Capítulo 18
«Casa barrida, culpa escondida».
A esa misma hora, Adela subía por la calle Real con una funda de plástico transparente colgada del brazo donde llevaba una americana de tweed marrón de Tomás Recio.
El alcalde la había dejado en la mercería diez días antes de morir para que le cambiaran el forro de los bolsillos interiores y le bajaran medio dedo el largo de la manga derecha.
Estaba terminada y planchada en el perchero del cuarto trasero desde el viernes anterior.
Adela había decidido utilizarla como la manera más limpia de volver a entrar en aquella casa el jueves a mediodía, cuando ya no quedaban visitas de pésame en el salón.
Llamó una sola vez al timbre de bronce. El felpudo de coco estaba recién sacudido y habían fregado los escalones de mármol con lejía; ya no quedaba ni una hoja seca de los centros de flores que el día anterior se habían llevado al cementerio después del entierro.
Abrió la propia Mercedes Lozoya.
Llevaba el pelo recogido en un moño bajo sujeto con una pinza negra y una bata de casa gris abrochada por encima de la falda de luto.
No tenía cara de haberse echado a llorar después del cementerio; tenía la cara pálida y tirante de una mujer que lleva desde las ocho de la mañana vaciando armarios para no sentarse a pensar.
—Adela —dijo al ver la funda de plástico. Por primera vez pareció que algo la cogía con el paso cambiado—. Ni me acordaba de que Tomás tenía esa chaqueta en tu tienda.
—La trajo el jueves de hace dos semanas —dijo Adela entregándole la percha—. No corre ninguna prisa la cuenta, Mercedes, faltaría más, pero no quería tenerla colgada allí detrás con las cosas de los clientes.
—Has hecho bien. Pasa un momento, no te quedes en el escalón.
En el recibidor habían quitado ya la bandeja de las tarjetas de visita y habían descolgado de la pared dos cuadros pequeños que estaban el martes junto al espejo: la foto de Tomás recibiendo el bastón de alcalde de manos del presidente provincial y otra en la que salía cenando en la caseta de feria con Hilario Santos y tres directivos de la cooperativa.
Quedaban en el estuco pintado dos cuadrados más claros y las alcayatas doradas vacías.
—Veo que estás recogiendo —comentó Adela sin disimular que miraba los huecos de la pared.
—Si no quito yo las fotos del Ayuntamiento hoy, se quedan ahí diez años cogiendo polvo y todo el que entra por esa puerta se cree con derecho a hablarme de política —contestó Mercedes colgando la funda en el perchero de la entrada sin mirar siquiera cómo había quedado la manga.
Del fondo del pasillo, donde estaba el despacho de Tomás con las puertas abiertas de par en par, salía ruido de cartones arrastrados y de anillas metálicas abriéndose de golpe.
Borja apareció en mangas de camisa cargando una pila de carpetas verdes vacías, con los lomos de tela rotos de haberles arrancado el contenido de cuajo.
El juez había ordenado precintar el despacho oficial de la alcaldía en el Ayuntamiento el mismo domingo, pero en la vivienda particular la Guardia Civil solo había pedido autorización el lunes para revisar el ordenador y la agenda de bolsillo de Tomás.
Las cajas particulares seguían allí, en manos de la familia.
Al ver a Adela en el recibidor, el muchacho se detuvo en seco junto a la puerta del salón, acordándose claramente del encuentro de la tarde anterior con Puri y Rufina en el callejón del Pozo.
—Hola, doña Adela.
—Buenos días, Borja.
—Mamá, las carpetas de las antiguas juntas de Valdelobos que estaban en el altillo de la librería, ¿las meto también en las cajas para la cochera de abajo o las dejo aquí por si viene el abogado de Hilario? —preguntó el chico intentando parecer normal.
—Lo que tenga el membrete de mi suegro va todo a las cajas del trastero, Borja. Y no me saques más papeles al pasillo mientras haya gente en casa —dijo Mercedes sin levantar la voz, pero con una sequedad que hizo que el chico se metiera otra vez dentro del despacho.
Mercedes acompañó a Adela hasta la salita de estar contigua al despacho, no al salón grande del martes.
