La procesión no espera (Agencia Santa Rita 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

«Nombre raspado, pecado guardado».

Al volver del cementerio, Adela no sacó las cajas de botones de colores ni puso el mapa grande encima de la mesa de cortar. Ya no tenía cuerpo para juegos de salón.

Sentó a las otras tres alrededor de la mesa camilla pequeña del rincón de la plancha, con la persiana de la tienda bajada del todo porque era la una y media y a esa hora en San Román no se compraban hilos, y escribió en una hoja de bloc común los seis nombres que habían visto en la lista del teniente Castaño:

Eusebio Recio (padre de Tomás). Hilario Santos. Manuel Salcedo (suegro de Tina). Aurelio Castañeda. Victoriano Morales. Matías Rivas (antiguo sacristán). [Raspado con cuchilla].

Tina no miró ni a los Recio ni a Hilario. Clavó los ojos en el tercer renglón desde el mismo momento en que Adela terminó de escribir el apellido Salcedo, y se quedó con la taza de manzanilla parada a dos dedos de la boca.

—¿Manuel Salcedo Gómez? —preguntó Tina con una voz finita que no parecía la suya—. ¿Ponía los dos apellidos, Adela?

—Ponía Manuel Salcedo, Tina —dijo Adela sin rodeos, porque intentar dorarle la píldora habría sido tratarla como a una tonta—. Y salía también en la fotografía de la puerta chica con la túnica morada puesta, al lado del padre de Tomás y del sacristán viejo.

Tina dejó la taza en el plato con un tintineo de loza y se limpió las palmas de las manos en los muslos del pantalón, aunque las tenía secas.

—Pues estaría apuntado para llevar las velas o para rezar el rosario, como hacía mi Mateo cuando salía con el Cristo de la Buena Muerte —dijo Tina hablando deprisa y mirando a Rufina como si Rufina tuviera la culpa—.

Mi suegro tenía el taller de chapa y pintura enfrente de las cocheras de Eusebio Recio y le arreglaba los tractores y el Mercedes antiguo, claro que se trataban, en este pueblo todo el que tiene un taller tiene que llevarse bien con los que tienen tierras, si no te comes los mocos.

Pero de ahí a que mi suegro tuviera nada que ver con lo que le pasara a aquella criatura… Vamos, antes me corto yo las dos manos.

Nadie le llevó la contraria en voz alta. Puri alargó el brazo por encima del tapete y puso su mano vieja encima de la muñeca de Tina.

—Nadie ha dicho que tu suegro le hiciera mal a Clara, Tina —le dijo con cariño—. En esa lista estaban todos los que hacían turno de noche en la iglesia en mayo del noventa. A lo mejor el hombre estuvo solo la primera hora rezando y luego se fue a su casa a acostarse.

—Es que Mateo a mí jamás en treinta años de casados me nombró ninguna Cofradía del Silencio —dijo Tina, y ahora sí que se le pusieron los ojos colorados de rabia y de desconcierto a la vez—.

Ni una vez, Puri. Cuando murió su padre hace doce años y vaciamos la casa de la calle Honda, tiramos dos sacos de trapos viejos del altillo y yo no vi ninguna túnica morada.

Si hubiera habido algo malo en su casa, Mateo me lo habría dicho.

¿U os creéis que mi marido se iba a callar una cosa así?

—Los hombres, cuando se trata de tapar al padre que les ha dejado el negocio o la casa, se callan hasta debajo del agua, Tina —dijo Rufina desde su silla, sin brusquedad esta vez, mirando hacia la cortina de la tienda con la mandíbula apretada—.

Igual que se calló el mío en el cuartel cuando el sargento Perales cerró el papel de Clara en dos tardes para no tener líos con el Ayuntamiento.

Una se casa con un hombre bueno, le plancha las camisas treinta años y luego resulta que había media docena de carpetas de las que en la mesa de la cocina estaba prohibido hablar.

El cuarto se quedó tan callado que se oyó pasar por la acera el carrito de la compra de alguna vecina rezagada que volvía del supermercado.

Por primera vez desde el domingo, las cuatro tenían encima de la mesa algo que no era un acertijo de puertas ni una hora de reloj: tres de ellas —Puri por haberse callado en la iglesia, Rufina por el atestado de su marido y ahora Tina por el apellido de su suegro— tenían los pies manchados del mismo barro viejo que querían limpiar.

Adela abrió entonces una carpeta de cartulina amarilla que había sacado de la caja fuerte pequeña.

Guardaba allí unas copias simples de minutas y antiguos índices de protocolos que su marido Arturo se había llevado a casa en sus últimos años de trabajo.

Por entonces empezaba a fallarle la memoria y algunas noches revisaba carpetas antiguas en secreto para que nadie de la notaría notara sus despistes.

Adela había conservado aquellos papeles sin saber si Arturo los había guardado por confusión o porque alguna de aquellas operaciones le pesaba en la conciencia.

—Hay una cosa que une a varios de esos hombres además de la iglesia —dijo Adela poniendo sobre el bloc un plano parcelario fotocopiado en el año noventa y uno, lleno de sellos morados—.

Anoche, cuando me dijiste por teléfono lo de la bronca de Tomás en las naves de la cooperativa y después de oír a Hilario tan desesperado por teléfono en casa de Mercedes por el convenio de Valdelobos, busqué las referencias antiguas de esa dehesa.

Rufina se inclinó sobre el plano.

—¿Qué tiene que ver Valdelobos con el año noventa?

