Capítulo 12
«Lo que el ojo no ve, a veces lo guarda una máquina».
Tina se había pasado el lunes entero pensando que en su teléfono tenía la llave del misterio.
No se lo había dicho así a Rufina porque la otra le habría soltado cualquier bordería sobre las películas de la tele, pero por dentro estaba convencida de que, en cuanto se sentara tranquila en su cocina con las gafas de leer y ampliara el vídeo de la procesión con los dos dedos, iba a ver asomar por la puerta chica de la iglesia la cara del asesino como en los programas de sucesos.
A las nueve y media de la noche del martes, después de llevar cuarenta minutos dándole para atrás y para adelante al mismo trozo de grabación con el móvil apoyado contra el bote del azúcar, lo único que tenía era dolor de cervicales y un cabreo monumental.
La cocina de su casa olía a café descafeinado de sobre y a la laca que seguía echándose por las mañanas aunque ya no tuviera que abrir la peluquería.
En la puerta del frigorífico, sujeto con un imán de una marisquería de Matalascañas, estaba Mateo en una foto de hacía diez veranos, con su camisa de cuadros de manga corta y un vaso de cerveza en la mano, riéndose como si no se fuera a morir nunca.
Cada vez que Tina levantaba la vista de la pantalla se topaba con él.
—Tú te reirías bien si me vieras, Mateo —refunfuñó dándole otro sorbo a la taza fría—. Haciendo de policía con sesenta y un años y una vista que no distingue un burro de una sombra.
Volvió a darle al triángulo de reproducir.
Por el altavoz chiquitito del teléfono salió otra vez el estruendo de los tambores, los pitos desafinados de la banda y su propia voz del domingo diciendo: «¡Niños, haceos un poquito para atrás, que me tapáis las flores del paso!».
La grabación duraba catorce minutos. En los primeros había más zapatos que santos, un abanico tapaba el objetivo dos veces y la cabeza de un niño ocupaba todo el encuadre durante unos segundos.
En los detalles de la galería constaba que había empezado a grabar a las doce y cuatro del mediodía.
Tina se apuntó en un pósit que el contador de la pantalla no era la hora del reloj: a lo que marcara había que sumarle las doce y cuatro.
Paró la imagen justo en el segundo en que Puri cruzaba hacia el lateral de la iglesia. El encuadre daba un bandazo: alguien había empujado a Tina por detrás. Amplió el rincón oscuro de la calleja con el pulgar y el índice.
Cuanto más abría la imagen, peor se veía todo.
El bulto oscuro que estaba pegado al muro lateral se descomponía en cuadraditos grises y morados como un mantel de punto de cruz mal hecho.
No se veía si era alto o bajo, ni si tenía pelo o gorra, ni siquiera estaba ya tan segura como el día anterior de si aquella persona estaba entrando en la iglesia, saliendo de ella o simplemente arrimada a la pared esperando a que pasara la gente.
En lo alto de la pantalla saltó un aviso de WhatsApp de su sobrina Alba:
Tía, ¿es verdad que el teniente te ha quitado el móvil porque grabaste al que mató al alcalde? Me lo acaba de decir la hija de la Loli en el gimnasio.
Tina puso los ojos en blanco y apretó el botón del micrófono para mandarle un audio:
—Haz el favor de decirle a la hija de la Loli que sude más en la bicicleta y hable menos, que el teléfono lo tengo yo aquí en mi mano en la cocina y en mi vídeo no sale más que el santo y cuatro viejas mal peinadas. Y ponte a cenar ya, anda.
Soltó el botón y dejó el aparato encima del hule.
Le dio un poco de miedo lo deprisa que corría todo en el pueblo: el domingo al mediodía el guardia rubio le había copiado el archivo en la furgoneta cerrada, aquella misma tarde habían ido a declarar al cuartel y el martes por la noche ya sabían hasta en el gimnasio que ella tenía una grabación de la puerta lateral.
Cogió el cuaderno donde antes apuntaba los tintes de las clientas —Maruja: 6.3 con agua de veinte; Encarna: medio tubo de ceniza para tapar el rojo— y abrió una hoja limpia al final para apuntar lo que sí se veía de verdad en el vídeo sin inventarse nada, como le había mandado Adela.
Volvió a poner la grabación desde el minuto ocho, pero esta vez, en vez de mirar hacia la iglesia, se fijó en la gente que salía en las aceras de la plaza.
En el minuto 08:14 del archivo salía Hilario Santos junto a la columna del Ayuntamiento con el móvil pegado a la oreja, mirando el reloj de la fachada y dando golpecitos con el zapato en el suelo.
En el minuto 11:40, cuando la cámara giraba hacia los soportales de enfrente, salía Paco el Mudo de pie en la puerta de El Candil con el trapo al hombro. Paco no miraba al trono de san Román; tenía la cabeza vuelta hacia la calleja de la iglesia.
En el minuto 12:16, en medio de los bandazos de la cámara, aparecía el bulto oscuro al fondo de la calleja, pegado a la tapia del patio.
Casi al mismo tiempo asomaba por la esquina del callejón del Pozo un muchacho joven con camisa clara hablando con el guardia municipal de tráfico. Era Borja, el hijo de Tomás.
Tina se acercó tanto la pantalla a las gafas que casi dio con la nariz en el cristal.
Si Borja estaba en la boca del callejón del Pozo hablando con el municipal y Paco miraba hacia esa misma esquina desde la puerta del bar, quizá alguno hubiera visto a la persona que entraba o salía por allí. Apuntó los dos nombres, sin saber todavía qué habían observado.
A mediodía, en el grupo grande de Vecinos de San Román, había aparecido un mensaje anónimo. Tina había guardado la captura por puro instinto, sin saber qué tenía que ver aquello con el vídeo. Abrió ahora la fotografía en la galería.
