La procesión no espera (Agencia Santa Rita 1) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—Lleváoslo cuando queráis. No quiero que se quede aquí nada que no haga falta.

Mercedes cogió un abrigo gris que había quedado fuera de la bolsa y empezó a doblarle las mangas sobre la tabla de planchar, aunque ya estaban dobladas.

—Anoche el teniente estuvo preguntándome si Tomás tenía problemas de salud o si tomaba alguna medicación fuerte —dijo Mercedes sin mirar a Puri—. Y luego me preguntó por vosotras.

Puri mantuvo las manos quietas sobre el plástico negro.

—¿Por nosotras?

—Me preguntó cuánto tiempo estuviste tú sola dentro de la sacristía antes de que entraran Adela y Rufina. Y si te habías acercado mucho a la silleta.

Puri sintió un pellizco frío en el estómago.

—Yo entré, vi que no respiraba y cerré la puerta, Mercedes. Ya se lo dije el domingo en el cuartel.

—Ya. —Mercedes dejó el abrigo encima de la bolsa y levantó la vista hacia ella—.

Pues ten cuidado, Puri. Porque ese muchacho no es tonto y anda buscando quién tocó qué antes de que llegaran ellos.

Y hoy por la mañana me ha llamado Hilario diciendo que en El Candil anda Andrés Valverde dando gritos otra vez con cosas del noventa.

—Andrés tiene mucha pena atrasada, Mercedes, y bebe más de la cuenta —dijo Puri—. Pero gritar en un bar no mata a nadie.

—En este pueblo los gritos de un bar acaban siempre en el juzgado o debajo de una alfombra, Puri.

Tú eres buena mujer y te da lástima todo el mundo, pero hazme caso: no te dejes enredar en historias de cuando éramos recién casados y vivía mi suegro, que al final los que estaban metidos en el ajo se tapan unos a otros y las tortas se las lleva quien pasa por la puerta con las flores.

Antes de que Puri pudiera preguntarle qué quería decir con «los que estaban metidos en el ajo», sonó el timbre de la calle con un repique largo y autoritario, y en el salón de fuera cayó de repente un silencio distinto.

Cuando Puri y Mercedes salieron al pasillo, Borja acababa de abrir la puerta del despacho con una bolsa de plástico opaca en la mano, que metió deprisa detrás de la cortina del armario ropero del pasillo al ver que en el recibidor entraba Hilario Santos.

—Borja, no te olvides de llevar las bolsas y los trastos viejos del abuelo a la cochera de atrás —le recordó Mercedes antes de volverse hacia el recibidor—. No quiero más cajas en el pasillo.

Puri oyó el recado mientras se alisaba la falda.

Hilario venía con un traje azul marino de entretiempo, corbata negra y esa cara de entierro importante que ponía cuando iba a los funerales de la capital.

No pasó directamente a dar el pésame a Mercedes; primero le apretó el hombro a Borja en la entrada, saludó con la barbilla a los dos concejales del balcón y solo entonces avanzó hacia la viuda con las dos manos por delante.

—Mercedes, no sabes cuánto lo siento —dijo cogiéndole las manos aunque ella no se las había tendido—. He venido en cuanto he terminado con los del banco en Almendralejo.

—Gracias, Hilario —contestó ella retirando los dedos en cuanto pudo sin que pareciera un desplante delante de sus primas.

—Necesito hablar contigo y con Borja cinco minutos antes de que me marche —añadió él bajando la voz, pero sin soltarle el codo—. Hay unos papeles de la finca que Tomás se trajo el sábado de la oficina y me los están pidiendo los abogados para mañana a primera hora.

—Hoy no es día de papeles, Hilario. Ya te lo ha dicho mi hijo por teléfono.

—Mercedes, que nos jugamos mucho los dos como eso entre en el inventario del juzgado…

—He dicho que hoy no —repitió ella mirando hacia el salón lleno de vecinas con las orejas tiesas.

Puri le hizo una seña a Tina con la cabeza y salieron las dos a la calle sin esperar a que Hilario se apartara del recibidor.

En la acera ya había caído la tarde y hacía viento fresco. Caminaron media manzana en silencio, escuchando sus propios pasos sobre el cemento, hasta que doblaron por la esquina de la farmacia.

—¿Qué era ese ruido que salía del despacho cuando estabais dentro? —preguntó Puri.

—A mí me ha sonado igualito a la máquina de picar papeles que tenían en la oficina del taller de Mateo, Puri —dijo Tina—. Pero no he visto qué metía dentro porque tenía la puerta echada y al salir solo llevaba una bolsa de plástico oscura.

Puri se paró debajo de la farola apagada.

—¿Papeles del Ayuntamiento o de la tierra esa de Valdelobos?

—Yo qué sé, Puri. Desde el cristal del mueble solo lo he visto entrar y salir con una bolsa cerrada —dijo Tina encogiéndose de hombros, un poco desanimada—.

Nos creemos muy listas mirando por los espejos, pero la verdad es que no sabemos si están escondiendo una trampa de dinero de ahora o algo de lo de Clara.

¿A ti te ha dicho algo ella en el cuarto de la plancha?

Puri se acordó de la cara cansada de Mercedes apoyada en la lavadora, de las cestas del congelador y de aquellas llaves pequeñas con tierra de maceta en los dientes y de aquella frase soltada al final: «los que estaban metidos en el ajo se tapan unos a otros».

—Me ha dicho que el teniente anda preguntando cuánto rato estuve yo sola con el cuerpo de Tomás —dijo Puri echando a andar otra vez hacia su casa—. Y no sé si me lo ha dicho para avisarme por mi bien o para meterme miedo en el cuerpo.