—Que en mil novecientos noventa Valdelobos no era de la cooperativa ni tenía naves de orujo —explicó Adela—.

Era una finca rústica de secano con un cortijo viejo y dos pozos cegados.

En septiembre del noventa, cuatro meses después de desaparecer Clara, se constituyó una sociedad para hacerse con ella.

Adela dio la vuelta a la segunda hoja y señaló tres nombres que figuraban en las minutas de constitución:

Eusebio Recio.

Hilario Santos.

Aurelio Castañeda.

—Son tres de la cofradía —dijo Puri.

—Eso es lo que sabemos —dijo Adela—. Los tres aparecen relacionados con la sociedad propietaria de Valdelobos. Y también hay una minuta posterior por la cesión de uso de la casa del callejón del Pozo al sacristán Matías Rivas.

—¿Y el taller del suegro de Tina? —preguntó Rufina.

—En estos papeles no aparece. Ni su nombre ni una operación a favor de su taller.

Tina bajó la cabeza hacia sus manos. Se acordaba perfectamente de aquel otoño del noventa: Mateo y su padre habían cambiado el compresor viejo del taller por uno alemán nuevo y habían comprado otra furgoneta de segunda mano para sustituir a la vieja.

Ella había pensado siempre que había sido un golpe de buena suerte porque Eusebio Recio apreciaba a su suegro.

El recuerdo no demostraba nada, pero de pronto le resultaba difícil apartarlo de la cabeza.

—¿Y Victoriano Morales? —preguntó Rufina—. También estaba de guardia aquella noche.

Adela buscó una anotación en el índice y dejó de seguir la línea con el lápiz.

—Ahí está lo que no comprendo. Victoriano no entró en la sociedad ni recibió un metro de tierra. Al contrario, aquel mismo invierno malvendió los olivos que tenía y se marchó de San Román. Si esto fue un reparto de favores, no sé por qué uno de los que estaban en la lista acabó peor que antes.

—O no quiso nada —murmuró Puri.

—O no sabemos todavía qué quiso —corrigió Adela.

—Le taparon la boca con trabajo —susurró Tina sin levantar la vista del tapete, pensando en Manuel Salcedo—. O le pagaron algún recado que hizo aquella noche con la furgoneta.

—No te adelantes, Tina —la frenó Adela con firmeza, aunque la voz le salió más blanda que de costumbre—.

Lo único que dicen estos papeles es que varios hombres de la cofradía participaron después en negocios relacionados con Valdelobos.

La fecha nos obliga a mirar, pero los papeles no dicen qué ocurrió con Clara.

—¿Y qué pasa ahora con Valdelobos para que Tomás acabara muerto y apareciera con esa ropa? —preguntó Rufina volviendo a lo práctico, que era su única forma de no pensar en el sargento Perales.

—Que para recalificar ahora Valdelobos, derribar el cortijo viejo con los pozos y meter las excavadoras del polígono industrial nuevo que quería anunciar Tomás, hace falta levantar y remover todo el terreno de las naves antiguas —dijo Adela—.

A Hilario le corre mucha prisa la firma.

Pero no sabemos si la prisa es por el préstamo, por el terreno o por algo que no está en estas minutas.

Se quedaron las cuatro en silencio mirando el plano parcelario de 1991. La muerte del domingo y la túnica de 1990 tenían, por lo menos, un sitio en común.

—Pero entonces —dijo Puri despacio, intentando poner en orden la cabeza—, si Tomás estuvo el sábado por la noche peleándose entre la cal y el orujo de las naves por las tierras de Valdelobos y el domingo por la mañana se desplomó muerto en la sacristía…

¿quién entró después a ponerle encima la túnica número siete y a meterle la medalla de la niña en la boca?

Porque quien quería tapar lo de mil novecientos noventa y lo que haya en Valdelobos lo último que hace es vestir al difunto con el uniforme de aquella noche.

Rufina dio una palmada sobre la mesa camilla.

—Puede que no fuera la misma persona, Puri. O que quien guardaba la medalla se encontrara el muerto hecho y aprovechara. Pero eso habrá que demostrarlo.

Tina levantó por fin la cara. Tenía las mejillas pálidas debajo del colorete, pero se le había secado el llanto antes de salir.

—En mi trastero del patio siguen estando las dos cajas de lata con los libros de facturas y los albaranes antiguos del taller de mi suegro —dijo con la voz ronca—.

Mateo las guardó allí cuando cerramos el local viejo por si Hacienda pedía papeles atrasados, y yo no he tenido valor de abrirlas desde que murió él.

—No hace falta que las abras hoy si no quieres, Tina —dijo Puri enseguida.

—Sí que hace falta, Puri —cortó Tina levantándose de la silla y cogiendo su bolso del respaldo—.

Porque si el padre de mi marido llevó una caja o movió la furgoneta aquella semana de mayo del noventa, o si mi Mateo sabía algo y se murió callado en mi cama, me quiero enterar yo antes de que entre ese teniente con los guantes de goma a revolver las cosas de mi casa.

Adela recogió las minutas de Valdelobos y la lista de los seis nombres y las guardó de nuevo bajo llave en el cajón del mostrador.

—Iremos contigo a tu trastero después de comer, Tina —decidió Adela—.

Pero antes de tocar ni una sola caja tuya, Rufina va a pasar por El Candil a tomarse un café.

Castaño tiene el vídeo desde el domingo y seguro que ya ha mandado a Serrano a preguntarle a Paco qué miraba hacia el callejón.

A ver qué les ha contado y qué se ha callado.