Capítulo 10
«En casa de mando, hasta el luto obedece».
El martes, Mercedes Lozoya recibió a Adela en el salón de las visitas, no en el comedor de diario.
En San Román, cuando en una casa ocurría una desgracia de verdad, la familia se metía en la cocina o en la salita de atrás alrededor de la mesa camilla, con las persianas a media asta, el puchero de caldo en el fuego por si venía gente de lejos y las vecinas de confianza entrando por la puerta del patio sin tocar el timbre.
Abrir el salón grande —el de los tresillos de terciopelo verde, la lámpara de lágrimas y el retrato de boda con marco dorado— significaba que allí no se venía a llorar con la viuda, sino a pasar revista y a marcharse pronto.
Adela había ido a las doce y media con una caja blanca de pastas de almendra comprada en las monjas y un sobre de botones negros forrados en tela que Mercedes le había encargado la semana anterior para un abrigo de invierno.
No era una excusa inventada; el encargo estaba apuntado en el libro de la mercería desde el jueves, y Adela sabía que en ciertas casas la única forma de entrar sin que te cierren las puertas por dentro es llevar un recado que la dueña haya pedido antes.
Le abrió la puerta Borja, el hijo de Tomás y Mercedes.
Tenía veinticuatro años, había vuelto de estudiar Derecho en Salamanca el curso anterior sin terminar las asignaturas que le quedaban y llevaba puesta una camisa blanca con el cuello desabrochado; tenía los ojos colorados de no haber pegado ojo en toda la noche.
—Hola, doña Adela. Pase usted —dijo haciéndose a un lado en el zaguán y cogiendo la caja de las monjas con las dos manos como si no supiera en qué mueble dejarla.
—Lo siento mucho, Borja. Te traigo también los botones del abrigo de tu madre, por si le hacen falta para mañana.
—Sí, claro… El entierro todavía no sabemos cuándo será, porque en Badajoz nos han dicho esta mañana que el juez aún no ha firmado el papel para traerlo. Mi madre está ahí dentro.
El recibidor olía a cera de suelos recién pasada y a los dos centros grandes de rosas blancas que habían mandado de la Diputación y de la cooperativa olivarera.
Encima de la consola de mármol había una bandeja de plata con tarjetas de visita dobladas por una esquina.
Adela echó un vistazo rápido al pasar: estaban las de todos los concejales, la del notario nuevo y, debajo del todo, una nota sin sobre escrita a mano con membrete de Agropecuaria Santos.
Mercedes estaba sentada derecha en el sofá de dos plazas, con una falda gris marengo, una blusa negra cerrada hasta arriba y ni una sola arruga en las medias.
No tenía pañuelo en la mano ni vasos de agua con tila en la mesita baja.
Parecía que estuviera esperando al registrador de la propiedad en vez de al coche fúnebre.
—Adela —dijo levantándose lo justo para darle dos besos secos en el aire—. Qué detalle que te hayas acordado de los botones con el día que tenemos.
—Los tenías apartados desde el jueves, Mercedes. Y pensé que con el lío de Badajoz no ibas a tener cabeza para bajar a la plaza. Te acompaño en el sentimiento.
—Gracias. Siéntate un minuto, anda.
Mercedes miró la caja de pastas que Borja había dejado sobre la mesita y fue a abrirla.
—El niño no ha probado bocado desde ayer —murmuró—. A ver si con una de estas…
Tiró del cordel con demasiada fuerza. Se rasgó una esquina del cartón y dos pastas de almendra cayeron a la alfombra. Mercedes las contempló un instante sin saber qué hacer con las manos. Luego se agachó a recogerlas, pero se quedó a medio camino.
Adela reparó entonces en una cajita blanca de farmacia, abierta, junto al florero de la mesita.
Llevaba la etiqueta de una botica de Zafra, una pipeta graduada en el estuche y la pauta de la dosis de cada mañana anotada a bolígrafo.
Mercedes la apartó con los dedos antes de que Adela pudiera leer el nombre.
—¿Son tuyas esas gotas, Mercedes?
—De Tomás. Tenía una arritmia, pero no consentía que se hablara de eso en el Ayuntamiento. Había mañanas en que tenía que recordarle hasta la dosis —respondió Mercedes, guardando la caja en el cajón de la mesa—. Él decía que si no se enteraba nadie, no era una enfermedad.
Cerró el cajón con más fuerza de la necesaria y miró alrededor del salón como si se le hubiera perdido algo más grande que una caja de farmacia.
—Ni siquiera sé dónde dejó Tomás las llaves del arcón congelador antes de salir el domingo —dijo—. Llevo desde las ocho buscando dónde apuntó el teléfono del seguro y no encuentro ni mis propias gafas de leer.
Adela recogió las pastas y las dejó en el papel roto sin hacer comentario.
Se sentó en la butaca de orejas que quedaba frente a la puerta del pasillo, dejó el bolso sobre el regazo y puso el sobrecito de papel marrón encima del cristal de la mesa.
