Capítulo 15 #2
Puri sintió que se le ponía un nudo en la garganta que no la dejaba tragar.
Conocía aquellas bolsas de loneta: las llevaban todas las muchachas que entraban a servir por el día en las casas grandes para guardar el delantal de muda, las zapatillas de paño y las cosas de aseo personal en el cuarto de la plancha.
—Ábrela tú, Puri —dijo Adela apartando las manos.
Puri se puso un pañuelo de papel entre los dedos para no pensar en el teniente Castaño y tiró del cordón reseco.
Dentro no había joyas, ni cartas con nombres de asesinos, ni nada que sirviera para que un juez metiera a nadie en la cárcel al día siguiente.
Había un delantal de rayas grises doblado en cuatro con una mancha vieja de aceite en la falda; unas medias de espuma remendadas en el talón; media pastilla de jabón de olor envuelta en papel de periódico del mes de mayo del noventa; un peine de concha barata al que le faltaban dos púas en el medio, y una libretita de hule sin tapas, más chica que la palma de la mano.
Tina se acercó despacio a la mesa y miró el peine roto y las medias zurcidas.
—En el papel del cuartel pusieron que se había marchado por su voluntad —dijo Tina muy bajito—. Ninguna mujer de diecinueve años se marcha a buscarse la vida a la capital y se deja atrás las medias limpias y el jabón.
Puri cogió el delantal por los picos y lo abrió un poco sobre la mesa. Del bolsillo delantero cayeron rodando una moneda grande de veinticinco pesetas, de las plateadas con la corona detrás, y una hojita arrancada de la libreta pequeña, doblada dos veces.
Adela la abrió con la punta del lápiz. Tenía escrita una sola línea con aquella letra apretada e impaciente de Clara:
Martes: recoger cuenta señora y después flores doña Puri.
Puri se dejó caer sentada en la silla baja de las clientas y se tapó la boca con las dos manos. No lloró a gritos, pero los hombros se le encogieron hacia delante como si le hubieran echado encima un saco de trigo.
—Iba a venir a verme —dijo Puri entre los dedos—. Yo estuve aquel martes en la iglesia hasta las siete cambiando los claveles del paso chico, y como no venía pensé que se habría entretenido con algún novio en la feria y me fui a mi casa tan tranquila.
—Tú no podías adivinar lo que pasaba en aquella casa, Puri —dijo Rufina acercándose a ponerle la mano en la espalda, torpe pero firme.
—Sí que podía haber preguntado el miércoles por qué no vino —contestó Puri secándose los ojos de un manotazo con el pico del delantal—. Pero como dijeron en la plaza que se había ido en el coche de línea, me vino muy bien creérmelo para no tener problemas con doña Carmen la de Recio.
Nieves miraba el reloj de pulsera cada diez segundos desde la cortina.
—Doña Adela, yo me tengo que volver ya, que a las seis damos las meriendas y si ven que falta la bolsa en el cuarto de la basura me van a preguntar a mí. ¿Qué hago? ¿Se la llevan ustedes al teniente?
Las cuatro viudas se miraron.
Aquella misma mañana, Castaño les había advertido en el archivo parroquial que, como volvieran a tocar o retener un objeto relacionado con el caso antes de avisar al puesto, daría parte al juzgado de instrucción.
—Si Nieves entrega ahora esta bolsa en el cuartel, esta misma tarde irán a interrogar a Aurora delante de la directora —dijo Rufina—. Se enterarán de quién la ha sacado del armario.
—No, por Dios, que llevo seis meses de contrato temporal y mi madre depende de lo que yo meto en casa —dijo la chica poniéndose blanca.
—La guardamos aquí hasta que sepamos cómo llevarla —propuso Puri, que seguía con los ojos rojos—. No vamos a dejar que la muchacha pierda el trabajo por habernos traído las cosas de Clara.
—No vamos a esconder una prueba ni veinticuatro horas, Puri —cortó Adela—. Esta mañana he dado mi palabra en el archivo de que no volveríamos a interferir, y no voy a acabar en el juzgado por encubrimiento.
—¡Si vas hoy al cuartel con eso, mañana a las ocho está Nieves en la calle! —saltó Puri poniéndose delante de la mesa—. ¿Te parece bonito pagarle así que haya venido a nosotras?
Discutieron durante cinco minutos tensos hasta que Adela aceptó una única concesión contra su propio criterio: llevarían la bolsa al cuartel aquella misma tarde, antes de que acabara el turno, y declararían que Aurora se la había dado en mano a Puri durante una visita a la residencia.
Mentirían sobre quién había encontrado la bolsa, pero no la retendrían hasta el día siguiente.
—Esta tarde, y ni un minuto más —precisó Adela. Guardó la bolsa de loneta dentro de una caja de cartón de sombreros limpia y le puso la tapa encima.
—Nieves —le preguntó Puri antes de que la chica abriera la puerta del callejón—. Cuando Aurora se agarró hoy al carro de la limpieza, ¿dijo algo más aparte de lo del peine?
Nieves se paró con la mano en el picaporte haciendo memoria.
—Dijo lo mismo que el otro día, lo de que las criadas no salían por la puerta de los señores —recordó la chica—.
Bueno, y cuando la senté en la butaca para darle el agua me agarró de la bata y me dijo: «Dile a la señora joven que cierre con llave la cancela del huerto, que han entrado por detrás con la furgoneta».
Tina, que estaba junto a la mesa de planchar, levantó la cabeza tan rápido que le crujió el cuello.
La furgoneta.
No dijo nada delante de Nieves. Esperó a que la auxiliar saliera al callejón y a que Adela echara el cerrojo por dentro para volverse hacia sus tres amigas con los ojos fijos en la caja de sombreros.
—La señora joven en el año noventa era Mercedes —dijo Tina con un hilo de voz—.
Acababa de casarse con Tomás. Pero en nuestro taller no había ninguna furgoneta con lona, Adela.
¿De quién era el vehículo que limpiaron mi suegro y Mateo a puerta cerrada el día después de desaparecer Clara, y por qué en octubre achatarraron también la nuestra?