Capítulo 17
«En el bar se sabe antes que en el juzgado».
Aquella noche Tina cenó un yogur de pie frente a la encimera de la cocina para no tener que sentarse a la mesa y darle la espalda a la puerta del frigorífico.
Había dejado la agenda granate de su suegro guardada en la mercería de Adela, pero daba lo mismo: se sabía de memoria la forma redonda que le hacía Mateo a la letra M de Mérida y el rabito largo con que cerraba los ceros.
Llevaba treinta años mirando esa misma letra en las notas de la compra («Tina, compra bombillas de rosca gorda», «Tina, he dejado el coche en el lavado») y en las felicitaciones de los aniversarios.
Despegó un momento el imán de la marisquería de Matalascañas, cogió la fotografía de Mateo con su camisa de cuadros y su vaso de cerveza y la miró de cerca debajo del tubo fluorescente.
—¿De quién era la lona que quemasteis el miércoles después de la fiesta, Mateo? —le preguntó bajito al papel satinado—. ¿Y por qué no me dijiste nunca que don Eusebio os había pagado el préstamo del banco en billetes?
El hombre de la foto siguió riéndose con el sol de la playa en la cara. Tina volvió a poner el imán en su sitio, aunque dejó la foto un poco más abajo, donde no la viera nada más entrar por la mañana a poner la cafetera.
Por eso el jueves a las once, cuando se juntó con Rufina en la esquina de los soportales para entrar en El Candil, Tina no llevaba ganas de hacer chistes sobre el café ni sobre el delantal de Paco.
Tenía ojeras debajo del maquillaje y llevaba el móvil metido en el fondo del bolso con el sonido quitado.
En el bar había a esa hora media docena de clientes repartidos entre la barra y las mesas de formica.
El televisor seguía encendido sin voz encima de las botellas de anís, dando imágenes de una inundación en Valencia, y la cafetera grande resoplaba vapor cada vez que Paco cargaba el cacillo.
Sobre la pared del lateral, encajado entre un cartel viejo de una corrida de rejones en Zafra y el almanaque de piensos compuestos, colgaba el espejo largo y estrecho que habían puesto hacía cuarenta años para que el local pareciera más ancho.
Desde que entraron por la puerta de aluminio, tres hombres que hablaban junto al grifo de la cerveza bajaron la voz y se pusieron a mirar las tapas de la vitrina.
—Buenos días —dijo Rufina apoyando los codos en la esquina del mostrador más apartada de las mesas.
Nadie contestó salvo Florencio, un jubilado de la cooperativa que estaba sentado solo junto a la ventana con un chato de vino y un plato de aceitunas partidas, y que movió la boina sin abrir la boca.
Paco el Mudo dejó de secar vasos, se acercó despacio hasta ellas arrastrando un poco la pierna mala y puso dos posavasos de cartón sobre el cinc.
Tenía sesenta y tantos años, los dedos gruesos de partir hielo y aquella cicatriz blanca atravesándole la garganta desde que un cable de acero le dio un latigazo descargando troncos en la sierra cuando era mozo y hubo que operarle del cuello de urgencia.
Hablaba poco porque cada frase le salía como si rascara lija contra una piedra, y porque detrás de una barra se ganaba más dinero escuchando que dando conversación.
—Dos cafés con leche templados, Paco —pidió Tina sin sacar el teléfono.
Paco las miró de una en una con aquellos ojos pequeños y quietos que no decían nunca si estaba de buenas o de malas.
—Ayer estuvo aquí el guardia —rascó con su media voz rota mientras ponía los vasos debajo de los chorros—. Y luego viniste tú sola.
—Y hoy vengo con ella —contestó Rufina sin bajar la voz, aunque lo justo para que no llegara a la mesa de Florencio—. Porque ayer a Serrano le dijiste solo la mitad para que te dejara fregar la cocina en paz.
Paco apagó el vapor de un golpe y les plantó los dos vasos de cristal delante.
—Le dije lo que vi. Yo no me meto en líos de muertos.
—A Serrano le dijiste que en el vídeo de Tina estabas mirando para la puerta de la iglesia porque viste pasar un abrigo oscuro hacia el callejón cuando la banda repitió la marcha —dijo Rufina echando el azúcar sin remover—.
Pero no le dijiste qué hacías tú a las doce y cuarto asomado a la puerta con la bandeja vacía en vez de estar tirando cervezas, ni por qué no mirabas a la calle directamente, sino aquí dentro.
Rufina señaló con la barbilla el espejo estrecho de la pared.
Tina se movió medio paso hacia el taburete de la esquina y miró el cristal azogado.
Desde aquel punto exacto de la barra, por el hueco que dejaban la máquina tragaperras y el marco de la puerta abierta, el espejo recogía al sesgo la calleja de la iglesia entera: la puerta chica, la tapia del patio al fondo y la boca misma del callejón del Pozo.
Si uno miraba desde fuera del bar, parecía que el camarero estaba mirando el interior de su local; en realidad, tenía controlada toda la esquina trasera sin sacar la cabeza al sol.
Paco apretó el trapo gris entre los dedos.
—Mirar mi espejo no es delito.
—Mirar el espejo no —dijo Rufina—. Pero esperar a que todo el pueblo esté entretenido con el santo para que Fermín, el sobrino del sacristán viejo, te descargue por la puerta del callejón tres cajas de tabaco de contrabando y seis garrafas de orujo sin sello en la furgoneta del Ayuntamiento, eso sí que le iba a gustar mucho a Serrano si se lo cuento yo esta tarde.
Tina abrió los ojos mirándola de lado. Rufina no se había inventado el farol: todo San Román sabía de dónde salían los cartones de rubio barato que Paco vendía por debajo del mostrador a los hombres del campo, y el marido de Rufina había hecho la vista gorda con aquello veinte veces a cambio de que el tabernero le avisara cuando entraban forasteros con mala pinta.
