La procesión no espera (Agencia Santa Rita 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

«A puerta abierta entra quien pregunta y quien espía».

Por la tarde, en casa de Mercedes Lozoya las visitas de pésame empezaron a entrar por tandas, aunque el cuerpo de Tomás siguiera todavía en el Instituto Anatómico Forense de Badajoz.

A primera hora habían pasado los parientes de los pueblos de al lado, con los trajes oscuros oliendo a bola de alcanfor y las mismas frases hechas que se repetían en todos los tanatorios de la comarca.

Detrás llegaron los del Ayuntamiento, un par de peritos agrícolas de Almendralejo y tres matrimonios de la junta de la cooperativa que entraban con la cabeza gacha y los ojos muy abiertos para ver quién más había ido.

A partir de las seis empezó a colarse el pueblo llano: vecinas de la calle Real con fuentes tapadas con papel de plata, jubilados que se quedaban de pie junto al paragüero sin saber qué hacer con la gorra y mujeres que no podían ver a Mercedes ni en pintura desde que eran mocitas, pero que no se perdían una casa abierta con desgracia por nada del mundo.

Puri fue a las seis y media con una bandeja de rosquillas de anís envuelta en un paño blanco.

Tina se empeñó en ir con ella porque decía que si entraba sola en aquella casa se le iba a notar en la cara que iba a cotillear, mientras que yendo detrás de las rosquillas de Puri parecía obra de misericordia.

—El teléfono ni lo saques del bolso, Tina, por lo que más quieras —le advirtió Puri antes de subir el escalón.

—Que lo he apagado del todo, mujer, qué pesada eres —cuchicheó Tina abriendo la cremallera un dedo para enseñarle la pantalla negra—. Mira, muerto total. Aunque te digo una cosa: si el teniente me vuelve a pedir cuentas de con quién hablo, le voy a decir que me pague él la línea.

—Tú calla y da dos besos, nada más.

La puerta de la calle estaba ajustada pero sin echar el resbalón, como se dejaba en los velatorios antiguos.

En el recibidor hacía calor de tanta gente junta y olía a rosas blancas recalentadas y a colonia fresca.

Borja seguía de portero junto a la consola de mármol, aunque se había puesto una chaqueta oscura encima de la camisa de por la mañana.

Tenía los ojos brillantes y movía el peso de un pie a otro cada vez que alguien le daba la mano.

—Puri, muchas gracias —dijo el chico haciéndose cargo de la bandeja—. Pase usted al salón, que mi madre está allí con mis tías.

—¿Has comido algo caliente al mediodía, hijo? —le preguntó Puri mirándole las ojeras.

—Un bocadillo que trajo mi prima. No entra nada hoy.

—Pues dile a tu madre que te haga una sopa de ajo esta noche antes de acostarte, que llevas las manos heladas —dijo Puri apretándole un segundo el brazo antes de pasar.

El salón grande estaba hasta los topes, pero cada cual sabía en qué silla le tocaba sentarse sin que nadie repartiera números.

Las hermanas y las primas de Mercedes ocupaban el sofá verde y las butacas de al lado; los hombres del Ayuntamiento hacían corrillo de pie junto al balcón cerrado, y las vecinas de la calle se sentaban en el borde de las sillas de comedor que habían traído de la cocina para hacer bulto pegadas a la pared.

Mercedes seguía con la misma falda gris del mediodía, aunque tenía la voz un poco más tomada de dar las gracias cincuenta veces seguidas. Cuando vio entrar a Puri y a Tina, se levantó del sofá sin apoyarse en los brazos.

—Gracias por venir, Puri —dijo dejándose besar las mejillas—. Borja, lleva esas rosquillas a la mesa del comedor, que aquí ya no cabe un plato más.

Luego miró a Tina.

—Tina. Qué mal rato pasasteis el domingo en la puerta de la iglesia.

—Un susto muy grande, Mercedes, qué te voy a contar —dijo Tina poniendo su voz más formal de dar el pésame—. Yo ni entré, ¿sabes?, me quedé fuera en el pasillo porque a mí me dan mucha impresión esas cosas, pero menudo disgusto para todas.

Mercedes asintió despacio, sin preguntar nada del vídeo ni del teléfono, aunque a Tina le dio mala espina que mirara el bolso que llevaba colgado del hombro medio segundo más de la cuenta.

En el rincón del aparador, dos mujeres de la junta parroquial hablaban bajito con la cabeza inclinada.

Una de ellas dijo algo de «la sacristía» y la otra le dio un toque rápido con el codo al ver a Puri a dos pasos.

La prima mayor de Mercedes, una mujer con pendientes de perla gorda que vivía en Zafra y solo venía al pueblo para las fiestas y los entierros, se abanicó con fuerza.

—Yo lo que no entiendo es cómo tardan tanto en Badajoz para una autopsia —dijo en voz lo bastante alta para que la oyeran los concejales del balcón—. Cuando murió mi cuñado el de Llerena de un infarto, al día siguiente a las cuatro ya lo teníamos en la iglesia.

Uno de los concejales, el chico joven que llevaba las cuentas de cultura y las redes del Ayuntamiento, se acercó un paso hacia el sofá carraspeando.

—Es que al haber intervenido el juzgado de guardia los plazos son otros, doña Concha —dijo incómodo, y enseguida bajó la voz dirigiéndose a Mercedes—.