Encima de la mesa camilla había una bandeja con una cafetera termo, dos tazas dadas la vuelta y un cenicero de cristal limpio.
Al pie del aparador, junto a la puerta que comunicaba con el despacho de Tomás, habían dejado una bolsa grande de basura negra llena hasta arriba de papel triturado que abultaba como un cojín de lana, y al lado, en una papelera de rejilla metálica, asomaban los cartones duros que no cabían por la ranura de la máquina: tres tapas de cuadernos contables antiguos forradas en hule negro y dos carpetas de cartón gris, del mismo modelo de gomas en las esquinas que la que don Julián guardaba en el cajón bajo del cuarto viejo, pero atadas además con una cinta morada como las de la cofradía.
Adela no necesitó acercarse a leer ninguna tira de papel picado: aquellas tapas grises con los restos de cinta morada cortada a tijera en el lomo hablaban el mismo idioma que el archivo parroquial.
En ese momento sonó el teléfono fijo sobre la mesita del rincón.
Mercedes ni alargó la mano. Dejó que diera cuatro timbrazos largos hasta que saltó el contestador automático y la voz de Hilario Santos llenó la salita con un eco metálico:
—Mercedes, soy yo otra vez. Haz el favor de coger el teléfono si estás ahí.
Me acaban de decir en el Ayuntamiento que el teniente ha pedido al juzgado los libros de socios de mil novecientos noventa y uno de Valdelobos.
Como Borja lleve a la cochera o entregue en el cuartel los resguardos que tenía guardados Tomás en la carpeta de tu suegro, nos hundimos todos, empezando por tu hijo. Llámame en cuanto me oigas.
Se cortó la comunicación con un pitido.
En la salita no se movió ni una mosca durante tres segundos. Adela mantuvo el bolso sobre las rodillas, sin fingir que estaba sorda, porque fingir que no había oído aquello a dos metros del aparato habría sido insultar la inteligencia de las dos.
Mercedes se sentó despacio en la silla de enfrente y apoyó las manos entrelazadas sobre el tapete de la mesa camilla.
—Ya lo has oído —dijo Mercedes mirándola de frente—. Lleva desde ayer a las siete de la mañana llamando cada dos horas. Se cree que porque Tomás hiciera negocios con él veinte años tiene mando en mi casa.
—Parece muy asustado por lo que pueda encontrar el teniente en los papeles de mil novecientos noventa —dijo Adela con su tono tranquilo de medir encajes.
—Hilario siempre ha sido un cobarde con voz de capataz —repuso Mercedes—. Cuando las cosas daban dinero en el campo, el listo era él; en cuanto huele a Guardia Civil, la culpa es de los muertos.
Dentro del despacho se oyó a Borja abrir el cajón de abajo del escritorio grande —uno que tenía la madera hinchada y sonó con un quejido— y acercarse a la puerta de comunicación entre las dos piezas.
—Mamá, ¿esta también va a la caja de la cochera? —preguntó el muchacho asomando la mano por la puerta con una llave pequeña de hierro con una anilla de cobre—. Tiene una chapita que pone «Archivo S. R.».
Mercedes cerró los ojos medio segundo, se levantó de la silla con una brusquedad impropia de ella al ver que Adela estaba mirando la llave y se la quitó a su hijo de la mano metiéndosela en el bolsillo de la bata.
—Esa llave es de la cancela vieja del huerto de arriba, Borja —dijo Mercedes con la voz tensa—. Sube a tu cuarto a cambiarte de camisa, que a la una tenemos que estar en la notaría y no quiero llegar tarde.
Cuando los pasos del chico subieron por la escalera del piso alto, Mercedes no volvió a sentarse. Se quedó de pie junto al aparador, dando la espalda a la papelera donde asomaban las tapas grises de las cintas moradas, y miró a Adela con un cansancio duro y sin barniz.
—Ayer por la tarde Puri y Rufina estaban apostadas en el callejón del Pozo mirando mi cochera —dijo Mercedes sin rodeos—. Y hoy vienes tú a las doce en punto con una chaqueta que te dejó Tomás hace dos semanas. No me tomes por tonta, Adela, que me conoces desde que llegué a este pueblo a casarme.