—Veo a Borja muy entero —comentó Adela.
—Borja tiene veinticuatro años y nunca le ha faltado de nada, Adela.
Ya iba siendo hora de que aprendiera a estar de pie cuando vienen mal dadas —contestó Mercedes alisándose la falda sobre las rodillas—.
Le he dicho que atienda él el teléfono de la entrada y que no deje pasar hoy a nadie del Ayuntamiento ni del periódico.
Bastante circo montaron el domingo en la iglesia.
Aquella palabra —circo— salió con un filo seco que no era de tristeza, sino de un enfado frío y viejo.
—Puri se llevó una impresión muy grande al abrir la puerta —dijo Adela con suavidad—. Todavía hoy tenía mal cuerpo cuando ha ido a cambiar las flores.
Mercedes levantó la vista hacia ella. Tenía los párpados hinchados de haber dormido poco, pero las pupilas quietas y duras.
—El teniente ese nuevo estuvo aquí anoche hasta las once haciéndome preguntas —dijo Mercedes—. Me dijo que Puri fue la primera en entrar y que luego entrasteis Rufina y tú antes de que llegara el médico.
—Puri nos llamó porque estaba sola en el pasillo y no sabía si a Tomás le había dado un mareo —repuso Adela sin alterar el tono—. En cuanto vimos que no respondía, cerramos para que no se metieran las mujeres de la procesión.
—Eso os lo agradezco —dijo Mercedes—. A Tomás le gustaba mucho estar en medio de la plaza cuando estaba vivo, pero no tenía yo ganas de que lo vieran todas las marujas del pueblo de esa guisa.
Adela esperó dos segundos antes de contestar.
—¿Te ha dicho la Guardia Civil cómo lo encontraron?
Mercedes cogió el sobrecito de los botones, lo abrió por la solapa con la uña limpia y sacó uno para mirarlo al trasluz, como si de verdad le importara el forro de raso negro en una mañana así.
—Me dijeron que llevaba una túnica vieja por encima del traje —dijo sin levantar los ojos del botón—.
Y por la tarde me llamó la mujer del concejal para darme el pésame y preguntarme con mucha lástima qué hacía Tomás vestido de nazareno en octubre.
Ya sabes cómo es la gente aquí: te abrazan con una mano y con la otra te buscan el roto en la espalda.
—No era una túnica de nazareno de Semana Santa —dijo Adela como quien aclara un punto de costura—. Era de las antiguas que guardaban en el cuarto trasero de la parroquia. De aquellas cuadrillas que salían cuando vivía tu suegro.
El dedo de Mercedes se quedó quieto encima del botón negro.
No preguntó qué cuadrillas, ni qué cuarto trasero, ni tampoco preguntó —y eso fue lo que más le llamó la atención a Adela en toda la visita— si Tomás tenía algo más en la cara o en la boca.
O el teniente Castaño se había guardado el detalle de la medalla de Clara en el interrogatorio de la noche anterior, o Mercedes ya sabía que había aparecido esa medalla y no quería pronunciar el nombre delante de una vecina.
—En casa de mi suegro siempre hubo muchos trapos de iglesia —dijo Mercedes—.
Cuando nos casamos y reformamos la planta de abajo, mandé tres baúles enteros a la parroquia para quitar olor a humedad.
Si alguien ha sacado ahora una de esas prendas para hacer daño o para que hablen del apellido, ha ido al sitio donde sabía que no cerraban con llave.
En el pasillo sonó el teléfono inalámbrico. Se oyó la voz de Borja contestando en el recibidor, primero bajito y luego subiendo el tono con impaciencia:
—Que ya te he dicho tres veces que mi madre no se puede poner ahora, Hilario… No, yo no sé dónde tenía mi padre las carpetas de la junta del viernes, búscalo tú en la oficina…
Borja asomó medio cuerpo por la puerta del salón tapando el micrófono del teléfono con la palma de la mano. Tenía una mancha de sudor en el cuello de la camisa.
—Mamá, es Hilario otra vez. Dice que si no le damos hoy mismo la copia firmada del convenio de Valdelobos antes de que vengan del juzgado a precintar el despacho de papá, se va todo el préstamo al garete.
Mercedes ni siquiera parpadeó por el hecho de que su hijo acabara de soltar aquello delante de Adela.
—Dile a Hilario que en esta casa hay un muerto sin enterrar —dijo con una calma glacial—. Y que si tanta prisa le corre el convenio de Valdelobos, haberle preguntado a tu padre el domingo por la mañana cuando estuvo aquí encerrado con él.
—Dice que si sube él un momento por la puerta de la cochera…
—Como asome por la cochera llamo yo misma al cuartel para decir que me están molestando. Cuelga ese teléfono, Borja.
El muchacho obedeció y se metió hacia el fondo del pasillo dando un portazo sordo en el despacho.