Paco no negó lo del tabaco ni levantó las manos. Miró de reojo hacia la mesa donde Florencio fingía leer el periódico deportivo del día anterior con las hojas puestas del revés.
—Fermín no vino el domingo —murmuró Paco pegando el pecho a la barra para que el roce de su garganta no pasara del cinc—.
Quedamos a las doce menos cuarto en la reja de atrás y me dejó tirado con la puerta del almacén abierta.
Por eso salí a mirar al espejo cada cinco minutos, a ver si asomaba la furgoneta blanca por el Pozo.
Tina sintió un pequeño vuelco en el estómago al oír mencionar al sobrino del sacristán —el mismo del pastor alemán de WhatsApp— faltando a una cita a las doce menos cuarto del domingo, justo en la franja en que Tomás Recio ya estaba muerto.
—¿Y en vez de la furgoneta qué viste en la boca del callejón, Paco? —preguntó Rufina sin soltarlo.
Paco cogió el bloc pequeño de apuntar las rondas que tenía junto a la caja registradora y un bolígrafo mordido por el capuchón, como hacía siempre que tenía clientela cerca y no quería forzar el gaznate ni que le leyeran los labios desde las mesas.
No escribió acertijos; trazó con letra torpe de carpintero tres apuntes cortos en la esquina de abajo del papel:
11:50 — Coche gris parado al fondo del Pozo (no es del pueblo).
12:15 — Entra uno rápido por la puerta chica iglesia (chaqueta oscura).
Después guardias — sale coche gris por las huertas.
Tina leyó el papel al revés desde su lado de la barra.
—¿El que entró rápido a las doce y cuarto por la puerta chica bajó de ese coche gris? —preguntó Tina muy bajito.
Paco negó con la cabeza y dio dos golpecitos con la punta del bolígrafo sobre la segunda línea.
—Ese vino a pie desde la esquina de los soportales de atrás, pegado a la sombra —graznó Paco casi sin aire—.
Cuando oyó que la banda se paraba y empezaba otra vez la música.
Se coló por la puerta chica y, antes de que pasara un minuto, vi cruzar a tu amiga Puri desde la plaza y meterse por esa misma puerta detrás de él.
Rufina frunció el ceño mirando los tres renglones del bloc.
—Espera un momento, Paco. Si el del abrigo oscuro entró a las doce y cuarto desde la plaza, cuando Tomás ya tenía que llevar un buen rato muerto ahí dentro… ¿quién estaba en el coche gris del callejón a las once y cincuenta?
Paco arrancó la hojita del bloc, la rompió en cuatro cachos menudos con las dos manos y los echó dentro del cubo de los posos del café, encima del serrín mojado, para que no quedara ni rastro.
—En el callejón hubo gente antes y gente después —dijo el tabernero—.
A las once y media, cuando abrí el postigo de mi almacén para sacar los cascos vacíos, la puerta verde del patio de los curas ya estaba entornada sin echar el cerrojo.
Y el que entró a las doce y cuarto por el lateral no iba cargando ningún bulto: llevaba las manos en los bolsillos.
Se dio media vuelta hacia el fregadero dando por terminada la consulta.
En ese momento, una mujer que estaba al fondo pagando una botella de casera —Ángeles, la prima segunda de los Morales— pasó por detrás del taburete de Tina y se detuvo medio segundo mirándole el bolso.
—Oye, Tina, hija, ten cuidado con lo que vas grabando con el teléfono en las fiestas —le soltó con esa sonrisa falsa de vecina que viene a darte un consejo por tu bien—. Que luego pasa lo que pasa y andan los guardias llamando a las casas de la gente honrada por culpa de cuatro chismorreos.
Tina, que llevaba desde la noche anterior con la agenda de Mateo atravesada en el pecho y no estaba para bromas, se giró en el taburete tan deprisa que casi tira la cucharilla.
—Mira, Ángeles, yo con mi teléfono grabo al santo y grabo la calle, que es de todos —le contestó sin gritar, pero con una voz tan seca que hasta Florencio levantó la cabeza del periódico—.
Y si a alguien de tu casa le molesta salir andando por la plaza a las doce del mediodía, que no salga o que vaya por donde no dé el sol.
—Yo lo digo porque como dicen que ya te han llamado dos veces al cuartel… —dijo la otra encogiéndose de hombros y saliendo hacia los soportales sin esperar respuesta.
Cuando la puerta de aluminio se cerró, Florencio dio un sorbo a su vino desde la ventana.
—La gente habla por no callar, Rufina —dijo el viejo mirando al plato de aceitunas—. Pero en la cooperativa ya sabe todo el mundo que ayer por la mañana la Guardia Civil estuvo preguntando en la gasolinera por la furgoneta de Andrés Valverde.
Rufina dejó una moneda de dos euros sobre el cinc y le hizo una seña a Tina para salir.
Fuera, bajo el soportal de piedra, el sol de mediodía caía plano sobre la fachada lateral de San Román Mártir. Tina se abrochó la rebeca mirándola con desconcierto.
—Me he quedado peor que antes de entrar, Rufina —reconoció Tina en voz baja mientras caminaban hacia la mercería—.
Yo pensaba que el bulto de mi vídeo era el que había dejado a Tomás en la silla.
Pero si a las once y media Paco ya vio la puerta verde del patio abierta y un coche forastero esperando atrás, y luego a las doce y cuarto entró otro distinto por el lateral con las manos vacías…
¿cuánta gente entró el domingo en esa sacristía?
—No sé cuántos entraron, Tina —dijo Rufina—. Lo que sé es que Paco se lo ha guardado todo hasta que le hemos tocado el bolsillo.