—No te tomo por tonta, Mercedes —contestó Adela levantándose también con el bolso en el antebrazo—.
Pero ayer apareció la bolsa con la ropa de Clara Valverde que se quedó en esta casa en mayo del noventa, y ayer por la tarde se la entregamos al teniente Castaño.
La historia de que esa muchacha se fue a Badajoz por su pie ya no se sostiene por ningún lado.
Mercedes no abrió la boca del asombro al oír lo de la bolsa; solo apretó un poco más el borde del bolsillo donde llevaba la llave de hierro.
—¿Y qué te crees que vas a arreglar tú tirando de la manta de hace treinta y seis años, Adela? —preguntó Mercedes—. ¿Te crees que porque tu marido no saliera en las fotos con una túnica morada no sabía lo que firmaba en la notaría aquel otoño?
Adela sintió que el suelo de baldosas se enfriaba debajo de sus zapatos, pero no movió ni un músculo de la cara.
—Arturo daba fe pública de las escrituras que le traían tus suegros e Hilario con arreglo a la ley —dijo Adela con la voz muy quieta.
—Arturo fue a cenar a esta misma mesa con mi suegro Eusebio y con Hilario la noche antes de redactar la sociedad de Valdelobos —le soltó Mercedes mirándola fijo a los ojos, sin crueldad pero sin misericordia—.
Yo estaba recién casada y les serví el café en el salón grande.
Y cuando mi suegro le dijo que había que arreglar también lo de la casa del Pozo para el sacristán sin que figurara dinero por medio, tu marido se quitó las gafas, miró los papeles y dijo que lo haría en dos escrituras distintas y con tres semanas de diferencia para que nadie que mirara el registro juntara la tierra con la iglesia.
Por eso te guardó las copias en tu casa cuando se puso enfermo, Adela: no porque fuera un distraído, sino porque le pesaban lo mismo que nos pesan a los demás.
El reloj de pared del pasillo dio la media con una campanada.
Adela sostuvo la mirada de Mercedes. No le tembló la mano sobre el cierre del bolso, ni buscó ninguna réplica educada para defenderse, porque no tenía manera de saber si aquella mujer le estaba diciendo la verdad o si estaba mezclando una cena del otoño del noventa con su propio miedo para cerrarle la boca.
Se acordó de repente de Arturo en su último invierno de vida, sentado en camisón a las tres de la mañana frente a la estufa del cuarto de costura con aquellas carpetas amarillas de 1990 abiertas sobre las rodillas.
Hasta hacía cinco minutos había creído que su marido las revisaba porque empezaba a perder la cabeza; ahora ya no sabía si las miraba por despiste o por remordimiento.
—Si tu suegro e Hilario hicieron aquello en el noventa y mi marido miró hacia otro lado en los papeles, cada uno responderá de lo suyo, Mercedes —dijo Adela por fin, con una voz que le sonó extraña hasta a ella misma—.
Pero a Tomás no lo mataron en mil novecientos noventa.
Lo mataron este domingo por la mañana. Y tú estás triturando las carpetas de tu suegro y mandando a tu hijo a esconder las llaves de la iglesia antes de que entre el juez.
—Yo estoy quitando del medio la basura de dos viejos muertos para que Hilario Santos no utilice lo que pasó antes de nacer Borja para chantajear a mi hijo —respondió Mercedes acompañándola ya hacia la puerta del recibidor—.
Tú no tuviste hijos, Adela. Tú puedes permitirte el lujo de querer que salga toda la verdad aunque se caiga el techo de la casa. Yo no.
Abrió la puerta de la calle dejando entrar el sol blanco del mediodía.
Adela cruzó el umbral sin ponerse los guantes y bajó los tres escalones de mármol despacio.
Cuando llegó a la esquina del naranjo amargo no sacó la libreta negra para apuntar nada.
Salía sin saber si Mercedes Lozoya estaba destruyendo papeles solo para salvar el patrimonio de su hijo o para tapar algo peor ocurrido el fin de semana, pero por primera vez desde que Puri la llamó desde la sacristía, a Adela le daba más miedo abrir la caja fuerte de su propia mercería que el despacho de los Recio.