Mercedes suspiró por la nariz, muy corto, y por primera vez en media hora apoyó los hombros en el respaldo del sofá. De golpe pareció tener sus sesenta años y diez más encima.
—Ya los ves, Adela —dijo—. Todavía no lo han metido en la caja y ya están los socios arañando la puerta por cuatro hectáreas de secano. Cuando vivía tu marido, por lo menos los hombres de este pueblo guardaban las formas hasta después de la misa de corpore insepulto .
—Cuando vivía mi marido hacían exactamente lo mismo, Mercedes —repuso Adela—. Solo que venían al despacho por la noche para que no los vieran desde el bar. ¿Hilario estuvo aquí el domingo por la mañana antes de la procesión?
Mercedes tardó un momento en contestar, dándose cuenta de que el enfado con el hijo le había hecho hablar de más.
—Vino a las diez menos cuarto a traerle unos papeles para firmar antes del pleno de esta semana —dijo recobrando enseguida el tono medido—.
Estuvieron veinte minutos en el despacho y luego Tomás se fue solo para la plaza porque quería pasar antes por el Ayuntamiento. Fue la última vez que lo vi vivo.
—¿Y no le notaste nada raro al salir?
—Tomás llevaba dos meses raro, Adela. Desde que empezó con el empeño de recalificar las tierras de Valdelobos contra la mitad de la cooperativa, en esta casa no ha sonado el teléfono más que para dar disgustos.
Y encima anoche el teniente me pregunta que si mi marido había recibido amenazas de Andrés Valverde.
Dejó caer el nombre en mitad de la alfombra como quien tira una cerilla a ver si prende.
Adela mantuvo las manos quietas sobre el bolso.
—Andrés habla mucho cuando bebe en El Candil —dijo neutra.
—Andrés lleva treinta y seis años mirándonos por la calle como si le debiéramos la vida —dijo Mercedes, y ahí sí que se le endureció la mandíbula de verdad—.
Yo entonces ni siquiera vivía en esta casa; estábamos recién casados en el piso de la calle Nueva y quien llevaba el servicio de aquí abajo era mi suegra.
Pero te aseguro una cosa, Adela: estoy harta de que cada vez que pasa algo malo en esta familia, alguien saque a relucir a aquella muchacha que se largó sin despedirse.
—La gente tiene la memoria muy larga para lo que no se explicó bien en su día —observó Adela levantándose despacio de la butaca.
Mercedes se puso en pie también. Al pasar junto a la puertaventana que daba al patio interior de los naranjos, Adela vio de refilón a Borja dentro del despacho de su padre: el chico estaba de rodillas frente al armario bajo de madera, sacando carpetas azules de anillas y metiéndolas a toda prisa en una caja de cartón de vino vacía.
Mercedes siguió la dirección de los ojos de Adela y dio medio paso lateral para tapar el cristal con el hombro.
—Le he mandado separar las cosas particulares de Tomás de los papeles del Ayuntamiento —explicó sin que nadie se lo pidiera—. Si luego viene el secretario municipal a recoger las carpetas, no tengo por qué entregarle también las cuentas de nuestras fincas.
—Haces bien —dijo Adela—. Cuando murió Arturo yo tardé tres meses en saber qué papeles eran de la notaría y cuáles eran de la casa.
En la consola de mármol seguía la bandeja con las tarjetas.
Mientras Mercedes abría el cerrojo de la calle, Adela pudo leer de reojo las dos líneas escritas con rotulador negro en la cartulina de Agropecuaria Santos que había quedado medio destapada: «Mercedes, llámame antes de que hablen con el chico. H.».
—Si necesitas cualquier arreglo para la ropa de mañana, mándame a Borja por la puerta de atrás de la tienda a la hora que sea —se despidió Adela ya en el escalón.
—Gracias, Adela. Y dale recuerdos a Puri. Dile que rece un poco por Tomás, que falta le hará, y que descanse, que a nuestras edades estos sustos en la iglesia pasan factura.
La puerta de madera maciza se cerró sin hacer ruido.
Adela bajó los tres peldaños hacia la acera poniéndose las gafas de sol.
Salía de aquella casa con más ruido en la cabeza del que traía al entrar.
Mercedes hablaba de los baúles antiguos de su suegro como si fueran trapos sin importancia, pero no había querido que viera qué carpetas estaba metiendo Borja en la caja de vino.
Tampoco sabía si Hilario Santos y Tomás habían discutido el domingo por la mañana o si simplemente estaban cerrando un trato que la muerte había dejado colgado a medias.
Solo tenía clara la línea escrita con rotulador negro en la bandeja de la entrada: «Mercedes, llámame antes de que hablen con el chico. H.».
Y mientras doblaba hacia la sombra de los soportales, Adela se preguntó qué demonios había visto o hecho Borja Recio el domingo por la mañana para que el socio de su padre tuviera tanta prisa por hablar antes que él.