Capítulo 13
«Donde todos callan, alguno manda».
El miércoles a las diez de la mañana, dos horas antes del entierro del alcalde, cuando Adela y Puri empujaron la puerta del archivo parroquial creyendo que don Julián las había citado a solas para entregarles por fin los papeles viejos, al que se encontraron sentado detrás de la mesa fue al teniente Castaño.
El cura estaba de pie junto a la ventana alta, con las manos metidas en las mangas de la sotana y la cara cenicienta de quien lleva media hora recibiendo una reprimenda sin poder echar mano del Evangelio para defenderse.
En la esquina de las estanterías metálicas, el sargento Serrano terminaba de meter carpetas de cartón en una caja de plástico precintable.
Encima de la mesa, justo en el centro, descansaba la carpeta gris que ellas habían estado mirando el lunes por la tarde en el cuarto viejo.
Puri se quedó clavada en el umbral con el bolso apretado contra el abrigo. Adela no dio un paso atrás porque sabía que retroceder era declararse culpable antes de abrir la boca.
—Pasen, señoras —dijo Castaño sin levantarse de la silla—. Estábamos hablando precisamente de ustedes. ¿Dónde están la señora Gallego y la señora Salcedo?
—Rufina tenía que ir a la farmacia y Tina está en su casa —contestó Adela con voz neutra, aunque notó que el corazón le daba un vuelco contra el esternón—. Don Julián nos dijo ayer que quería consultarnos una duda sobre la ropa de Cáritas.
Don Julián bajó los ojos hacia sus zapatos negros sin atreverse a desmentirla ni a darle la razón.
—Don Julián no las ha llamado por la ropa de Cáritas, doña Adela —dijo Castaño—.
Ayer por la tarde, cuando la Policía Judicial revisó el fondo del armario del cuarto viejo, encontramos este cuaderno en el cajón inferior.
Tiene una hoja arrancada correspondiente al año mil novecientos noventa.
Y tiene también la grapa central recién partida de un manotazo y una mancha fresca de grasa gris en la solapa que no es de los dedos del padre Julián.
Puri miró de reojo a Adela. La mancha de grasa del cerrojo del cuarto viejo que Rufina se había llevado en el pulgar el lunes a las seis.
—El padre ya me ha explicado que ustedes cuatro estuvieron viendo esta carpeta el lunes por la tarde sin autorización judicial —continuó el teniente, con un tono tan contenido que daba bastante más miedo que si hubiera pegado un puñetazo en la mesa—.
Igual que ayer martes por la mañana la señora Gallego y usted, doña Puri, estuvieron primero en el bar El Candil y luego dentro del domicilio de Andrés Valverde, contándole detalles de la escena del crimen que todavía no se habían divulgado.
A Puri le subió un calor repentino desde el cuello hasta las orejas.
—A Andrés fui a llevarle un plato de lentejas, señor teniente —dijo Puri—. Que a ese hombre se le murió la madre esperando saber qué había sido de su hermana y no tenía ni quién le encendiera el butano.
—Le llevó lentejas y le confirmó que el cadáver tenía la medalla de su hermana en la boca y una túnica antigua puesta —precisó Castaño mirándola fijo—.
Cuando mis agentes le tomaron declaración ayer por la tarde en el cuartel, Andrés Valverde ya sabía exactamente qué objetos habían aparecido en la sacristía.
Gracias a ustedes, ahora mismo no puedo distinguir qué sabía ese hombre por haber estado el domingo en la iglesia y qué sabe porque se lo han contado dos vecinas en su cocina.
El silencio que cayó en el archivo olía a polvo viejo y a alcanfor. Adela sabía que el teniente tenía toda la razón del mundo y que habían metido la pata por partida doble.
—El descuido de la carpeta fue responsabilidad mía, teniente —dijo Adela—.
Yo le insistí a don Julián para ver si figuraba el número siete en el inventario de ropero, y cuando don Julián la cerró se partió el alambre de la grapa porque estaba comido de herrumbre.
La hoja del año noventa ya faltaba cuando la abrimos.
—Eso dice también el párroco —repuso Castaño—.
El problema, doña Adela, es que en un juzgado su palabra no sustituye a una cadena de custodia.
Si vuelven a alterar un documento o a aleccionar a un testigo antes de que declare, daré parte al juzgado de instrucción por interferencia en las diligencias. ¿Me he explicado con claridad?
