La procesión no espera (Agencia Santa Rita 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

«Quien guarda culpa no duerme aunque rece».

La residencia Nuestra Señora del Reposo tenía un nombre muy hermoso en la placa de azulejos de la entrada, pero dentro no reposaba nadie.

A las cinco de la tarde del jueves había tres televisores encendidos a todo volumen en tres salas distintas, cada uno con un programa de voces que nadie miraba; había auxiliares pasando a la carrera con carros llenos de botes de pastillas, abuelos que preguntaban cada cuatro minutos si ya era la hora de cenar y otros que miraban la pared de enfrente con las manos puestas sobre la manta porque ya se habían cansado de esperar a que abrieran la puerta.

Todo el edificio olía a esa mezcla tibia que no se va por mucho que abran las ventanas: caldo de pollo sin sal, colonia de litro, lejía rebajada y crema de manos barata.

Puri iba por allí los martes y los jueves desde hacía diez años a llevar ropa marcada con cinta de hiladillo y a hacerles compañía un rato a las que no tenían hijos en el pueblo.

Pero aquella tarde no había subido la cuesta por caridad cristiana, sino porque a las tres y media Nieves la había llamado al teléfono fijo de su casa desde el vestuario del personal con un disgusto que apenas la dejaba hablar.

Adela y Puri habían entregado la bolsa de loneta en el cuartel el miércoles por la tarde.

Dijeron que Aurora se la había dado en mano a Puri durante una visita de aquel mismo día.

Al día siguiente, el sargento Serrano se había presentado en la recepción de la residencia pidiendo el libro de entradas y preguntando a la directora quién había autorizado a una residente con deterioro cognitivo a sacar bultos del almacén de la segunda planta.

Puri había ido sola. No había querido avisar a Rufina porque Rufina entraba en los sitios pisando demasiado fuerte, ni tampoco a Tina, que con lo de la agenda de su Mateo bastante tenía hoy encima.

Nieves la estaba esperando junto al mostrador de enfermería con un carro de ropa limpia delante para disimular. Tenía las mejillas encendidas a rodales y el pelo recogido con una pinza de plástico a medio caer.

—Me van a echar, doña Puri —le soltó en voz muy baja en cuanto Puri se paró a su lado como si fuera a darle una bolsa de magdalenas caseras—.

La directora ha bajado hecha una furia después de que se fuera el guardia.

Dice que ayer miércoles usted no subió a la segunda planta porque doña Aurora estaba en sillón de ruedas en la sala de abajo, y que de los altillos del pasillo no puede coger nada una interna sin llave de personal.

—Tú no digas ni media palabra más de la cuenta, hija —le dijo Puri metiéndole el paquete de magdalenas debajo de las toallas dobladas del carro—.

Si vuelve a preguntar la directora, yo subí el miércoles un momento al cuarto de baño del segundo piso porque el de abajo estaba ocupado y me la encontré en el carro de la basura del pasillo, sin nadie al lado.

Si alguien tiene que quedar por mentirosa o por cabeza loca a mi edad, quedo yo, que a mí no me pueden despedir de viuda.

Nieves tragó saliva apretando los mangos del carro.

—El guardia ha dicho que luego vendrá el teniente en persona a ver si doña Aurora se acuerda de algo cuando esté tranquila. Hoy lleva desde después de comer muy revuelta, preguntando por las flores de la iglesia y diciendo que falta una muchacha en la fila.

—¿Está en su cuarto ahora?

—Sí, la he dejado sentada junto a la ventana porque en el salón común se ponía a dar voces con la tele. Pero no le saque usted la bolsa ni le diga que ha venido la Guardia Civil, por Dios, que se le sube la tensión y luego llaman al médico.

—Descuida, que solo vengo a estar un rato con ella.

El cuarto de Aurora Benítez daba al patinillo interior de la residencia, donde había cuatro sillas de plástico blanco apiladas y un macetero de piedra con un ficus medio pelado.

Aurora tenía ochenta y seis años y había guisado y fregado en la casa de Eusebio Recio desde que Tomás llevaba pantalones cortos hasta un par de años después de desaparecer Clara.

Estaba sentada en la butaca de escay verde, con una manta de cuadros sobre las piernas flacas y un ejemplar arrugado del Pronto de hacía dos inviernos abierto del revés encima de la falda.

En la mesilla de noche tenía un vaso de plástico con cañita, el pastillero azul de las tomas y un rosario de cuentas blancas al que le faltaba la cruz de la punta.

Puri empujó la puerta despacio y se acercó sin hacer ruido.

—Buenas tardes, Aurora —dijo sentándose en la silla baja de los visitantes y dejando el bolso en el suelo.

La anciana levantó la cabeza poco a poco. Tenía esos ojos aguados de la gente muy vieja que a ratos parecen mirar a través de una cortina de humo y, de golpe, sin avisar, se clavan en una costura como cuando tenían cuarenta años.

—Tú eres la Puri —dijo Aurora mirándole las manos—. La que pone los claveles en el paso.

—La misma, sí, señora.