Mercedes, perdona que te lo diga ahora, pero me han llamado del periódico de Mérida por si queremos mandar una nota del Ayuntamiento desmintiendo los bulos que están saliendo en internet sobre cómo encontraron a Tomás.

El salón entero dejó de hablar de golpe, aunque todas siguieron mirando para sus faldas o para los cuadros de la pared.

—¿Qué bulos, David? —preguntó Mercedes sin cambiar de postura.

El muchacho tragó saliva, arrepentido ya de haber sacado el tema delante de las primas.

—Bueno, tonterías de la gente… Que si ha corrido por los grupos que tenía puesta una túnica de nazareno de la cofradía y que parecía una cosa de Semana Santa…

—No era una túnica de nazareno —lo cortó Mercedes en seco.

El chico parpadeó con el móvil en la mano.

—Bueno, el hábito morado ese que dicen que llevaba…

—En Semana Santa aquí las túnicas llevan capirote y escudo bordado en el pecho, David, y tú lo sabes igual que yo —dijo Mercedes con la voz tensa—. No mandéis ninguna nota hablando de ropa ni desmintiendo basuras. Ponéis la esquela del Ayuntamiento cuando sepamos la hora del entierro y punto final.

Tina miró a Puri de reojo sin mover el cuello. La prima de Zafra frunció los labios y nadie más se atrevió a abrir el pico sobre las túnicas.

Tina se apartó un par de pasos hacia la librería de caoba que ocupaba el testero del fondo, como quien deja sitio a unas vecinas nuevas que entraban en ese momento por la puerta.

En la parte alta del mueble había vitrinas con puertas de cristal, llenas de placas conmemorativas de la Diputación, trofeos de caza de Tomás y fotos enmarcadas.

Gracias a los veinticinco años que se había tirado de pie detrás de los sillones de la peluquería, Tina tenía un doctorado en mirar a la gente a través de los cristales sin que nadie se diera cuenta.

Desde el reflejo oscuro de la vitrina veía perfectamente el pasillo que iba hacia la cocina y el despacho.

Vio a Borja salir del comedor después de dejar las rosquillas, mirar hacia el salón para comprobar que su madre estaba entretenida con los concejales y meterse deprisa en el cuarto del fondo cerrando la puerta tras de sí.

Al cabo de medio minuto se oyó por debajo de la madera el zumbido corto y áspero de un motorcito eléctrico que paraba y arrancaba.

Tina no supo qué era aquel ruido al principio; parecía un molinillo de café viejo o una batidora trabajando en seco.

En ese momento Mercedes se volvió hacia Puri, pasándose una mano por la nuca con un gesto real de agotamiento.

—Puri, hazme un favor antes de irte —le dijo en voz baja—.

Ven conmigo un minuto al cuarto de la plancha.

Tengo ahí dos bolsas grandes con abrigos y trajes de Tomás que saqué el mes pasado cuando limpié el armario de invierno para dárselos a don Julián para Cáritas, y ahora con todo esto no quiero ni verlos colgados en la percha.

—Claro, mujer, vamos a verlos —dijo Puri levantándose enseguida.

Salieron las dos al pasillo. Al pasar por delante de la puerta cerrada del despacho de Tomás, el zumbido eléctrico volvió a sonar dentro durante tres segundos —rrrr-clac— y luego se calló.

Puri miró la manilla de latón. Mercedes apretó un poco el paso hasta llegar al cuarto de la plancha, que estaba al lado de la cocina, y encendió el fluorescente.

Era una habitación estrecha que olía a jabón en polvo y a vapor de ropa limpia, pero encima de la tabla de planchar no había camisas, sino dos cestas de alambre blanco sacadas del arcón congelador de la despensa, un manojo de llaves pequeñas con tierra de maceta todavía pegada en los dientes y una libreta vieja de teléfonos abierta por la mitad, con las hojas revueltas.

En el suelo, arrimadas a la lavadora, estaban las dos bolsas de basura negras llenas de ropa doblada.

Al lado de la libreta, Puri distinguió un estuche alargado de farmacia con el cartón rasgado y un aerosol pequeño cuyo nombre apenas alcanzó a ver. En la caja se leía «sublingual». Mercedes dejó sobre ambos una chaqueta gris de Tomás que había separado para Cáritas.

Mercedes cerró la puerta del cuarto a su espalda y, en cuanto se quedaron solas bajo la luz blanca del tubo, pareció encoger dos centímetros dentro de la blusa. Se apoyó con una mano en el borde de la lavadora.

—No puedo con tanta gente ahí fuera mirándome las manos, Puri —dijo muy bajito, sin rastro del tono de alcaldesa consorte que había usado con el concejal dos minutos antes—.

He salido porque si me quedo cinco minutos más escuchando a mi prima Concha hablar de infartos, le tiro el jarrón a la cabeza.

Puri la miró con atención. No sabía si aquella mujer le estaba haciendo una confidencia de verdad o si la había metido allí dentro para sacarle algo a solas, pero el temblor que tenía Mercedes en el párpado derecho no se podía fingir.

—Es normal, hija. Llevas dos días sin pegar ojo y con la casa llena —dijo Puri—. Si quieres me llevo esto mañana por la mañana con Rufina en la furgoneta para que no cargue Borja.