—Con total claridad —dijo Adela.
Castaño cerró la carpeta azul que tenía a su izquierda y dejó que el silencio pesara unos segundos.
—Les diré únicamente lo que el juzgado me permite contar desde esta mañana, que mañana lo publicará el periódico de todas formas: Tomás Recio no murió de un infarto sin más.
Sufrió un fallo cardíaco agudo, todavía sin causa establecida, y una contusión en la nuca compatible con un desplome hacia atrás contra el arcón, al derribar una caja de cirios.
Falta el análisis toxicológico de su sangre.
Y en las suelas del calzado y los bajos del pantalón tenía restos blanquecinos y vegetales que no proceden de este templo.
Don Julián levantó la cabeza de golpe desde la ventana. Puri se agarró al respaldo de una silla de madera.
Adela sintió que el esquema que habían montado la tarde del lunes en la mercería dejaba de sostenerse.
Un cadáver vestido y dispuesto después de una muerte todavía por esclarecer podía contar dos historias distintas: la de lo que había ocurrido antes del desplome y la de quien había querido dejar un mensaje.
Castaño se levantó de la silla y señaló una caja de cartón alargada, antigua, de las de puros habanos, que Serrano acababa de bajar del estante más alto del archivo, donde don Julián guardaba los legajos de defunciones de los años ochenta.
—Como ya están aquí y el padre dice que no recuerda todos los rostros de entonces, necesito que identifiquen a unas personas de esta fotografía. Se hará constar en un acta, que firmarán antes de salir. No van a tocar los originales.
Dentro de la caja de puros no había tabaco. Había tres cintas de sarga morada dobladas con esmero, un recibo amarillento de una tienda de tejidos de Badajoz, una estampa de san Román Mártir y dos fotografías en blanco y negro.
En la primera cinta, bordado a mano con hilo de seda negro, se leía en letras mayúsculas: COFRADÍA DEL SILENCIO.
Puri alargó el cuello sin acercar las manos a la mesa.
—En la vida había oído yo ese nombre en la parroquia —murmuró.
—Porque nunca estuvo inscrita en el registro del obispado —dijo Castaño—. Según me acaba de explicar el padre, era una hermandad privada que fundaron varios propietarios del pueblo a mediados de los ochenta para hacer turnos de vela nocturna en el templo durante las fiestas.
—Hacían la vela del patrón y rezaban las letanías mayores la noche de la fiesta chica de mayo —dijo don Julián con un hilo de voz, frotándose las muñecas—.
Don Anselmo les cedió el cuarto viejo para guardar los hábitos y les dio una llave de la puerta del patio para que pudieran entrar de noche a sus turnos de guardia sin despertar a la casa parroquial.
Castaño sacó con las pinzas la primera fotografía y la puso sobre la cartulina blanca.
Habían posado en fila delante de la puerta chica de la iglesia siete hombres vestidos con aquellas mismas túnicas moradas sin capirote, con el cordón negro a la cintura y las manos cruzadas delante.
Un octavo, mucho más joven, estaba apoyado en el marco en mangas de camisa.
Al pie de la foto no había fecha, pero por los peinados, las gafas de montura grande y la juventud de las caras se veía a la legua que era de finales de los ochenta.
El rostro de uno de los hombres con túnica, situado al extremo izquierdo, había quedado completamente deshecho por una mancha redonda de humedad o por un defecto del revelado.
—El padre Julián me ha identificado a varios —dijo Castaño—. Quiero saber si ustedes reconocen a los demás. Les enseñaremos la copia y anotaremos por separado cada identificación.
Adela se calzó las gafas de cerca y se inclinó sobre la mesa sin apoyar los codos.
—El del centro, con la cinta negra al cuello, es Eusebio Recio, el padre de Tomás —dijo Adela enseguida—.
Ya fallecido. El que está a su derecha, más alto y con la barbilla levantada, es Hilario Santos.
El de las gafas oscuras es Aurelio Castañeda, el tío de Lidia Castañeda, la exalcaldesa.
El del extremo derecho es Victoriano Morales, el de las tierras del regadío.
Y este otro es Matías Rivas, el antiguo sacristán, tío del muchacho que lleva ahora el mantenimiento del Ayuntamiento.
