La procesión no espera (Agencia Santa Rita 1) Capítulo 19 #2
49%

Capítulo 19 #2

—La niña había venido ya dos tardes antes llorando por el callejón —añadió Aurora, pero ahora la voz se le empezó a deshilachar otra vez, mezclando las cosas—.

Traía la virgen metida en el puño cerrado, sin cadenita ni nada, haciéndose marca en la palma.

Yo le dije que le pusiera un cordón negro de los zapatos y ella me dijo que no, que la cadena se le había quedado enganchada donde no debía…

Y ahora dicen en la tele que se ha muerto el niño de don Eusebio en la iglesia.

¿Ya han traído el pan de la merienda o todavía no?

Se le había ido el hilo de golpe. Empezó a doblar las esquinas de la revista Pronto como si fueran servilletas de tela, nerviosa porque no le cuadraban los picos.

Puri le puso la mano encima de la muñeca para que dejara de romper el papel.

—Descansa tranquila, Aurora, que ahora mismo te trae Nieves el café con leche. Y no te preocupes por la bolsa de la niña, que ya está guardada donde nadie la va a tirar a la basura.

Salió de la habitación dejando la puerta entornada como estaba. En el pasillo ya no estaba Nieves con el carro; por la escalera del fondo subían pasos de hombre acompañados del taconeo seco de la directora del centro.

Para no cruzarse de frente con ellos en el rellano de enfermería y poner a Nieves más blanca de lo que estaba, Puri se metió en la capilla pequeña que había al lado de la sala de rehabilitación.

Era un cuarto interior sin ventanas, con cuatro bancos de pino barnizado, un crucifijo de escayola en la pared, dos jarrones de claveles de tela que cogían polvo todo el año y un lampadario eléctrico de bombillas rojas donde había que echar monedas de veinte céntimos para que se encendiera una vela de plástico.

Puri se sentó en el último banco, a oscuras, con el bolso sobre las rodillas y el rosario metido entre los dedos dentro del bolsillo del abrigo, sin rezar.

Llevaba treinta y seis años contándose a sí misma que ella era una mujer buena que limpiaba la casa de Dios y ayudaba a todo el mundo en San Román.

Y en menos de veinte minutos una vieja medio ida acababa de decirle en la cara lo que ningún cura le había dicho nunca en el confesionario: que aquella tarde de mayo del noventa ella también había preferido no hacer preguntas en la puerta de los Recio para no buscarse enemigos entre la gente que mandaba.

La puerta de la capilla se abrió a su espalda dejando entrar una franja de luz blanca del pasillo.

—¿Puri?

Don Julián estaba parado en el umbral con el portaviáticos de cuero colgado del pecho y una carpeta de cartón debajo del brazo. Venía de dar la comunión a las encamadas del primer piso y tenía la cara descompuesta.

—Buenas tardes, padre —dijo Puri sin volverse del todo.

El cura entró y cerró la puerta tras de sí para que no los oyeran desde el control de enfermería.

—Acabo de cruzarme abajo con el teniente Castaño y con la directora —dijo don Julián en voz baja, acercándose al banco—.

Puri, ¿qué le contasteis ayer al teniente al entregarle la bolsa?

El teniente sabe que ayer miércoles tú no subiste a la habitación de Aurora y que esa mujer lleva tres meses sin poder levantarse sola de la butaca para alcanzar ningún altillo.

Acaba de intentar hablar con ella y la pobre mujer solo repite que tú le has dicho que la bolsa está guardada; mezcla a don Eusebio con la procesión de este domingo.

Castaño dice que habéis inutilizado el único testimonio de la residencia antes de que pudiera escucharla el médico forense.

Están interrogando a las auxiliares del turno de tarde una por una.

Puri apretó las cuentas de madera en el fondo del bolsillo.

—Si el teniente quiere saber de dónde salió la bolsa, que me pregunte a mí otra vez, que fui quien la puso encima de su mesa —dijo Puri levantándose del banco y mirándolo a la cara en la penumbra roja del lampadario—.

A las chiquillas que trabajan aquí por mil euros no tiene por qué meterlas en nada.

—No se puede tapar una mentira con otra delante de la Guardia Civil, Puri, por Dios bendito —se angustió el cura—. Y menos removiendo a una pobre enferma que mezcla lo que pasó en el noventa con lo que ha visto por la televisión.

—Aurora no mezcla nada cuando habla de mayo del noventa, don Julián —le contestó Puri sin subir la voz, pero con una firmeza seca que dejó al sacerdote callado a medio paso—.

Se acuerda perfectamente de que la tarde del martes Clara estaba esperando viva en la puerta del despacho de don Eusebio mientras los hombres de las túnicas moradas tomaban anís en la cochera antes de bajar a su iglesia.

Y se acuerda de que al día siguiente a las siete de la mañana ya habían regado el cemento con la manguera y habían puesto un candado nuevo en la cancela del huerto.

Don Julián buscó con la mano el respaldo del primer banco para apoyarse.

—Yo aquella noche estaba en Villafranca, Puri. Ya te lo juré el lunes en el altar.

—Usted estaba en Villafranca aquella noche, padre, sí.

Pero lleva treinta y seis años comiendo en la mesa de los que regaron la cochera y guardándoles las túnicas en el armario —dijo Puri abriendo la puerta de la capilla—.

Ahora voy a salir ahí fuera a decirle al señor teniente que la bolsa la cogí yo misma del carro de la basura del pasillo sin que me viera ninguna empleada.

Y usted rece lo que quiera aquí dentro, pero a mí no me vuelva a decir nunca más que me calle por el bien de nadie.