La procesión no espera (Agencia Santa Rita 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

«Mentira pequeña cría sombra grande».

El trastero del patio de Tina seguía oliendo a las manos de Mateo: a disolvente de pintura, a serrín de limpiar grasa y a los cigarros rubios que se fumaba a escondidas sentado en el escalón cuando ella le reñía por el colesterol.

Tina tuvo que empujar dos veces la puerta de chapa verde porque el marco se hinchaba con las primeras humedades del otoño.

No había entrado allí desde el mes de marzo en que metió las mantas eléctricas en sus bolsas de plástico.

Adela y Puri se quedaron en el umbral del patio, debajo del parral seco, para no quitarle la poca luz que entraba por la puerta, mientras Tina tiraba de la cadenita de la bombilla y apartaba una bicicleta estática oxidada que no había usado en diez años.

Debajo de la estantería de los botes de pintura estaban las dos cajas de lata de galletas industriales donde su marido había metido los libros del taller viejo de la calle Honda cuando se jubiló su padre.

—¿Quieres que la saque yo, Tina? —le preguntó Puri desde fuera viendo que se quedaba parada frente al estante.

—Que no, mujer, que no soy de mazapán —dijo Tina con la voz un poco ronca, agachándose de rodillas sobre el cemento con un crujido seco y tirando de la primera caja hacia la luz.

No encontraron ninguna factura millonaria a nombre de Eusebio Recio, ni ninguna carta confesando nada. La vida real en los cajones de los muertos nunca venía tan bien explicada.

Lo que había dentro eran cuatro talonarios de albaranes de 1989 a 1992, con el papel carbón azul todavía metido entre las hojas, y una agenda pequeña de hule granate de Recambios Extremadura donde Manuel Salcedo apuntaba los trabajos de cada semana con un lápiz gordo de carpintero.

Tina ya se apellidaba Salcedo de soltera, antes de casarse con Mateo. En San Román medio padrón llevaba el Salcedo delante o detrás, aunque las ramas de su padre y las de su suegro ni siquiera se trataran antes de la boda.

Tina se sentó en una banqueta baja de plástico con la agenda en las rodillas y fue pasando las hojas de mayo de 1990 con el pulgar húmedo de saliva. Adela se acercó por detrás y miró por encima de su hombro sin tocar el papel.

Lunes 14 mayo: Tractor Hilario (soldar barra).

Martes 15 mayo: Fiesta chica. Cerrado tarde.

Miércoles 16 mayo: Lavado manguera presión caja trasera y quemar lona vieja.

Tina dejó el dedo quieto sobre aquel renglón del miércoles 16, el día después de que faltara Clara Valverde.

—La furgoneta Ebro antigua no llevaba lona atrás, Adela —murmuró Tina—. Era cerrada de chapa, blanca. Yo me acuerdo perfectamente porque Mateo me llevaba en ella a los recados a Almendralejo cuando éramos novios.

Adela se puso las gafas de cerca y miró dos páginas más adelante, en la primera semana de junio.

Había una hoja suelta doblada dentro del hule: no era un contrato de Valdelobos, sino un recibo de banco relativo a un préstamo de un millón y medio de pesetas a nombre de Manuel Salcedo para ampliar el taller.

Y debajo, con otra letra más redonda y más joven que Tina reconoció en el acto —la letra de su Mateo—, había una línea escrita a bolígrafo azul:

Amortizado oct. 90 — efvo. E. R. — Ebro, baja Mérida.

Tina cerró la agenda de golpe sobre sus muslos.

—Era la letra de Mateo —dijo mirando hacia la pared de cal del patio, sin pestañear—.

«Efvo.» es efectivo, que así lo apuntaba él todo.

Y en este pueblo no hay más que un E. R.

que le pagara nada a mi suegro. El préstamo lo pagaron antes de tiempo con dinero de don Eusebio.

Y en octubre dieron de baja la Ebro en el desguace de Mérida, cuando solo tenía cuatro años y funcionaba perfectamente.

Mateo tenía entonces veintiocho años, Adela. Llevábamos dos años casados.

—Unas iniciales no son una firma, Tina. Y aunque fuera don Eusebio, eso no demuestra que Mateo supiera para qué lavaron la caja trasera ni de quién era aquella lona —dijo Adela con muchísima prudencia, apoyándole la mano en el hombro—.

Puede que su padre le mandara hacer el trabajo sin explicarle para qué.

Tampoco sabemos por qué desguazaron después la Ebro del taller.

—O lo sabía todo y se metió en la cama conmigo treinta años sin abrir la boca —dijo Tina levantándose de la banqueta con la agenda apretada contra el pecho—.

Y yo el lunes en la peluquería, tan pancha, oyendo a las viejas hablar de los Recio como quien habla del tiempo.

Qué papelón, madre mía. Qué papelón más grande.

Puri le quitó la agenda de las manos con suavidad y la metió en su propio bolso antes de que Tina la tirara contra los botes de pintura.

—Ahora no sabemos si tu Mateo callaba por su padre o porque no tenía nada que contar, hija —le dijo Puri cogiéndola del brazo para sacarla del trastero—. Vamos a la mercería a tomar algo caliente, que tienes los labios blancos, y no adelantemos entierros.