—Pues este año habéis tardado mucho en pasar por la calle. Llevo toda la mañana esperando a que suene la música y no pasa nadie.

—Es que este año ha habido lío en la plaza, Aurora, y nos hemos quedado en la puerta.

Aurora bajó la vista hacia la revista abierta del revés y pasó el dedo índice lleno de nudos por el borde del papel.

—A mí no me dejaron ir a ver el santo porque había invitados a comer en la casa grande —dijo de repente, cambiando de década sin cambiar el tono de voz—. Cuando vienen los amigos de don Eusebio hay que tener el cabrito en el horno a la una y media y fregar todas las fuentes antes de las cinco.

Puri se quedó muy quieta en la silla, sin abrir el bolso ni enseñarle nada, porque la bolsa ya estaba en la mesa del teniente Castaño.

—¿Te ayudaba Clara en la cocina aquel día, Aurora? —preguntó Puri como si hablaran de la comida del domingo anterior.

La cara de la vieja se frunció un instante.

—La niña de las flores no vale para la cocina —dijo Aurora—.

Se le rompen las copas finas porque quiere fregar muy deprisa para irse a la iglesia contigo.

Ayer mismo se le partió el peine en el lavadero por peinarse a tirones delante del espejo chico, y la señora joven le dijo que parecía una gitana con esos pelos.

A Puri se le encogió el estómago al oír mencionar a «la señora joven» —Mercedes recién casada— y el peine roto que habían visto la tarde anterior dentro de la bolsa de loneta.

—Ella dejó la bolsa debajo de la pila del lavadero para ir luego a las flores conmigo, ¿verdad, Aurora?

—Debajo del fregadero grande, detrás de la cortinilla de hule —asintió la anciana dando golpecitos en el brazo de la butaca—.

Me dijo: «Aurora, guárdame ahí el delantal y las medias, que voy un momento al despacho a que me firme la cuenta don Eusebio y en cuanto ponga las flores con doña Puri vuelvo por la cancela de atrás a recogerlo todo». Pero no vino.

—¿Y tú no preguntaste por qué tardaba?

Aurora dejó de dar golpecitos en el escay y miró hacia la puerta cerrada del pasillo con un recelo antiguo que ni la demencia le había borrado del todo.

—Yo me fui a las seis a mi casa porque tenía a mi marido con la pierna mala —dijo bajando la voz—.

Cuando salí por el patio de los naranjos todavía estaba la niña esperando de pie junto a la puerta del despacho de abajo, con la blusa blanca puesta.

Estaba esperando a don Eusebio… o era al niño Tomás, que ya mandaba mucho cuando venía de Salamanca.

No sé cuál de los dos estaba dentro con las cuentas.

Y por la cochera entraban hombres que venían para la vela de la iglesia.

Puri sintió que le faltaba saliva en la boca.

—¿Se vestían en la casa de don Eusebio antes de bajar a la parroquia, Aurora?

—Cuando tocaba la fiesta de mayo tomaban primero una copa de anís en el patio de atrás, donde no estaban las señoras, y luego ya bajaban por las huertas cuando oscurecía —dijo Aurora, y de pronto hizo una mueca rara con la boca—.

Todos con las manos muy limpias y los zapatos relucientes.

A mí los hombres con las uñas tan limpias entre semana siempre me han dado mala espina, hija.

Mi padre decía que el que no trae tierra en las uñas es porque manda cavar a otro.

Se quedó callada mirando el ficus seco a través del cristal.

—¿Y al día siguiente, cuando volviste a la cocina y viste que seguía allí la bolsa de Clara? —insistió Puri muy despacio.

Aurora se llevó una mano temblorosa al cuello de la bata de felpa, justo donde descansaban las cadenas de las medallas.

—Al día siguiente estaba la cancela del huerto cerrada con candado nuevo y habían baldeado el suelo de la cochera con manguera antes de salir el sol…

—murmuró la vieja, empezando a respirar más corto—.

O fue la mañana que trajeron el cabrito, que me dejaron todo el patio perdido de agua y barro.

Y alguien entró en la cocina antes de que bajara la nuera para decir que la muchacha había cobrado su mes y se había ido en el coche de las seis a Badajoz.

Creo que fue don Eusebio. Yo miré para debajo del fregadero, vi el bulto de la bolsa detrás de la cortina y me callé la boca.

—¿Por qué te callaste, Aurora?

La anciana volvió la cara hacia Puri con los ojos muy abiertos y una lucidez áspera que cortaba el aliento.

—¿Y por qué te callaste tú en la iglesia cuando no fue a poner las flores, Puri?

—le soltó Aurora sin filtro ninguno—. En aquella casa pagaban mil doscientas pesetas más que en las otras y nos daban el aceite del año.

Si abres la boca contra los señores, el domingo siguen ellos sentados en el primer banco de la misa y el lunes el que se queda sin comer en el pueblo eres tú.

Puri bajó la cabeza hacia sus zapatos negros. No tenía nada que contestar a eso, porque era la pura verdad de Dios.