Puri señaló sin tocar la fotografía al hombre fornido que estaba entre Eusebio Recio y Matías Rivas, con el pelo engominado hacia atrás y un bigote espeso.
—Y ese es Manuel Salcedo —dijo Puri muy bajito, mirando a Adela con pesar—. El suegro de Tina. El padre de su Mateo.
Adela apretó los labios. Menos mal que Tina se había quedado en casa aquella mañana.
—Son seis reconocidos con túnica —observó Castaño—. ¿Y el muchacho que está apoyado en la puerta en mangas de camisa?
—Ese es Tomás Recio de soltero —dijo Puri sin dudar—. Tendría ahí veintidós o veintitrés años. Cuando venía de Salamanca los fines de semana e iba detrás de su padre y de Hilario a todas partes.
—¿Tomás Recio no llevaba túnica? —preguntó Castaño.
—No tenía edad todavía para entrar en la junta de los mayores —explicó don Julián—. Los estatutos que tenían entre ellos exigían tener casa abierta y tierras a su nombre. Tomás solo venía a ayudar a preparar los pasos o a traer el vino para después de la vela.
—Eso solo demuestra que no figuraba como titular en la foto, padre —repuso Castaño—. No demuestra quién se puso la número siete la noche de mayo del noventa.
Castaño sacó entonces el último papel del fondo de la caja de puros: una hoja de papel cebolla mecanografiada y doblada en cuatro, donde ponía arriba: TURNOS DE VELA Y CUSTODIA — NOCHE DEL 15 DE MAYO DE 1990.
Venían siete números en columna del 1 al 7, uno por cada hermano de la guardia de aquella noche, con su nombre asignado al lado para la noche en que desapareció Clara Valverde.
N.º 1 — Eusebio Recio.
N.º 2 — Hilario Santos.
N.º 3 — Manuel Salcedo.
N.º 4 — Aurelio Castañeda.
N.º 5 — Victoriano Morales.
N.º 6 — Matías Rivas.
Y en el renglón del n.º 7, justo el de la túnica que había aparecido puesta sobre el cadáver del alcalde y que figuraba en la hoja arrancada como limpieza urgente, alguien había pasado una cuchilla de afeitar por encima del papel cebolla hasta raspar la tinta de la máquina de escribir y dejar un agujero blanco y peludo en mitad de la fibra.
—Falta el siete —dijo Puri sin poder contenerse.
Castaño deslizó el documento de nuevo hacia su funda transparente.
—No sabemos a quién corresponde ese renglón, ni si quien figuraba en la lista acabó vistiendo la túnica aquella noche. Lo averiguaremos. De momento, vamos a terminar el acta de identificación.
El sargento Serrano les pidió los datos, leyó las identificaciones y les indicó dónde firmar.
Adela sostuvo la pluma un segundo más de la cuenta.
El hecho de que Tomás apareciera sin túnica en una fotografía antigua era suficiente para avergonzarla por haber cedido tan deprisa a la teoría de sus amigas, pero no para dar por resuelto quién vestía de morado en 1990.
Cuando Adela y Puri salieron al pasillo frío de la iglesia y oyeron a Serrano cerrar la puerta del archivo por dentro, ninguna de las dos dijo media palabra hasta que cruzaron el cancel de la calle.
—Nos ha puesto de vuelta y media, Adela —dijo Puri abrochándose el primer botón del abrigo con los dedos tiesos—. Y encima tenía razón en todo. No sabemos quién era el siete, a Tomás no lo mataron sentado ahí dentro y ayer Rufina se fue de la lengua con Andrés y yo no la frené.
Adela se paró en el escalón de piedra, mirando hacia el toldo de El Candil y luego hacia el balcón cerrado de la casa de Mercedes.
—Tenía razón en casi todo, Puri —dijo Adela con la voz muy baja y muy seria—. Pero el teniente no sabe todavía que la noche del sábado, antes de aparecer muerto, alguien vio a Tomás discutiendo a gritos en las naves viejas de la cooperativa.
Puri se volvió hacia ella de golpe.
—¿Y cómo vamos a decírselo ahora después de la bronca que nos ha echado?
—No se lo vamos a decir todavía —contestó Adela echando a andar hacia la mercería—. Porque antes tenemos que contarle a Tina que el nombre de su suegro está en la lista de la noche en que desapareció Clara. Y no quiero que se entere por la Guardia Civil.