Cuando llegaron de vuelta a la trastienda de Adela a las cinco de la tarde, Rufina ya estaba allí esperándolas. Venía de El Candil con mal gesto y había sacado de la carpeta marrón de Adela la copia vieja de la nota municipal de 1990.

—Con Paco hemos llegado tarde —dijo Rufina dejándose caer en la silla junto a la mesa de cortar—.

Serrano estuvo allí esta mañana con una foto impresa del vídeo de Tina y le apretó las tuercas en la cocina del bar.

Paco me ha dicho que a los guardias les ha contado lo único que vio: que alguien con chaqueta oscura se metió deprisa por la calleja de la iglesia cuando la banda repitió la marcha, pero que no le vio la cara.

A nosotras no nos va a soltar ni media palabra más porque tiene al cuartel encima.

Adela dejó el bolso en el estante y miró la hoja amarillenta que Rufina tenía delante.

Era aquella copia simple de la diligencia de mayo de 1990 que habían mirado por encima el primer día, escrita con máquina Olivetti sobre papel con membrete del Ayuntamiento y del puesto local:

Clara Valverde Díaz, de 19 años, mayor de edad, ausente voluntaria de su domicilio laboral desde la tarde del día 15. Informada la madre por la propiedad. Sin indicios de violencia ni denuncia de sustracción.

Abajo figuraba el sello municipal y una firma garabateada que Rufina llevaba diez minutos mirando sin tocarla: la del sargento Perales y, debajo, con letra de imprenta como testigo de la anotación, el apellido del cabo Herrera, su marido.

También reconoció su letra en la coletilla manuscrita del margen inferior: «Se archiva sin más trámites al tratarse de mayor de edad y no apreciarse hecho delictivo».

Aquello lo había escrito su marido de puño y letra.

—Fíjate en las dos fechas de arriba, Adela —dijo Rufina señalando con la uña corta la esquina derecha del papel, sin hacer mención alguna a la firma de abajo—.

A lápiz pusieron primero día dieciséis de mayo, que era miércoles.

Y el sello de entrada oficial no lo estamparon hasta el viernes dieciocho por la mañana.

—Dos días enteros en un cajón —dijo Puri sentándose junto a la máquina de coser.

—Dos días en los que la madre de Clara y Andrés estuvieron subiendo al cuartel y les decían que esperaran a ver si llamaba desde Badajoz —dijo Rufina con la voz áspera—.

Y mira lo que pone ahí: «informada la madre por la propiedad».

Ni siquiera fue la Guardia Civil a preguntar a la casa grande.

Alguien de los Recio bajó a decir que la chica se había marchado por su cuenta, y en el puesto lo dieron por bueno sin mirar si se había llevado la ropa.

Tina, que seguía callada en el rincón con las manos metidas en las mangas de la rebeca, levantó un poco la cabeza.

—¿Y si el que dijo en la casa que se había ido fue el viejo, Eusebio Recio, el mismo que pagó en efectivo el préstamo de mi suegro? —preguntó.

Antes de que Adela pudiera contestarle que una firma en un banco no explicaba quién había escrito aquel papel, sonaron tres golpecitos rápidos en la puerta trasera del callejón, la misma por la que había entrado Rufina media hora antes.

Puri fue a abrir pensando que sería alguna clienta de confianza con un encargo de luto, pero la que se coló dentro mirando hacia los lados fue Nieves, la auxiliar de la residencia.

Venía sin el uniforme blanco, con unos vaqueros y un plumífero barato, y traía abrazada contra la tripa una bolsa de loneta cruda, de las que se cerraban antes con una jareta de cordón, metida a su vez dentro de una bolsa de basura azul para que no se viera por la calle.

—Perdonen que venga a esta hora sin avisar —dijo Nieves casi sin aliento, dejando el bulto encima de la esquina de la mesa de pino—.

Es que esta mañana nos han mandado vaciar los altillos de los armarios de la segunda planta por si viene la inspección de Sanidad, y en el cuarto de doña Aurora, metido detrás de una caja de mantas que trajo su sobrina cuando vendieron su casa hace seis años, ha salido esto.

Rufina se levantó de la silla.

—¿Qué es?

—Yo no lo he querido ni revolver —dijo la chica retrocediendo medio paso hacia la cortina, claramente asustada de estar metiéndose en algo más grande que su sueldo—.

Pero tiene dos letras cosidas por fuera y, cuando doña Aurora ha visto que la sacábamos del armario para tirarla al contenedor, se ha agarrado al carro de la limpieza gritando que esa bolsa era de la niña de las flores y que ella se la guardó debajo del fregadero porque sabía que iba a volver a por el peine.

Doña Aurora fue la cocinera fija en casa de don Eusebio, y dice que cuando se jubiló se llevó sin darse cuenta la bolsa de Clara revuelta entre sus delantales.

Adela sacó la bolsa de loneta de dentro del plástico azul.

En una esquina estaban las iniciales C. V., bordadas a punto de cadeneta con hilo blanco sobre la tela basta.