En aquel grupo había más de doscientas personas y llevaba desde el domingo echando humo con esquelas, fotos de velas y discusiones sobre si había que suspender el baile del sábado.
Entre los mensajes dando el pésame a la familia Recio, alguien que no tenía puesto nombre —solo un número acabado en 48 y una foto de perfil de un perro pastor alemán— había escrito:
Tanto mirar la iglesia y nadie pregunta qué hacía el alcalde el sábado por la noche discutiendo a gritos en las naves viejas de la cooperativa.
Debajo habían aparecido respuestas:
Maruja: ¿Pero quién eres tú? Pon tu nombre si tienes lo que hay que tener.
Sebas (Cooperativa): Haz el favor de borrar eso ahora mismo o te bloqueo del grupo, que está la familia leyendo.
Loli Pan: Eso digo yo, un respeto a los difuntos.
Antes de que el mensaje desapareciera, Tina había apretado los dos botones de los lados del teléfono —como le había enseñado su sobrina para guardar las recetas de pasteles de Instagram— y había hecho una captura de pantalla.
Diez segundos después, el texto había sido sustituido por un letrero gris: «Este mensaje fue eliminado».
Tina miró de nuevo el número terminado en 48 en su captura.
No lo tenía guardado en la agenda, pero creyó reconocer el perro de la foto.
Abrió el chat privado de Vane, la chica que hacía las uñas de gel en el local de al lado de la farmacia y que conocía a todos los chavales que tenían campo o ganado, y le mandó la foto recortada del pastor alemán.
Vane, cielo, ¿tú sabes de quién es este perro tan bonito? Es que una clienta quiere cruzar a la suya.
La respuesta tardó medio minuto en llegar con un audio lleno de música de fondo:
—Uy, Tina, ese perro es de Fermín, el sobrino del sacristán viejo, el que trabaja ahora con la furgoneta de mantenimiento del Ayuntamiento y guarda los aperos al lado de la cooperativa. Pero no sé si lo querrá cruzar, ¿eh?, que tiene muy malas pulgas el bicho.
Tina dejó el teléfono encima de la mesa junto a la libreta de los tintes y se quedó mirando los tres renglones que tenía apuntados.
Ayer lunes por la tarde, después de salir del cuarto viejo de la iglesia, ella misma había sido la que más fuerte había dicho en la mercería que aquello tenía que haberlo hecho Andrés Valverde por lo de su hermana Clara y la túnica número siete.
Le había parecido todo clarísimo, como en las novelas: una muchacha desaparecida, una medalla guardada, un hermano que vuelve treinta y seis años después a vengarse.
Y ahora tenía en el cuaderno a Hilario apareciendo junto al Ayuntamiento, al hijo del alcalde con una bolsa opaca y un ruido parecido al de una trituradora en el despacho, a Paco el Mudo mirando hacia la calleja en mitad de la procesión y un mensaje sobre una bronca de Tomás la noche anterior en las naves de la cooperativa, enviado desde un número desconocido con la foto del perro del sobrino del sacristán.
Nada pegaba con nada. O todo pegaba demasiado, como cuando una clienta venía a la peluquería con el pelo quemado de haberse echado tres tintes distintos en su casa y ya no sabías si ponerle mascarilla o pasarle la maquinilla al cero.
Cogió el fijo de la pared y llamó a Adela.
—¿Qué pasa, Tina? Son las diez y cuarto —contestó la voz de la mercera al tercer tono.
—Que acabo de mirar el vídeo despacio y lo de los grupos, Adela. Y te digo una cosa: o en este pueblo había cola el domingo para matar a Tomás Recio, o nos estamos tragando el anzuelo con el carrete entero.
—¿Has visto quién es el de la puerta lateral en el vídeo?
—Qué va. Se ve peor que ayer. Cuanto más lo agrando, más parece una mancha de humedad.
Pero sale Paco mirando para allá desde el bar, sale el hijo de Mercedes en la esquina del Pozo y encima el sobrino del sacristán viejo puso a mediodía en el grupo del pueblo que el sábado por la noche Tomás tuvo una bronca a gritos en la cooperativa.
—¿Cómo sabes que ese número es del sobrino del sacristán? —preguntó Adela al otro lado del hilo.
—Porque el pastor alemán de la foto es el suyo, Adela, me lo acaba de confirmar la Vane.
—Te he preguntado por el número de teléfono, Tina, no por el perro. En esa casa viven tres personas y la foto de un animal la puede poner cualquiera. ¿Sabes de quién es la línea?
—Bueno, pues de la línea no, claro, yo no trabajo en Telefónica —se desinfló Tina—. Pero trabaja con la furgoneta del Ayuntamiento, igual tiene llaves…
—Igual no es lo mismo tener llaves que saber, Tina. Mañana hablaremos primero con Paco en El Candil.
—¿Por qué no vamos a buscar al sobrino del sacristán?
—Porque hoy hemos movido ya demasiadas piedras sin saber quién está mirando detrás, Tina —dijo Adela con un tono que a Tina no le gustó ni pizca, porque por primera vez no sonaba a jefa que lo tiene todo calculado, sino a mujer que acaba de oír crujir el hielo debajo de los zapatos—.
No borres la captura, pero deja el móvil tranquilo hasta mañana, hazme el favor.
Tina colgó el auricular, apagó la luz de la cocina y se quedó un momento parada en el pasillo a oscuras, mirando el piloto rojo del televisor del salón.
Había empezado el lunes pensando que investigar un crimen con sus amigas iba a ser como deshacer un enredo de faldas en la trastienda, y de repente tenía la sensación de que el pueblo entero llevaba media vida tapando un agujero tan hondo que, como dieran un paso en falso, se iban a caer las cuatro dentro.