de las esquinas.
Al mirarse de refilón en el cristal del escaparate de la peluquería, con el pelo recién ahuecado como todos los jueves y las tres señoras sentadas al fondo leyendo revistas de bodas, sintió una revuelta de estómago que la obligó a pararse apoyando la mano en la reja de una ventana.
Durante treinta y seis años, en aquel mismo salón lleno de olor a laca y a permanente, habían llamado fresca y loca a una chiquilla de diecinueve años que había entrado el lunes anterior a su desaparición a pedir dos horquillas con la medalla suelta en la mano.
Y mientras ellas la despellejaban viva entre rulo y rulo, tal vez el padre de Mateo estaba lavando en el taller un vehículo del que nadie quería hablar.
Sacó el teléfono del bolso con los dedos helados y vio que tenía dos llamadas perdidas de Adela y un mensaje de voz de Rufina enviado hacía diez minutos:
Tina, ven para la mercería sin pasar por la plaza. Puri ha tenido lío con el teniente en la residencia por lo de la bolsa y me acaban de decir en la gasolinera que la Guardia Civil anda buscando a Andrés Valverde.