Capítulo 9 #2
—Hace falta no haber pasado por la puerta chica justo a las doce y cuarto si media hora antes han dejado a Tomás Recio tieso ahí dentro con una túnica vieja y la medalla de tu hermana en los dientes —le espetó Rufina, todavía caliente por lo que él acababa de decir de su marido.
Nada más soltarlo se mordió la lengua, dándose cuenta de que acababa de regalarle a un sospechoso dos datos que no habían salido del cuartel.
Andrés se quedó clavado en el quicio de la cocina. Se le fue el poco color que le había subido con el vino.
—¿Cómo sabes tú lo que tenía en la boca? —preguntó muy despacio—. En el bar decían que le había dado un ataque vestido de nazareno.
—Porque a Tomás lo encontró Puri —dijo Rufina—. Y yo entré detrás.
Andrés volvió los ojos hacia Puri, que acababa de salir de la cocina con las manos vacías y se había sentado en la silla de enea más baja, igual que hacía cuando iba a ver a la madre de él veinte años atrás.
—¿Era la suya de verdad, Puri? —preguntó Andrés con la voz cambiada.
—Me acuerdo perfectamente de la medalla, Andrés —dijo ella mirándolo a la cara—. De cuando tú la mordiste siendo un crío para ver si era de plata. El domingo, en la iglesia, no me pude acercar bastante para mirar si tenía la muesca abajo, pero era igualita a la que llevaba Clara y no tenía cadena.
Andrés tuvo que agarrarse con una mano al marco de madera. Cerró los ojos un segundo, apretando tanto las quijadas que le tembló el músculo de la mejilla, y luego soltó el aire de golpe como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago.
—La tenía él —murmuró para sí mismo—. Hijo de la gran puta. La tuvo él guardada todo este tiempo.
Rufina no le quitó los ojos de encima. Si aquel hombre estaba fingiendo que se acababa de enterar de dónde había salido la medalla, merecía un premio de teatro en Madrid; pero en el cuartel ella había visto a hombres muy brutos llorar de verdad por una madre cuando apenas media hora antes habían matado con esa misma mano.
—Escúchame bien, Andrés —dijo Rufina—. ¿Tú tenías esa medalla guardada aquí en casa con las cosas de Clara?
Andrés abrió los ojos, furioso otra vez.
—¿Pero tú estás tonta o qué te pasa? ¡Si yo hubiera tenido la medalla de mi hermana, habría ido en el noventa al juzgado de Mérida a tirársela a la cara al juez!
Clara la llevaba al cuello la mañana que se fue a trabajar a casa de los Recio.
Mi madre la vio salir por esa puerta abrochándose el cierre con un imperdible porque el jueves anterior había venido llorando con la cadenita rota.
Puri se enderezó en la silla.
—¿Vino con la cadena rota el jueves anterior?
—El jueves anterior —dijo Andrés pasándose la mano sucia por la frente—.
Llegó tarde, con el vestido manchado de tierra por detrás en la falda, y cuando mi madre le preguntó qué le había pasado en el cuello dijo que se había enganchado tendiendo sábanas en el patio de los Recio.
Mentira todo. Yo quería subir aquella misma noche con una barra de hierro a romperles la puerta, pero mi madre se me colgó del brazo llorando, diciendo que si armábamos un escándalo sin pruebas nos echaban del pueblo a los tres y nos quitaban hasta el jornal de la aceituna.
Golpeó el marco de la puerta con los nudillos cerrados, sin fuerza, solo por el dolor de acordarse.
—Y el viernes y el lunes volvió a subir a esa casa como si nada, porque tenían encima los preparativos de la fiesta chica y le debían el mes entero; le dijo a mi madre que en cuanto cobrara el martes después de comer ya no volvía más.
—¿Y no guardas nada de lo que trajeron de allí después? —preguntó Rufina.
Andrés desvió la vista medio segundo hacia la cortina que tapaba el cuarto pequeño del fondo, y luego volvió a mirar a Rufina con desconfianza.
—Cuando dijeron que se había fugado no nos devolvieron ni un alfiler. Dijeron que se lo había llevado todo en una bolsa.
Mentía en esa última frase, o se callaba la mitad. Rufina le vio el viaje de los ojos hacia la cortina del cuarto trasero igual que se ve a un conejo meterse en la mata, pero supo que si le apretaba un milímetro más en aquel momento, Andrés las echaba a las dos a empujones a la calle.
—Pues ten cuidado con lo que hablas hoy si vuelve el guardia, Andrés —le dijo Rufina abrochándose la cazadora—.
Porque el domingo encontraron a Tomás con una túnica morada de aquella antigua cofradía a la que tu hermana le tenía tanta tirria, y después de los gritos que diste anoche en El Candil, en el cuartel no van a tardar ni medio día en hacer la suma.
—Que vengan —dijo él, aunque ya sin bravuconería, mirando los papeles del banco encima de la mesa—. Total, para lo poco que voy a estar libre de aquí al mes que viene, igual como más caliente en el calabozo.
Puri se levantó de la silla, fue hasta él y le puso la mano limpia encima del antebrazo manchado de grasa.
—Calienta las lentejas al mediodía y no bajes más al bar hoy, hazme caso —le dijo—. Y si te acuerdas de quiénes iban con Tomás aquel año cuando se vestían de morado, me lo dices a mí en la iglesia y no en mitad de la plaza.
Andrés no se sacudió la mano de Puri, pero tampoco le prometió nada. Cuando salieron otra vez a la cuesta del Calvario, la vecina del número cuatro estaba barriendo la acera con una escoba de mijo a tres metros de su propia puerta para ver quién salía.
Rufina esperó a doblar la esquina del pilón para hablar.
—Se ha quedado blanco cuando le has dicho lo del bocado en la medalla —reconoció—. Ese hombre no sabía que la medalla estaba en la sacristía.
—Pues claro que no lo sabía, Rufina —dijo Puri—. Si te digo que Andrés es incapaz de preparar una cosa así sin ponerse a dar voces a mitad del pasillo.
—Ya. Pero en ese cuarto de atrás guarda algo que no nos ha querido enseñar.
Y te digo otra cosa: tiene el taller embargado hasta las cejas y el domingo a las doce y cuarto pasó por el callejón del Pozo solo.
Como el teniente Castaño necesite un culpable antes del entierro, a Andrés le viene el traje a medida.