La procesión no espera (Agencia Santa Rita 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

«Llave vieja no abre sola».

A las seis y media de la tarde del miércoles, Rufina y Puri dieron un rodeo por las traseras de la iglesia sin pasar por la plaza.

Aquel mediodía, medio pueblo —ellas cuatro incluidas, en el último banco y sin abrir la boca— había acompañado al cementerio el féretro de Tomás Recio, una vez que el juzgado de Mérida autorizó por fin el entierro.

La bolsa de Clara ya estaba en el cuartel, y Adela y Tina se habían quedado en la mercería pasando a limpio las fechas de la agenda del taller por si al día siguiente no les quedaba más remedio que entregarla también.

No iban a entrar en el templo —entre la reprimenda de Castaño y el funeral ya habían tenido bastante iglesia por un miércoles—, sino a mirar desde fuera cómo se comunicaba el callejón del Pozo con la puerta verde del patio parroquial y con la casa que le habían cedido en el noventa al antiguo sacristán.

Puri no había olvidado que, la tarde anterior, Mercedes había mandado a Borja llevar las bolsas y los trastos viejos del abuelo «a la cochera de atrás».

Querían comprobar si se refería precisamente a la cochera de aquella casa, contigua al patio de la iglesia.

El callejón del Pozo hacía un codo estrecho detrás del ábside, entre el tapial alto de ladrillo visto del patio de los curas y las paredes traseras de tres casas bajas con corral.

A esa hora ya no daba el sol allí abajo y el empedrado tenía rodales verdes de verdín junto a los canalones y hojas secas de la higuera que asomaba por encima del muro.

—Como asome el guardia del coche patrulla por la esquina y nos vea aquí paradas mirando las tapias, esta noche cenamos en el cuartel, Rufina —dijo Puri subiéndose el cuello del abrigo porque corría un aire helado por el callejón.

—El guardia está en la puerta delantera tomando café en un vaso de cartón, que lo acabo de ver desde la farmacia —contestó Rufina sin detenerse—. Y nosotras vamos por la calle pública camino de tu casa. Todavía no han puesto multa en España por mirar una puerta verde al pasar.

Se pararon a dos metros de la puerta verde del patio de la iglesia, la que daba acceso directo al corredor del cuarto viejo sin pisar la nave central.

Era una hoja de madera maciza pintada de verde oscuro, comida por abajo de la humedad de las lluvias, con un cerrojo moderno arriba que solo se abría desde dentro y, a media altura, el escudo de hierro oxidado de una cerradura antigua de gorjas.

Rufina no sacó ninguna linterna ni metió horquillas en el ojo de la llave como en las películas de ladrones; le bastó con agacharse un segundo como si se fuera a atar el cordón de la bota para mirar de cerca el escalón de granito y el canto de la madera.

Los de la Policía Judicial ya habían estado allí el día anterior: se veía el rastro de polvo negro de huellas alrededor de la chapa de hierro y dos etiquetas pequeñas de papel pegadas en el marco con números escritos a rotulador.

Pero debajo del escalón, metido en la junta de cemento donde no llegaba la escoba, quedaba un pegote seco de barro blanquecino mezclado con cascarilla marrón que recordaba al barrillo de los patios de orujo, aunque a simple vista podía venir de cualquier obra.

—Castaño ya ha visto esta puerta —dijo Rufina enderezándose con las manos en los bolsillos—.

Tienen marcado el marco y han raspado el escalón.

Ese barrillo blanco se parece al que queda detrás de las naves de la cooperativa, Puri, pero cualquiera sabe si lo trajo en los zapatos el propio Tomás cuando entró antes de la procesión o alguien que vino detrás con una llave vieja.

Puri miró hacia el principio del callejón, por donde asomaba a lo lejos la esquina de El Candil.

—¿Y el bulto oscuro que sale en el vídeo de Tina a las doce y dieciséis al fondo de la calleja? —preguntó Puri confundida—. Si alguien pudo entrar por detrás antes de las doce, ¿quién era el que andaba pegado a esta tapia cuando ya estaba parada la procesión?

—Alguien que llegó tarde —dijo Rufina—. O alguien que venía desde la plaza a mirar si ya lo habían encontrado. Pero no sabemos si ese bulto entró, ni si la puerta de atrás se abrió a otra hora. Para eso está Castaño, que ya ha tenido más paciencia con nosotras de la que yo habría tenido.

Caminaron diez pasos más callejón abajo hasta llegar a la cancela de hierro de la casa número seis, la que quedaba pared con pared con el patio de la iglesia.

Era la vivienda cuyo usufructo vitalicio habían cedido a Matías Rivas, el antiguo sacristán, en el otoño de 1990.

Cuando el viejo murió, ocho años atrás, el usufructo se extinguió y la propiedad plena quedó en manos de los herederos de Eusebio Recio.

La casa no estaba habitada de continuo, pero la familia permitía que el sobrino del sacristán —Fermín, el del perro pastor alemán y la furgoneta de mantenimiento del Ayuntamiento— usara el patio delantero y la cochera baja para guardar sacos de cemento municipal, vallas de obras, cajas de herramientas y los trastos que sobraban de las fiestas, a cambio de cuidar el inmueble.

La persiana de la planta baja estaba echada, pero la cancela del patinillo tenía el candado abierto colgando de un eslabón.

A través de los barrotes se veía un limonero medio seco, una pila de adoquines y, colgada en la pared de cal debajo del tejadillo, una caja de madera abierta de las de colgar llaves, con seis o siete alcayatas vacías y un solo llavero con etiqueta roja de plástico.

—Mira qué ordenado tiene el sobrino el almacén del Ayuntamiento —murmuró Rufina acercando la cara a la reja sin tocar el hierro.

—Vámonos de aquí, Rufina, que ese muchacho tiene muy mal pronto y como salga con el perro nos da la tarde —pidió Puri tirándole un poco de la manga del abrigo.

No salió el sobrino del sacristán.

El que apareció doblando el codo de la calleja desde la parte baja de las huertas, andando deprisa y mirando el teléfono móvil que llevaba en la mano izquierda, fue Borja Recio.

El hijo de Mercedes venía sin la chaqueta oscura del entierro; se había puesto un chaleco acolchado encima de la camisa blanca y traía en la mano derecha un manojo de llaves en una anilla grande —tres o cuatro modernas y un disco de plástico rojo del Ayuntamiento—, entre las que destacaba una llave larga de hierro negro igualita a la que don Julián usaba para el cuarto viejo.

Al levantar la vista de la pantalla y toparse de frente con Rufina y con Puri a tres metros de la cancela del sacristán, el chico pegó un frenazo en seco sobre el verdín y metió instintivamente la mano de las llaves dentro del bolsillo del chaleco.

El hierro sonó contra las monedas con un tintineo claro en el silencio del callejón.

—Buenas tardes, Borja —dijo Puri como si se lo hubiera encontrado en la cola del pan—. ¿Vas para la iglesia a hablar con don Julián?

Borja tenía las orejas encarnadas del frío o del susto. Miró primero la puerta verde del patio parroquial y luego la cancela entreabierta de la casa del sacristán.

—Buenas tardes, doña Puri. No… venía dando una vuelta por aquí atrás para despejarme un poco, que en mi casa no se puede ni respirar de la gente que hay.

—Un sitio muy alegre para despejarse, sí —dijo Rufina mirándole el bulto del bolsillo derecho del chaleco—. Y además sin barro en los zapatos. Oye, Borja, ¿tu madre ha encontrado ya las llaves del arcón que andaba buscando ayer por toda la casa, o eran esas que llevas ahí?

El muchacho tragó saliva con tanta fuerza que se le movió la nuez arriba y abajo. No tenía la frialdad de su madre ni el colmillo retorcido de su padre; era un chaval de veinticuatro años al que le habían echado encima un muerto y media docena de recados sucios que le venían grandes.

—Son llaves viejas de la cochera de mi abuelo que me ha mandado mi madre tirar o guardar en el almacén —balbuceó Borja dando medio paso de lado para rebasarlas hacia la plaza—. Me voy para arriba, que va a llegar Hilario otra vez y no quiero dejar a mi madre sola. Buenas tardes.

Apretó el paso callejón arriba y dobló la esquina de El Candil casi trotando, sin haber entrado ni en la iglesia ni en el patio del sacristán, hacia donde a Puri le había parecido que se dirigía antes de encontrarlas a ellas.

Puri y Rufina se quedaron solas otra vez frente a la tapia de ladrillo. Arriba, en el campanario de San Román Mártir, el reloj dio una sola campanada marcando las siete menos cuarto.

—Ese chiquillo no venía a tomar el aire —dijo Puri.

—Ayer tu amiga Mercedes decía que los trastos del abuelo tenían que ir a la cochera de atrás —dijo Rufina sacando el móvil del bolsillo para llamar a Adela—. Pues el chico se ha venido con las llaves aquí mismo.

Puri miró la puerta verde desconchada del patio parroquial y luego la cancela de los Rivas.

—Si esas llaves seguían en casa de los Recio, cualquiera que entrara en el despacho de Tomás el sábado o el domingo pudo cogerlas —dijo bajito—. Pero tampoco sabemos si son las del cuarto viejo.

Rufina se detuvo con el teléfono ya marcando el número de la mercería.

—No sé si ese muchacho venía a esconder llaves que estaban en el despacho de su padre o a sacar algo que guardaban en esa cochera desde que murió el sacristán, Puri. Pero como su madre nos haya visto por aquí detrás, mañana nos cierra hasta el saludo.